A Fondo
Lunes 16 de Febrero de 2015

El capitalismo argentino en la modernidad del planeta

Llamar ciencia y tecnología al saqueo y la muerte. Aquí, una extraña relación entre gobernantes y limones, ciencia y genocidio, que muestra una constante en la política nacional tan cerca de los postulados racionales y progresistas de la modernidad y tan lejos de los principios del Abya yala.

Daniel Tirso Fiorotto / De la Redaccion de UNO

 

El capitalismo es una cosa en el mundo y muestra singularidades en la Argentina.

 

Los daños irreversibles que el régimen dominado por el capital financiero provoca en el ambiente, y dentro del ambiente las personas, adquieren condiciones únicas en nuestro país por dos adicionales: la organización unitaria que sumerge al 98 por ciento del territorio nacional en una doble servidumbre, por un lado, y una constante en la clase política: la subordinación al imperio dominante.

 

El primer asunto, la derrota del sistema federal y la agudización del predominio porteño, con gobernantes llegados de distintas latitudes pero sin diferencias en cuando a servir al sistema, vuelve a interrogarnos cada febrero, cuando recordamos la Batalla del Espinillo, que Buenos Aires quiso sepultar porque esa vez no pudo matar a José Artigas, aunque luego destruyó sus ideas.

 

En Entre Ríos, en gestiones anteriores ocurrió que los bancos del pueblo pasaron a manos de una multinacional francesa, y luego a un amigo del presidente. Para los entrerrianos es exactamente lo mismo. Todos se echan la culpa mutuamente, pero el capital financiero sigue en manos de pocos, pocos que no son el pueblo, obviedad. Pocos.

 

La dependencia es política de estado en la Argentina. Es una de las escasas líneas sostenidas por distintos gobiernos, con matices.

 

Se nota en las políticas referidas al petróleo, los minerales, la deuda externa, los bancos, la producción agropecuaria, la industria, los servicios, las obras públicas, los contratos multimillonarios firmados por gobernantes antes de marcharse; y se nota en el doble estándar para los derechos humanos.

 

 

Parecidos a EEUU

 

Sea el gobierno que sea, si de negocios se trata para salir del paso, no importa qué haga nuestro socio con las personas o con el ambiente.

 

En ese sentido somos muy parecidos al poder que controla los Estados Unidos, que crea a un monstruo de amigo para luego combatirlo de enemigo si no responde, y hay muchos ejemplos que lo corroboran.

 

Si decimos “clase política” nos estamos refiriendo a personas que emergen de partidos políticos, corporaciones empresarias, iglesia, universidades, colegios profesionales, medios masivos, incluso sindicatos, es decir: esa alianza de la burguesía que pisa al pueblo argentino para que no pueda manifestar sus tradiciones más bellas. (Las tradiciones de armonía en el medio ambiente, lucha, comunitarismo, complementariedad, etc.). Hay semillas de una maravillosa Argentina que el régimen oculta. Y en todas las organizaciones mencionadas pueden hallarse excepciones honrosas.

 

Si bien podríamos detenernos en las expresiones actuales de esa tendencia a anclar a la Argentina como colonia (hoy soja, minerales como ayer carne, cuero, lanas), focalizar demasiado en un gobierno puede engañarnos. Es decir, los matices suelen hacernos creer que lo otro, lo que viene, es de distinto color.

 

 

Tape, tape, tape

 

Modernidad es fuente de miserias. La modernidad no reconoce la dignidad de la mujer, del hombre, no reconoce derechos, o alaba los derechos de ayer para incumplir los de mañana.

 

La modernidad toma personas en propiedad, viola, destierra y mata.

 

La modernidad es el atropello del hombre por hombres que se atribuyen condiciones superiores luego de un desarrollo financiero y bélico que les permite sostener por un tiempo cualquier disparate a sangre y fuego.

 

Por muchos años Europa hizo propaganda de la modernidad como ciencia, razón, derechos, tecnología, confort, hasta que un grupo de estudiosos de Nuestra América advirtió que, eso que los europeos llamaban ciencia era en verdad genocidio. Pequeña diferencia.

 

Europa hacía nacer la modernidad luego del genocidio y el saqueo del Abya yala para engañar al planeta, ocultaba la cuna de la modernidad que tenía una fecha de gestación: 12 de octubre. Y lo logró por años. Aún hoy preserva la modernidad su halo de humanismo, cuando en verdad la modernidad está en las antípodas, está manchada de sangre.

 

La modernidad afina sus armas como sus argucias para justificar abusos, crea para sus propios fines sectarios la razón, el progreso, un dios.

 

Modernidad es sinónimo de despojo, servidumbre, muerte cultural, muerte masiva.

 

Ha desembocado, claro, en un camino pedregoso en estos tiempos porque la humanidad está consumiendo riquezas que no se recuperan, lo que equivale a un suicidio masivo, lento y seguro.

 

El planeta mismo le está trazando una raya, pero la modernidad se muestra dispuesta a empujar los límites a grados insospechados. La modernidad oculta causas y consecuencias, no hay cosa más en sintonía que la clase política argentina y el clero, con la modernidad. Clero y clase política: tape, tape, tape, decía un obispo de Gualeguaychú a un historiador que quería abrir unos túneles en la catedral. Tape, tape, tape, dice la modernidad.

 

Eso ocurre desde hace unos 500 años. Europa se aprovechó de los minerales del Abya yala (América), oro y plata fueron la perdición del mundo. Se apropiaron de los minerales y del sacrificio de habitantes de Abya yala y África, para tapar un genocidio y edificar el relato más mentiroso de la historia del mundo que puso a Europa en el centro y descalificó el resto de la humanidad.

 

Luego, por derecha y por izquierda cantaron loas al progreso, la industria, la tecnología, la razón, y como nada de eso expresaba al Abya yala, por derecha y por izquierda sumieron al Abya yala en los vahos de Europa. ¿No es lo que ocurre hoy en Gualeguaychú y Fray Bentos con UPM Botnia? ¿No es lo que ocurre con el Abya yala y Monsanto?

 

(Europa, en este caso, es lo mismo que Estados Unidos, un hijo convertido en rey del capitalismo).

 

 

El marandová

 

Para sostenerse con el beneplácito del sistema (autoritario o llamado democrático), la modernidad va camuflando sus vicios detrás de la filantropía y la popularidad.

 

Destruye lazos cultuales, clausura vías del conocimiento (este es un asunto central), y ha perfeccionado su propaganda para gritar acá y poner los huevos allá, es decir, el rol que en un terreno más cenagoso cumplen ciertos ministros nacionales en sus berridos matutinos, siempre atractivos.

 

Parasitados, reducidos a servidumbre nos tiene la modernidad. Sin embargo, en letargo, inmovilizados. Llegó acompañada por una suerte de virus que nos neutraliza el sistema inmunológico, nos impide contestar como hemos visto en la cotesia (avispita) paralizando al marandová (mariposa nocturna) al poner sus huevos en las entrañas de la larva.

 

La modernidad va mostrando mejor su rostro en las multinacionales, en las armas, en las fumigaciones, en las explosiones de las minas, pero nosotros, sus víctimas, vamos naturalizando.

 

No somos, claro, las víctimas principales. La biodiversidad sufrió en cien años un daño irreparable en Entre Ríos. En la especie humana ese daño se notará con el tiempo, no es inmediato, aunque ya se expresa en desarraigo y destierro y hacinamiento y pobreza y hambre. Y muerte.

 

Declamar unidad

 

Las multinacionales de las finanzas, que controlan el mundo y tienen a la clase política de títere, espían detrás del tapial. Lo mismo las multinacionales del petróleo, la minería, los agronegocios, la pesca, las patentes, las obras públicas, o las que lucran con la manipulación genética para patentar semillas, insumos, cultivos, tierras, vidas.

 

Eso ocurre en Sudamérica y en el reto del mundo, pero hablemos del sur del Abya yala, nuestra casa, que conocemos mejor.

 

Un negocio turbio de un millón de dólares provocaba hace algunas décadas una cierta respuesta. Entonces los gobiernos redoblaron la apuesta y empezaron a hacer negocios turbios de 30 mil millones de dólares.

 

Una licitación digitada provocaba alguna que otra queja. Entonces los gobiernos resolvieron dar obras sin licitación. Así, sin escalas.

 

Muchos empresarios entraron en el juego de las licitaciones truchas (es habitual que los gobiernos negocien con corporaciones y las corporaciones elijan ganadores y perdedores en cada acto fraudulento, para hacer obras con sobreprecio y destinar una parte de esa ganancia al político, esa es una técnica cotidiana); ese juego les llenaba los bolsillos y atornillaba (atornilla) a los negociadores políticos en el poder.

 

Pero algunos empresarios no calibraron que detrás de eso se venían otros más osados a pedir obras sin siquiera rendir cuentas ni garantizar calidad o precio, nada de nada. Yo tengo la plata, yo hago la obra al precio que yo quiero, ¿se entiende?

 

Algunos entrerrianos denunciaron la máquina de licitaciones truchas de la provincia, que funcionó en distintos gobiernos mediante la connivencia de funcionarios nacionales y provinciales y empresarios. No lograron ningún eco, considerando el grado de dependencia del llamado poder judicial cuyos jefes máximos son amigos y socios de los gobernantes. Pero cuando observaron lo que ocurría en Santa Cruz, quedaron con la boca abierta, casi en el umbral de pedir disculpas, al advertir que los de aquí eran bebés de pecho, al fin de cuentas.

 

 

Aunque parezca increíble

 

El capitalismo venía por todo. Estaba dando muestras ya de una aceleración hacia el imperialismo más descarnado, y hoy se exhibe desnudo.

 

Los gobernantes sudamericanos van declamando unidad y destruyendo la unidad, a la vez. Llegan los voceros del imperialismo y cada país enfrenta la embestida en soledad, tratando de sobrevivir un tiempo. ¿Cómo explicar que en las negociaciones con Estados Unidos, Europa o China, nuestros países negocien solos y sean pisoteados? Pocas veces se ha escuchado tanta declamación por la unidad y se ha visto tanta entrega, a un tiempo.

 

A cambio de un dinerito para salir de un pantano endeudan el país por décadas y ratifican su servidumbre, a minutos de dejar sus asientos, en la división internacional del trabajo.

 

La modernidad, entonces, que hace poco más de 500 años hizo eclosión en el planeta con el genocidio del Abya yala para extraer metales y reducir a servidumbre o esclavizar a dos continentes (Abya yala y África), hoy sigue el mismo camino, siempre con un imperio al mando. Así, España, Portugal, Gran Bretaña, Alemania, Holanda, Estados Unidos, Rusia, China, se han ido turnando, y han logrado colocar una clase política gobernante (en países como la Argentina) capaz de crear un relato que sostenga a esa clase en el poder y al mismo tiempo sirva al interés del imperialismo.

 

Algunos partidos políticos se han especializado en ese esquema, y gritan “pibes para la liberación” mientras negocian “con Monsanto y con Chevrón”, por dar un ejemplo, o gritan “industria” mientras compran todo afuera en el más puro mandarín, en decisiones propias de regímenes autocráticos y despóticos que siempre encuentran aplaudidores.

 

En nuestra región, hace años que venimos entregando rutas, dragado, bancos, energía, y ahora empresas lácteas, frigoríficos, obras públicas, al poder imperial. Y los mismos de ayer cometen hoy los mismos atropellos sin sonrojarse, pero cuestionando a los de ayer, que eran ellos mismos… Aunque parezca increíble.

 

La modernidad necesita clases sociales dispuestas a tomar la vanguardia del imperialismo, y clases sociales dispuestas a negociar con esa vanguardia, y en esa intermediación da algún alivio a las víctimas principales para tenerlas quietas y agradecidas. Unidas y organizadas a su servicio.

 

Desnutrición, hambre, despojo, concentración de las riquezas, destierro, son resultados propios de la modernidad (la clase de los que hurgan en los contenedores de basura es creciente en Paraná); pero no se agota allí. La modernidad es el manejo del mundo por las finanzas y el atropello, y en esa línea encuentra una ancha franja para trabajar, en tanto y en cuanto sigamos consumiendo sus porquerías y abriéndonos a sus necesidades.

 

La modernidad necesita nuestro suelo, nuestro subsuelo, nuestra agua, nuestro poder de compra y nuestra aquiescencia, es decir, nuestro desarraigo. Desarraigo de suelo, de clase social, de historia milenaria, de cultura. Y también le viene muy bien nuestra desesperación.

 

 

El lugar de la conciencia

 

Uno de los pocos lugares que la modernidad no puede violar es el de la serenidad, el conocimiento, la conciencia.

 

Siempre habrá sectores poderosos con mucho ruido para acatar las órdenes del imperialismo de turno. En la Argentina, la burguesía nacional cultiva la actitud del cipayo, como se llama a los que están abiertos a la conveniencia del momento sin reparar en principios. Es lo que hacía la burguesía cuando el pacto Roca Runciman, que hoy se repite en el pacto Cristina Xi de modo despiadado.

 

En la Argentina hay una línea histórica de entrega del patrimonio del pueblo bien marcada (que podríamos seguir a través de figuras publicas) que involucra el endeudamiento, el pago de deuda fraudulenta, la entrega de los resortes principales de la economía a firmas extranjeras (hoy Monsanto, Chevron, Barrick, hipermercados, empresas chinas, etc), y el predominio del interés financiero por encima de todo. Pero si bien ese camino del cipayo enhebra a muchos, el capitalismo enhebra a todos.

 

Hay quienes se sienten identificados con Miguel Hernández en “El hombre acecha”, en su versos que dicen: “He regresado al tigre. / Aparta o te destrozo. / Hoy el amor es muerte, / y el hombre acecha al hombre”.

 

Y quienes se sumergen en el mar de Abya yala con sus principios universales milenarios, compartidos con otras civilizaciones.

 

 

Los limones

 

En estos días ciertos ministros nacionales han hecho hincapié en la estabilidad de la presidente, con motivo de una imputación por encubrir a los autores de una matanza.

 

Lo mismo hicieron en torno de la estabilidad del vicepresidente, a raíz de las denuncias por presuntos hechos de corrupción como el de maniobrar para quedarse con una fábrica de billetes.

 

En la Argentina toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En política, las personas sospechadas y acusadas de hechos de corrupción u otros delitos graves probablemente se hayan desestabilizado a sí mismos. Frente a imputaciones de alta verosimilitud lo mejor sería que esas personas no estuvieran en el gobierno. Es obvio.

 

A quienes han tenido todas las oportunidades de la vida se les debe exigir virtudes y esfuerzos. Las contemplaciones y los atenuantes están para las familias que no pueden alimentar bien a sus hijos, los obreros que no consiguen un empleo, las personas aisladas por una u otra razón, las víctimas, o aquellos formados en un contexto desfavorable.

 

Nuestro país tiene cientos y miles de gobernantes y dirigentes en municipios, provincias, la nación, las instituciones, las organizaciones. Y millones en condiciones de gobernar igual o mejor. Solo una minoría de ellos está denunciada, imputada o procesada por supuestos delitos graves.

 

De modo que existen los canales para ocupar los cargos sin problemas, nadie es imprescindible, y menos los bandidos. ¿A qué viene tanta sensiblería con los poderosos?

 

El bandido roba, aprieta, mata, y luego lloriquea por los pasillos despotricando, haciéndose la víctima y descalificando por golpista a todo el que pida una investigación, es decir: el bandido cree que el estado es él. A ese punto llegó su soberbia, y sus respuestas no sorprenden.

 

El capitalismo, y más en su faz imperialista, se sirve de los bandidos y los exprime como a un limón. Cuando no tiene más jugo, va por otros limones.

 

 

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