La Provincia
Domingo 01 de Noviembre de 2015

Editar en pequeña escala y no morir en el intento

Diálogo Abierto. La licenciada Laura Martincich explica las dificultades y las formas de distribución alternativas a los circuitos editoriales tradicionales. “Pretendemos garantizar lo variado y regional, para resignificar al libro”, dijo

Julio Vallana/De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


El universo de los emprendimientos que pueden englobarse en el concepto de Bibliodiversidad es –vale la redundancia– diverso y en crecimiento, tanto en el ámbito planetario como en la región, con lo cual la edición y distribución de un libro ofrece hoy una accesibilidad impensada hasta hace unos años. Editorial Fundación La Hendija es uno de ellos, sobre el cual su directora –la licenciada Laura Martincich– recuerda los orígenes, distintas etapas de desarrollo y las perspectivas actuales con un capital de más de 150 títulos en su haber.

Chajarí: márgenes que desaparecen

—¿Dónde naciste?

—En Chajarí, hace ya 35 años (risas).

—¿En la ciudad?

—Sí.

—¿Qué zona?

—En ese momento era un lugar sobre las afueras de la ciudad –en los márgenes–, cerca de lo que era la vieja ruta 14. Con el tiempo quedó integrado.

—¿Viviste allí durante ese cambio?

—Sí, estuve hasta los 20 años en Chajarí, eso se fue dando gradualmente y cada vez que voy me sorprendo porque se extiende muchísimo la ciudad hacia la ruta. Es una zona en la cual se está promocionando el turismo ya que cerca de la ruta están las termas. Hay departamentos y hoteles.

—¿Cómo era tu barrio antes de ese proceso?

—Casi era campo, atrás de mi casa teníamos un terreno baldío, más atrás el aeroclub, todos los vecinos nos conocíamos y enfrente estaba el club 1º de Mayo –con una cancha de fútbol. Era también lugar de juegos y para andar en bicicleta, ya que tenía un circuito donde se hacían carreras. Toda la cuadra del club tenía eucaliptos, los cuales fueron retirados cuando hicieron las tribunas, cerrando con muros. Ahora salgo de la casa de mi mamá y me encuentro con los avisos de publicidad sobre esa pared. Había mucho verde y espacio para ir y venir.

—¿Hasta dónde podían llegar?

—Había bastante espacio porque ese club abarcaba una manzana grande y hoy son casi dos manzanas. El baldío que estaba detrás de mi casa era campo y el espacio para levantar los barriletes con varios vecinos, ya que los fondos no tenían divisorios.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi mamá siempre trabajó en casas de familia y mi papá era constructor. No estaban durante todo el día o estaba mi mamá de mañana y cuando se iba, estaba mi papá.

—¿A qué más jugabas?

—Inventábamos mucho, correr, la mancha, las escondidas… no estábamos adentro sino que nos encontrábamos con los vecinos y jugábamos a lo que salía según el momento. No había necesidad de que nos pusieran límites porque sabíamos cuáles eran.

—¿Qué visión tenías del “centro” de la ciudad?

—No era un lugar que frecuentara ni me llamara la atención, ya que en el club había otras actividades a las cuales íbamos, tales como cenas, festivales y bailes. No era necesario ir al centro, salvo salir a comer, aunque no se estilaba mucho. Las escuelas sí estaban más hacia el centro. En la adolescencia tomó más relevancia por lo de salir y reunirse con amigos.

—¿Viviste siempre en el mismo barrio?

—Sí, siempre.

—¿Otra actividad que practicaste regularmente?

—Nunca fui de los deportes y solo en la escuela hacía gimnasia. Caminaba bastante con mi mamá, cuando ella salía a hacerlo. Hice algunos cursos de Computación y Dactilografía, lo cual tenía que ver con la preparación para el futuro.

—¿Qué materias te gustaban?

—Las sociales, Lengua y Literatura, y un tiempo me gustó el Derecho.

—¿En qué trabajaste en Chajarí?

—Atendía en una librería de material escolar y llevé la administración en el club de fútbol Tiro Federal cuando tenía 16 años. Cuando vine a Paraná comencé haciendo promociones, volanteaba en la calle… en un lavadero de ropa (risas), lo que venía. Fueron lugares de aprendizaje y siempre me sentí bien tratada, incluso en la calle.
Escritura y nostalgia
—¿Había libros en tu casa?

—Siempre hubo. Había uno de Nippur de Lagash de mi papá –que todavía lo tengo– el cual lo vivía leyendo y mi mamá no sabía qué hacer para que lo dejara (risas). Sabía de memoria los textos y siempre lo llevaba bajo el brazo.

—¿Por qué?

—Había un personaje al cual le decían El errante que me entusiasmaba. Leía los textos de ese personaje y eran los que más me gustaban. También había muchas enciclopedias.

—¿Otros que fueron influyentes?

—Ninguno en particular, eran lecturas variadas. Me recuerdo escribiendo.

—¿Te fluía naturalmente?

—Era una escritura adolescente, como poesía y cuentos, románticos y nostálgicos. Tengo algunos.

—¿Hay algo en común en los que guardaste?

—No, al contrario…

—¿Y la nostalgia?

—Eso sí, recurría a eso y está presente, lo cual ahora no me pasa.

—¿Nostalgia de qué?

—No sé, ese es el tema, porque era muy chica. Siempre tenían ese tono tristón. Quién sabe de dónde venía.

—¿Lo hacías regularmente?

—Sí, durante un par de años, entre los 15 y 16. Era algo que me permitía expresarme y canalizar.

—¿Qué imaginabas ser en cuanto a la profesión?

—Maestra. Mi papá –que ya falleció– me contaba que en la casa que teníamos detrás había un pizarrón muy grande, donde me encerraba el día entero a jugar a la maestra. Él me decía que tenía que “retarlos menos a los chicos”, porque desde donde estaba me escuchaba. También quise ser psicóloga porque me gustaba mucho y me iba a ir a Córdoba con una amiga; quería estudiar locución porque me decían que tenía una voz radiofónica y no encontré acá, hasta que terminé recibiéndome en Comunicación Social. No sabía si irme a estudiar a Paraná o Santa Fe. Antes de eso trabajé dos años en Chajarí.

—¿Vinculabas la Comunicación Social con el gusto por la escritura?

—En ese momento no. Tenía que ver con las ganas de estudiar y además era un momento personal de quiebre. Sentí que ahí estaría bien y que no sacrificaba lo de estudiar locución y Psicología. Con el tiempo fue así.

—¿Hubo alguien o alguna cátedra que te resultó particularmente especial?

—Nunca me cuestioné dejar la carrera y todo me atraía. Me gustaba todo lo que leía y estaba embebida por mis padres con el “hay que estudiar y tener una carrera para tener un trabajo y salir hacia adelante”. Tuve momentos de incertidumbre al final de la carrera sobre qué iba a hacer. Después comencé a ver otras formas y espacios.

Perdida en Paraná
—¿Cómo te impactó Paraná cuando llegaste?

—El primer año fue complicado porque era muy grande para mí y era la primera vez que salía de Chajarí, solo un día a Santa Fe, cuando acompañé a unas amigas. Salía y me perdía, y así conocí muchos lugares. Todavía descubro nuevos barrios. Trabajaba volanteando en las esquinas y había gente que te destrataba porque no quería recibir un papel, que lo agarraba y lo tiraba delante de vos y quien te agradecía. Con la chica que trabajábamos, sabíamos cómo era el público y el trato en cada lugar. En los barrios siempre nos recibían bien, incluso trabajé haciendo encuestas. Comparado con Chajarí, los paranaenses me parecían más antipáticos pero cuando comencé a conocer, ya no.

—¿Y cuando volvías a Chajarí?

—Era como volver al silencio y a lo más chico, aunque aquí también viví en zonas silenciosas y en contacto con el verde. Ahora vuelvo y en la que era mi habitación no se puede dormir, porque la calle es la salida de la ciudad, hay un boliche cerca y me da ganas de volver a Paraná.

—¿Cuál fue el primer trabajo afín con la carrera?

—Trabajé en un estudio jurídico donde me hice cargo del departamento de Recursos Humanos, con la intención de crear un área de Comunicación Institucional –que era algo que me gustaba en ese momento y para lo cual me estaba preparando. El área no se formó y luego sentí que no podía desarrollar lo que quería. Ya estaba con Armando (Salzman) y la editorial estaba caminando de a poquito, así que había un poco de incertidumbre. Así comencé a imaginar lo que es esto.

—¿Escribías en esa época?

—No, durante los años de facultad fueron los que menos escribí. Estaba muy condicionada por las formas y sentía que no podía expresarme, hasta que comencé a dejarlo de lado. Fue como un volver a aprender a escribir, dejar que fluya y luego ver si lo acomodo.

—¿Mostrabas los textos?

—No, era para mí; ahora lo comparto más. Atravesé la formación gestáltica y también me ayudó a dejar de lado ciertas rigideces y encontrar más libertad en cualquier cosa que hiciera.

—¿Por qué esa aproximación a la Gestalt?

—Tuvo que ver con el inicio de una terapia, me acerqué a Gabriela Achur y al siguiente año comencé la formación. Seguía sintiéndome como me expresaba en las poesías y quería dejar de sentirme así.

—¿Encontraste el origen de eso?

—Sí, totalmente, la formación fue un proceso de ver un montón de cosas que me sucedieron durante la niñez y la adolescencia, y ver qué era lo mío, más allá de lo que decía la familia, la universidad y el entorno.

—¿Revistaste también lo profesional?

—Sí, me encontré con la comunicación desde otra óptica. Siempre digo que primero es conmigo. Si hay cosas que no puedo decir, es difícil hacerlo con y para el otro. Me pregunté para qué era comunicadora y qué tenía que comunicar. Ahora me doy cuenta de que estoy trabajando en el Centro Gestáltico –donde hay psicólogos y era lo que quería estudiar– y tenemos un programa de radio, y ahí se integró la locución y la comunicación.




Haciendo un camino

—¿Participaste en la Editorial de La Hendija desde su inicio?

—Funcionaba como Editorial de la Intemperie y cuando comenzó como Editorial Fundación La Hendija trabajé con el primer libro desde afuera. Todo era muy primario, hasta que vimos la posibilidad de formalizarlo como un trabajo que nos permitiera un ingreso, fue cuando dejé el otro trabajo y puse todo el tiempo allí. Comencé a ver qué podía hacer, armar la página web, analizar los circuitos de distribución, el contacto con los autores… No conocía ese camino y fue muy de a poco.

—¿Cómo era editar por entonces?

—Tenía mucho que ver con las relaciones cercanas, por ejemplo, un libro para docentes de la facultad, a quienes conocíamos, se movían en ese ámbito y no nos imaginábamos llevarlo a Buenos Aires, porque sabíamos que era imposible por los mecanismos de distribución. Tampoco nos preocupaba porque era empezar de donde podíamos, con lo que teníamos, y a partir de allí ver si daba para algo más grande y explorar. Nunca tuvimos apuro por querer ser “la editorial”, ni nada por el estilo. Nos encontramos con gente que quería publicar, luego vino el convenio con Graciela Frigerio que nos llevó a entrar en el circuito de distribución de Buenos Aires, después de algunos años ese circuito cerramos ese circuito y comenzamos a generar otros canales más afín con una editorial de este tipo.

—¿Qué características tiene el circuito tradicional?

—Le das los libros a un distribuidor, quien va a la librería y te rinde los libros a los seis meses –cuando te lo rinde. Con Buenos Aires esto no funcionaba así que lo cerramos y tomamos dos librerías que atendemos nosotros, entonces la relación es entre la librería y nosotros, directamente. En Viedma participamos en un panel con varias editoriales y todas comentaban la misma cuestión. Aparece Buenos Aires como la panacea, cuando en realidad mandás un libro y hay posibilidad de que se pierda en todo el universo de libros de las distintas editoriales. Algunos directamente han decidido no enviar más y en nuestro caso fue la alternativa que te comenté.

—¿Qué otras claves del negocio son complicadas de resolver?

—Veíamos como importante tener el taller de impresión, o sea además del trabajo editorial, armar el libro, imprimir y entregarlo listo. Fue un salto importante.

—¿En la estructura de costos es uno de los más importantes?

—Sí y además trabajar con las imprentas era todo un tema ponernos de acuerdo porque no trabajan con libros. El tema de la calidad de la impresión era desgastante y no se hacían controles de calidad, cuando uno de nuestros puntos fuertes es ese. Ahí decidimos hipotecar el edificio de La Hendija y sacar un crédito que nos permite comprar dos máquinas: una para pegar los libros y una guillotina industrial que nos permite comprar los papeles en planchas grandes, y cortarlos a la medida que necesitamos –desperdiciando lo menos posible. Nos obligó a poner más energía de parte nuestra y Armando pasó a dedicarse a tiempo completo. Otra cuestión que nos planteamos desde el inicio fue el tema del trato con la persona que viene, en cuanto a que a veces busca algo que no sabe qué es, y por eso hay que generar una relación de confianza mutua. Para mucha gente, un libro es su vida y su alma, por lo cual hay que tratarlo con mucho cuidado y respeto.

—¿Qué variables económicas son las que más inciden en la actividad?

—El cierre de importaciones. Por más que te digan que son nacionales, las máquinas están armadas en China. Estuvimos esperando seis meses una guillotina chica, aunque no pasó nada porque teníamos otra. Pero si es una máquina que necesitás y no tenés otra… directamente te para. Con el papel –si bien trabajamos con Celulosa– el que es para tapas es mayormente importado, también hay algunos que no ingresaron más al país y los que hay, te lo cobran a cualquier precio. No fue un cimbronazo pero decidimos reacomodarnos. Trabajar con proveedores que estaban vinculados con la importación era todo un tema porque para ellos todo era negro, al no poder ingresar sus productos durante estos años.

—¿El universo de este tipo de editoriales es más o menos homogéneo?

—Hay muchos proyectos interesantes y por eso el papel sigue vigente. La feria de Viedma es muy particular porque invitan a editoriales independientes, por ejemplo 10 sellos distintos de Buenos Aires y un chico atiende ese stand. En esta última edición hubo 60 sellos editoriales, que solo los encontrás ahí. Son otros circuitos que se van construyendo porque lo que es el circuito comercial, a editoriales como la nuestra, no les resulta tan favorable.

—¿Te llamó la atención alguno en particular?

—Hay quienes son más artesanales, otros que reeditan libros “revolucionarios”, editoriales que se inclinan más hacia la temática feminista… Encuentran algunas especificidades.

—¿Hay apoyo, por ejemplo, de líneas crediticias públicas o privadas para este sector?

—Desconozco. En un panel sobre industrias culturales que compartimos con editoriales que tienen más o menos la misma experiencia hablábamos de eso. El sector todavía es muy chico: desde el punto de vista legal no somos una pyme.

—Hay una categorización de micropyme.

—Sí. Pero en nuestro caso particular somos una fundación. Hace poco quisimos comprar una máquina y pedir un crédito, y no lo hay para fundaciones. Es un sector complicado, porque –no obstante tener un taller de impresión– seguimos siendo, de alguna manera, artesanal. Volvemos al tema de la escala, ya que cuando vas a pedir un crédito y te piden un respaldo, no lo tenés.

—¿Ese crédito a qué tipo de línea pertenece?

—Es una línea especial de Banco Nación, en la cual la idea es tomarlo con otros emprendedores que quieran instalar negocios que se ayuden entre sí. Por ejemplo, nosotros que trabajamos con los chicos de Astor Producciones Creativas, comprar una máquina para compartir. Nos vino muy bien porque es en cuotas fijas y lo pagamos a 10 años. Quisimos saber si había posibilidades de renovarlo, para comprar otra máquina, y nos dijeron que no. Por eso hay que poner en funcionamiento la imaginación y la creatividad.

—¿Qué dimensión aproximada tiene el sector en el ámbito nacional?

—Es muy grande y en las ferias nos encontramos con gran cantidad de sellos, algunos regionales y otros nacionales que están en la búsqueda de otros circuitos. Los encontrás en esos ámbitos porque en librerías deciden no estar o no los reciben. Hay un nicho editorial que se está moviendo mucho. Gilles Coleu –quien habla de bibliodiversidad (Ver nota 2)– dice que este tipo de editoriales son las que la garantizan, por lo variado y regional, ya que son cosas que no se ven en todos lados. Es una especie de resignificación de lo que es el libro.

—¿Cómo es la relación con las librerías locales y regionales?

—Ahí la relación tiende a ser otra porque estamos más cerca. En Entre Ríos tenemos pocas librerías y pasa que la librería te llama para pedirte el libro que te pidieron. No es que mandás el libro y lo ofertan. Si alguien pidió una revista en Gualeguaychú, te dice “mandame cinco”. En Paraná es distinto, ya que libro nuevo que sale, lo llevamos porque nos conocemos, se lo comentamos y le informamos sobre la presentación.

—¿Qué factor del mercado continúa siendo clave no obstante las alternativas que han concretado?

—La distribución es complicada. Cada vez hay más concentración de editoriales por grandes grupos, entonces las librerías, por lo general, compran lo que van a vender. Las librerías no te piden libros que quizás no conocen el autor o no es un tema de moda, o te piden dos libros. Por eso hay que remarla mucho. En Buenos Aires, por ejemplo, hay librerías que primero te toman el libro, lo ven y luego deciden si lo ponen en la vidriera o no. Es un poder difícil con el cual trabajar. Por esto también pasa el cuidado del autor en cuanto a no prometer. Hay materiales que dan para determinado lugar y otros no, lo cual hay que explicarlo, al igual que las escalas de tirada con las que se manejan. No obstante, todo esto nos favorece porque vamos encontrando otros nichos, vínculos y formas.

De contenidos y lectores
—¿Cuál es la decisión editorial en cuanto a contenidos?

—Somos muy abiertos, hemos publicado muchas cosas pero también tenemos en cuenta que ese material también venga desde el cuidado y el respeto.

—¿El límite?

—Me doy cuenta cuando leo un texto, en cuanto a ver si hay trabajo, un cuidado y algo que el otro está diciendo. A veces veo en la escritura algo que no está explícito pero siempre hay algo que tiene que ver con la persona. Poner el cuidado en eso, es fundamental.

—¿Cuál es tu opinión sobre las tendencias en cuanto a los hábitos de lectura?

—Se lee mucho y no observo que se lea menos. A partir de mi contacto con la gente en las ferias, observo que se busca material distinto a los best sellers, tanto los adultos como para los chicos. No creo que lo digital desplace al papel –al menos hasta el momento– al contrario hay gente que dice que necesita el libro en papel porque es otra experiencia. En las ferias me he encontrado con adolescentes buscando libros que tengan que ver con historias de terror, lo cual es una aproximación a la lectura. Hay mucha gente leyendo y adultos que incentivan a la lectura a los niños y adolescentes, lo cual me alegra y desmiente que se lee menos.

—¿En qué están trabajando en este momento y cuáles son los objetivos a mediano plazo?

—Estamos trabajando con un libro de Economía –de Cristian Werner, de María Grande–, otro de cuentos para niños de Fer Puglisi, un libro del Hospital Escuela –Trazar con otros– y la revista de Historia de la Uader (Universidad Autónoma de Entre Ríos), entre otras. Lo que marca la diferencia en cuanto al tipo de trabajo es la relación con quien viene a editar y tal vez en otro momento la editorial se convierta en otra cosa. Es un negocio pero lo vincular también significa una alegría y un capital, y con eso tiene que ver el futuro porque permite otras cosas. Encontrás gente con quienes tenés muchas cosas en común, y hacia ahí estoy mirando.

—¿Hoy puede editar cualquiera que se lo proponga?

—Sí, obviamente, por las posibilidades que ofrece la tecnología. Es muy notorio. Por ejemplo, publica “Laura”, se entera la vecina y dice “y por qué yo no”. Dejó de ser algo exclusivo para la “intelectualidad” aunque cuando llega alguien que tiene la duda, le pregunto para qué. Además, después de una primera tirada, me decís que necesitás 20 libros más, y en dos días están. Además –aunque nosotros no lo trabajamos– está el E-book, que se hacen con archivos o libros que se hacen con las ponencias de los congresos. Se hace un archivo para subir a una plataforma y lo comparten todos los asistentes.

 

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