La Provincia
Domingo 26 de Julio de 2015

Dos entrerrianos vivieron la aventura de viajar a la Antártida

Un sacerdote y un periodista de Tala fueron al Continente Blanco para poner en funciones al primer cura que se quedará por varios meses

Vanesa Erbes/ De la Redacción de UNO
verbes@uno.com.ar

Estuvieron solo tres días, pero la sensación les va a durar toda la vida. Tal vez ninguno de ellos soñó con vivir esta experiencia de llegar a la Antártida y ser testigos directos de cómo se trabaja en uno de los lugares más inhóspitos del planeta.

Recorrieron alrededor de 3.500 kilómetros para llegar, con una misión definida: en representación del obispo castrense de las Fuerzas Armadas, el padre Ricardo González, quien ahora vive en Buenos Aires pero nació y se crió en Rosario del Tala, llegó para poner en funciones al primer sacerdote que se va a quedar por varios meses en el Continente Blanco para brindar asistencia religiosa a quienes trabajan y viven allí por el término de un año. “Hasta ahora, los curas que iban se quedaban solo algunos días, pero la idea es que haya uno en forma permanente en la capilla de la base Marambio. En un espacio tan alejado el apoyo espiritual es fundamental y es bienvenido. La mayoría son católicos practicantes”, contó a UNO el padre González, y comentó que quien va a permanecer hasta octubre es un cura joven oriundo de San Juan, a quien le gusta la aventura.
Por otra parte, manifestó que si bien es el encargado desde hace años de designar a los sacerdotes que viajan a la Antártica, es la primera vez que tiene la oportunidad de llegar hasta ahí. Con la intención de que quede un registro de este paso que da la Iglesia Católica, pensó en buscar a alguien que se ocupe de filmar, fotografiar y documentar esta vivencia. “Pensé en José Luis, que es de mi ciudad y es periodista, para que me acompañe”, indicó.
Cuando recibió la invitación, José Luis De Rossi no podía creerlo y no dudó en armar de inmediato su equipaje, munido de abrigo. Sabía que hacía frío, pero jamás imaginó que al arribar la sensación térmica sería de -39º. “El lugar es como se ve en las fotos, pero la sensación de estar ahí es increíble. Realmente viví una experiencia inolvidable; difícil de reflejar con imágenes de una cámara y mucho menos con palabras. Quiero agradecer infinitamente al padre Ricardo González y a la Fuerza Aérea Argentina por la invitación y la confianza que han tenido”, dijo a UNO, y agregó: “La Antártida es fría pero tan maravillosa que hace que la temperatura pase a un segundo plano. Es tan linda que ya estoy pensando en cuándo podré volver al Continente Blanco”.
Ambos coincidieron en destacar la imponente belleza del blanco paisaje y la magnitud del silencio. “Todo está cubierto de nieve, incluso el agua de mar que rodea la isla donde está asentada la base Marambio está congelada”, comentó José Luis, con la emoción intacta, aunque ya esté de vuelta en su ciudad natal.
En esta época el día es muy corto: amanece a las 10.15 y el sol se oculta a las 15.15. En invierno son unas 50 personas las que permanecen en la Base, entre militares que prestan servicio y civiles que se dedican a la investigación científica en la base, fundada en 1969. Por lo general están durante un año viviendo en un ambiente con temperaturas bajo cero y vientos que llegan a los 120 kilómetros por hora, lejos de sus afectos y conviviendo con quienes en un principio son extraños, pero que con el correr de los días se transforman en la familia que conforta en un sitio tan particular. En verano, cuando el día es más largo, la población se quintuplica.
Quienes viven en la base comienzan sus tareas a las 9 y terminan la jornada laboral a las 16, con un almuerzo entre medio a las 14. Luego descansan y realizan otras actividades de recreación. Tienen gimnasio, juegan al metegol o al ping-pong, hay televisión por cable, Internet y aunque a veces las señales de celular no son óptimas, la situación se resuelve con el uso del WhatsApp.
“Nos encontramos con muchos amigos litoraleños allá. Además de sus trabajos habituales, se comparten las labores del lugar, los quehaceres en la cocina, la limpieza. Nos hacían lavar los platos, por eso nos quedamos poquitos días nomás”, bromeó el cura. Allí mismo se amasa el pan y se prepara la comida, en un espacio donde también más mujeres se animan a dejar todo por un tiempo y vivir un año en un sitio tan especial. “Ellos están allá haciendo patria”, concluyó el padre González.

El saludo del Papa a la base Marambio
En la Antártida todo es inhóspito, menos la gente que vive en el lugar por un tiempo. Amable y servicial, recibieron a los dos entrerrianos que llegaron a pasar unos días. La segunda jefa es una mujer de 29 años, recordó el padre Ricardo González, destacando que también ellas se animan a pasar un año lejos del continente. “Allá no hay negocios ni quioscos. Todo lo que hay se lo proveen las Fuerzas Armadas. Escasea el agua potable; para beber llega desde el continente y para bañarse se derriten grandes cantidades de hielo”, sostuvo.
La mercadería llega en aviones cuando las condiciones lo permiten, ya que en ocasiones es difícil aterrizar, porque se forma una bruma espesa que impide divisar la pista y deben regresar a Río Gallegos. José Luis narró que el viernes 10 julio despegaron desde la Base Aérea El Palomar y el sábado siguiente, por las condiciones meteorológicas, no pudieron cruzar a la Antártida. Recién llegaron a destino el domingo. Lo mismo ocurrió al regresar: salieron retrasados un día por el mismo motivo.
“En un lugar tan particular, lejos de todo, se sostiene la fe, la gente es muy creyente”, aseguró José Luis De Rossi, mientras el padre González relató la anécdota de la que todos los habitantes de la Base Marambio hablan, ya que fue un gesto inesperado y que los colmó de emoción: en Semana Santa el suboficial principal Gabriel Almada, encargado de comunicaciones de la base, recibió a las 7.15 un llamado de un número desconocido. “Era el papa Francisco que lo llamó para transmitirles su saludo a la gente de la base Marambio”, recordó emocionado.

 

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