A Fondo
Lunes 13 de Julio de 2015

¿Dónde están las bolitas?

Gerardo Iglesias / De la Redacción de UNO
giglesias@uno.com.ar


El maestro entrañable Alejandro Dolina centró su atención mucho antes que este humilde y nostálgico escriba del pasado. Pasa que un par de días atrás, caminando por la Defensa Sur de Concepción, vi unos gurises agachados, en el piso de tierra y arena, justo debajo de donde los caminantes pisan el firme adoquín de la obra. 

Los gurises, en semicírculo jugaban a lo que en un primer momento me negué a creer, pero que fue haciéndose realidad a medida que me acercaba. Ahí estaban, con manojos de bolitas en sus manos, intentando embocar el desparejo hoyito, armado a fuerza de dedos, talones y palitos. Eran cuatro. No más de 10 años. El quinto esperaba, con cara de aburrido y pelota bajo el brazo, que terminaran para darle a la redonda.

Las bolitas se mezclaban entre nuevas y viejas. Las cachadas, las punteras, esas que nadie quiere perder nunca. Las chinas y las japonesas, más modernas que las de antaño. Y los pibes que seguían, encarnizados, en “quemar” a las del rival, para quedarse con ellas, para aumentar la cantidad que descansaba en sus bolsillos.

Fue un humilde soplo de alegría y nostalgia. En tiempos donde la play y las wi dominan las infancias de nuestros gurises, mientras el cable les da las opciones de canales y canales de dibujitos animados, ver que aún existen las bolitas, fue un alegrón tremendo.

Y recordé. Los bochones, los aceritos que sacábamos de los rulemanes, las lecheras, todas blancas inmaculadas, las mencionadas japonesas. Y las comunes, las que todos desdeñábamos, por feas y porque solo servían para “pagar” cuando nos quemaban. Y las “punteras”. Esas eran nuestras. No estaban en juego. Ellas eran las preferidas, las que nos volvían casi invencibles. Y no se negociaban.

Y a jugar, con el hoyito, con la cuarta y quema, con la estrella. O aquello que inventamos con otros canillitas, cuando en la niñez esperábamos los diarios capitalinos hasta la tarde, porque llegaban pasado el mediodía. Armar un cuadrado con monedas adentro y a tratar de sacarlas. Tres tiros por ronda. A veces ganabas y era “pa’ la cocacola”. Perdías y “un diario menos pa’ vender”. Con el tiempo dejé de verlas. Ya mis gurises jugaron poco con ellas y los nuevos, los de ahora, casi nada.

El pensador doliniado de Flores, Manuel Mandeb, plantea un interrogante que nos deja perplejos. “… Este juego parece haber empezado a languidecer en 1960. Pero puede afirmarse que en ese momento ya hacía por lo menos 50 años que se jugaba. Entonces había 20 millones de habitantes en el país, y no era demasiado audaz afirmar que, en el medio siglo de su auge, el juego de la  bolita había sido practicado por 10 millones de individuos en uno u otro momento de sus vidas. Ahora bien: ¿cuántas bolitas poseía cada niño aficionado, como promedio? Digamos 50. Multipliquemos: 50 por 10 millones. Son 500 millones de bolitas. Bien, volvamos al presente: ¿alguno de ustedes ha visto una bolita en el último año? Seguramente no. Yo pregunto: ¿dónde están los 500 millones de bolitas? ¿Quién las tiene?”

Preguntas que me fui haciendo cuando dejé los gurises detrás, mientras escuchaba el “cuarta y quema cuatro”. ¿Dónde están las bolitas? ¿Las taparon el asfalto y los juegos en línea, las mató Internet? ¿Se fueron al olvido como los potreros y las cometas hechas con tacuara y medias viejas? ¿Dónde fueron?

O mejor dicho. ¿Volverán?

 

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