Economia
Domingo 20 de Marzo de 2016

Deuda y mercado, las claves del poder político de Martínez de Hoz en la dictadura

La brutal transformación de la estructura productiva y social del país en función de una redistribución regresiva del ingreso fue su pesada herencia, que multiplicó por seis la deuda externa. 

Una deuda externa que se multiplicó por seis en siete años, niveles de inflación escandalosos y un estancamiento del Producto Bruto Interno (PBI) fueron el saldo económico la dictadura militar iniciada en la Argentina hace 40 años. La brutal transformación de la estructura productiva y social del país en función de una redistribución regresiva del ingreso fue su pesada herencia.

El fallecido economista Jorge Schvarzer fue uno de los primeros investigadores en desmenuzar, en forma contemporánea, el programa económico de la dictadura. Eje de lo que definió como “el más sólido, duradero y coherente intento de reestructuración global de la Nación que se haya conocido en las últimas décadas, en consonancia con los criterios y expectativas de los grupos dominantes”.

Si las Fuerzas Armadas fueron el brazo sangriento de esa maquinaria, una camada de economistas ortodoxos aportó el cerebro para llevar adelante una estrategia económica que, por su profundidad y continuidad, les aseguró incluso un mejor futuro judicial y político que el de sus protectores.

En su libro “La política económica de Martínez de Hoz”, Schvarzer destacó como rasgo y herencia de ese proceso la construcción del “mercado” como fuente de presión de los gobiernos. Como una figura que, más allá de su significado clásico, refiere en este caso a un “nuevo actor social capaz de incidir en el mecanismo de decisiones que se adoptan en el país”. Un actor que lejos de surgir de un juego de voluntades atomizadas, articula el liderazgo y la capacidad de presión de un grupo de empresas que maneja los grandes negocios.

un nuevo orden. El economista atribuyó al todopoderoso ex ministro un papel fundacional en esa creación, a través de una política económica que tenía menos interés en obtener “éxitos” económicos en la coyuntura, que en “modificar las condiciones de funcionamiento de la economía”.

Desde su punto de vista, el objetivo de “crear a toda costa un mercado financiero basado en altas tasas de interés y depósitos a corto plazo era funcional al objetivo de que su propio crecimiento y el desequilibrio económico crearan las condiciones de continuidad del equipo económico”.

Cuando asumió en el cargo del ministro de Economía en marzo de 1976, José Alfredo Martínez de Hoz distaba de ser un improvisado. Miembro del poderoso Consejo Empresario Argentino, había estado en la función pública y pertenecía a una camada de economistas que se referenciaba en la experiencia de Adalberto Krieger Vassena en 1967, un ídolo de la derecha económica cuya gestión quedó trunca cuando el Cordobazo y las internas militares se llevaron puesto a Juan Carlos Onganía.

El blindaje. Muchos de los jóvenes profesionales que acompañaron esa gestión volvieron a aparecer en el 76. El ministro sabía que “su política exigía un gobierno autoritario que cortase todos los posibles lazos con la sociedad civil” y la dictadura le daba una oportunidad especialmente propicia.

Pero esas condiciones no eran suficientes para tomar decisiones que le permitieran priorizar su plan de reformas por sobre coyunturas o afectaciones, ya no de los trabajadores y de un amplio sector de la población que estaba totalmente silenciado, sino de los propios lobbies industriales y agropecuarios que respaldaron a la dictadura pero que, aliados con otras facciones de las Fuerzas Armadas, llegaron a expresar conflictos con la conducción económica.

Su gestión de casi cinco años al frente de Economía evidencia un enorme poder político. Su privilegiada relación con los organismos financieros y la política sistemática de endeudamiento lo convirtieron en el depositario de la “confianza” de ese sector sobre la política económica.

Los ejes. Los pilares del programa de Martínez de Hoz fueron la apertura económica, la redistribución del ingreso por vía de la caída del salario real de los trabajadores, la reforma financiera, base de la construcción de una “industria bancaria” y, el instrumento decisivo, la política cambiaria desarrollada a través de la célebre tablita de devaluaciones graduales del peso que en los hechos significó una notable revaluación del tipo de cambio.

El Rodrigazo le allanó el camino. La combinación de maxidevaluación, tarifazo, alta inflación, suba de tasas, desequilibrio externo y violenta expansión del déficit fiscal desde mediados del 75 a marzo del 76 contribuyó a limar las resistencias políticas al golpe de Estado.

La estrepitosa caída del salario real le permitió a la nueva conducción, junto con algunas medidas de ajuste ortodoxo ganar cierto manejo sobre la inflación y llegar a fin de año con indicadores que anticipaban la superación del escenario recesivo.
Pero su apuesta de fondo llegó a mediados del 77 cuando puso en marcha la reforma financiera, destinada a desregular totalmente la actividad, liberar la tasa de interés, el movimiento de capitales y promover la apertura de nuevas entidades. A riesgo de frenar la incipiente reactivación con el aumento real de las tasas de interés, el equipo optó por este camino que fortalecía su poder y el de su grupo social.

Hacia el segundo semestre de ese año el tipo de cambio comenzó a atrasarse y surgieron las primeras tensiones con el sector agropecuario. A mediados de 1978 este conflicto desató una saga de renuncias en la secretaría de Agricultura.
En diciembre de 1978, Martínez de Hoz redobló la apuesta con el anuncio de la puesta en marcha de la famosa tablita cambiaria. El programa fijaba una pauta de devaluación mensual del peso inferior a la evolución de los precios internos, que tendía en el mediano plazo a llegar a un esquema de cambio fijo.

Combinada con los elevados rendimientos relativos del dinero en el mercado interno, la pauta alimentó una masiva corriente de ingreso de divisas en los primeros meses de 1979. A fin de año las reservas habían subido a 10 mil millones de dólares. Producto del endeudamiento, esta posición era sumamente volátil a los cambios de la economía internacional y las expectativas de los operadores.

El principio del fin. Un contexto internacional más áspero, sumado a la espiral de endeudamiento de corto plazo y el incremento de la morosidad bancaria por los aumentos en la tasa de interés convergieron en marzo de 1980 en la crisis bancaria que se inició con la caída del BIR. El gobierno reimplantó la garantía de los depósitos y dispuso cada vez más fondos para subsidiar el sistema financiero. Mientras las reservas comenzaron a caer, las empresas del Estado como YPF fueron obligadas a endeudarse en dólares que luego eran vendidos por el Banco Central al precio devaluado que fijaba la pauta cambiaria. Entre 1980 y 1982 la fuga de capitales fue de u$s 20 mil millones.

El cambio de la coyuntura económica condicionaba la transición del gobierno militar. Mientras el futuro dictador Viola pedía el fin de la tablita, el equipo económico operaba para mantener a uno de los suyos, Guillermo Walter Klein, como jefe de Economía de la próxima administración.

El 3 de febrero de 1981, sobre el final de su mandato, alteró las pautas cambiarias desatando una avalancha incontenible hacia el dólar. Martínez de Hoz responsabilizó de las complicaciones a las expectativas por el cambio de gobierno.

En marzo de ese año, Lorenzo Sigaut asumió la conducción económica con un panorama similar al de marzo de 1976, pero con un efecto inverso: lejos de ser un impulso para el nuevo equipo, lo condenó a un corto y accidentado período de gobierno.
Suficiente, igualmente, para socializar los costos del brutal endeudamiento de la etapa anterior. En junio de 1981 se estableció un seguro de cambio para los que renovaban sus créditos en el exterior por un año. Un año después, el presidente del Banco central, Domingo Cavallo, dispuso un tope a las tasas de interés pasivas y activas en todas las operaciones, para licuar deudas. Estas medidas se sumaron a los avales otorgados y nunca ejecutados por el Banade a un grupo de grandes empresas privadas.

El programa. Schvarzer recordó en su libro que, pocos días antes de dejar el Palacio de Hacienda, ante un selecto auditorio de empresarios privados, Martínez de Hoz confesó su legado: “En diez días voy a pertenecer al sector privado, todos debemos exigir a nuestras autoridades el cumplimiento de las grandes líneas a la que las Fuerzas Armadas se comprometieron en marzo de 1976, si no el esfuerzo habrá sido en vano”.

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