A Fondo
Domingo 15 de Febrero de 2015

Descubriendo antiguos secretos africanos

Hay un continente profunda, negro, ignorado, colonizado espuriamente y descalificada en la consideración mundial. Se trata del lugar desde donde el ser humano se derramó  en todos los rumbos del orbe.

Gustavo Fernández/Especial para UNO
gusfernandez@yahoo.com.ar

 

No hablaré aquí de Egipto, o del misterio de Meröe o Zimbabwe, ni del Arca de la Alianza en Etiopía. Me remitiré a esa “otra” África, el África profunda, el África negra, el África ignorada, colonizada espuriamente, descalificada en la consideración mundial.
Me resulta sugestivo que el continente desde el cual (cuando menos, según la ciencia académica) el ser humano se derramó en todos los rumbos del orbe sea el continente donde, salvo contadas excepciones (al Norte o en el extremo sur) lo paupérrimo y el atraso campean a sus anchas. Si es uno de esos bemoles sarcásticos de la Historia o el resultado de planificaciones geopolíticas, no viene al caso. Lo que ocupará nuestra atención, la mía y la suya, es comentar y reflexionar sobre ciertos aspectos desconocidos o muy poco conocidos de allí, preguntándonos si no es hora de ver esas tierras con otros ojos. Algunas maravillas de su historia quizás ayuden.

La épica de Kurukan Fuga. El verdadero “Rey León”
En algún otro contexto he escrito sobre la paradoja que el primer país latinoamericano en liberarse del yugo colonialista, generar estructuras sociopolíticas liberales, proponer un sistema de educación y asistencia popular avanzadísimo en su momento sea, hoy, el más atrasado del Nuevo Mundo: Haití. No pude dejar de construir un vínculo de razonamiento similar –especialmente, por los orígenes africanos del pueblo haitiano- ante el apasionante hecho que la primera Declaración de Derechos Humanos fue africana.
Corría el año 1236, y mientras en Europa el Catarismo agonizaba en sus últimos estertores frente a una política y una Iglesia asfixiantes, en el Imperio de Mali se erguía, imponente, Sundiata Keita. Recién coronado emperador, reuniò en el paraje conocido como Kurukan Fuga a jefes de clanes y tribus para dictar y concordar la llamada “Carta de Kurukán Fuga” o “Carta del Mandé”. Pese a fuertes limitaciones físicas desde su nacimiento, y exiliado junto a su madre por el tirano de turno, en 1235 el joven reuniò un ejército y derrotó al clan de los Sosso.
Nombrado “Mari Djata” (“el rey león”) inicia un profundo trabajo de reforma social, de asistencia a su pueblo y de fortalecimiento de las fronteras de su país. El Imperio de los malinkés o mandingas, como asimismo se llamaban, cuyo núcleo central se situó en los alrededores de la actual Bamako, fue el primero realmente centralizado pese a su enorme extensión en los tiempos de apogeo, desde el Océano Atlántico hasta el actual Níger, ocupando el territorio de los actuales Senegal y Malí, el norte de Guinea y el sur de Mauritania, con una población que llegó a alcanzar los cincuenta millones de personas.
Tal y como reconoce la propia Unesco, la Carta promueve la paz social desde la diversidad, la inviolabilidad de la persona humana (artículo 5: “Cada uno tiene derecho a la vida y a la preservación de su integridad física”), el derecho a la educación (artículo 9: “La educación de los niños incumbe al conjunto de la sociedad; el poder paternal, en consecuencia, pertenece a todos”) y a la seguridad alimentaria (artículo 36: “Calmar el hambre no es robo si no se lleva nada en la bolsa o el bolsillo”), así como a la libertad de expresión y de asociación. No elude el reconocimiento del rol de la mujer en la sociedad mandinga (artículo 14: “No ofendan nunca a las mujeres, nuestras madres”; artículo 16: “Las mujeres, además de sus ocupaciones cotidianas, deben participar en todos nuestros gobiernos”), el respeto debido al extranjero (artículo 24: “No hacer daño nunca a los extranjeros”) incluso si es un enemigo (artículo 41: “Maten a su enemigo, pero no lo humillen”) y la protección de la Naturaleza, que es confiada a los cazadores (artículos 37 y 38: “Fakombé es designado jefe de los cazadores. Está encargado de preservar el campo y sus habitantes para el bien de todos”, “Antes de encender fuego en el campo no miren al suelo, levanten la vista en dirección a la copa de los árboles”). Sin embargo, uno de sus grandes avances fue un abordaje mucho más humano de la esclavitud, en un tiempo en que esta práctica estaba extendida en todos los rincones del mundo. A partir de la Carta de Kurukan Fuga en el Imperio de Malí tan solo admitía la esclavitud doméstica o por nacimiento, pero muy suavizada (artículo 20: “No maltraten a los esclavos, dénles un día de descanso por semana y hagan de tal suerte que dejen de trabajar a horas razonables. Se es señor del esclavo, pero no de la bolsa que lleva”).
Como si todo esto no bastara, el emperador estimuló tanto la cultura y la educación –desarrollando un sistema de escritura totalmente original y autóctono- que los conocimientos acumulados en pocas décadas prácticamente equipararon a los de los árabes de su tiempo. Y aún más: generó, en la profundidad de la selva, un lugar misterioso y esotérico, punto de reuniòn y prácticas esotéricas secretas, un lugar que -como Shangri-Lá- muchos creen haber identificado: Tombuctú la “ciudad de los 333 santos”.

El reino de paz
El Reino de Nri (948–1911) fue un estado medieval de la etnia nri-igbo, un subgrupo de los pueblos igbo, ubicado en el actual sur de Nigeria. El Reino de Nri se considera atípico en la historia mundial de los gobiernos en la medida que su líder no ejercía ningún tipo de poder militar sobre sus súbditos. Antes bien, el reino existía como una esfera de influencia política y religiosa, abarcando su radio de acción la mayor parte de la región cultural igbo, que era administrada por un sacerdote-rey denominado Eze Nri.
El reino era un refugio seguro para todos aquellos que habían sido rechazados en sus comunidades y al mismo tiempo un lugar donde los esclavos eran liberados de sus ataduras. Nri se expandió gracias a las conversiones, ganando la lealtad de las comunidades vecinas sin imponerse por la fuerza. Se dice que el fundador regio de Nri, Eri, era un «ser del cielo» que descendió a la Tierra para establecer la civilización. Una de las herencias más conocidas de la civilización de Nri es su arte, manifestado por ejemplo en los bronces Igbo-Ukwu. Durante muchos siglos, el pueblo bajo la hegemonía Nri estuvo comprometido con la paz. Este pacifismo religioso estaba enraizado en la creencia de que la violencia era una abominación que contaminaba la Tierra. Y todos sus gobernantes y ciudadanos estaban convencidos de un origen estelar: cuando en un remoto pasado, los “sabios de las estrellas” habían descendido entre ellos para enseñarles el buen gobierno, la solidaridad y la fraternidad entre los hombres.
Por motivos más cercanos a la clínica parapsicológica que a la investigación antropológica, durante varios años estudié en profundidad los culto afroamericanos, tal como (con inevitables deformaciones culturales) se practican en Sudamérica, conocidos como Umbanda, Quimbanda y Candomblé, entre los más “masivos”.
No es éste el lugar para extenderme sobre los mismos, pero permítaseme señalar que, dentro de su “primitivismo contextual” siempre me llamó la atención ciertos profundos y muy técnicos conocimientos de Esoterismo. Tengo la fuerte sensación que estos cultos son la degradación contemporánea de prácticas antiquísimas donde las “entidades” de planos astrales tenían contacto más o menos directo con los oficiantes, que llegaban a esa condición, precisamente, como resultado de un largo y eficaz aprendizaje. Este tema en particular amerita espacios propios y, por cierto, me he dedicado y publicado ello en mis estudios. A la luz de lo escuetamente expuestos hasta aquí, sería ingenuo suponer, por ejemplo, que el imperio egipcio no tuvo contacto –comercial, cultural, espiritual- con estos reinos.
Una vez más, el viejo paradigma europeo de ver a las etnias “primitivas” aisladas en su horizonte geográfico desconociendo la existencia de otros, cae por su propio peso. Se trataba, ese mundo antiguo, de un conjunto dinámico, interactuante y retroalimentado de culturas y civilizaciones. En consecuencia, todas sus culturas y tradiciones (las espirituales también) eran ricas, elaboradas, estimulantes. Es hora, seguramente, de hacer el esfuerzo de redescubrirlas. ¿Cuántos buscadores de la espiritualidad que leen estas líneas, por ejemplo, y que piensan encaminar sus pasos a India, Tibet, Cusco, México quizás, se habrán planteado la importancia de conocer África, de abrevar en sus fuentes, de empaparse de su cultura? Sin duda no está en los folletos de “turismo místico” pero, ¿no será hora de darnos esa oportunidad?

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