A Fondo
Viernes 02 de Enero de 2015

Desconcierto electoral

Alfredo Hoffman / De la Redacción de UNO
ahoffman@uno.com.ar

 

 

Pensar en el futuro inmediato del país es ahora distinto que un tiempo atrás. Hacía unos cuantos años que esto no sucedía: imaginar, proyectar el escenario posterior a octubre de 2015 provoca esta sensación de vacío en el estómago y de hormigueo en la nuca propias de la incertidumbre y de, tal vez, el miedo a lo desconocido. Desde 2003 venimos alimentando una suerte de comodidad; la comodidad que da el terreno ya explorado, de saber qué es lo esperado y esperable, cuáles son las reglas del juego, quiénes son los amigos y quiénes los enemigos. Esto no fue siempre así, claro, decimos desde 2003 pero en rigor hay que explicar que lo fue en forma creciente; desde la incertidumbre inicial, muy parecida a la de ahora, a la sensación de conocer el manual desde la primera a la última página.

 

Aclaración por si hace falta: estamos hablando del kirchnerismo, de su aparición en la escena nacional, de su estabilización en el poder y del desconcierto que genera la posibilidad de que este período político termine y comience otro. O no.

 

Néstor Kirchner fue presidente poco menos que por descarte, porque para el electorado resultó lo menos malo ante los Menem y los Rodríguez Saá que sobrevivían en el epílogo de la crisis económica y política de 2001. Al principio, en buena parte de los ciudadanos predominaba la esperanza, pero apretada entre dos grandes signos de interrogación. Luego el crecimiento del presidente en términos de legitimidad, de consensos y de votos fue llevando a la zona de las certidumbres.

 

En las elecciones nacionales de 2007 el resultado estaba cantado: la fórmula Cristina Fernández de Kirchner-Julio César Cleto Cobos ganó en primera vuelta. La votaron ocho millones y medio de personas. Cristina obtuvo el 46,29%. Mucho más atrás aparecieron Elisa Carrió-Rubén Giustiniani (Coalición Cívica) con el 23,04% y Roberto Lavagna-Gerardo Morales (Una Nación Avanzada) con un 16,91%.
En 2011 muy pocos dudaban de que Cristina obtendría la reelección, y así lo hizo, con un contundente 54,11%. En esa oportunidad casi 12 millones de ciudadanos votaron la fórmula Fernández de Kirchner-Boudou. Segundo fue el binomio Binner-Morandini (Frente Amplio Progresista) con un lejano 16,81% y tercero Alfonsín-González Fraga (Unión para el Desarrollo Social) con el 11,14%.

 

El kirchnerismo supo sobreponerse a muchos sucesos que conspiraron contra esta certidumbre política que se ha traducido en gobernabilidad. El más grave de todos no provino del accionar de fuerzas opositoras, sino de la fatalidad: el fallecimiento de Néstor Kirchner, inesperado e irremediable. Pero la muerte del jefe del partido de gobierno no puso en jaque al Gobierno. Todo lo contrario: potenció la mística y la capacidad de movilización del Frente para la Victoria y sus organizaciones. Y el respaldo se expresó en las urnas un año después de aquel sacudón del 27 de octubre de 2010 en El Calafate.

 

Pues bien, las encuestas que por estos días de verano aparecen en los medios distan mucho de aquellas relaciones de fuerza. Por ahora, ningún candidato o candidata logra despegarse y calzarse el traje o el vestido de favorito/a. Si la elección se hiciera este domingo, ¿podría alguien asegurar que ganaría tal o cual postulante sin temor a equivocarse?

 

La comodidad de lo conocido de la que hablamos al principio pretende ser un dato objetivo, sustentado en los números de las dos últimas elecciones presidenciales y de lo que las encuestas dicen hasta ahora. Claro que esa comodidad ha sido para muchos irritante y para otros muchos ha sido una tranquilidad, y resulta indiferente solamente para un tercer grupo cada vez más estrecho. En igual sentido, el desconcierto de esta hora es para los primeros una esperanza de cambio y para los segundos una preocupación ante ese posible cambio.

 


Para quienes disfrutamos de la política porque valoramos la democracia y las decisiones de los pueblos, para quienes creemos que todavía queda algo de autenticidad en el vínculo entre representantes y representados, para quienes entendemos que la única legitimidad válida es la que sale de las urnas, el año que está empezando será difícil de olvidar. Nos meteremos en estos meses venideros como en una habitación a oscuras, tanteando los contornos de las cosas; pero los preocupados, los esperanzados y hasta los hastiados también iremos conscientes de que estaremos deslizándonos sobre un pliegue de la historia.

 

 

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