A Fondo
Domingo 24 de Abril de 2016

Descargo de un usuario indignado

Alfredo Hoffman / De la Redacción de UNO
ahoffman@uno.com.ar


Quien esto escribe tiene su casa a 12 kilómetros de su lugar de trabajo. Como el gasto de combustible es no solo muy elevado sino ya imposible de presupuestar, el o los viajes diarios los hace, salvo escasas excepciones, en colectivo. Así que el lector ya está avisado: esto no es neutral ni objetivo, es el resultado de la experiencia subjetiva de un usuario del transporte público de Paraná que además es periodista.

El caso es que uno ya no sabe qué es lo que más indigna de la travesía cotidiana. 

Primero es la espera o, mejor dicho, la desesperación de no saber cuándo va a pasar el colectivo. Decir desesperación puede ser un poco exagerado, pero cuando pasan 15 minutos ya se permiten las primeras quejas por lo bajo; a los 20 hay que buscar otra posición para las piernas; a los 25 se puede caminar ida y vuelta a lo largo de la parada; a los 30 aparecen los primeros insultos. Y en lo sucesivo la impaciencia va desbordándose y algunos, efectivamente, desesperan. Lo asombroso, sin embargo, es que no hay registro de reacciones violentas o incidentes que merecieran ser noticia con motivo de esas increíbles demoras. Este cronista ha llegado a pudrirse durante más de una hora, en varias oportunidades, y no ha visto más que reproches murmurados a choferes que nunca tienen una explicación convincente para dar. Esto habla muy bien de la educación de los usuarios paranaenses. Una buena.

Primero la espera. Después la mugre. Quien escribe no recuerda haber subido a una unidad limpia en el último año, pero en los meses recientes la situación ha empeorado. Los alérgicos empiezan a estornudar de inmediato al tomar contacto con la nube de tierra que habita en los ómnibus. La ropa limpia no dura ni un minuto en tal condición. Saber por qué lugar de la ciudad va el autobús es tarea difícil: las ventanillas tienen un polarizado natural hecho de la densa suciedad acumulada que –pobre consuelo– sirve al menos de barrera para los rayos ultravioletas en los días de mucho sol.

Tercero, el apretuje. Se viaja como vacas en camión jaula, como sardinas en lata, como un tetris humano, como un pogo involuntario y sin música o las comparaciones que se prefieran para describir el bamboleo y el roce con desconocidos de cada hora pico y no pico también. Lo sorprendente en este caso es que no haya accidentes ni heridos como consecuencia de este amontonamiento peligroso de decenas de personas arriba de un vehículo en movimiento.

Y cuarto y último de este conteo, el precio del boleto. Si los tres puntos anteriores no fueran tan así, los 7 pesos con tarjeta y 8,50 con monedas resueltos por la Municipalidad recientemente, tal vez, no sonarían tanto a robo. Pero un servicio claramente deficiente no puede costar tanto. 

Son 280 pesos al mes si se paga con Tarjebus y se hace dos viajes por día de lunes a viernes. La eterna promesa de que ahora sí habrá un transporte público como la gente, a esta altura es muy difícil de creer. Por eso la mansedumbre de los usuarios estafados se explica por su resignación. La resignación de quienes ya no esperan que el sistema cambie para mejor. 

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