La Provincia
Lunes 10 de Agosto de 2015

Del “voto por el mesmo” al imperturbable cuarto oscuro

Repaso por la historia del voto en Argentina y algunas apostillas de los comicios en la provincia.

Luciana Actis / De la Redacción de UNO
lactis@uno.com.ar


En estos 199 años transcurridos desde la Declaración de la Independencia, el proceso mediante el cual legisladores y mandatarios acceden a sus cargos ha evolucionado, y aún continúa mutando. Ayer, millones de argentinos y argentinas nos acercamos a las escuelas y elegimos a los candidatos que queremos que compitan en las próximas elecciones generales. Sin presiones, sin amenazas, en el resguardo del imperturbable cuarto oscuro.

Parece un ejercicio absurdo pensar que hace menos de 70 años las mujeres no podíamos elegir a nuestros representantes y, mucho menos, que tales representantes pudieran ser mujeres. Igualmente, hoy en día es difícil imaginar a los votantes emitiendo su voto a viva voz, bajo la amenazante mirada del patrón o, incluso, de los mismos candidatos.

Damián Capdevila, titular del Archivo General de Entre Ríos, reseña que hacia 1822 solo se elegía a la Legislatura, y este órgano era el encargado de elegir a un gobernador por dos años. “Votaba muy poca gente, hombres que tenían instrucción y cierto poder económico. Y el sistema electoral era bastante precario. Recién en 1853, cuando Urquiza era presidente de la Confederación, se aprueba la Constitución y se instaura un proceso electoral apenas más organizado, pero el voto cantado sigue hasta 1912. Incluso, cada gobernador ya sabía quién lo iba a suceder; los estancieros traían a sus peones para que votaran y los comicios siempre eran en los atrios de las iglesias principales”.

Justamente, en su libro Nogoyá en el historial de Entre Ríos, el doctor Juan Bautista Ghiano –abuelo de Capdevila–, hace alusión a un acontecimiento ocurrido en el atrio de la iglesia de esa ciudad el 10 de enero de 1875. Ese día, el juez de paz convocó a elecciones para renovar el Concejo. A las 9 de la mañana, 45 vecinos incluyendo a los candidatos a concejales y componentes de la mesa, se reunieron en el atrio de la iglesia Nuestra Señora del Carmen de Nogoyá para emitir en voz alta su voto, frente a los hombres poderosos del lugar. El acta electoral citada por Ghiano así lo demuestra: “A las 12 del día, los componentes de la mesa llamaron a votar de la siguiente forma: preguntado el vecino Santiago Aquino, manifestó votar para municipales por Mateo Carboni, Darío Graz, Avelino Mantero, Teodoro Menoyo, José Salas, Evaristo Martínez, Padre Hipólito Lesca, Francisco Bolívar, Crispín Gallo, Tristán Frutos, Juan Iturburo, Fco. Pruso y Juan Boneti. Luego se siguió llamando y se anotó en el acta: ‘vota por el mesmo’, ‘vota por el mesmo’...”. A las cuatro de la tarde, se labró el acta firmada por algunos de los presentes, donde quedó asentado que “el mesmo” resultó ser el imbatible vencedor.

El fraude era moneda corriente. Hasta el mismísimo Domingo Faustino Sarmiento, prócer eternizado en mil bustos de bronce, se jactaba de ello en una carta escrita en 1857 a su amigo Domingo de Oro: “Nuestra base de operaciones ha consistido en la audacia y el terror que, empleados hábilmente, han dado este resultado admirable e inesperado. Establecimos en varios puntos depósitos de armas y encarcelamos como unos veinte extranjeros complicados en una supuesta conspiración; algunas bandas de soldados armados recorrían de noche las calles de la ciudad, acuchillando y persiguiendo a los mazorqueros; en fin: fue tal el terror que sembramos entre toda esta gente con estos y otros medios, que el día 29 (de marzo) triunfamos sin oposición”. 

Más “diplomático” Carlos Pellegrini defendió el fraude al afirmar: “No hay voto más evidentemente libre que el que se vende”.

Cuartos no tan oscuros

Sancionada en febrero de 1912, la Ley Sáenz Peña llegó para dar forma al sistema electoral que –con varias modificaciones– sigue aún vigente. En ese entonces, el voto universal (a medias), secreto y obligatorio vino a solucionar una grave falla en el sistema electoral; sin embargo, los vicios fraudulentos no fueron erradicados. 

El abanico de irregularidades era amplio: se compraban libretas de enrolamiento o se sellaban antes que el votante siquiera pudiera ingresar al cuarto oscuro o, simplemente, los punteros llevaban a los votantes y les quitaban sus libretas o le daban sobres previamente armados. La presión directa o indirecta de la policía, la expulsión de fiscales y la supresión del cuarto oscuro, la sustitución de votantes, la designación de delincuentes como presidentes de mesa o bandas armadas regulando el acto eleccionario fueron solo algunos de los métodos de los que se valió la oligarquía para mantenerse aferrada en el poder.

Con el derrocamiento de Yrigoyen llegó el “fraude patriótico”, la anulación de elecciones y alteración de resultados que persistieron durante una infame década.

Y otras malas costumbres, menos agresivas en apariencia, pero igualmente nocivas, persistieron durante mucho tiempo más. El poeta gualeyo, Juan José Manauta, las retrató en algunos fragmentos de su novela Las tierras blancas, donde la dura realidad del protagonista –el pequeño Odiseo– se desarrolla con los comicios como telón de fondo. Ya en la víspera de ese domingo de elecciones que marcaría la vida del gurí, la mayor parte de los hombres se encerró en el “corralón” a comer asado, jugar a las tabas y beber como si no hubiera mañana: “Odiseo se había sentado en el umbral sin esperar nada, simplemente por mirar a los que habiendo dejado las canchas de taba pasaban por el callejón. Entre ellos, los que conservaban todavía algún peso, iban derecho a dejarlo en lo de Estévez. Los que no, mironeaban de un lado a otro, sin esperanzas ya, las manos en los bolsillos, por donde habían transitado los míseros reales de la propaganda electoral y algunos otros que Dios sabe cómo habían ido a parar a sus manos, como no fuera también por causa de las elecciones, mediante una de esas changas inverosímiles que salen durante esos días extraordinarios”.

Elecciones democráticas en serio

El voto democrático en serio -secreto, universal y obligatorio- recién se dio del todo en la elección de Perón de 1946.

“Me dirijo hoy a los trabajadores del campo. En pocas horas estarán en condiciones de decidir sobre los destinos de la Patria. Este es un hecho trascendental. Tengan cuidado. No concurran a ninguna fiesta a que los inviten los patrones el día 23. Quédense en casa y el 24 bien temprano, tomen las medidas para llegar a la mesa en la que han de votar. Si el patrón de la estancia como han prometido algunos, cierra la tranquera con candado, rompan el candado o la tranquera o corten el alambrado y pasen para cumplir con la Patria. Si el patrón los lleva a votar, acepten y luego hagan su voluntad en el cuarto oscuro”, así arengó Juan Domingo Perón a la población rural en una emisión radial, previo a las elecciones del 24 de  febrero de 1946.

Esos comicios marcaron el principio del fin del fraude electoral como práctica aceptada. Ya para 1951, con las mujeres incorporadas al sistema electoral, se concretó la primera elección verdaderamente democrática en la Argentina.

Luego, con el objetivo de dotar una mayor autonomía a los territorios nacionales, el gobierno convirtió en provincias a La Pampa y a Chaco, prosiguiendo con la provincialización de Misiones en 1953 y de Neuquén, Río Negro, Formosa, Chubut y Santa Cruz en 1955. A partir de entonces esas provincias eligieron a sus gobernadores, que antes eran designados por el Poder Ejecutivo. Así mismo pudieron designar a través del voto por primera vez a sus senadores y diputados nacionales.

Algunos recuerdos electorales de la Entre Ríos bien profunda

Los pueblos más olvidados, aquellos que no tienen un peso electoral importante para los políticos, parecen revivir en épocas de elecciones, donde todo era una fiesta. 

Así lo recuerda Nair, que pasó su infancia en Gobernador Mansilla, Departamento Tala; y su adolescencia en Lucas González: “Me acuerdo de las elecciones cuando ganó Frondizi, cuando el peronismo estaba proscrito. Yo habré tenido 9 o 10 años, pero mi familia era muy militante política. Era un día de fiesta, en el pueblo chico era un día de fiesta para todo el mundo. Me acuerdo que mis padres siempre estaban en las mesas desde temprano, y la gente se vestía de primera para ir a votar. El poder elegir candidatos era un motivo de festejo”, relata, y destaca cuán notoria era la presencia del Ejército, que se apostaba en cada esquina para mantener el orden y custodiar las urnas. “No me acuerdo que haya habido agresiones como se dan ahora, ni entre partidos ni entre candidatos, pero sí me acuerdo de las trampas de los politiqueros, que en la misma fila al cuarto oscuro le daban sobres a la gente con boletas recortadas”, añade, y recuerda que era vox populi que gran parte de la población masculina era convidada con asado y vino la noche antes a las elecciones.

Nair votó por primera vez a los 23 años, ya que gran parte de su vida transcurrió entre intermitentes irrupciones de gobiernos de facto. Transcurría el año 1973, cuando su candidato, Héctor Cámpora, fue electo presidente: “Era toda una expectativa, porque uno no sabía de qué se trataba. Lamentablemente, su gobierno duró poco tiempo”, cuenta. Después llegó Perón; a su muerte, Isabelita; y luego, la más sangrienta dictadura cívico militar de la historia argentina. “Yo era maestra, y tenía que enseñar el Preámbulo de la Constitución. Y costaba hacerles entender a los chicos que la Constitución no se aplicaba, que no había Cámara de Senadores, ni de Diputados. Era ciencia ficción”.

Por su parte, Angélica, pasó gran parte de su infancia y juventud en San José de Feliciano, en el extremo norte de la provincia. Al regreso de la democracia, con 24 años de edad, pudo votar por primera vez, y hasta le tocó ser presidente de mesa en una escuela de Feliciano.

“Llegaban camiones con gente que traían del medio del monte para votar. Algunos parecía que nunca habían estado en el pueblo. Creo que ni siquiera habían visto nunca a otras personas que no fueran de su propia familia. Me acuerdo de una mujer que bajó del camión con sus dos hijas, que habrán tenido unos 20 años. Las tres vestidas con vestidos hechos con la misma tela, tomadas de la mano, y asustadas. En la cola del cuarto oscuro, la madre les empezó a decir cómo era la boleta que tenían que elegir, el nombre del candidato. Era voto cantado, los fiscales del otro  partido quisieron impugnarlas; pero al final terminaron votando igual”.

 

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