A Fondo
Viernes 21 de Agosto de 2015

Del Negro y otros perros heredados

Valeria Girard / De la Redacción de UNO
vgirard@uno.com.ar


Fueron los primeros en llegar al barrio, los llevó el sereno de la obra y se los dejó olvidados. Rubio, de perfil más bajo y bonachón, pasa largas tardes al sol en cualquier puerta cercana y solo atina a mover la cola al dueño de casa, que lo tiene que saltear para salir o entrar a su hogar mientras él lo mira inmutable. Negro, mucho más irreverente y atrevido, pasa sus días recorriendo patios, arrancando prendas de las sogas o castigando al despistado que se olvido una zapatilla, una media, cualquier cosa, incluidos los más chicos, sus juguetes y sus chupetes. 

Casi siempre es lo mismo. Poco después de “robarse” algo, arroja el botín en medio de la calle, como para que todos sepan quién fue el autor. Su fiel compañera, una perrita de la manzana A, traslada todo hasta el fondo de su vivienda, como intentando cubrirlo en sus travesuras. Tantas veces sucedió, tantas veces se publicaron en el grupo del WhatsApp del barrio las fechorías del Negro que una vecina armó una caja de Objetos Perdidos/Encontrados y la llevó a la despensa. Así es como los vecinos terminamos unidos y organizados para ganarle de mano al perro. 

“Eso debe ser cosa del Negro”, sentencia una vecina cada vez que se publica una nueva foto. Cada tanto, cuando uno entra al local, da un vistazo a la cajita, para ver si alguna prenda les resulta conocida. Con o sin intención, el Negro te saca una sonrisa. Lo ves tan movedizo, tan obstinado y estás convencido de que no aprenderá jamás. 

Los heredados, los propios, los ajenos, las mascotas de un barrio también van conformando su identidad. La idiosincrasia de un barrio se construye, con todo lo bueno y lo malo que cada vecino aporte. Se define, se crea un código de convivencia único. Los roles se distribuyen y poco a poco uno va sintiendo eso que por tantos años le describieron y no reconocía, que es el sentido de pertenencia. Así es como se comienza a trabajar en proyectos comunitarios, se ambicionan las mismas cosas y se atesoran las mismas anécdotas. 

Cada barrio tiene un no sé qué especial. Tiene una identidad propia que le imprime a sus vecinos color, estilo y costumbres irrepetibles.  

Las ciudades, los pueblos, los barrios en los que vivimos son mucho más que el espacio donde se desarrolla nuestra vida cotidiana, tienen una identidad que nosotros en cuanto habitantes y sujetos activos contribuimos a crear desde nuestra acción y nuestra mirada. Esta contribución es recíproca, nuestra identidad también se configura desde el barrio como espacio de relación, nos dota de una historia común. Así se forman los rasgos barriales, con los vecinos, con las mascotas, los impuestos, los heredados, porque todos pertenecen, todos son parte del paisaje y del día a día.

 

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