Entrerrianos por el mundo
Sábado 12 de Noviembre de 2016

Del frigorífico a dedicar su vida a servir a los demás

El padre Francisco Daniel Ríos está cumpliendo 25 años en el sacerdocio, santa elena fue su casa, pero san José hoy es su lugar.

Quiso ser jugador de básquet, estudió Magisterio, trabajó unas pocas horas en el frigorífico Santa Elena, pero se abrazó definitivamente a la vocación religiosa. El padre Francisco Daniel Ríos está cumpliendo 25 años en el sacerdocio y cuenta cómo llegó a ser párroco en Estados Unidos sin hablar el idioma ni conocer la idiosincrasia de ese país. La anécdota con la vecina de Santa Elena que lo convenció para ir a misa en vez de ir a bailar con una de sus hijas durante una Cuaresma, la atesora como un recuerdo de su adolescencia que lo marcó para siempre. Sexto de siete hermanos, a los 28 años asumió el compromiso de misionar por el mundo siendo docente y sacerdote a la vez, sus dos pasiones en la vida. "Hasta Francisco me copió el nombre; cuando vino a Estados Unidos fue un súper impacto. Va dejando una gran marca, pero tiene sus contras. Es un desafío, no es fácil", reflexionó sobre la designación del Papa argentino.
—¿En qué barrio vivía en Santa Elena?
—En el Cambacuá viejo.
—¿Qué recuerdos tiene de su infancia?
—De la calle pasaje Rosario, todos los vecinos, siempre muy unidos. Se enfermaba uno y todos corrían para ayudar. Siempre me acuerdo de mi mamá y mi papá. Se enfermó alguien: busquen a la Male y al Negro, así les decían. Entonces ellos siempre al servicio de todos, pero todos los vecinos eran igual. Me acuerdo de correr en la calle, jugar con una pelota de trapo, jugar a los fusilados, a los borrachos y a los policías.
—¿No estaba el peligro de estar en la calle hasta entrada la noche?
—No. Fue una infancia muy linda, donde no había Internet, entonces teníamos que jugar afuera, correr, jugar al vóley, jugar a lo que sea. También estaban las peleas entre gurises, pero todos nos conocíamos, con mucha confianza, dejando la puerta abierta. Nadie entraba a robar, todas esas cosas que se han perdido hoy en día.
—¿Compartía mucho con sus hermanos?
—Mis hermanos mayores tenían su grupo de amigos, porque somos siete y mi hermano mayor me lleva 11 años. Entonces él tenía su grupo de amigos, mi hermana lo mismo; los tres menores fuimos más unidos porque practicábamos los mismos deportes: jugar al básquet, al vóley, ir al río. Teníamos muchas cosas en común que a lo mejor no tenía con los más grandes.

Su formación universitaria
—¿Cuándo decide ir a estudiar a Buenos Aires?
—Mi hermano Juan José, desde que estaba en la escuela Secundaria trabajó en el frigorífico en computación, porque iba a ser la carrera del mañana. Quise entrar también, pero mis matemáticas no eran las mejores. Entonces no pude entrar en la Universidad Tecnológica en Buenos Aires y me quedé trabajando con un señor que estudiaba Arquitectura. También jugaba al básquet porque mi hermano era socio de Independiente. Después regresé a Santa Elena y estudié para maestro. Cuando terminé el 5º año justo empezaba el Magisterio en Santa Elena, por lo que mi mamá me decía: 'Seguí el Magisterio, entonces con un título de maestro después podés estudiar lo que quieras. A mis padres les interesaba que tuviéramos una herramienta para defendernos en la vida. Yo como todo adolescente tampoco le hice caso: me cansé de las monjas durante 12 años y ya no quería saber más nada. Mi hermano Beto estaba estudiando en el Instituto de Educación Física, quise seguir esa carrera, pero no pude entrar. Se cerró una puerta, después la otra y como las mamás siempre tienen la razón terminé estudiando en el Magisterio.
—¿Hizo toda la carrera?
—Ahí también pasó algo curioso; te cuento todo esto porque hace también a mi vocación, sobre cómo las cosas van sucediendo.

Un día en el frigorífico
—¿A qué se refiere?
—Entré a trabajar al frigorífico de Santa Elena con unos amigos y trabajé un día (risas...) Nos dieron nuestra ropa blanca y como a las dos horas pasaron preguntando quién quería hacer horas extras. Entonces le pregunto a mis amigos "¿Ustedes van a hacer horas extras?" "No", me contestaron. Y les dije que iba a hacer unas horas más. Cuando se cumplieron las 10 horas me tenía que ir porque tenía práctica de básquet. El que estaba de encargado me pidió que hiciera más horas y le dije que no podía. Me fui, y al otro día cuando llegué, me llaman y me dicen: "Ríos devuelva su ropa, se puede ir, quédese con su básquet".
—¿Lo echaron por no hacer horas extras?
—Eso es lo que yo entendí.
—¿Qué tarea hizo ese único día de trabajo?
—Tuve que cargar cajas, y en esas horas extras me tocó descargar de un camión latas y subirlas a otro lugar. No era nada pesado, pero como ya había hecho 10 horas... Algunos me dijeron que ese día se habían quedado trabajando entre 14 y 15 horas. Lo curioso es que mi papá trabajó en el frigorífico como 35 años, fue supervisor y preguntó qué era lo que había pasado, si yo había hecho algo malo. No pudo hacer nada, así que no trabajé más en el frigorífico.
—¿Esa experiencia le dejó alguna enseñanza?
—En ese momento pensé: "Aunque tenga necesidad nunca más voy a trabajar en el frigorífico". Consideré que no me trataron bien, por eso digo que no hay mal que por bien no venga. Entonces seguí en el Magisterio, empecé a tener alumnos particulares hasta que terminé la carrera.
Del aula a la iglesia
—¿Cuándo aparece la vocación?
—En ese tiempo venían los seminaristas a misionar a Santa Elena cuando corría el año 82. Después hubo un cambio de sacerdote, con un religioso que visitaba las casas y los enfermos. Pero la historia clave es otra: un día con un grupo de amigos vamos a buscar a unas muchachas para ir a bailar. Era la Cuaresma. Fuimos a buscar a Sonia -quien luego murió de cáncer- entonces sale la mamá y nos dice: "¿Ustedes qué hacen acá?". Les respondimos que íbamos a buscar a Sonia y a Daniela para ir a bailar. "No, no, ellas hacen Cuaresma, no van a los bailes. Y ustedes no deberían ir", nos advirtió. "Bueno, no sea anticuada", le dijimos. Y nos dio una diatriba de que teníamos que ir a la iglesia. Para ese tiempo no iba a misa, hice la comunión a los 9 y la confirmación a los 11. Después no fui más a la iglesia porque los fines de semana eran para la práctica del básquet. Hasta que un día decidí ir a la iglesia como nos dijo Blanca Acosta.
—Así se despertó su vocación.
—El día que fui a la misa, un amigo que se llamaba Roque me preguntó si quería participar de la comunidad eclesial. Entonces me dio las instrucciones: si quería participar en la iglesia me tenía que confesar, y hacía 12 años que no lo hacía. Estuve preparándome, hasta que fui un día a la iglesia y estaba llena, por lo que desistí de hacerlo. Así pasó durante tres domingos. Pero un domingo después de la misa no había nadie y el padre Alberto Iocco, que estaba confesando, saca la cabeza, y el único que estaba ahí era yo. Me confesé y empecé a hacerlo más seguido, y el padre me preguntó si me gustaba leer. Entonces me empezó a prestar libros, de la vida de Don Bosco, de San Benito y eso me fue entrando en mi cabeza. Pensé que podía llegar a ser como Don Bosco, que trabajaba con los jóvenes, o como San Benito, que trabajaba y rezaba a la vez. A lo mejor Dios me estaba llamando; el padre me dijo que lo pensara, me sugirió que terminara el Magisterio y después tenía que decidir lo que Dios quiera.
—¿Cómo llevaba su carrera universitaria?
—Justo en esos días tuve que dar un examen de Teología y la hermana que me lo tomó me hizo la pregunta del llamado de los apóstoles. Al final de la prueba me dijo que la había aprobado, pero que tenía dos preguntas más. "¿Vos creés que Dios puede llamar a cualquiera para la vocación?", me preguntó. Le dije que sí, que a cualquiera, en cualquier momento. "¿No creés que Dios te está llamando?", insistió. Le repetí que no. Pero después me puse a pensar, que se me había cerrado una puerta, la otra, llego a este punto y la hermana Estela me pregunta esto. Entonces lo hablo con el padre y me dice: "Bueno, afrontalo". Llega un momento en que uno tiene que decidir y estaba que sí, que no. Y me decidí por el sí.
—¿Por qué antes había pensando que no era el momento?
—Porque muchas veces la gente piensa que uno se va porque lo dejó la novia, yo había terminado con una chica, quizás esa era la razón y no me daba cuenta. Cuando estaba en el Magisterio sentía que me gustaba enseñar y a lo mejor como maestro podía estar bien. Hablé con un padre que me dijo: "Qué mejor que maestro y sacerdote". De hecho en el Seminario trabajé como sacerdote enseñando Geografía, enseñando Castellano, entonces eso me llevó un poco a decidir la cuestión.
El Seminario
—¿Dónde se formó como sacerdote?
—Estudié en el Instituto del Verbo Encarnado, en San Rafael, Mendoza, además en el Seminario Diocesano de la misma localidad tomábamos las clases. Éramos como 30 que vivíamos en una finca , teníamos todas las cosas en común y fue una época muy linda.
—¿Cuántos años estudió?
—Siete años. Entré en marzo de 1985 y me ordené el 22 de diciembre de 1991. Este año cumplo 25 años de sacerdote.
—¿Qué diferencias tiene con el Seminario de Paraná?
—Se abrió el Seminario Diocesano de San Rafael y a su vez comenzó este instituto de vida religiosa. Entonces entré como religioso a la congregación. Íbamos a clase al Seminario que estaba como a tres o cuatro kilómetros del instituto. La entidad tenía una extensión de siete hectáreas, por lo que todos los días nos tocaba trabajo: riego de plantas, la carpintería y cocinar.
—Después de ordenarse como sacerdote, ¿ya tenía pensado lo que iba a hacer?
—No. Pero cuando empezó el Instituto del Verbo Encarnado su finalidad era evangelizar las culturas y ser misioneros en el mundo. Entonces empezaron a fundar casas de misiones en Perú, en Santiago del Estero y se dio que también se abrió una casa en Brooklyn, en Nueva York. Siempre tenía la idea de que el día que me ordenara me iban a mandar a misionar a Perú. Nunca pensé que iba a venir a trabajar a Estados Unidos, nunca pensé que iba a tener que usar otro idioma, ni ser párroco en el extranjero. Tenía la fotografía de los curas que habían trabajado en Santa Elena, visitando las casas, las escuelas, dando la misa. Entre los padres que vinieron a Estados Unidos a fundar el movimiento estaba Carlos Walker y se instaló en la costa este. Hay muchos hispanos, pero no hay tantos sacerdotes que hablen español. Por lo que se llamó a Mendoza, al Instituto del Verbo Encarnado, para requerir sacerdotes que quisieran misionar. Conocer nuestro destino para misionar estuvo rodeado por una anécdota graciosa: nuestro superior le dice a otro de los sacerdotes: "Vos vas a ir a Rusia". Enseguida me encara y me dice: "Pichi –por mi apodo- vos vas a ir a San Francisco". Cuando me dijo San Francisco me puse contento porque iba a Córdoba, podía estar cerca de mi familia, teniendo en cuenta que mi mamá estaba muy enferma. "No, no es en Córdoba, es en San Francisco, California", me aclaró. Le expliqué que no sabía hablar inglés, aunque insistió en que debía aprender esa lengua.

Primer destino, Brooklyn
—¿Le costó la adaptación?
—No me costó tanto, en el sentido de que uno es joven y nosotros teníamos la idea de que queríamos ser misioneros, evangelizar el mundo. Tuve la bendición de que había otros padres argentinos, entonces estábamos bastante acompañados. El inglés me costó, porque más allá de que haya estudiado en la Secundaria, sucede que uno no está acostumbrado a escucharlos hablar. Una cosa es tener la clase y otra es el hablar a diario con la gente. En Nueva York había dominicanos, puertorriqueños, panameños, que tienen otras costumbres, otra música. Al año siguiente en el 94, cuando me instalé en San José, en los primeros meses extrañaba Brooklyn. Porque la zona donde estaba era un poco peligrosa.
—¿Cuál era el contexto social?
—Había mucha droga, mucha violencia y esas eran las cosas que veían los chicos todos los días. Pero nos recibieron muy bien.
—¿Cómo vivía ese problema, que hoy no es ajeno a ninguna sociedad?
—Iba a jugar al básquet todos los días, sabían que era el padre y no tenía problemas con nadie. Era uno más y te dabas cuenta de que en el otro lado estaban fumando marihuana o vendiendo. Por ejemplo, en San José, me tocó trabajar en la cárcel entre el 95 y el 97, la mayoría de los presos estaba allí por venta de droga.
—De Brooklyn pasó a San José.
—En el 94 vengo a San José, pero seguía extrañando Brooklyn. San José está a una hora de San Francisco, en la costa oeste del Pacífico.
—¿Con qué se encontró en San José?
— Es una zona más tranquila; llevo 22 años en este lugar y debo decir que se han producido varios cambios. No es Nueva York, no es San Francisco, pero sí tiene su ritmo acelerado. Aquí no hay tanto caribeño y hay muchísimos mexicanos, salvadoreños. De hecho en la parroquia siempre han sido mexicanos. Es otra cultura, otra música, otras costumbres. Acá se me ha pegado mucho el acento mexicano, entonces me dicen que no hablo como argentino.
—En su muro de Facebook se puede ver que ha construido un vínculo muy fuerte con la gente.
—Eso es un regalo de Dios, y eso se lo debo agradecer a mi padre, porque ha estado muy atento, muy servicial a uno y a otro. No me cuesta tanto relacionarme con la gente; Ricardo García, que ahora es obispo en la diócesis en Monterrey, me dijo: "La Iglesia es como un restaurant, si te atiende bien volvés, si no te atienden bien no volvés. Si te atienden bien dejás una propina más grande. Acá está estipulado dejar el 20% de propina, porque a los mozos a veces no les alcanza con lo que le pagan". En eso aprendí de tratar bien la gente. Es una gracia, el don de gente, pero no siempre funciona.
—¿Piensa volver a Santa Elena?
—Como cumplo 25 años de sacerdote, el obispo de la diócesis de San José permite que cada 10 años uno pueda tomar un año sabático. Estaré en Argentina entre noviembre y diciembre para celebrar con mis hermanos los 25 años de sacerdocio. Y después vuelvo a Estados Unidos, el 7 de enero, para celebrar los 25 años. El 15 de enero salgo para Roma para hacer un curso en el Colegio Norteamericano. Estoy esperando para descansar y renovarme un poco.

Comentarios