La Provincia
Lunes 12 de Octubre de 2015

Del amor, la risa y la literatura

Entrevista. Una conversación mano a mano con el autor de Crónicas del Ángel Gris y Cartas marcadas, en el marco de su visita a la ciudad de Paraná durante la III Feria del Libro

Ferny Kosiak / Especial para UNO
ferny.kosiak@gmail.com 


A Dolina lo conocí tardíamente. Nunca lo había leído ni escuchado hasta que vino, el año pasado, como invitado a la II Feria del Libro de Paraná. A partir de ahí entré en una vorágine de oír programas por Youtube y de leer sus libros. Algo de esa risa ya estaba anticipada en la dedicatoria con que me firmó El Libro del Fantasma, el cual había comprado para el autógrafo cholulo: “Ahora viene el desengaño… ¡Huyamos!”.

Este año regresó a la ciudad para la III Feria del Libro, y con la amabilidad y el buen trato de los grandes, me regaló un par de minutos de su sabiduría condensada, antes de salir hacia el Teatro 3 de Febrero, donde (creo) que debe haber sido la primera vez que volaron aviones de papel a lo largo y a lo ancho del primer coliseo de Paraná.

—¿Su programa no debería llamarse ‘el amor será terrible’? Siempre hay una defensa y una reflexión sobre el amor de alguna manera, amor a lo cotidiano, amor al conocimiento, amor a las mujeres… y todos esos amores también son terribles.
—El amor es lo más parecido a un milagro que sucede en nuestra vida cotidiana ¿no? En general las cosas que suceden en nuestra experiencia diaria nos hacen ver que las cosas que suceden son previsibles, determinadas, no demasiado milagrosas. Sin embargo aquello que se relaciona con el amor parece construir, al menos por un breve lapso, una lógica diferente donde de golpe ocurren cosas milagrosas incluso en nuestro propio sentir, en nuestro propio cuerpo que reacciona de modos no usuales, de modos no cotidianos, que de un momento para otro comienza a funcionar con unas intensidades nunca previstas en el momento anterior. Eso se parece a un milagro. Y produce además unas sensaciones que obligan a modificar las conductas, a hacerlas impensadas, no sujetas a una lógica de conveniencia, etcétera. Todo eso es un material fantástico para vivir y para reflexionar. En general lo que es bueno para la literatura es malo para la experiencia diaria pero a veces los fenómenos amorosos son deseables para el punto de vista de la experiencia y también desde el punto de vista de la creación artística. Entonces es obvio que un asunto que presenta tales particularidades debe ser atrayente para unos tipos que hacen un programa en donde diariamente se reflexiona, aunque sea volando bajito, de los asuntos más interesantes. Bueno ¿cuál es el asunto más interesante? Este, evidentemente. 

—Una vez dijo que los artistas hacemos para ser queridos.
—Sí, eso lo ha dicho Roland Barthes y yo me sentí reconocido en esa afirmación. Él dice, y lo creo yo también, que presentar a alguien algo que uno ha escrito es decirle: “Mire, yo también soy esto, no solamente soy esa persona que usted saluda cada mañana en la panadería sino que reflexiono también acerca de estas cosas, puedo inventar estas relaciones…”. Después de todo un escritor es alguien que inventa relaciones entre los pensamientos, entre las distintas ingenierías que se usan para relatar. Eso puede hacer que alguien te quiera un poco más. 

—O no.
—Claro, puede ser que te quieran un poco menos. A mí me ha sucedido muchas veces. Estoy hablando con total seriedad de observación. Usted me ha ayudado a llegar a una conclusión que sería: “Es muy posible que esté equivocado el camino de Roland Barthes porque uno va en busca de lana y sale trasquilado: le presenta a alguien un escrito para ser más querido y resulta menos querido”. Empiezo a anotar ahora mismo y a guardar las anotaciones de casos de personas a las que yo respetaba mucho hasta que me mostraron lo que escribían. ¿Por qué no ser uno mismo otra de esas personas?

—Es algo similar a lo que usted suele contar de lo sucedido con Lo que me costó el amor de Laura, un intento infructuoso para reconquistar un amor perdido.
—Sí, pero en este caso interviene el deseo: usar un escrito de uno para suscitar un deseo en otra persona es inútil. 

—Claro. Quiéralo usted o no yo he comprendido mucho del amor a través de sus palabras, y recuerdo algo que usted suele repetir: uno no puede conquistar a alguien a través de las hazañas…
—Claro. Sucede o no sucede. Lo que uno puede hacer es presentarse con algunas hazañas en la mano por si se da el caso de que la tipa ya está enamorada de uno y no encuentra un pretexto mundano adecuado para acercarse. Entonces uno llega, muestra una esmeralda que ha traído de la luna y ese puede ser un pretexto para que ella diga: “Bueno, ya que has traído esta esmeralda….”

—¡Amémonos! 
(Nos reímos.)
—A través de versos, que usted cada tanto dice en su programa, como “Aquí le traigo el mondongo/que usté me mandó a comprar/ como no lo puedo entrar/ en la puerta se lo pongo” o “Tan solo una lágrima/ derramó Berta/ tan solo una lágrima/ porque era tuerta” ¿no hay una defensa a ultranza de la desaparecida poesía popular?

–(Se ríe, como quien recuerda los versitos pícaros que hace mucho no oye.) El tema está en saber a qué llamamos poesía popular ¿no? Admito esa denominación que usted hace porque son rimas carnavalescas, prostibularias, que buscan escandalizar. Y a mí me resultan muy simpáticas, incluso más simpáticas que aquellas poesías de las que hablábamos, que se proponen una exhibición jactanciosa. Vuelvo a la pregunta que usted me hizo “¿Para qué escribe uno?” y una de las respuestas, casi la misma de Roland Barthes pero formulada en otros términos es: para jactarse, para hacer exhibiciones jactanciosas, con fines amorosos o profesionales. “¿Por qué escribe usted? Y, para dármelas andá a saber qué.”
—A mí me pasa a veces que en alguno de los talleres literarios que coordino aparecen poesías voluptuosas y rimbombantes y yo les paro el carro y les digo: “No, tiene que ser fácil como ‘Aquí le traigo el mondongo…’”

—Es que estas poesías tan graciosas, tan inocentes carecen de esa jactanciosidad, y destruyen la afectación. 
—Y ponen en jaque un canon.

—Sí, también. 
—Juan Sasturain dijo sobre usted: “Dolina, como Fontanarrosa, es un notable escritor cuya obra espera no el reconocimiento de los lectores sino la lectura inteligente que su excelencia merece. Hacer reír (…) suele estar contraindicado si se quiere ser reconocido como escritor.” ¿A usted le parece que no lo leen inteligentemente?

—No, a mí no me parece ninguna de esas cosas que dice Juan. Lo primero que me parece es que no son graciosas las cosas que escribo. Que yo no escribo para hacer reír. Ojalá que no produzca eso. En el programa sí tenemos un propósito humorístico pero yo le pongo a usted en las manos Cartas marcadas o Bar del Infierno y podrá encontrar alguna relación, digamos, ingeniosa, que por ahí puede producir algún estado de cinismo más que de humor pero a mí no me parece que yo sea un humorista cuando escribo, espero no serlo. Y no me parece que mis libros se parezcan absolutamente en nada a los libros de Fontanarrosa, que era un querido amigo y un escritor muy respetable. Usted que conoce la obra sabe que tenía otras obsesiones, no escribía sobre las mismas cosas que escribo yo.

–Bueno, yo le tengo que decir que algunos de sus cuentos sí me han hecho reír…
–Puede ser. Pero de ahí a decir que el escritor no es reconocido porque busca hacer reír, bueh, yo no me propongo hacer reír, o no siempre, o casi nunca, o cada vez menos pero no esa la cosa. La risa, por otra parte es una respuesta muy plana, muy directa ¿no? El que se propone hacer un chiste para que los demás se rían tiene unas recetas que son muy básicas, diría yo. Si uno desea construir una literatura medianamente compleja debe tener otros propósitos. Si uno tiene una reflexión que hacer acerca de la condición humana, mejor sería que no se dedicara a escribir. Y acerca del reconocimiento o no reconocimiento: en general las personas que dicen que yo no soy un escritor reconocido habría que preguntarles de dónde lo han sacado. Posiblemente de la opinión propia pero Juan es un querido amigo y tiene derecho a opinar eso.

–Sí, pero me parece que de lo que Sasturain está hablando es de una lectura catedrática, académica. Que eso es algo que le ha pasado y le sigue pasando a Fontanarrosa, no logra la entrada y la validación por la academia. En su caso me parece que el cariño y la empatía que usted genera a veces van en contra de las lecturas “inteligentes”. 
–Sí, yo no tengo ni mucha ni buena relación con el mundo académico. Lo que pasa es que me gustaría saber cuál es el mundo académico, de qué modo se expresa ese mundo. Yo no veo que se relacione mucho conmigo pero no lo hace ni a favor ni en contra. Es una perplejidad. ¿Cómo se verifica el reconocimiento académico?

–Y hay que ver si conviene ese reconocimiento…
–Supongamos que conviniera. No sé cómo hacen. ¿Dan premios? ¿Cuáles? No lo sé. Incluso si yo fuera de la academia no me reconocería. No porque hago reír sino porque me parece que por ahí no doy la talla para entrar en un canon. También hay muchos que no dan la talla y están ahí lo más tranquilos. Pero, bueh, qué sé yo.

 

Comentarios