La Provincia
Viernes 13 de Noviembre de 2015

De la vorágine y el calor de las masas al espacio para la reflexión y la familia

Líder e ícono de la resistencia a las políticas de ajustes, comprometido tiempo completo con lo gremial, Edgardo Massarotti persigue hoy el equilibrio entre trabajo y afectos. #UNO15Años #EdiciónEspecial. 


Daniel Caraffini/De la Redacción de UNO
dcaraffini@uno.com.ar


No resulta habitual observar que una persona que acaparó tanto poder, que fue tan influyente política y socialmente, camine por las calles como cualquier otro ciudadano. Cuando lo normal es que las personas se eternicen en esos espacios de la vida pública, él decidió mirar atrás y al mismo tiempo girar la vista hacia adelante, trazando otra perspectiva de vida.
Se lo puede ver esperando el colectivo, o entre la gente que disfruta de los nuevos espacios verdes del exhipódromo de Paraná. También yendo juntos a la par con su nieto Luca, a veces acompañándolo con sus amiguitos, y en otras haciendo de su casa el lugar para que esos niños se recreen. 
Vive en la misma vivienda desde los años 70, y en la que antes habían habitado sus abuelos, en el barrio Parque o San Martín. Y continúa trabajando en la Dirección de Transporte de la Provincia.
No tiene denuncias ni sobrevuelan sospechas de hechos reñidos con la ética y la moral, mucho menos con la traición o renuncia a los derechos de los trabajadores. Tan solo ostenta un juicio por la quema de la puerta de Casa de Gobierno, ocurrida durante una movilización de los agitados y trágicos días del fin del neoliberalismo, sustanciado en 2007 y en el que fue absuelto de responsabilidad. Como contrapartida de ello, sigue pendiente la Justicia por Eloísa Paniagua, Romina Iturain y José Daniel Rodríguez, fallecidos víctimas de la represión de los días 19 y 20 de diciembre de 2001. 
Como cualquier actor público, podrá ser cuestionado por acciones, hechos o decisiones, pero no se podrá ocultar o negar su fortaleza y convicción para afrontar luchas colectivas, con coherencia ideológica. 
Edgardo Massarotti fue uno de los líderes gremiales más convocantes e influyentes de la provincia, a través de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE), junto con un puñado de entidades sociales. Fue el ícono de la resistencia a las políticas neoliberales que sembraron exclusión y desigualdad, y finalizaron con un trágico saldo en Entre Ríos. 

La entrevista surgió por todas las razones mencionadas, a propósito de un balance de lo que pasó en estos 15 años que cumple hoy Diario UNO de Entre Ríos. El análisis de aquellos tiempos no muy lejanos, su mirada de la realidad actual y su vida hoy, fueron parte de un atractivo e íntimo repaso y reflexión. 
Luego de tantos años y tiempo vivido preocupado por los demás, atraviesa este tiempo más ocupado en lo personal y familiar. “No me arrepiento de esa dedicación, porque fue y lo asumí como un deber y un sentido moral; hoy tengo una dedicación más familiar, tal vez reparando algunas culpas”, arrojó al hablar de lo que fue liderar ATE, un gremio cuyo personal trabaja las 24 horas del día, y en un contexto de ajustes y quitas de derechos laborales. 
“Uno sentía que el corazón le iba a explotar”, contó sobre aquellos trágicos momentos de implosión del modelo neoliberal, en 2001. Forma parte de esos dolores de parto de la historia. Uno, a la historia la tiene que mirar a partir de ahí”, expresó al recordar lo vivido en ese sangriento diciembre.
La charla se desarrolló en su casa, entre el ir y venir de niños y perros que dan vida y sacuden el hogar.
—Luego de una fuerte exposición pública, de ser un actor protagónico de la realidad política, social y gremial de la provincia, ¿cómo es esto de correrse del lugar? ¿Cómo es su vida hoy, tras haber sido un emblema de luchas sociales, el ícono de un tiempo no muy lejano?
—Creo haber cumplido una etapa en la actividad sindical, muy movida, con mucha agitación porque fueron los períodos en donde las políticas neoliberales se expresaron muy fuertemente con ajustes, denominados “reformas del Estado” y esto hace que hoy al haberme alejado de esa actividad, tengo una impronta de dedicación básicamente familiar, cosa que no hice con mis propios hijos, lo cual vivo con mucha culpa. He tenido situaciones personales muy delicadas; eso me llevó a pensar que si uno no tiene un cierto equilibrio en la dedicación… Más allá de que no me arrepiento, lo asumí como un deber y un sentido moral, dedicarme todo ese tiempo para poder hacer realidad todo lo que uno piensa. Cuando uno habla de justicia social, de la soberanía, de todas esas cuestiones y se queda en las palabras, eso no se expresa en hechos concretos. Y para que sean hechos concretos uno tiene que batallar, no es sencillo. En ese sentido, mi vida hoy es una distinción bastante tajante con respecto a aquellos tiempos en que no había horario: ATE es un gremio de amplísima representación, porque dentro del Estado conviven los trabajadores de la administración central pero también están los del sector de Salud que trabajan las 24 horas, el Consejo del Menor, o incluso el Iafas donde están los casinos, entonces los horarios eran abarcativos prácticamente de las 24 horas del día, con lo cual uno ha estado corriendo de un lado para otro, con una vida agitada. Pero no me arrepiento porque formó parte de querer, sobre todo cuando uno es joven, y tener la aspiración de cambiar las cosas. Así que de alguna manera fue la voluntad y la impronta para hacer las cosas. Hoy es una dedicación distinta, quizás reparando con algunas culpas.
—¿Qué le dejó de positivo y qué de negativo ese período?
—Lo positivo, cuando uno después de situaciones terribles de despidos sobre todo, que es la medida más dolorosa para un trabajador quedarse sin su fuente de trabajo, logra restituirlo, es una sensación muy especial. Es una satisfacción muy grande, un deber cumplido, una cosa que emotivamente me marcó mucho, en ese compañero que podía recuperar su fuente de trabajo. Y en lo negativo, uno siempre tiene la idea de que hay más cosas que se pueden hacer. O quizás que se podrían haber hecho mejor, pero en nuestra memoria siempre procuramos que quede aquello que nos hace bien. Hubo varios logros en una ATE que fue una construcción colectiva, porque creo que muchas veces se lo sindica en una persona, cuando en realidad es producto de una construcción absolutamente colectiva. Es decir, no había una marcha en la que yo podía encabezar –que lo hacía porque era secretario general– pero que si no tenía los compañeros en la marcha, la marcha no existía. Para graficar un poco lo que es una construcción colectiva.
—¿Y en el plano personal?
—En términos personales me significó mucho. En parte tiene que ver con una dedicación de tiempo, tal vez algunas cosas podrían haber sido evitables, o no. A esta altura de mi vida no puedo pensar mucho en eso, pero sí me queda como una cosa negativa.
—Es esto de los equilibrios que usted planteaba, pero que uno tal vez nunca sabe o no le resulta fácil encontrar, cuando asume una responsabilidad.
—Uno asume que cada situación o hecho vivido por cada trabajador o trabajadora, es una responsabilidad; para eso me pusieron acá, para que eso se mejore. Entonces esa responsabilidad es una cosa que pega muy fuerte. No me arrepiento, pero pienso que podría haber podido tenido un poco más de equilibrio.
—¿Y en la decisión de alejarse antepuso estas cuestiones, antes que otras, de otros planos?
—Fueron estas cuestiones más personales. Pero además creo que todas las personas tenemos un desgaste natural, tanto en lo personal como en lo político-social. Creo que uno siempre tiene que ir dando esos pasos.
—Ha tenido muchos ofrecimientos, y de todo tipo para asumir nuevas responsabilidades y funciones, y usted responde que no. Es decir que el reconocimiento está, como está su decisión. Pero mantiene la militancia social desde otro lugar.
—Sí, en alguna medida sí. Hubo más cuestiones del orden estrictamente personal, que de lo político. Muchas veces ahora siento esa tensión en las ganas de hacer más cosas en términos políticos y sociales, siento esa tensión. Pero también lo personal.
—Yendo hacia atrás, veía en los archivos periodísticos cuando por ejemplo, en el año 2000, ATE y otros sectores sociales se movilizaron contra la privatización de Aerolíneas Argentinas, con una marcha en el aeropuerto de Paraná. Hoy, 15 años después, volvió a ser argentina y todo el arco político –al menos en los dichos– expresa la voluntad popular masiva de ese patrimonio público. ¿Qué reflexión le surge cuando en aquel momento, la movilización, las protestas y los planes de lucha se daban en un escenario de expectativas tal vez no muy promisorias, de poder cambiar esa realidad?
—Es interesante plantearlo en esta medida. En primer lugar, nunca me planté con desesperanza ninguna lucha, porque sino se pierde de entrada. Siempre con pelear lo más que se puede, porque es la única manera de frenar ciertas cosas que se daban. Si uno se entrega antes… Y precisamente aparece algo que dijiste recién, el tema de la privatización de Aerolíneas: hoy Aerolíneas está en otra situación y si hay coincidencia de las fuerzas políticas, es porque tal vez eso es el resultado de esas grandes luchas del 2000. Cuando se produce la implosión del modelo neoliberal en 2001, aparece una demanda social muy importante que estaba allí pero tal vez un poco oculta, una demanda social por la presencia del Estado. Entonces eso imbrica con esas luchas para las movilizaciones. Fue una lucha que mucho tuvieron que ver sectores como el nuestro. Entonces esto que sucede hoy acá, tiene que ver con aquello. En términos personales, 15 años es mucho, pero en términos sociales o políticos históricos es una brisa de tiempo. En lo de hoy está un poco aquello, entonces por eso es una de las satisfacciones de haber luchado aquello con convicciones y hoy que puedan aparecer algunas de esas cosas, es bueno.

—A veces a la distancia, al mirar para atrás, uno hace nuevas lecturas sobre lo que pasó, o aparecen otras imágenes o pensamientos. ¿Cómo ve hoy el 19 y 20 de diciembre, fechas tan simbólicas y trágicas para la provincia?
—Sigo teniendo las mismas sensaciones de lo trágico de aquel momento. Eran momentos en que uno sentía que el corazón le explotaba, por todo lo que iba sucediendo, la escala de represión, de violencia. La mirada para mí no ha cambiado de ese momento; digo de ese momento no en términos políticos, de análisis de situación, sino en términos de sentimiento que tengo sobre esos momentos: creo que son de los grandes dolores de los partos de la historia; el 19 y 20 de diciembre fueron justamente ese quiebre con ese modelo que venía antes, y cualquier cosa que se hizo después del 2001, en términos políticos e institucionales, tienen que ser vistos con esa mirada. Por eso es un hecho trágico, pero forma parte de esos dolores de parto de la historia. Uno, a la historia la tiene que mirar a partir de ahí, como los planes sociales, que uno tiene que recordar que fueron surgiendo pequeños planes cuando se fue De la Rúa para ir arreglando algunas cosas, la devaluación en términos económicos, las políticas que se ven hoy en día mucho tiene que ver con eso. Entonces para mí tiene un significado muy grande y trascendente.
—Alguna vez, acerca de ese período, lo escuché decir que si no hubiera tenido la participación que tuvo el colectivo social de lucha, tal vez hubiese sido peor.
—Sí, es una expresión que la recibí de algunos sectores como por ejemplo la Iglesia. Ellos me manifestaron en dos o tres oportunidades, que si no hubiésemos estado nosotros con el colectivo... Nosotros éramos muy ruidosos, pero nunca dimos un paso más allá de ese ruido. Yo veía con alguna que otra protesta sucedida no hace mucho tiempo, en donde se amenazaba a pasar por encima de un Policía. Nosotros nunca llegamos a eso, ni siquiera amenazamos en esas cuestiones. Entendíamos sí, que teníamos que luchar con toda la fuerza, que tenía que hacerse visible nuestro reclamo, pero creo que en un marco de evitar males mayores, porque lamentablemente hay muchos que procuran que ocurran esas cosas.
—A veces es difícil controlar a las masas, porque además también hay que tener cuidados en que otros no quieran que se produzcan cosas.
—Sería muy largo explayarse sobre eso y sobre hechos vividos, pero hay tantas operaciones en términos de acciones psicológicas... En esos momentos, uno veía cosas muchos peores… Hay cosas que tampoco se pueden contar mucho….
—Años muy difíciles, en comparación con ahora, en términos de convivencia política.
—Porque es interesante que se ha hablado mucho en esta campaña electoral, que se dan con todo, de las agresiones, y yo digo que es más mediática que otra cosa. No veo ese nivel de cosas que pasaba en aquel tiempo; puede ser que ocurran y yo no las vea o conozca. Pero al menos esas cosas que yo viví no están pasando. Pero en algún momento será necesario reflexionar un poco más sobre estas cosas.
—La tensión social no tiene nada que ver con el clima social de hoy.
—Claro.
—Hablaba de que nunca dio un paso más allá, en la protesta gremial. ¿Hay límites o qué límites debe haber en la protesta?
—Te podría citar el Catecismo Católico, cuando habla y reconoce el derecho a la resistencia, cuando hay opresión. Y plantea cinco puntos que tiene que ver con los límites morales, y entre ellos es no causar un daño mayor. Tiene que ver cómo se conduce la moral en situaciones más violentas. Creo que hay límites y uno debe respetarlos, desde ya. No provocar mayor daño o violencia que el que te están provocando.

—¿Y cómo observa la militancia de hoy con la de años atrás?
—Creo que hay. Aparecen, como en todas las cosas de la vida, un blanco o negro. Por ahí escucho, cuando los mayores nos ponemos a pensar que en nuestra época tal cosa. Entonces, hoy aparece que no hay tanta militancia porque hay una parafernalia de carteles, por empresas publicitarias, aparecen muchas de esas cosas y no tanto el cartel pintado a mano. Entonces uno tiende a pensar que no hay tanta militancia. Aún así yo diría que esto es relativo. Los tiempos son diferentes, porque uno no analiza bien los momentos históricos que se viven. Es cierto que a veces uno tiene determinadas prácticas, y nosotros en el gremio procuramos mucho por la militancia, porque la militancia afianza el sentimiento de comunidad, afianza el sentido de unidad y pertenencia, y esto fortalece mucho la cohesión de un grupo social. Días atrás charlaba con un amigo y me cargaba porque decía que estaba con alguien que le contaba que años atrás yo le había hecho hacer 2.000 volantas en papel madera y a mano. Le contesté que el papel ideal es más barato que el papel madera, así que difícil (risas). Ese hecho me había olvidado y efectivamente luego recordé que hicimos hacer a los compañeros, a mano, pero tenía que ver con eso. Ese es el sentido de la militancia, cuando aparecen hoy más esquemas publicitarios, uno puede pensar otra cosa. Pero está la militancia, con algunos matices respecto de aquella.
—Referente y líder social como usted, qué le podría recomendar a los nuevos militantes.
—Lo que acabo de decir. La militancia es un compromiso muy especial, donde uno tiene que dar para no recibir nada a cambio. Militar es muchas cosas, es pensar que uno puede cambiar algo; esto también es importante porque uno milita cuando uno cree que puedo cambiar algo, y hay que hacerlo, y hacerlo ahora. Eso es militancia. Y en ese sentido, no recomiendo nada, no soy opinólogo, pero creo que estas cosas son las que hacen a la entrega. Nosotros vivimos muchas cosas, momentos paradigmáticos. La militancia de los 70, los compañeros entregaron la vida. Eso fue el máximo de la militancia: entregar la vida propia es algo mayúsculo. Y en ese sentido viene la militancia, cuando uno quiere cambiar algo, tiene voluntad, compromiso, lo hace sin esperar nada a cambio, y cuando ese ejercicio de militancia se da, se logra una cohesión muy importante.
—Hay generaciones o jóvenes de estos últimos años que ya no lo conocen. Si uno googlea su apellido, aparecen cosas de 2007 o 2009. ¿Cómo podría presentarse o decir quién fue usted? 
—He buscado justamente evitar esa cuestión del personalismo. Quizás procuraría decirle que fui protagonista de aquella ATE que le dio batalla a las grandes leyes de despidos, privatizaciones, las que logramos derrotar a la corta como la 8.706 de Moine, o la 9.235 en la época de Montiel, a más largo plazo. Pero en las dos logramos la reparación, evitamos un montón de privatizaciones en la provincia. Entonces quizás, la forma de presentarme es que formé parte de aquellos que lucharon.

Su vida hoy
“Todavía trabajo porque me falta poco para jubilarme, la cantidad de años de servicios los tengo de más, pero me falta la edad. Sigo en la Dirección de Transporte de la provincia de Entre Ríos. Procuro mucho formarme, reflexionar. No estudio Ciencias Políticas, como alguna vez se dijo. Soy descendiente de árabe y empecé a estudiar idioma árabe. Lo empecé a estudiar por afecto, pero también por una recomendación médica. Yo fui siempre un tipo de mucha memoria, antes para los discursos no solo no leía, sino que recordaba textos o frases completas. Siempre fui de citar, y he perdido la memoria espantosamente…”

—Tal vez no perdió la memoria, sino el ejercicio.
Puede ser también, pero ahora soy temeroso. Me he vuelto temeroso y cuando tengo que hablar, escribo, Pero además porque fui un cultor de la precisión, porque para mi las palabras tienen un sentido muy preciso. A veces tardo no sé cuanto para buscar la etimología de las palabras, y el sentido y el significado preciso. Pero al margen de esto, el médico que me está atendido que me hace los controles del cáncer de tiroides, me dijo que es buen ejercicio para la salud mental el árabe, porque se escribe al revés del castellano, tiene otra comprensión, se ejercita el cerebro de otra manera. 
Tuve un pico de hipertensión y se me explotó una vena y todavía ando medio con una visión confusa. Pero esto me lleva a reflexionar mucho sobre esas cosas que vos me estás preguntando: siempre intento reflexionar, porque también es cierto que en aquellos momentos hay cosas que uno las obra casi diría en caliente: se producían de golpe y uno tenía que estar actuando. Alguna vez alguien dijo que los gremialistas no podían ir al psicólogo, porque ir a hacer psicoanálisis requiere reflexión, y el gremialista es una persona de acción. Y en realidad es así, lo pensé alguna vez y dije algo de razón debe tener, porque tiene que tener acción y el tiempo para la reflexión es menor. Hoy tengo más espacio para la reflexión. 

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