A Fondo
Lunes 06 de Abril de 2015

De la chacra local a la confederación continental

Descubriendo Entre Ríos.  Bella tradición comunitaria que la colonialidad desfigura (parte I)

Tirso Fiorotto / De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar

 


Principios antiguos y vigentes que podrían mostrarnos ese mundo de vidas complementarias, armonía y trabajo digno, ocultado por el sistema de ganancia, consumismo, competición y saqueo.


Nos anima en estas reflexiones una inquietud muy extendida en pleno siglo XXI sobre los riesgos que enfrentan la biodiversidad, y la especie humana en la biodiversidad. Quizá por el desconocimiento de nuestra condición y de nuestro lugar. Nadie que conozca una abejita, pero que la conozca, pondrá en peligro su vuelo.


La lectora o el lector de esta columna puede sufrir problemas de arraigo y de trabajo, u observarlos en la vecindad, y al mismo tiempo ser testigo de daños en el ambiente, por aquí y por allá. Entonces se preguntará por las causas y por los modos de revertir este estado de cosas. Aquí analizaremos algunas vías posibles.

 

 

Dignidad herida

 


El punto que nos lleva a este análisis es la necesaria exhumación del mundo integral que evitaría flagelos de hoy como son: el destierro de nuestras familias, la concentración de las riquezas en pocas manos y a la vez la contaminación del ambiente. Veremos que no es cuestión de inventar un sistema desde un escritorio. Si volvemos a los principios milenarios de este suelo todo se alumbrará.


Hoy la vida está amenazada. Ocurre en el planeta, y no estamos a salvo. No solo por el consumismo, el gasto extremo de energía, la búsqueda de energía por métodos harto peligrosos, la manipulación de los alimentos, los cambios genéticos introducidos en las semillas, la moda de la fumigación con cócteles químicos, las patentes, sino también por el armamentismo que sostiene a este sistema.


A esos problemas les sumamos la pérdida de conciencia sobre la trama que nos da sentido a los seres humanos, sobre el ser profundo de las cosas que compartimos, del que no estamos separados aunque el individualismo y el antropocentrismo nos engañen.


Podemos vivir muchos años pero tal vez alienados y siervos, y con la dignidad herida. Nuestra supervivencia es directamente proporcional, a veces, al quebranto del ambiente, o al consumo de energía que debemos preservar para nuestros nietos.


Claro que los problemas no se plantean solo hacia futuro. Cuando hoy vemos jóvenes hurgando en la basura en nuestras ciudades, jóvenes que (en algunos casos) dentro de pocos años llegarán un poco más drogados, un poco más borrachos, nos preguntamos, volvemos a preguntarnos por las prioridades del sistema y comprobamos que no están en el ambiente sano y tampoco en el hombre. Y nos aferramos a las posibilidades infinitas que nos brinda la naturaleza para una vida que no excluya, que no coloque a unos aplastando a otros, una vida comunitaria y necesariamente austera.


Si los pájaros, los peces, se hacen un lugar, se turnan para alimentarse, nosotros podemos respetar el lugar de los pájaros, los peces, los humanos. ¿Quién lo impide?

 

 

Armonía o muerte

 


Advertimos los obstáculos del sistema dominante para abrirnos a uno de nuestros principios y fines prioritarios, el conocimiento, y el ámbito necesario para el conocimiento: el vivir bien (en quichua sumak kawsay, en mapuche kumen mongen), en armonía, en amistad, con otros (no contra otros). Vivir bien en un lugar adecuado (tekohá en guaraní), que aceite el diálogo de la comunidad en la naturaleza, y sea el abono de la meditación serena.


Armonía o muerte, decimos. Un automovilista que insulta a otro por una infracción en el tránsito, y el otro que saca una pistola, esa escena tan argentina que ha sido llevada incluso al cine, es la manifestación de un desasosiego, de una ruptura de lazos.


Ante los desafíos que nos presentan la biodiversidad, el conocimiento, la armonía, vamos por una vida en paz, comprometida con el paisaje, es decir, una vida no individualista, no escindida de las esencias, no apurada, no competitiva, no entregada a las banalidades.
Desde allí apuntamos a experiencias nuevas que echan raíz en antiguos principios. Por ejemplo la agroecología y la permacultura, respuestas a un tema central, la alimentación sana y en cercanía.


Jamás perderá vigencia el ser humano inclinado ante el agua, ante la Pachamama, ante los demás seres, y curándose de la soberbia del antropocentrismo.


Conscientes de nuestra pertenencia al ambiente, y de la salud que nos debemos, entonces sí podemos pensar en compartir territorios para la alimentación y el diálogo con la naturaleza.

 

 

La unidad nos llama

 


Nuestra inquietud nace además en la conciencia de un racismo geográfico y partidario que se manifiesta en las oportunidades de arraigo, de trabajo; o mejor, un cóctel de racismos que desanima a miles de jóvenes, familias, grupos, en sus emprendimientos y sueños.


Nos reconocemos en la unidad, como pueblos del Abya Yala (América), unidad como especie y con otras especies, y como cultura. Unidad esencial, desde donde podemos discernir los fenómenos con una perspectiva integral que decimos “de cuenca”, es decir, no fenómenos aislados, no compartimentos estancos, sino conjunto. La visión llamada holística permite intuir cuántos cambios provoca un cambio que parecía insignificante, y nos persuade en la necesidad de la mínima invasión.


Unidad en el mundo, ante la dispersión, la especialización, la atomización, el choque.


Esa unidad nos llama, sola, a revisar los sistemas de educación y comunicación, puestos hoy al servicio de un régimen en que predominan el capital, la ganancia, el éxito individual o sectorial. A descolonizar la cultura.


Si decíamos biodiversidad, no es difícil ver allí la unidad, donde cada cosa es en relación con las otras.  Eso en la naturaleza, y lo mismo en nuestras culturas. ¿Podríamos pensar en un camino para los paranaenses que no incluyera a los concordienses? ¿En un camino para los argentinos que no incluyera a los orientales, a los paraguayos?  ¿Un camino para la mujer y el hombre que no incluyera a las mariposas?

 

 

El destierro

 

Nos reconocemos en una pluralidad de vías para el conocimiento, en tiempos en que la modernidad nos constriñe (con la ciencia) a una sola vía sobrevalorada. Un autor acuñó la expresión “ecología de saberes”. Lindo, para escuchar con mayor atención a los que no están “licenciados” por el sistema para hablar. 


Añadimos a nuestras inquietudes los obstáculos del régimen a la participación en los intercambios y las decisiones (el menosprecio de la licencia social) sobre asuntos comunes, y la caída del hombre en el consumismo, manifestación, en nuestro continente, de la colonialidad, si consideramos que el Abya yala repulsa al industrialismo.


El consumismo asecha. Traspasa clases sociales, sexos, edades.


En nuestro continente, industrialismo, propaganda, consumismo, son vicios importados y, por arraigados que estén, deben ser considerados como las plagas exóticas en las reservas naturales. Donde prima el industrialismo difícilmente el hombre se salve de medir las cosas por su cantidad.


En ese esquema se desenvuelve nuestro modo insano de vida, producción y alimentación, como también nuestra caída en el uso de energías no renovables (petróleodependencia) y el extractivismo que provocan el sistema de exportación de bienes primarios y el alto consumo promovido por la propaganda que decíamos.


Y en ese esquema, como si fuera poco, una condición sine qua non: el flagelo del destierro que sufren los pueblos del litoral argentino con una de sus causas, la concentración de riquezas en pocas manos, por la prepotencia del capital financiero y sus socios.


Vivir bien, en unidad, en armonía, para el conocimiento integral, emancipados del capital y del consumismo, sin las zozobras del destierro. He ahí los principios.

 


 
Los vuelvistas

 


Claro que vivir bien equivale a que ningún vecino pase hambre ni sea marginado. Desde estos saberes es imposible un ámbito de armonía cuando hay otro que no tiene qué comer.


La tradición comunitaria que decimos está en las antípodas de un régimen colonial que concentra las riquezas, acumula sin equidad, da prioridad al dinero, expulsa a las personas de su territorio (las echa afuera o las hacina en barrios), a la vez que exprime al planeta, contamina el agua y el suelo, tala los montes, llena los arroyos de basura o pone en riesgo los acuíferos.


Para delimitar las vías de abordaje de estos asuntos, o mejor, de este asunto que se expresa de distintas maneras, nos basamos en antiguas tradiciones de pueblos del Abya Yala y copiamos de la naturaleza el sentido integral, donde cada cosa es en relación con otras, en una complejidad inabarcable para el hombre.


Hemos llamado vuelvismo a esa vuelta de los ojos a la paz, a las sabidurías imperecederas, a la naturaleza, que protagonizan las personas y las agrupaciones. Se asocia con la actitud de mínima invasión, que decíamos, en la naturaleza o a través de ciertas ideas que pueden parecernos a veces creativas pero nunca deben sostenerse en el menosprecio de conocimientos hondos.


El vuelvismo involucra la libertad de las personas, en oposición a la vigilancia y el control en franco progreso. La actitud de no invasión equivale a caminar juntos, a no mirar todo con hambre para saciarse uno. Y subrayamos esta condición porque facilita la comprensión: los vuelvistas no son un invento, un proyecto, ya existen, nos despiertan a diario con sus estudios, con sus inquietudes, con sus asambleas, son expresiones del mundo verdadero, el mundo orejano, chúcaro y libre.


Esa libertad en la comunidad puede ser entendida como soberanía particular de los pueblos. Este es un concepto heredado de la revolución independentista federal (artiguista), sinónimo de descentralización, federalismo, autogestión, empoderamiento de los vecinos, y es un antídoto contra la verticalidad del imperialismo colonialista.


Con tantas influencias europeas (más reconocidas) como del Abya Yala (siempre ninguneadas), ese federalismo desde el pie implica una recuperación de asambleas y soberanías regionales, para desplegar las potencialidades, curados de los atropellos de la oligarquía metropolitana y sus seguidores, y sostenidos en ese principio que comentábamos al principio: el conocimiento. Este es un tema central. En la medida en que se imponga la metrópolis enferma a la cabeza no habrá unidad continental antiimperialista posible.

 

 

El capital, un parásito

 


El federalismo desde el pie se conecta sin esfuerzos con la resistencia, la lucha, y con el acceso a la tierra (si consideramos que el conocimiento y la participación no hallan hogar en el destierro o el hacinamiento). Basta conocer los principios de las Instrucciones a la Asamblea de 1813, o del Reglamento de Tierras de 1815, y la composición genuina de la lucha artiguista para comprender su profundidad y arraigo. Los que izamos la bandera de la banda roja estamos haciendo flamear un símbolo que resume estos pensamientos, y aquellos sacrificios, un puente directo a la wiphala.


No hay, en esta red, lugar alguno para el capital financiero y las multinacionales y la concentración de las riquezas. No avizoramos aquí ninguna posibilidad de coexistencia, y es un hecho que la biodiversidad y la población humana son la prioridad. La unidad en la humanidad encuentra aquí otra razón: la lucha de la humanidad toda contra el capital financiero, ese parásito. En nuestra región, esa lucha debe apuntar, entre otras cosas, contra el acaparamiento de la propiedad o el uso de la tierra, y contra la concepción de la tierra y los alimentos como meras mercancías.

 

 

Los antecedentes


Para el necesario reparto hay antecedentes centrales como el Reglamento Provisorio de José Artigas que entregó suertes de estancias a los desposeídos bajo la consigna “que los más infelices sean los más privilegiados”. También en el viaje de Manuel Belgrano al nordeste, y en proyectos incluso durante la etapa colonial propiamente dicha. Y tenemos como precedentes fundamentales sistemas comunitarios de nuestros pueblos, como el ayllu, de manera que la propiedad absoluta y la ganancia como motor de la economía deben ser extirpados como se extirpa un tumor maligno, para devolver la conjugación completa del verbo compartir.


  En lo que respecta a la lucha, no debemos eludir la cadena de luchas independentistas, federales, obreras, campesinas, ecológicas, anticoloniales, en sus más diversos matices.


  El acceso a la tierra, hoy, debe pensarse desde aquella condición antigua de la mínima invasión, del pedir permiso, de la economía sustentable, que ha calado hondo en los movimientos ecologistas, fuentes de estudio y resistencia. Acceso a la tierra como hijos, no como dueños.


  En próximas ediciones analizaremos algunos conceptos expuestos aquí, a la luz de las culturas de este continente, nos detendremos en el problema de la colonialidad, y veremos cómo el trabajo en relación con la tierra puede sentar bases para recuperar posibilidades de arraigo, establecer un federalismo desde el pie, preservar la biodiversidad y la diversidad productiva, asegurar la soberanía alimentaria y reimplantar la armonía y unidad perdidas.


*Adecuación para Diario UNO de un ensayo presentado ante una convocatoria de la JAPL.

 

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