La Provincia
Domingo 05 de Junio de 2016

Daniel Enz se rinde a la soledad del periodista que reta al poder

Rumbo al 7 de junio. Uno de los periodistas argentinos más audaces en la investigación de los poderosos por abusos, corrupción, infamias, crímenes y arbitrariedades a granel nos cuenta riesgos del oficio y anuncia su nuevo libro

Tirso Fiorotto / De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar 


Con más de 35 años en el oficio, Daniel Enz no se cansa en encarar nuevos desafíos que pongan en la mira al poder.  

Conocido por sus obras sobre los tiempos de la dictadura, los héroes de las Malvinas, la concentración de la propiedad de la tierra, la corrupción enquistada, los narcos y los hechos de violencia resonantes de la región, Enz confiesa aquí algunos efectos de su trabajo sobre la vida personal y familiar.

Allí no faltan las zozobras por las presiones económicos, los aprietes, las reiteradas denuncias en la Justicia, ni un intento de homicidio.

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No me duele tanto


—¿Cuándo te cayó la ficha de que en Entre Ríos debíamos hacer otra forma de periodismo y denunciar al poder?
—Cuando me despidieron de El Diario, en abril de 1989. Entendí que se podía hacer otra forma de periodismo y contar muchas cosas que no se contaban. Por eso decidí sacar Análisis.

—¿Hubo influencias del Página de Jorge Lanata?
—Creo que sí. Yo había hecho varias denuncias a través de la revista El Porteño, donde también estaban Jorge Lanata y otros periodistas que después fueron a Página/12.

—Si reuniéramos la obra completa de Análisis en el plano del periodismo político, ¿con qué nos encontraríamos?
—Con una larga crónica de lo que nos pasó en Entre Ríos en estos más de 25 años. Con avances y retrocesos; con buenos y malos dirigentes; con corrupción, abuso de poder, una Justicia que siempre atacó al poder después que los dirigentes dejaron de ser gobierno y nunca antes.

—¿Te sentiste muy solo alguna vez, en el ejercicio del oficio apuntando al poder?
—Demasiadas veces me sentí solo y a veces me sigo sintiendo de esa manera. Pero dejé de darle importancia. Ya no me duele tanto como antes. Es como que el tiempo me generó una coraza y sigo adelante sin ponerme mal o quejarme. Pienso que cada uno juega su rol y sobrevive como puede. Uno sabe qué hizo y qué no hizo en periodismo en estas décadas. Habrá quienes se podrán mirar tranquilos en el espejo; otros no podrán hacerlo sin ponerse nerviosos.

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Porque me cansé


—¿Qué cosas y a quiénes perdiste por trabajar con independencia?
—Perdí muchas cosas, en especial por el costo que el poder te hace pagar cuando uno se mete con ese poder. No le alcanza con amenazarte de diversas formas; cercarte, apretar anunciantes o instrumentar una campaña con lenguaraces de turno que están dispuestos a hacer el trabajo de turno. También lo hacen con los integrantes de tu familia y eso es lo más costoso, porque ellos terminan pagando los costos de tu trabajo. Por eso incluso hace ya varios años que dejé de denunciar públicamente una amenaza o una intimidación, pese a que siguen reiterándose. Acudo directamente a la Justicia o bien le advierto de la situación a determinados funcionarios judiciales o políticos. Pero no la cuento más, porque me cansé. Casi nunca encontré respuestas, salvo el caso del exjefe policial Ernesto Geuna, a quien logramos condenar por sus amenazas. Pero pasaron cosas graves y dolorosas. Ingresos violentos a viviendas, a oficinas; intentos de asesinato y todo para callarnos. Y fueron momentos dolorosos.

—¿Quisieron matarte?
—Sí, en el 2005, cuando publiqué mi libro Las flores de Fernanda. Quedó radicado ante la Justicia. Venía con mi hijo -que tenía 7 años-, del aeropuerto de Sauce Viejo, en Santa Fe, después de llevarlo al dibujante Miguel Rep para que tomara el avión. En el viaje había escuchado un ruidito, que se fue acrecentando, pero le resté importancia, porque no lo consideré grave. Cuando volvía, a unos 3 kilómetros del túnel subfluvial, literalmente se me salió la rueda derecha del auto, que terminó a varios metros. Me salvó el hecho de que había una extensa cola de coches, por lo cual fui aminorando la velocidad y pasó lo que pasó; incluso, en ese momento iba también conmigo el exesposo de una amiga, que subió al vehículo en Sauce Viejo. Si la goma no se salía allí seguramente me hubiera accidentado al llegar al Túnel, o adentro. Las pericias técnicas demostraron que me limaron los bulones para provocar el accidente. Había recibido varias amenazas en días previos, por lo publicado en el libro, donde dejé al descubierto que hubo personal policial que buscó desviar la atención en el secuestro de Fernanda Aguirre; que en todo momento trataron de instalar que había sido colocada en una red de trata de personas, cuando no existía ningún elemento y otros datos más que molestaron. Mi hija tuvo casi un mes custodia policial dentro y fuera de la escuela Del Centenario porque se cansaron de amenazarme a mí y luego empezaron a llamar casi diariamente a los teléfonos del establecimiento educacional, anticipando un supuesto secuestro de mi nena, a través de un comando parapolicial. En fin, fueron momentos feos. Recuerdo lo que me preguntó mi hija, y me dejó pensando. Llegó y me dijo que sus compañeros de escuela le preguntaban “cuándo iba a parar de denunciar cosas”. Y me hizo sentir muy mal.

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Un estilo


—¿Cuáles fueron las censuras que debiste enfrentar? Imagino, por ejemplo, la presión económica.
—Hubo mucho de presión económica. En especial esa sanción que de golpe te aparece de parte de un anunciante privado, sin explicación alguna, o a través del levantamiento de publicidades oficiales, en diferentes ámbitos. Eso hace un gran daño. Pero también hubo que soportar embates judiciales, de mucho tiempo, que te generan demasiadas dudas. De hasta dónde podíamos llegar y cuáles iban a ser los costos. Tuvimos seis o siete juicios orales, como ningún medio lo tuvo. Y no es fácil estar frente a abogados que en pleno juicio pidan tres años de prisión como condena, y que no se nos permita ejercer más el periodismo. Felizmente la Justicia siempre nos dio la razón. Pero es complejo estar en el banquillo de los acusados, por denuncias de hombres del poder que se sintieron molestos con nuestras investigaciones y de esa manera pretendían censurarnos.

—¿En qué creés que acertaste y en qué te equivocaste, en la vida periodística?
—Creo que el principal acierto fue instalar un estilo periodístico, que se fue haciendo a través de diferentes generaciones: el de investigar temas, denunciar al poder y avanzar con las notas y el cuerpo. Porque había que ponerle pasión, compromiso y verdad. No alcanza solamente con la primera denuncia. Después hay que seguir con el trabajo, ir a declarar a la Justicia, aportar documentación. Creo que Análisis fue el medio que más denuncias judiciales generó en estos últimos 25 años. Nos equivocamos en estrategias fundamentalmente. A veces nos dejábamos arrastrar por la pasión y la juventud y queríamos llevarnos todo por delante, cuando era necesario parar la pelota, tomarnos un tiempo y luego reforzar las investigaciones.

—¿Te han ofrecido cátedras en las universidades públicas, considerando tu trayectoria en el ejercicio del periodismo?
—No, en el ámbito público nunca. Solamente me convocaron en la Universidad de Concepción del Uruguay, donde hablamos de periodismo de investigación en el último año, contando experiencias. Y fue muy interesante.

—Considerando que pertenecés al Litoral, a Santa Fe y Entre Ríos, cuna de la república, ¿has visto en Entre Ríos funcionar la república, es decir, la independencia de poderes, durante estos 30 y más años de oficio?
—Lamentablemente no. Salvo en algunos momentos, pero esporádicos.

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La imagen impoluta


—Hay una corrupción ilegal, que Análisis ha denunciado durante décadas. ¿Pensás que a la corrupción legal, es decir, al poder constituido que favorece a los grupos de poder, es más difícil entrarle?
—Siempre es más difícil. Hay que intentarlo toda vez que se pueda.

—Quienes hagan la historia de los años 70 deberán acudir a tus libros sobre la represión, etc. ¿Estás trabajando en una línea similar, o preferís enfocar temas más puntuales?
—He trabajado otros temas, como los abusos de menores (como el caso del cura Justo Ilarraz) o el avance del narcotráfico, que es uno de los temas más graves de estos últimos 15 años, por la forma que se fue colando en todos los ámbitos y sectores de poder. Creo que no tomamos conciencia de hasta dónde avanzó el negocio de la droga en nuestra sociedad y en especial en los sectores de poder de la provincia. De cuánta gente destruyó y de cuántos millones de pesos ha movido en ese tiempo. No hay conciencia y en especial en el poder político. Y eso es lo preocupante.

—¿Qué obra acabás de escribir y de qué trata?
—Es un libro que me debía. Nunca escribí nada de mi ciudad, Reconquista, y hacía mucho tiempo tenía en la cabeza publicar la historia no contada del empresario Francisco Paco Capózzolo, un hombre millonario, que se hizo más acaudalado aún con negocios en la dictadura, en alianza con generales, brigadieres y almirantes. Era como una especie de ministro en las sombras. Nadie se percató demasiado de las barbaridades que hizo, como apropiar empresas de la mano del Ejército, por ejemplo. Y en Reconquista, Capózzolo sigue siendo lo más parecido a Gardel, Lepera y la orquesta típica que lo acompañaba. Salió un libro de 13 capítulos, 330 páginas, con material documental. Se llama Doble vida, y es un aporte a la memoria. Trata de romper con esa imagen impoluta que tenía el empresario.

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Una vida entera en los medios


Conocimos a Daniel Enz en una pensión en Paraná, adonde confluimos el mismo día para estudiar en la Universidad. 

Desde la primera jornada supimos de su pasión por el periodismo y la música. 

Una guitarra, una armónica, un refinado gusto por el cancionero latinoamericano, unos cuadernos de periodismo y unos números de Edición 4 con publicaciones propias ya, a los 18 años, en su Reconquista natal. Incluida una entrevista a Atahualpa Yupanqui que siempre le envidiamos.

Dotado de un temperamento especial para hacerse de amistades, Enz no pasa inadvertido en las reuniones, sea en Paraná o en los encuentros del Foro de Periodismo Argentino –Fopea-, donde milita.

Por eso mismo cabe imaginar el doble esfuerzo que requiere el atrincheramiento para afrontar los costos de la denuncia contra poderosos, sean estos militares, funcionarios, curas, legisladores, empresarios, profesionales o policías.

Largo sería enumerar los medios que fundó, en los que trabajó y los que conduce hoy mismo, empezando por la revista Análisis que es bastión del periodismo regional de finales del siglo XX y principios del XXI, lo mismo que Análisis Digital.

Escribió un adecena de libros, colaboró con otros de enorme repercusión, anduvo por El Diario, Página 12, Clarín, El Porteño, Tiempo Argentino, Veintitrés, Perfil, Canal 9, varias radios, entre los que recordamos.

Escribió Rebeldes y Ejecutores, Código de fuego, El día del juicio, Herencia de familia, Tierras S.A., Abusos y pecados, Las flores de Fernanda, Bandidos sin Ley, Los hijos del narco, y está saliendo del horno Doble vida, sobre Capózzolo, con obvias alusiones a Graciela Alfano.

Son pocos los casos en que referentes del periodismo nacional se empeñan en cavar trincheras en una ciudad del interior y enfrentar a los poderosos sin preguntar cuántos son.

Hoy sabemos, claro, que esa labor exige una gran dosis de esfuerzo y una dosis no menor de soledad.

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