Fútbol
Miércoles 03 de Agosto de 2016

Culpas propias

En menos de dos meses la Liga Paranaense de Fútbol (LPF) ganó las primeras planas. El lugar preponderante no se debió a lo brillante de sus espectáculos, sino como consecuencia de un mal que envuelve a la sociedad y que en el balompié doméstico se está volviendo moneda corriente: la violencia. Es que de un tiempo a esta parte se repitieron hechos repudiables que terminaron anticipadamente con partidos del Torneo Unidad de Primera. Basta con recorrer los archivos periodísticos para encontrarse con sucesos tan repetitivos como detestables.

El 5 de junio cuando apenas transcurrían 25' del encuentro correspondiente a la Zona C y que Sportivo Urquiza le ganaba a Ciclón del Sur por 1 a 0, el árbitro Víctor Schneider fue agredido por un futbolista del elenco del barrio Anacleto Medina y al verse afectado física y psicológicamente determinó la no continuidad de las acciones.

Hubo sanciones que lejos estuvieron de ser ejemplificadoras. Parafraseando al exárbitro internacional Francisco Lamolina se aplicó la regla del: "Siga, siga"...

Un mes después o un poquito más, el 8 de julio para ser más preciso, en el reducto Aníbal Giusti, Peñarol y Sportivo Urquiza jugaban una nueva edición del clásico más popular y convocante de la capital entrerriana. Se creyó que con agrupar un número importante de uniformados era suficiente para que no hubiera incidentes. Pero la falta de planificación de todas las partes involucradas en la diagramación del evento, quedó en evidencia cuando un grupo de inadaptados disfrazados de hinchas apagaron el clima de fiesta, generaron el caos y cancelaron la disputa del derby cuando aun le quedaba un cuarto de hora y la V Azulada lo hacía suyo con un contundente 3 a 0.

Los clubes se levantaron unánimemente por los perjuicios que le ocasionarían al Tricolor la determinación policial de que no pudiera volver a jugar en su cancha y sin su gente y dispusieron el parate del certamen. Lejos de asumir culpas, los dirigentes patearon la pelota para afuera y no asumieron culpas. Eso si, nadie, por afuera de la fuerza, se preocupó por las consecuencias y el estado de los miembros de seguridad agredidos y lastimados. Para que la pelota volviera a rodar el 19 de julio se amotinaron en la sede de Córdoba 53, miembros de la Mesa Directiva, directivos de clubes, el secretario de deportes y miembros de la policía que nunca supieron para que los convocaron; si los otros sectores presentes solamente fustigaron su accionar.

Por unanimidad y "con el compromiso de trabajar para que no se repitan hechos bochornosos", pero sin hablar de medidas de prevención se determinó la vuelta del fútbol.

Bastaron dos fechas más para que la ineficacia del cónclave del 19 quedara en exposición y la misma película vuelva al ruedo en alguna cancha. Fue el domingo en el partido Belgrano-San Benito cuando el juez Guido Vázquez y un joven periodista fueron las víctimas de la agresión en masa de equipistas del elenco que hacía de visitante en La Floresta, cuando iban 15 minutos del complemento.

Es saludable la determinación de la gente de San Benito de dar la cara en y anunciar medidas internas ejemplificadoras. ¿Ahora, quién asegura que de aquí al final no se repitan hechos con las características de los narrados? Nadie. Tal vez sea más fácil acertar en que confrontación se volverán a dar. En la medida que no se den debates profundos sobre la cuestión; que no haya una renovación dirigencial importante a nivel clubes; que los actuales miembros de la LPF asuman sus errores y entiendan que no tienen capacidad de organizar un partido de solteros contra casados, habrá que seguir viendo como los intolerantes proponen y disponen dentro de una cancha de fútbol.

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