La Provincia
Viernes 12 de Febrero de 2016

Cuesta entender una posible mala praxis médica

Vanesa Erbes/ De la Redacción de UNO
verbes@uno.com.ar

El martes se hizo en Gualeguaychú la segunda marcha reclamando que se esclarezca la muerte de Andrea Schlotthauer, la joven de 28 años que hace dos semanas había llegado a la guardia del centro médico San Lucas con un fuerte dolor abdominal, donde el profesional que la atendió le recetó un inyectable, considerando un cuadro de gastroenteritis. Volvió en la misma jornada al nosocomio porque el dolor se hizo más intenso, y la respuesta fue la misma. Al otro día fue internada y tres días después la operaron porque en realidad padecía apendicitis, que derivó en peritonitis. Finalmente, falleció hace nueve días, producto de una infección generalizada.

Ayer, el Centro Médico compartió un mensaje en su muro de Facebook, expresando las condolencias a los familiares y amigos. El texto, donde explican que Andrea “fue atendida con todo esmero y dedicación, como cada paciente merece”, menciona: “Humildemente reconocemos que la Medicina no es una ciencia exacta y los médicos no somos infalibles, también sabemos que no todos los seres vivientes reaccionan de la misma manera a la agresión microbiana, ni tampoco presentan siempre la evolución esperada”.

Este caso me llevó a reflexionar, una vez más, sobre lo afortunada que soy: una madrugada de octubre de 2008 fui a la Guardia del hospital San Martín, en Paraná, desarmada de dolor. Esperé paciente un par de horas sentada en el suelo: no había sillas y no aparecía nadie para atender a quienes aguardábamos en la sala. Cuando por fin me vio un médico residente me aplicó un calmante inyectable, diciéndome que tenía una gastroenteritis. De todas maneras me recomendó visitar a un clínico al día siguiente. Ya aliviada regresé a mi casa, pero al levantarme volví a sentir un dolor profundo que ya no se centraba en el abdomen, sino que alcanzaba mi espalda. Fui a los consultorios de Osecac y otra vez lo mismo: una supuesta gastroenteritis y medicamentos para eso. A las pocas horas tuve fiebre, y en una alternancia de fríos y calores que me sacudían el cuerpo, tan dolorida que apenas pude vestirme, volví a Osecac. Esta vez una médica de guardia me preguntó si alguna vez me habían operado de apendicitis y por fin tuve un diagnóstico correcto.

Luego estuve un día entero en una clínica tirada en una camilla esperando que se desocupe una cama para que por fin me pudieran operar. La peritonitis había avanzado y la intervención duró dos horas más de lo previsto. Pero aquí estoy. Sé de otras personas que pasaron por una situación similar y también pueden contarlo.

Muchas veces he reflexionado sobre si aquella vez estuve o no cerca de la muerte, y leyendo lo que le pasó a Andrea me conmueve pensar que ella hoy podría estar viva. Quizás haya otros casos como el suyo y nunca salieron a la luz, porque la mayoría aceptamos los diagnósticos, las prescripciones y las explicaciones de los médicos como palabra sagrada de quien sabe y de quien está para curarnos y salvarnos si estamos en riesgo. Entendemos que una formación académica que dura al menos siete años, más las extensas jornadas de la residencia, les brindan la experiencia necesaria para que al recurrir a ellos no tengamos que rezar a la par rogando estar en buenas manos. Tal vez algún organismo debería controlar en serio que esto sea así.

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