Hoy por Hoy
Domingo 05 de Febrero de 2017

Cuerpos en la noche

Hoy por hoy. Opinión.

Están ahí todas las noches, en las mismas esquinas de la misma calle de Paraná. Una calle que parece ruta. Pasan camiones, muchos, y autos y motos. Hay quienes ya ni las ven: son parte del paisaje, como un árbol más de ramas cansadas y hojas tristes. Algunos hombres les tocan bocina y ellas saludan con poca energía o les soplan besos. En ocasiones se las ve encorvadas sobre la ventanilla de algún auto caro. Otras veces aparecen como de la nada, caminando apuradas de entre la oscuridad más oscura, haciendo equilibrio sobre tacos que se tuercen al chocar con las piedras que sobresalen del piso de tierra y mientras se acomodan la falda a la altura correcta.

Algunas de estas mujeres se agrupan de a dos o de a tres y conversan sobre temas que el automovilista imagina en la fracción de segundo que le lleva pasar por el lugar, pero que probablemente nunca acierte. Por lo general las chicas trans están paradas aparte. Son como productos que se ofrecen en góndolas distintas para clientes con preferencias distintas. Que hoy escogen cerveza y mañana un malbec.

Una noche de estas advertí una presencia especial en una punta de ese supermercado de los cuerpos. Donde se termina la calle estaba ella: una muchacha joven, jovencísima, cargando su vientre de embarazada. Dudé si había visto bien, pensé que podía haber sido una impresión. Veinticuatro horas después otra vez estaba en la misma esquina. Ya no había dudas.

Estaba en la vereda de enfrente junto a otra chica. Le contaba algo efusivamente. Gesticulaba. Su panza no era muy grande, pero sí lo suficiente como para distinguirla. Fue como un sacudón, un sobresalto. Una de esas imágenes que hacen visible lo invisible. Una aparición que constata la gravedad de lo grave; la injusticia de lo injusto. Lo violento de la violencia.

Las noches siguientes ya no pasé por allí.

Alguien preguntará con razón: ¿Hay algo de esto que sorprende? ¿Cuál es la novedad? Y justamente esto es lo grave: la naturalización de los cuerpos convertidos en mercancías, de la clausura del placer propio en favor del sometimiento para dar placer al otro; de la desprotección y el abandono; del abuso y de la violencia.

Efectivamente, cuando cae la noche en ciertas calles de Paraná, el abuso y la violencia se naturalizan. Ahí están las condiciones perfectas para que se cometa un delito: la trata, la esclavitud sexual. Pero no solo hay responsabilidad del fiolo que prostituye. También ejerce la violencia el que paga por acceder a ese mercado, y así compra un rato de autosatisfacción, a costa de erosionar la dignidad de otras personas, para después volver manejando con las ventanillas bajas a su mundo de hipocresías, de hogar, de familia, de cama matrimonial, de rezos antes de dormir.

Ellas son las víctimas, aunque no logren hacerlo consciente. Porque es la sociedad desigual y machista la que las pone en esa calle oscura. Es esa lógica la que las condena, con o sin consentimiento, a sufrir el abuso sexual como medio de vida, a tener que soportar cuántos hombres desconocidos cada noche; sus respiraciones agitadas, sus transpiraciones, sus maltratos y los peligros y el miedo que viene con cada "cliente".

Las mujeres al servicio de los hombres. Día y noche. En cuerpo y alma. Limpiando los pisos. Sirviendo la mesa. Saciando el apetito sexual de distinguidos señores. Chicas. Adultas. Trans. Embarazadas. Todas. Ellas.

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