La Provincia
Lunes 10 de Agosto de 2015

Cuando la transparencia le cede paso a la desorientación política

El investigador Raúl Moreno señala la confusión como elemento determinante del proceso electoral y analiza el factor “emocional” del peronismo. Pone el foco en el crecimiento de los indecisos a quienes describió como “desorientados”

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


Raúl Moreno –magister en Sociología y Ciencia Política, a cargo de las cátedras de Política y Planificación Social en la Facultad de Trabajo Social– analizó la instancia electoral en curso, que finalizará con las elecciones generales consagratorias del sucesor de Cristina Fernández. El investigador centró su atención en el crecimiento del sector de los “indecisos”. Los calificó como “desorientados” y un factor determinante, fruto de la confusión que ocasiona tanto el sistema electoral como la falta de definiciones de los principales candidatos, con lo cual las primarias se presentan totalmente desnaturalizadas, al igual que la mayoría de las instituciones de la República. 

Dispersión, miedo e indecisión 

—¿Qué me dirías si fuera un periodista sueco recién llegado y te pregunto por el contexto del proceso electoral?
—En principio, que todo el mundo dice: “Oh, una elección como esta hace rato que no se ve”. Pero creo que sí. El sistema político argentino y el sustento jurídico que hace al modelo electoral, no ha cambiado. Lo que cambia en Argentina –como decía Galeano o García Márquez, no recuerdo– son las palabras. No es muy académico pero hablo de estrategia –y otro dicen picardía– o sea cómo jugamos en cada elección. Va cambiando desde las testimoniales a la desorientación total de estas elecciones. Las boletas son el reflejo de que en Argentina no tenemos una cultura política –como por ejemplo la de Uruguay, donde hasta los mozos de bar “hacen un doctorado”. En el balotaje de Capital Federal se reflejó que la gente estaba muy desorientada. Tanto lo del oficialismo como lo de la oposición es excesivo, en tanto que ésta no ha podido construir –como en el caso de Uruguay con el Frente Amplio. Paradójicamente acá los partidos de izquierda están repartidos en incontables fracciones y algunas ya han quedado fuera en elecciones anteriores. En un post grado en el cual tuve a Rosendo Fraga como profesor, me decía: “Todas las elecciones tenemos que cambiar las metodologías para hacer las consultas”. Después del fracaso de las encuestadoras con el balotaje en la ciudad de Buenos Aires, se dieron cuenta que se habían olvidado de una gran parte de los argentinos –que son los indecisos. Esto llama la atención porque aumenta. ¿Dónde se refleja, por ejemplo, la marcha de “Ni una menos”? Es una demanda legítima que no se escucha y que no tiene que ver con la oposición. En este juego de indecisos y demandantes legítimos, aparece el fenómeno de que la gente quiere vivir bien y tranquila, y la tranquilidad se la otorga la economía.

—¿Consumo y cuotas configuran en gran parte la decisión?
—Exacto. Ése es el terror y por eso la indecisión. Si hubiera una seguridad de que fulano y fulano me dan una respuesta concreta, voy y le doy el voto tranquilo –independientemente de la ideología –que ha dejado lugar a la gestión. La gente quiere una gestión prolija, tranquila y que garantice ese factor. 

—¿Cuáles son las constantes si lo que cambian son las palabras? 
—Hay alternancia –más allá de los 12 años del kirchnerismo y los 10 del menemismo– pero fundamentalmente hay líderes personalistas y cada uno se arroga algo que nunca más habrá –lo cual no es menor. Alfonsín era “yo o la democracia”, Menem, “yo o la estabilidad”… y así. En este momento, la gente también está desorientada por el hecho de que no aparezca alguien con una claridad meridiana y carisma, que ofrezca algo que nadie ha ofrecido. No se puede saber quiénes son los opositores y qué plantean.

—¿Hay ausencia de cultura política o está devaluada y llena de “ruido”?
—Me asusta que cada campaña sucia sea peor que la anterior –aunque no la suciedad en sí. Yendo a lo cotidiano, se observa en, por ejemplo, la intolerancia en el tránsito y la violencia de género. Casi que se naturaliza lo que se dijo sobre el jefe de Gabinete. Dejando de lado la suciedad de la campaña, la gente siente un ruido que la desconcierta. Primero nos convencieron que los medios mentían –cuando en realidad venden lo que consideran importante. Convencidos de que todos mienten –más esas internas pequeñas pero muy dolorosas que observa la gente– hace que las consultoras serias terminen errando feo –como mi maestro Rosendo Fraga en el balotaje. Se olvidó de los indecisos y no supo hacia dónde votarían, lo cual es preocupante. 

—¿No hay una reconfiguración de la cultura política?
—No, Argentina fue un país politizado hasta el golpe militar. Acá armamos las primarias, las internas abiertas, las PASO –de las cuales rescato que elimina partidos–… Una persona, su familia y cincuenta tipos arman un partido, y ni hablar si quiere ser diputado: pone un cartelito, lo llaman y le dicen: “Te damos la candidatura de concejal”, y se asegura trabajo. Eso la gente lo vive aunque no lo expresa. El pulso de la sociedad está en las despensas.

—A propósito, ¿qué emergentes de este análisis global observás en la cotidianeidad?  
—Encontrás –más allá de la queja cotidiana– el sentimiento y la crítica que estoy haciendo, en cuanto a una ciudadanía desorientada, más que planteando una crisis de representación. No sabe con seguridad a quién votar. En 2001 estaba claro el “que se vayan todos”, pero quien esperó hasta el sábado, domingo o esperará hasta las próximas generales para saber a quién votar, es porque no lo tiene claro. Esto es muy negativo para la cultura política porque no se sabe lo que se vota más allá de la primera cara que se observa en la boleta. En una reunión de gente con mucha cultura política de la cual participaba, se preguntaban: “¿Qué estamos votando?”, tratándose de gente de la academia, con militancia y que hemos intentando estudiar la Historia argentina. Es grave. 

Necesidad de república

—¿Por qué tanto las instituciones de gobierno como los sistemas electorales no pueden encauzar la totalidad del proceso político y social?
—Falta república en la Argentina. Por eso la comparación con Uruguay, Brasil o Chile. Todavía estamos en una democracia incierta que no ha terminado de construirse republicanamente,  sin que las instituciones sean claras, transparentes y con permanencia en el tiempo –no como las PASO, en su momento las internas abiertas y con todo lo que pasa a nivel institucional. En la Constitución están escritas las cosas: ¿por qué no se cumplen? ¿Por qué algunos no tienen vivienda digna, cuando es una norma constitucional escrita? Porque no hay voluntad política. La Constitución es una institución muy endeble, y es lo mismo que sucede en el plano electoral, porque siempre se piensa en qué estrategia o picardía se hace para poder llegar. Igualmente, se refleja en el “dedismo”. El “combo político” que se muestra a través de las boletas, termina en una elección confusa. Por eso digo que no son indecisos, sino desorientados, porque no saben quién es quién, y tampoco lo saben en términos de garantía de gestión y mejor calidad de vida. 

—¿Qué dificultades presenta la creación de consensos y disensos, y la relación entre ellos?
—Hubo autores maravillosos en América latina –tales como (Pablo) Casanova y (Manuel) Garretón, entre otros– que ponían incertidumbre sobre las democracias luego de los años 80, por esa cuestión. Y un tema que planteó mucho (Guillermo) O´Donnell en cuanto a la crisis de representación. El problema es que no hay diálogo entre el político y el ciudadano, sino que son ficticios o puestas en escena que apuntan a lo emocional. Se acabó la plaza, que era importante. Tampoco se dialogaba en la plaza pero se escuchaba a quien se elegía escuchar, y el político te hablaba. Alan Durand dice que con la televisión y los medios se trata de llegar masivamente, entonces se evalúa que algo no caerá bien en determinado sector, y otra cosa no caerá bien en otro. Entonces trata de hacer un mix para que todos digan: “Qué maravilla”, me gusta lo que dijo. ¿Quién se anima a hacer un acto en la plaza? ¿Quién lleva gente a la Plaza de Mayo –y ni hablar en Buenos Aires? Entonces se prefiere la televisión y no se arriesga al fracaso. 

—¿Por qué las dificultades de los sectores denominados de “derecha” para constituirse con características modernas?
—Es así y también es un tema en la Argentina, mientras siga siendo un tabú ya que después del Proceso es un “pecado mortal”. Días atrás explicaba en la clase que se generaliza y se mezcla derecha, liberalismo y todo lo que no sea progresismo hacia la izquierda. Pero realmente hay que entender –como en los grandes países europeos– que el liberalismo tiene sus ideologías, mantienen los estados sociales y se vive muy bien en cuanto a calidad de vida. Acá liberalismo es sinónimo de derecha –a lo mejor por la mala experiencia con Menem. En Francia hay tres centrales obreras –una de centro, una de izquierda y una cristiana–, conviven y responden al unísono las tres cuando hay una demanda laboral en la cual coinciden. La cuestión de nombrar en Argentina también es una cuestión preocupante en política. Hay una carencia de poder saber y falta de cultura en cuanto a lo que es el liberalismo, la derecha y la izquierda. Por eso tenemos que ir a un tema que es la educación. Recuerdo las cátedras brillantes de Educación Cívica en el secundario, a cargo de personas ilustradas. Hasta la misma cátedra se fue transformando –en la época del Proceso y en la actual– tratando de imponer una conducta dirigida al gobierno de turno. Así cambiaron los libros de Educación Cívica, como si, en general, no debieran tener continuidad. En cambio, responden al momento político. Esto es grave porque la cultura política ciudadana se entiende como el libre juego de la democracia, la República y las instituciones, que son permanentes. 

Cuestiones presentes

—¿En estas PASO y en las generales de octubre está subyacente la contradicción entre populismo y República?
—No puedo imaginar ese cuarto oscuro debido a la complejidad. Hay un discurso más institucional de (Sergio) Massa y en el resto mucha evasión. En general, entre los candidatos, falta claridad de qué harán –como en su momento se planteaba desde las plataformas políticas y jornadas programáticas. Ahora falta eso. Que tengamos que apelar a un juego en Internet para saber a quién votamos, me provoca vergüenza ajena –más allá de que el jueguito sea legítimo y me encantó. Comencé negando las Paso pero por lo menos el lunes tendremos un panorama mucho más claro para octubre. Luego, la clase política tiene que acercarse a la ciudadanía y decirle qué es lo que ofrece para ganar los votos. 

—¿Y la disyuntiva cleptocracia-República?
—Muchas de las candidaturas han tenido que ver con el cuidado de los fueros y si no son verdad las denuncias, hay mucho que está escondido detrás de los candidatos. La corrupción ha quedado reducida casi a un argumento antipolítico, cuando se dice “ustedes son todos unos corruptos”. Falta una institución como la Justicia que resuelva en serio y no por períodos y en forma acomodaticia. 

—Te pregunto nuevamente como el imaginario periodista sueco: ¿En torno a qué ejes se elegirá en octubre?
—Mucha gente votará por la continuidad o por la transformación, puede votar al oficialismo o cambiar de forma que sea una alianza de “todos contra” –en un balotaje–, donde cambiarían las expectativas. De cualquier modo, no creo que haya cambios tan profundos en la sociedad argentina con las dos posibilidades –o si aparece una tercera. Todos sabemos que, seguramente, se devaluará y ya lo hemos vivido cuando el tres a uno de Lavagna. Sobrevivimos y volvimos a comprar televisores, como antes. Me gustaría que se fortalezcan las instituciones de la República –sobre todo en cuanto a la Justicia– porque es una manera importante de terminar con la corrupción, corruptela y narcotráfico, ya que está todo ligado. Desconozco, pero también está muy fuerte el negocio del juego. Hay grandes negocios que no son todo los transparentes que debieran ser. 

—¿Está instalada la evaluación en torno a la capacidad de gestión?
—Hay gente que sirve para una gestión menor y no para una mayor. La gestión de la Capital Federal se puede definir como “linda” en términos de que la ciudad está bien cuidada, hay teatros y culturalmente ha crecido mucho. La provincia de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe son realidades diferentes. La sociedad mide como buena la gestión para un determinado lugar. Lo que no me cierra en algunos candidatos es si tienen la capacidad de dar respuestas políticas a la sociedad argentina –que es muy compleja– ya que no tienen más que una capacidad de gestión determinada. 

—¿Qué procesos y cuestiones  continuarán invisibilizadas más allá del actual proceso electoral?
—Lo que seguirá invisibilizado es un cierto sector de los trabajadores argentinos. Históricamente el sector laburante tradicional siempre estuvo más o menos con salarios parejos. Hoy sabemos que hay una elongación con gente que gana mucha plata –como empleado, gerente o trabajadores de grandes empresas. Pero el trabajador común seguirá con un salario compensador –que hace mucho que no es aumento. Se seguirá compensando –por una cuestión de sobrevivencia– y eso no cambiará. Tampoco cambiará mucho si no hay una organización sindical que pueda volver a unirse y dar una respuesta a los trabajadores. En lo que hemos investigado en cuanto a “los nuevos pobres” –que pueden ser incluso los más indecisos– me ha llamado mucho la atención la falta de conocimiento y práctica política de esa gente.  No saben ni esperan que nada le cambie la vida. 

“Lo emocional del peronismo clausura mucho la política”

Moreno hace propias las palabras de la socióloga Maristella Svampa cuando admite que la academia no ha resuelto qué es el peronismo, y remarca que el componente emocional de este colectivo dificulta la disputa política en términos racionales.

—Hay conceptos en tu análisis que son propios de la posmodernidad. ¿Cuáles son los más gravitantes en la actual coyuntura argentina?
—Argentina tiene –además de los cambios producidos por la posmodernidad– un tema que es el peronismo y no podemos evitarlo. Maristella Svampa dice –en su libro La plaza vacía– una gran cosa: “La academia no ha podido resolver qué es el peronismo”.

—Dicen que es un sentimiento.
—Sí, y es tan sentimiento –para los peronistas y no peronistas– que incluso un jubilado no sabe que el 82 por ciento móvil lo instauró (Arturo) Frondizi –y no Perón– y que el salario mínimo vital y móvil lo puso (Arturo) Illia. Pero está asociado que todas esas conquistas maravillosas de ascensión de clases tienen relación con el peronismo. Es un mito –no una concepción política– y esa cultura del “soy” o “no soy” no permite a la Argentina que aparezca una oposición que –no en términos de “anti” o “gorila”, sino de posiciones– pueda ser superadora del peronismo. 

—¿Ese componente “emocional” complica y clausura la posibilidad de debate político racional?
—Claro, clausura mucho la disputa. Es un problema, y más, a lo sumo pueden aparecer internas dentro del peronismo, pero finalmente “no hay nada mejor para un peronista, que otro peronista”. En la época de Menem se creó el Frente Grande y tuve la suerte de participar con un grupo de tupamaros que nos explicaron cómo hicieron para formar el Frente Amplio. Dijeron que se “tragaron sapos” y que no eran “socialistas como Tabaré (Vázquez)”, pero era la única forma de construir un frente progresista que gobierne Uruguay, y fijate que lo lograron y con alternancia –sin un líder carismático que está 12 años en el poder –más allá de que las leyes no lo permitan. En nuestro caso, queda la oposición –en términos peronistas– “oligárquica”, una izquierda endeble y un sector que se autotitula progresista, que tampoco tiene demasiada capacidad de discusión u oposición. 

—¿Cuánto del peronismo identifica a los argentinos y cuánto de los argentinos representa esa fuerza?
—Te podría responder como Pepe Mujica: “Son todos peronistas y los que no lo son, también”. Hablando más en serio, hay dos Perón, uno en términos políticos y otro en términos sociales. Eso que dejó marcado y que se lo arroga quien dice ser peronista ortodoxo, refiere a esas bondades de políticas sociales. Quien gane ahora, de alguna manera tiene un origen peronista.

—¿Resulta funcional al sistema?
—Totalmente funcional. Después se puede hablar de los peronistas clásicos, frentistas, ortodoxos, distintos lineamientos sindicales –con diverso juego en la Historia argentina–… Por eso repito lo del Frente Grande: eran peronistas pero fue una alternativa transversal y horizontal de convocatoria a distintos sectores, que hubiera podido ser superadora de esta historia de casi 70 años. Fue genuina. El tema es que en un momento el llamador, la campanilla, vuelve a ser el peronismo. Cuando la cuestión está demasiado abierta –como también lo intentó Kirchner con la transversalidad– y tenés que llamar, mejor si la campanita que llama es el peronismo. Entonces aparece la marcha, las frases del general y todo el folclore, que es lo que constituye el sentimiento. 

—¿Cómo se explica esta existencia mitológica con una sociedad supuestamente atravesada por los valores y procesos de la post modernidad?
—Lo único que me animaría a decirte es que somos un país diferente en cuanto a la cultura política. Chile alternó Bachelet con Piñeyra con toda la actitud democrática que lo caracteriza. Termina Piñeyra, vuelve Bachelet. No quiero pensar que en Argentina algo será toda la vida. Aunque también está el caso del PRI (Partido Revolucionario Institucional) en México, que es mucho más que una vida.

—¿Qué similitudes hay entre el sistema de poder del PRI y el peronismo?
—No creo que haya una oposición entre República y populismo, aunque tal vez en este último caso se vuelvan más endebles las instituciones republicanas. La graduación de lo que genéricamente se llaman políticas sociales, tiene que ver con los modelos con que los gobiernos dan respuesta a las poblaciones más carenciadas, pero a la vez con más conciencia o menos conciencia. La famosa tortilla que el PRI subvenciona es una política que no podés decir que es populista, porque cubre una necesidad de la gente que vive y come eso. Es la comida primordial de quienes menos tienen. El tema –más allá del clientelismo y los punteros– es la política para resolver lo de los que menos tienen. Como la Asignación Universal, que vino a resolver un problema coyuntural. Si con ese salario nadie trabaja, es otra cosa. El PRI nació como partido revolucionario, se institucionalizó y trató durante muchos años de implantar un Estado social, quizás con igual o mejor cordura de lo que después de Perón en Argentina se convirtió en clientelismo político. Todos sabemos que con una caja de comida se puede comprar un voto y esto en determinados sectores marca una identidad.

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Datos

* Moreno indica la falta de cultura política de la sociedad argentina y la contrasta con la de la República Oriental del Uruguay.

* Caracteriza a la democracia vernácula como “incierta” por la falta de república, destacando los casos de alternancia de aquel país, Brasil y Chile.

* Indica que en términos mayoritarios no se sabe lo qué se vota en las PASO.

* Reconoce que la academia no ha logrado un análisis y explicación final en torno al fenómeno del peronismo. 

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