La Provincia
Lunes 19 de Octubre de 2015

Cuando la música se aleja del esteticismo y se torna remedio

Diálogo Abierto. El sonido ha sido utilizado con fines terapéuticos desde hace miles de años y en la actualidad es estudiado científicamente. Argentina fue el primer país de habla hispana en disponer de una carrera universitaria  

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


Tanto Argentina como Entre Ríos marcan hitos en el desarrollo de la Musicoterapia: en el caso del país, fue el primero de habla hispana en disponer de una carrera universitaria, mientras que la provincia fue pionera en la legislación para encuadrar la colegiación de sus profesionales. Soledad Deu –prosecretaria de la asociación provincial que los agrupa– explica las características de los abordajes y tratamientos.

Danza, canto y disfrute

—¿Dónde naciste?
—En Paraná, el 10 de junio de 1988.

—¿En qué barrio?
—En calle Blas Parera y Almafuerte –barrio Universitario o La Milagrosa– porque es justo en la punta.

—¿Cómo era esa zona en tu infancia?
—Blas Parera y Almafuerte son bastante transitadas, tenía muy buenos vecinos, compañeros con quienes jugar y siempre estábamos en la calle, es un lugar tranquilo y lindo.

—¿Hasta cuándo viviste allí?
—Hasta cuando me fui a estudiar a Rosario –donde estuve cinco años–, volví a la casa de mi papá y estuve un año, hasta que me fui a vivir sola y desde el año pasado vivo con mi pareja.

—¿A qué jugabas en la niñez?
—Jugaba bastante con mis hermanos, inventábamos juegos y soy bastante marimacho. Con mi hermana jugaba a las muñecas y a la escondida, y con mis primos al cuarto oscuro, la cachada y andábamos mucho en bici.

—¿Algún personaje del barrio?
—En la cuadra estaba la vieja Sánchez (risas), una mujer que con mis hermanos le teníamos bastante miedo porque no nos dejaba andar en bici sobre su vereda. Hasta que un día llegó a la locura de tirarle un baldazo de agua a uno de mis amigos, lo cual nos marcó mucho. No sé qué habrá sido de esta mujer.

—¿Un lugar atractivo?
—En el barrio no, pero mis papás son de Cerrito y ahí había algunas casas abandonadas o en construcción en las cuales nos metíamos. En mi casa me subía al techo y era “mi lugar”.

—¿Qué actividades laborales desarrollaban tus padres?
—Mi mamá tenía una perfumería en casa –en calle Blas Parera– y mi papá es arquitecto y trabaja en Vialidad Profesional.

—¿Quién influyó más?
—De chica jugaba mucho en el negocio y le ayudaba a mi mamá, pero lo de mi papá está más relacionado con el arte –por el lado de la arquitectura y hacía artesanías muy lindas en madera.

—¿Tenían libros en tu casa?
—Sí, muchos, incluso hoy, que no sé si todos han sido leídos (risas). Los dos son de leer novelas y política. Recuerdo Chocolate caliente para el alma.

—¿Por qué lo recordás?
—No sé… me vino a la memoria, aunque me olvido frecuentemente de las cosas. Tal vez por la relación con el alma…

—¿Otros que fueron influyentes?
—Hubo una época en mi casa que estaba la costumbre de leer El libro de las virtudes –o algo así– durante la sobremesa. Eran leyendas que tenían un mensaje.

—¿Era una especie de “ritual”?
—Sí, eran muy lindos almuerzos y cenas porque no estaba la tele en el comedor. Estábamos en silencio o se conversaba sobre algo en particular. Todavía se mantiene la costumbre y me parece fundamental.

—¿Tu papá leía y luego lo comentaban?
—Nosotros también leíamos; a mí me encanta hacerlo en voz alta. Los contenidos tenían muchas enseñanzas en torno al valor de la familia y el compartir, lo cual para mí hoy es lo más importante en cuanto a mi profesión, la cuestión del encuentro con el otro.

—¿Desarrollaste alguna afición durante bastante tiempo?
—Desde los seis años fui a danza clásica, luego hice españolas, clásica de nuevo… hasta los 12 años, comencé canto y hoy es lo que más me gusta y disfruto. También hice unos años de guitarra (risas) y me defiendo en mi trabajo.

—¿Ibas por gusto propio?
—Canto comencé a los 14 y me gustaba. Iba a una escuela católica, siempre cantaba en la iglesia y algunos docentes me hacían cantar en público –aunque todavía no tenía conocimientos. Por eso comenzaron a mandarme. La danza también la disfrutaba y me la tomaba muy serio. Me faltaron dos años para ser profesora de danzas españolas pero me cansé por la autoexigencia.

—¿Pensabas ser bailarina o cantante profesional?
—De adolescente me interesaban los niños y me imaginaba cantando… pero no ser cantante porque no me gusta mostrarme en público. Es un amor innato. No me consideraba demasiado buena para ser bailarina pero ahora quiero volver a la danza.

—¿Qué materias te gustaban de la Secundaria?
—Lengua –y todo lo relacionado con leer Matemáticas y Música. Física y Química eran lo peor.

—¿Lecturas de por entonces?
—Leí Mi planta de naranja lima pero no recuerdo de qué trataba y el Diario de Ana Frank. No me atrae la ficción sino historias verídicas.

—¿Cómo decidiste la carrera?
—Tenía una lista de carreras como Psicología, Psicopedagogía y en quinto año apareció Musicoterapia porque conocía a una chica que estudiaba, me contó y comencé a buscar por Internet. Era la confluencia perfecta entre la Música y lo terapéutico –aunque no sabía en qué me metía. En una de las primeras clases nos preguntaron porqué habíamos elegido y dije que porque “me gustan los niños” (risas). No tenía nada que ver. Estudiar la carrera me gustó mucho, tiene una parte de estudio y otra vivencial –para lo cual no estás preparado pero es la base. Ahí entendés de qué se tratará el trabajo.

—¿Qué significaba la música antes de la carrera?
—Era algo que me gustaba escuchar, bailar y disfrutaba, aunque mi familia no es muy musical –salvo un primo que toca la guitarra. Mi hermana tocaba el órgano y hacíamos canciones entre las dos.

—¿Tus preferencias?
—Siempre escuchaba lo que estaba de moda, como Fabiana Cantilo y Calamaro, pero no tenía ni tengo un referente musical o grupo del que sea fanática. Siempre me gustó la música pop y popular, el heavy metal, no. Mis gustos son variados.

—¿Un instrumento o determinados sonidos?
—Los sonidos de los instrumentos melódicos –en la música clásica, un violín o la flauta traversa– y también el del órgano.

El silencio y otro lugar

—¿Qué o quién te hizo entender primeramente la esencia de la Musicoterapia?
—Una profesora –María José– que tuvimos casi los cincos años y fue mi tutora de tesis. Siempre nos hacía pensar y podíamos estar una hora en silencio en el aula sin que pasara nada más que eso. Es lo que más valoro porque aprendí a posicionarme en un lugar diferente al que estamos acostumbrados en cuanto a que nos digan lo que tenemos que hacer. Aprendí a tomar una posición activa y ver otras cosas además de lo que se dice, otros universos.

—¿Cuándo comenzaste a redimensionar la música en función de eso?
—Durante toda la formación porque tenemos Audioperceptiva y materias musicales específicas, con las cuales aprendés a ver la música desde otro lugar. No desde el lugar convencional de aprender las corcheas y negras sino que eso tiene “otro color”, según lo que el otro haga.

—¿Qué visión te hacías sobre el aspecto profesional?
—Tenía claridad y seguridad en cuanto a que trabajaría con los niños. En los últimos años de la carrera me gustaba el trabajo en los barrios y las organizaciones sociales –y acá lo sigo sosteniendo. El trabajo con adultos no me llama la atención. 

Carrera, modelos e improvisación

—¿Qué cambios notaste al volver de Rosario?
—Sí… en realidad los cambios los noté personalmente, especialmente con la Musicoterapia porque no tenía con quién encontrarme para compartir experiencias y me sentí sola. En Paraná somos cuatro musicoterapeutas y en la provincia 17. Después me encontré con otros grupos y compañeros musicoterapeutas. Noté el cambio cultural porque en Rosario hay mucha más movida –aunque pareciera que ahora Paraná está renaciendo. Allá permanentemente hacía cursos y participaba en congresos, y cuando llegué acá no encontré nada (risas). Fue mi primer choque, pero después me fui amoldando.

—¿De qué otro aspecto tomaste conciencia?
—Es una ciudad linda y tranquila para vivir y no elegiría Rosario para hacerlo. Tenemos que aprovechar un poco más lo que tenemos –como el río y la Costanera.

Lo relativo y la Filosofía

—¿En qué contexto nació la Musicoterapia?
—En Argentina tiene unos 40 años; la primera carrera es de la década del 60 en la Universidad del Salvador, cuando eran tres años, luego se sumó la licenciatura y hoy es una carrera de grado con tesis y un nivel universitario mayor al de sus inicios. En los comienzos de la carrera se creó la Asociación Argentina de Musicoterapia (Ver Datos), que ha promovido distintos avances.

—¿Cuáles son las ciencias que más le aportan?
—Desde mi perfil, la Filosofía y la Psicología.

—¿Por qué la Filosofía?
—Al momento de las lecturas y de la posición que tomás. No son verdades absolutas y estancas, y la Filosofía te muestra eso y te abre la cabeza.

—¿Cuáles son las principales tendencias y modelos?
—Al ser una carrera y profesión relativamente nueva, vas explorando. Hay autores con una tendencia psicoanalítica que toman herramientas de allí, modelos conductistas, el de Nordoff-Robbins (1959), el Modelo GIM, de Helen Bonny (1975, USA), el de Musicoterapia Behaviorista, el conductual – de Clifford K. Madsen (1968)–, el de Rolando Benenzon (1965, Argentina) y la Musicoterapia Analítica –de Mary Priestley (1970). Hay otros centrados en la improvisación tales como el de Juliette Alvin –Terapia de libre improvisación– y el de Riordon Bruscia –Terapia de improvisación experimental.

—¿Tu formación se corresponde con alguno de ellos?
—En nuestra formación nos corremos de estos modelos –aunque los he leído– y nos paramos en un lugar más complejo. El modelo te encierra y limita –con lo cual no quiero decir que no sirvan– y por eso trabajamos en cuanto a técnica con la improvisación libre, el pensamiento complejo y el fenómeno estético.

—¿Quién es considerado el “padre” de la Musicoterapia?
— En Argentina, Benenzon es considerado por muchos y en el ámbito mundial, creo, es Nordoff Robbins.

Recursos y posibilidades

—¿Qué países registran un mayor desarrollo o experiencias interesantes?
—No tengo mucha idea y no soy mucho de mirar en el ámbito mundial (risas). En el Facebook tengo una página de Musicoterapia de España, con un trabajo valioso, pero es distinto. Y en Italia también.

—¿Qué es distinto?
—He observado  salas muy bien armadas, con instrumentos…

—¿Te referís a disponibilidad de recursos?
—Exacto, salas con instrumentos muy valiosos que, seguramente, le dan otro color a la terapia. Trabajo con instrumentos de percusión, algunos melódicos y armónicos, pero más, con cosas más chicas (risas).

Campos de acción

—¿Hay alguna tendencia o experiencia actual que estés observando?
—Hay musicoterapeutas que están haciendo un trabajo de investigación muy arduo relacionado con el autismo y otras discapacidades neurológicas. Tienen un valor que se irá profundizando en cuanto a saber qué pasa con lo no verbal. En los chicos con autismo y otros problemas, la música y la producción de canciones –aunque sean cuatro palabras con algo de ritmo– aparece como un canal digno de poder profundizarse.

—¿En qué disfunciones es más eficaz?
—La Musicoterapia tiene un campo bastante amplio: podemos trabajar en psiquiátricos, geriátricos e instituciones educativas. Pienso que en discapacidad ha sido de gran ayuda porque ha mostrado a los chicos con problemas una forma de comunicarse, cuando se corren de la palabra. Hay experiencias dignas de nombrar en el campo de la salud mental y en instituciones cerradas, porque ahí mostrás una forma diferente de habitar ese mismo lugar. Mis prácticas en Psiquiatría las hice en Olivero –un hospital cerca de Rosario– una institución con características tremendas que con la nueva Ley de salud mental no encaja. Ahí pude ver una forma distinta de vincularse a la de los médicos y enfermeros, y a la vez tuvimos la sensación que le dabas otro sentido a ese lugar, porque ponías al sujeto en lugar de ser humano, con capacidad de ser y hacer. Llevábamos los instrumentos musicales y aparecían cosas maravillosas; relatos, historias, y vivencias. Cuando las personas están mucho tiempo institucionalizadas, pierden su ser y apenas saben su nombre. No solo disfrutaban de la música sino que aparecía la satisfacción por poder decir: “Este lugar no me gusta y me hace mal”. También trabajé un año en el Hospital Escuela de Salud Mental de acá y me pasó algo parecido. Se ven transformaciones.

—¿Qué situaciones te han cuestionado en cuanto a tus conocimientos?
—Todo el tiempo se me queman los papeles porque me considero muy reflexiva y analítica de lo que hago; constantemente estoy pensando y repensando el trabajo, porque siempre tengo el miedo de caer en lo mismo. Tengo la ideología que todo va cambiando todo el tiempo. Trabajo en el Centro Educativo Terapéutico N° 1 y ahí también me pasan muchas cosas. Es una institución pública y aparecen muchas cuestiones tanto en lo profesional como humano. Siempre me pregunto si es mi lugar y me parece que cuando estás mucho tiempo en una institución, por más que seas auto reflexivo, “te come” y te termina amoldando, cuando sabés que no va por ese lado.

—¿En Entre Ríos continúan el proceso de colegiación?
—Sí, es el primer colegio de Argentina, a partir de la ley de 2012, impulsada por un grupo de compañeros con trayectoria. Estamos aprendiendo a ser colegio –del cual soy prosecretaria– y somos 18 musicoterapeutas repartidos en la provincia: Gualeguaychú, Concepción del Uruguay, Federación, Colón, Concordia y Villa Elisa. Lo fundamental es la regularización del ejercicio profesional porque estás trabajando con otro ser humano y no puede haber quien se dice que es musicoterapeuta y no lo es. Nos movemos con mucho respeto por las actividades que el resto hace –como el de un profesor de Música– pero no se puede llamar Musicoterapia –que también se la promociona en lugares como spa. Primeros conversamos y si se repite, acudimos a otras instancias.     

***

Datos
* El primer país de habla hispana que contó con una carrera de Musicoterapia fue Argentina, tras crearse en 1967 en la Universidad del Salvador de Buenos Aires. La Asociación Argentina de Musicoterapia se fundó en 1966.
* Los primeros escritos que hacen referencia a la influencia de la música sobre el cuerpo humano son los papiros egipcios descubiertos por Flinders Petrie en la ciudad de Kahum en 1889. Datan de alrededor del 1500 a. C. y en ellos se racionaliza la utilización de la música como un agente capaz de curar el cuerpo, calmar la mente y purificar el alma.
* La utilización de la música como terapia se remonta a la Prehistoria, ya que estuvo presente en los ritos mágicos, religiosos y de curación.
* Es una disciplina que permite trabajar con personas que tengan algún problema motor, cognitivo o sensorial. Se puede practicar a lo largo de toda la vida, ya que sus beneficios se observan en bebés prematuros que están en terapia intensiva neonatal y hasta en personas internadas para cuidados en el final de su vida e, incluso, en adultos mayores.
* Los pacientes no necesitan tener conocimientos musicales previos, solo aceptar el desafío de querer probar el tratamiento usando la música como material.

***

“Estoy corrida de lo ofrecido por la música convencional”

Según la licenciada Deu, el factor terapéutico radica en la posibilidad de relación y vínculo que se establece a partir de la experiencia musical, alejada de cualquier modelo, pretensión o exigencia estética. 

—¿Cuándo comprobaste el valor terapéutico del sonido?
—La carrera apunta a la diversidad. Cuando volví, comencé a trabajar con la Asociación Civil Barriletes en los barrios y con grupos de chicos y ahí tomé dimensión de cuál era mi lugar –que no es el de enseñar música. Cuando iba a Villa Mabel llevaba los instrumentos y lo que se daba tenía que ver con la expresividad y cuestiones de cada uno, y eso que sucede a nivel musical puede ser llevado a otros espacios y dimensiones. Una vez, dos chicos de ocho años –luego de comentar lo que nos faltaba– trajo un instrumento que hicieron  con tapitas de gaseosas y alambres para compartirlo. En mi espacio terapéutico el trabajo es distinto porque es individual y solo trabajo con niños y adolescentes con discapacidad –porque las obras sociales cubren el tratamiento. En el mundo de la discapacidad pasan otras cosas, es un trabajo de hormiga y hay que bajar las ansiedades propias de ver un logro. Lo importante son pequeños detalles que aparecen durante la producción musical y el diálogo, por más limitaciones que existan.

—¿Por qué determinados sonidos sanan?
—La sanación en la Musicoterapia se relacionada con la posibilidad del vínculo y la expresión con el otro, que te escucha, acompaña y contiene. Hay varias corrientes de Musicoterapia y mi formación tiene que ver con el hacer música. Lo que intento hacer es que la música generé libertad de movimiento, sin orientarse a un lugar específico y eso le da el color de lo terapéutico.

—¿Qué sería “hacer música” en un caso como el mío, que soy un analfabeto musical?
—No es el hacer música “linda” o aprender a hacer música, sino que con los instrumentos se plantea qué hacer, y la música “sale”. No tengo el oído atento a si sonó afinado o desafinado, estoy corrida de lo que ofrece la música convencional y parada en un lugar de ver qué le pasa al pibe cuando toma el instrumento y toca. Y pasan cosas maravillosas, porque la mayoría de los chicos con quienes trabajo no saben hacer música ni conocen ritmos ni melodías. Sin embargo lo pueden hacer a partir de que tomo la guitarra o el bongó y hago algunos acordes. Me fijo y analizo qué le pasó con eso en cuanto a sensaciones, porque se ponen en juego muchas cosas. A veces no se dice nada y a veces se dice mucho, aparece la palabra y el silencio…

—¿Qué hacés con eso que se manifiesta o no se manifiesta?
—Escuchar, ver, investigar, analizar, anotar, registrar, y con toda esa lectura comenzás a ver qué le pasa con el vínculo con el otro, en qué posición se ubica, si tiene participación activa o siempre está en posición pasiva, qué es lo que aparece como “ruido” y malestar… Eso se da solo y no tengo que hacer algo para que se manifieste, solo a partir del espacio amoroso y de acompañamiento, sin imponer nada.

—¿Qué puntos de contacto observás en los dos ámbitos de trabajo?
—Es distinto porque en un trabajo los objetivos están relacionados con lo social, barrial y familiar, y en la prevención y promoción de la salud mental de los chicos. Lo terapéutico está en el vínculo sano que, más allá del contexto en el que vivás, lo podés sostener. Cuando nos mudamos con la asociación al centro, decidimos seguir trabajando en el barrio, y los chicos forjaron y construyeron un vínculo con nosotros –aunque al principio se enojaron con ese cambio. Estamos en proceso de poder sostener eso para que vean que hay otra forma de vincularse que no es a las patadas. 
 

Comentarios