La Provincia
Domingo 18 de Septiembre de 2016

Crónica con misterio: el fatídico embrujo a los hermanos Quinteros

Perseguidos. Carlos Manuel y Gabriel Alberto contaron la historia de un hechizo al pie de la cama donde murió su padre. Pájaros muertos, voces en la noche, manchas que avanzan en paredes y un televisor maligno que se prende solo

Carlos Enrique Quinteros tenía 77 años. El mediodía del 12 de noviembre de 2012 comió liviano, hacía calor. Se bañó un rato antes de tirarse a una siesta. Había vuelto de la Catedral donde rezó con fervor. Uno de sus hijos limpiaba una moto, el otro barría. El hombre, cansado, se recostó en la cama y prendió el televisor. Puso Crónica para ver las últimas noticias policiales. Eran las 13.40 cuando el aparato quedó mudo. Fue un instante, un bajón de luz, algo que llamó la atención a los muchachos que no entendían bien lo que pasaba. Apacible, el viejo se durmió para siempre. Desde entonces, Carlos Manuel y Gabriel Alberto, aseguran haber quedado embrujados. Ese día, a la tarde, se les murieron 13 canarios al mismo tiempo.

Carlos Manuel tiene 49 años. Nació el 10 de julio de 1967. "Seis más siete, 13", dijo por los pájaros muertos. Es que se siente perseguido por los números y encuentra coincidencias a cada paso. Gabriel Alberto tiene 46. Nació el 6 de junio de 1970. En su celular guarda grabaciones con voces que se escuchan adentro de la casa, filmaciones de cosas que se mueven solas y fotos de manchas oscuras. Viven juntos desde siempre en el pasaje Gaboto, a 20 metros de 25 de Junio de Paraná. Hicieron la Primaria en la escuela Rivadavia y ayer estaban muy nerviosos: por primera vez en mucho tiempo alguien se acercó a escucharlos.

Aquella siesta fatídica, Gabriel Alberto se puso a limpiar una churrasquera. Querían comer un asado al otro día. Así eran sus vidas. Después, para no perder el ritmo agarró la moto. Vio a su padre acostado, con el televisor prendido. Respiraba bien. Pero cuando terminó, volvió a pasar por la habitación. "¡Papi, papi! Lo llamé varias veces, pero ya estaba duro", contó.

Carlos Manuel, en la misma habitación, al lado de la cama donde murió su padre, sentenció: " El hechizo viene del televisor".

El aparato aún funciona, lo tienen ahí, pero lo miran con desconfianza. Según contaron, el embrujo, la maldición que les cayó encima, es por culpa de sirenas, vírgenes, momias y sombras. "Brujas, eso son. Sin dudas. Brujas", confirmó Carlos Manuel. La madre los dejó cuando ellos eran niños. No quisieron hablar mucho del abandono. Solo mencionaron en voz baja que la señora, por alguna razón, se fue y formó otra familia hace décadas. Los males que hoy padecen, acusaron, provienen de entes femeninos que los persiguen de día y de noche y causaron, por supuesto, la muerte del padre. Desde ese día, el 12 de noviembre de 2012, sus males se multiplicaron: Carlos Manuel tiene tomados los oídos y la lengua. Dijo que por el hechizo no escucha bien y habla mal, muy rápido, con acelere. Gabriel Alberto tiene tomada una pierna, cada tanto se cae. También un brazo y el ojo izquierdo que a veces se le va solo para el costado.

Todas las manchas de la casa en la que viven tienen una relación directa con el hechizo. En la pared del patio ven sombras, caras que se forman, velos de vírgenes que quedan como estampadas. En la pileta, en el inodoro y en el bidet del baño aseguran que hay aureolas de luz como "señas" que el mal deja.

"Muchachos, me siento raro", les dijo su padre aquella siesta antes de morir. Había vuelto de la Catedral y, por eso, aseguran a rajatabla que hay algo entre la iglesia más importante de Paraná y otras cercanas, algo malo que no los deja vivir tranquilos.
Tienen atadas con cintas de colores una campana y dos cabezas de ajo. "Está todo marcado en la pared. Cuando nos terminamos de bañar se forma la imagen de un pájaro. En una de las Biblias que leímos dice que tal vez son vampiros. Son sombras negras", dijo Gabriel Alberto y agregó: "Mirá a dónde hechizan" y con un palo de escoba marcó el techo de la habitación. Habrá que conceder que la mancha negra tiene un tamaño similar a la cama que está abajo; la misma en donde Carlos Enrique Quinteros respiró por última vez. "Lo limpiamos entero y esas manchas salen igual. De madrugada nos apareció una calavera con los ojos rojos. Te lo juro por la vida de mi padre", contó y como la imagen tenebrosa los miraba por la ventana, la taparon con un cartón.


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Una cosa de no creer



En la habitación donde murió el padre de estos hermanos, la misma en donde duermen cada noche, San Benito ocupa el lugar de la protección. El santo aparece en figuras impresas, en estampitas viejas repartidas en cada rincón y hasta hay imágenes de yeso que les hace de escudo cuando la cosa se pone fea.

"No tengo otra cosa que no sea San Benito. Cada vez que terminamos de ver televisión, tenemos que poner su imagen en la cama. A lo primero, cuando falleció mi padre, se nos prendía solo. Hacíamos un mandado y cuando volvíamos aparecía enchufado y encendido", contó Carlos Manuel. Dijeron que eso les pasó unas tres veces. "Te lo juro", confirmó Gabriel Alberto. Llamaron al técnico, pero el aparato se descomponía y arreglaba como por propia iniciativa.

Las manchas están en casi todas las paredes de la casa, son como las de la humedad, muy parecidas, casi iguales, exactas. Son fantasmas y adentro del televisor también está la cosa, esa que no los deja dormir tranquilos. Tienen otros dos aparatos ochentosos y aunque no funcionan, también están complicados.

Desde adentro de la habitación se escuchaba pasar por 25 de Junio a un hombre en carro. A grito partido trataba de vender verduras y huevos. También cantaban los pájaros, algunos en los árboles; los otros eran canarios que en el patio esperaban por futuros dueños.

Los hermanos Quinteros son la tercera generación que vive en esa misma casa. Tiene una entrada, un pasillo en galería y de inmediato aparece el baño, la cocina-comedor y dos habitaciones conectadas. Atrás hay un patio, pero no se veía bien porque tenían tapada la ventana con aquel cartón para evitar calaveras de ojos rojos.

No viven bien. Duermen poco y están asustados. Hasta perdieron la pensión del padre y acusan al embrujo de semejante problema. Tiene otra de 1.800 pesos por mes y rasguñan la lata con la venta de los pájaros cantores.

Estos dos hermanos tienen una manera de mirar muy particular. Pueden decir cualquier cosa, lo que sea, pero parecen sinceros. Tienen pegadas en sus ropas, una soledad que los mantiene juntos. Carlos Manuel habla rápido, hay que seguirlo de cerca para poder entenderlo. Gabriel Alberto es más pausado, pero se embrolla un poco cada vez que da cuenta de una prueba objetiva del embrujo. No son adictos a las drogas, no había indicios sobre la mesa, en el piso, ni siquiera en los aparadores. Aseguraron que tampoco toman alcohol y nunca tuvieron un ingreso en la policía. Solo llevan la carga de eso que los persigue y asusta, eso que se les aparece cada tanto desde que murió Carlos Enrique.

"La tumba de mi abuelo es la número 40, la de padre es la 613 y la de mi abuela es 615. Encaja todo", dijo Carlos Manuel y aunque no sea fácil encontrar la correspondencia, más de una vez aseguró que esos números lo persiguen, sobre todo el 12 y el 13.

Para ellos el embrujo viene desde la Catedral porque ese fue el último lugar en donde rezó su padre. "Lo que digo es clave. Tenemos una energía que está conectada, que se te pega en el cuerpo", contó el mayor de los hermanos. "Una cosa de no creer", agregó el menor.

Entre los dos también hablan de diablos, de cabras que se transforman y otros lugares comunes. Como la contradicción está en todas partes, también aseguraron conocer a un Dios bueno y verdadero al que quieren y le piden ayuda.


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En su nombre


Entre los hermanos describieron a su padre. Era un hombre que estaba en contacto directo con Dios. Era buena gente, un flor de tipo. Jubilado de la Policía al morir, también fue embarcado y bastante habilidoso con la pelota. De gurí, a los 13 –"Mirá el año que tenía mi padre, a los 13, no te digo que todo coincide", dijo Carlos Manuel– llegó alguien de Boca a querer comprarlo. El pequeño tenía su bolso armado, pero le dio justo una peritonitis. Se descompuso, no pudo viajar y ahí se terminó el sueño de alcanzar la Primera división. "Después le pasó la peritonitis a él", agregó Carlos Manuel y señaló a su hermano. "Es por la maldición", confirmó.

Los dos duermen con la luz prendida y hay vecinas que se les ríen. Ellos lo saben, se dan cuenta. "La chica de enfrente dice que estamos locos y trastornados por la muerte de nuestro padre. Pero eso es porque a ella no le pasa lo que a nosotros. La maldición va de cuerpo en cuerpo, es como una cadena. La estamos pasando mal", dijo el mayor.

Cuando hace calor salen a caminar, hacen las compras, cocinan, comparten la vida. Solo tienen eso, un susto enorme. "Nos salvamos que nos mate. En invierno somos de poco salir y nos quedamos encerrados. Una noche, cuando apagamos el televisor hubo luces que nos hicieron soñar cosas raras. A él lo tuve que zamarrear a la mañana porque no lo podía despertar, fue casi igual que mi papá", dijo Gabriel Alberto.

Lo que necesitan es que de una vez por todas, esas brujas, los fantasmas de la vida, se retiren, se vayan para otro lado y los dejen en paz. También están en la búsqueda de menos burlas y más comprensión. Quizás está crónica con misterio, haga que el embrujo se termine. Con esa idea se quedaron y la aceptaron como una posibilidad. Tal vez hoy o mañana alguien se acerque hasta la casa de estos muchachos y les brinde una mano, un poco de contención; la ayuda para hacer un duelo trunco e inexplicable. "Cómo se va a morir mi padre, si era bueno", dijo Gabriel Alberto. Se despidieron con apretones de manos y se quedaron a la espera de que otro llegue y les vuelva a prestar el oído para seguir adelante.

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