Accidente vial
Domingo 04 de Septiembre de 2016

Crónica con chimi: el dulce picor de un chori en medio de la crisis

Decenas de esquinas de Paraná tienen como protagonistas a las parrillas de quienes perdieron el trabajo o no llegan a fin de mes

Jesús López parece un buen tipo y a eso lo advierte cualquiera con solo hablar con él unos minutos. Contó que hace dos semanas lo echaron de su laburo, trabajaba en una empresa constructora. Tiene dos hijos, es de Paraná pero vive en Colonia Avellaneda. Cada noche llega al puesto de avenida Zanni y Almafuerte, el mismo que comparte con Juancho y con Sergio Haro, colectivero, el que impulsó la iniciativa y le dio trabajo.
En esa esquina el choripán cuesta 25 pesos, no se venden bebidas alcohólicas para que no se arme mala junta, el respeto y la higiene van primero. Dan pelea para llegar a fin de mes, son buenos amigos y hasta tienen un generador para prender el único foco con el que trabajan. "Así no sacamos de otro lado, no estamos enganchados", dijo López.
El choripán debe ser uno de los pocos sándwich del planeta Tierra que tiene apodo, un chori, diminutivo necesario. Su aderezo más característico y principal, también lo tiene. Esa sensación de ardor en la lengua o en el paladar, se denomina picor; dulce y picante, el chimi es clave, el acompañante exacto.
Aquellos que más o menos caminan la calle saben cuál es el puesto más cerca de su casa. Con solo hacer un poco de repaso mental, cualquiera puede señalar con certeza una esquina, un lugar. Es un símbolo político, un ícono gastronómico popular y el termómetro de las crisis; en los últimos meses proliferaron decenas de parrillas en la capital provincial y UNO las recorrió en la noche del viernes.
"Trabajaba en una empresa, en la construcción y hace dos semanas me mandaron el telegrama de despido", dijo López, un muchacho joven que sonríe en la noche paranaense y que explicó: además de las necesidades de sus hijos, tiene que pagar el alquiler, las cuentas, todo. En la empresa llevaba casi un año y medio, manejaba máquinas, sabía lo que hacía y respondió que sí, estaba en blanco. "Estaba todo bien". Junto con él también despidieron a otros dos, pero no tenía certezas. Haro, el dueño de ese boliche de vereda, lo conocía desde antes y lo llamó días atrás para que lo acompañe y hacer el mango. Este colectivero lleva 10 meses con el emprendimiento y aseguró que le gusta la gastronomía: en su casa prepara verduras en conserva que también ofrece a un público de la zona y de otras lejanas. "No vendemos alcohol ni otro tipo de bebidas. El carro está siempre limpio y ordenado", dijo el jefe, y tenía razón.
La historia se repite en otras esquinas de Paraná, con más o menos parecidos. Se pueden nombrar algunas, pero hay muchas más: en Florencio Sánchez, atrás del supermercado por Pellegrini, en Almafuerte, en la plaza Mujeres Entrerrianas, en Maciá, a lo largo de Zanni por lo menos hay tres, en Racedo, en Churruarín, en la Costanera, en Don Bosco y en Ramírez entre otras decenas.

Termómetro
En 2001, un poco antes y un poco después, dicen los que saben que en Paraná proliferaron las parrillas que asaban pollos en la calle; tenían el tamaño de una paloma, pero era barato, resolvía una cena y el rebusque de familias enteras. Después existieron hasta clubes de trueques, los federales y todo eso que uno quiere ver lo más lejos posible. No es la misma situación, pero tiene algunas semejanzas. "Lo que creció bastante es la venta en la calle. Más crisis, más vendedores ambulantes", sintetizó claro y preciso Patricio Arabia, vendedor de choripanes sobre Maciá y Yapeyú, hombre que le hizo el piso de portland a la esquina, instaló un techo de lona y desde hace dos años recibe a vecinos del barrio y alrededores. "El chorizo es de calidad", aclaró, pero no hizo falta, se notaba a la distancia. Empezó con el emprendimiento porque un amigo se había quedado sin trabajo, después siguió solo. Hoy, su arte culinario cuesta 30 pesos la pieza.
Muchos de los choripaneros sostuvieron que sus puestos fueron ubicados en lugares donde no molestan a nadie y lejos de otros. La temporada fuerte es el verano, pero este invierno la pasaron a la intemperie, sostuvieron el negocio.
Un choripán en Paraná cuesta como el de Arabia, ese es el promedio. En la Costanera son un poco más caros. Lejos, en las avenidas, valen algo menos. Hay quienes aseguraron que si la Municipalidad les cobrara un impuesto, además de justo, sería una manera de blanquear la actividad que está en expansión.
Aunque no todos, hay puestos que por noche llegan a vender 70 choripanes entre otros manjares de asfalto: hamburguesas, vacío, bondiola; Arabia explicó que igual, ahora cayó un poco y que él no llega a esa cantidad. En el rubro lleva por lo menos dos años y para las 20.15 saca los primeros.
Emprendimiento familiar es el de la esquina de Don Bosco y Batalla de Suipacha, uno puede hasta sentarse, como una salida a comer afuera. Atiende Rolando Rogelio Robles. "Es un laburo. Soy panadero y quedé desocupado hace como dos años. Hoy, con esto tenemos lo mínimo y mis gurises pueden estudiar", dijo con orgullo en la fría noche del viernes al lado de las brasas.
Sobre esa esquina, además, afirman en la zona que ahora está más tranquila, hay menos robos por el movimiento de gente que genera la iniciativa. En este lugar solo los lunes no trabajan, pero después, el resto de los días, arrancan a las 19.30 y le dan parejo hasta la 1 o 2.
La noche en Paraná tiene, desde los últimos meses, una proliferación de puestos cada tantas cuadras. Son familias, amigos, vecinos que se juntaron para ganar algo, hacer alguna diferencia, conseguir una moneda extra o aquella que por lo menos los ayude a enfrentar la situación económica y sobrevivir.


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