A Fondo
Domingo, 05 de septiembre de 2010El ayer y el hoy de un emigrado
Armando Gauna: Mucho mate y poco remo. El Che Guevara de allá y los Stalin de acá. La asfixia de acá y el oxígeno único de Ibiza.
“Con la artesanía descubrí la libertad que da este oficio y que tenía dos manos para modelar materiales”.
Armando Gauna vivió intensamente los 70 pero su compromiso con las tendencias más vanguardistas de por entonces no llegó a mayores. Tras una aproximación a Montoneros, se desilusionó tempranamente –según sus dichos. Sintió la asfixia de un país que se deshacía y emigró, entre los escombros, para forjar un destino que acá y tal vez por su incapacidad –como admite– no vislumbraba. Estuvo de paso por Paraná –luego de más de 20 años– y conversó sobre aquello y sobre los actuales tiempos de España, la de los escombros de la burbuja inmobiliaria.
Antiguas y grandes casas
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en la maternidad Modelo.
—¿Cuál fue tu barrio?
—La primera casa donde viví fue en calle Salta –esquina La Paz– donde estuve hasta los 12 años y luego nos trasladamos a calle Urquiza.
—¿Qué recordás de aquel lugar?
—Estaba cerca del Parque Berduc y de la cancha de Belgrano. Frente a mi casa vivían los Capotoski –un zapatero “de cuentos”, un viejito de pelo blanco–; una familia Hole y los Carmagnac; había un aserradero donde jugábamos con los amigos y en la esquina el almacén Las Viñas –de un señor que traía vinos y frutas de Mendoza y San Juan. La mayoría eran casas grandes y antiguas.
—¿A qué jugaban?
—Desde las típicas peleas hasta ser camioneros en el camión de este hombre que iba a Mendoza, construíamos casas con tablones en el aserradero y andábamos en bicicleta.
—¿Relación con el parque Berduc y el club Belgrano?
—En Belgrano fue donde vi por primera vez un partido de fútbol en directo, una mañana de sábado. Del Berduc recuerdo sus toboganes gigantes y las clases de Educación Física.
—¿Qué actividad desarrollaban tus padres?
—Mi padre trabajaba en Agua y Energía y mi mamá era maestra, en la escuela de Bajada Grande.
—¿Contrastes al irte a vivir a calle Urquiza?
—Fue significativo porque nos mudamos a una casa moderna, pero quedaba muy cerca de mi amigo Albornoz, así que no hubo problemas de integración.
—¿Alguna afición en la adolescencia?
—Tenía una tía con un campo; mi afición era perderme por allí y andar a caballo; y salir en los botes del Rowing, sin dedicarme oficialmente al remo. La idea era remar poco y tomar mate en las islas. Con los viejos también fui a muchos lugares.
—¿Estuviste muy apegado al río?
—Una de las grandes intrigas que tiene mi hija en España –que vino cuando tenía un año– es el río. Ahora –al segundo día de estar en Paraná– salí sin saber dónde ir y, por supuesto, terminé en la costanera mirando el río.
—¿Cómo eran esas expediciones?
—Eran para descubrir los bancos de arena que se formaban y lugares selváticos; también salíamos más lejos en una lanchita a motor y recalábamos en cualquier barranco y mirábamos los pájaros.
—¿No hiciste ningún deporte?
—No.
Los tiempos turbulentos
—¿Vocación definida?
—Quería estudiar Psicología pero coincidió con los tiempos turbulentos… entonces quedó en la nada. Estudié un año Ciencias de la Educación pero… no se parecía en nada a mis pretensiones, así que decidí irme y respirar aire nuevo.
—¿Por qué la atracción por la Psicología?
—Sigo sintiéndola. Supongo que es el afán por conocerse a sí mismo y a las personas, si tal cosa es posible.
—¿Algún mandato familiar?
—No había pero se hacía ahínco en que se tenía que estudiar algo.
—¿Dónde viviste lo más álgido de los 70?
—En dos últimos años de la secundaria en La Salle y en la facultad.
—¿Con qué características?
—Se vivía muy intensamente. Hasta tercer año fui al Colegio Nacional y a mitad de tercer año tuve que cambiar a La Salle, por problemas personales de conducta con una profesora. En La Salle había mucho más inquietud social que en el Nacional.
—¿Cómo se había instalado esa inquietud en La Salle? ¿Por qué marcás la diferencia?
—No sabría decirte cómo se había instalado; supongo que por la dirección del colegio, que fomentaba el debate y la inquietud. En el Nacional era más superficial, con otras inquietudes, más individuales. La primera manifestación que viví fue en el Colegio Nacional –cuando estaba en segundo año– con la cual llegamos hasta el centro, en 1973. Comenzó siendo una cosa divertida de la gente más grande y se reclamaba democracia para Chile, contra el golpe de Estado.
—¿Por qué te echaron del Nacional?
—Era revoltoso.
—¿Cuál era el nivel de conciencia?
—En mi caso era el simple hecho de salir a hacer ruido y manifestar la inquietud, con la excusa de la política. Pero vino la Policía y hubo gases lacrimógenos. Ahí me di cuenta que venía en serio.
—¿Cómo lo elaboraste?
—No tuvo gran repercusión para mí pero cuando entré a La Salle la inquietud era más seria. Viví muy intensamente el preocuparme y participar en lo que era la sociedad; pensar en modelarla en cierto sentido.
—¿Cuál era la ideología dominante en La Salle?
—La Teología de la Liberación y había un pequeño grupo de militantes de Montoneros, con quienes participé por poco tiempo luego en la facultad. Al entrar en la organización me di cuenta que no era lo que esperaba.
—¿Por algún hecho puntual?
—Me sirvió para que me llevaran preso tres días, junto con otros compañeros, a quienes les fue peor: uno terminó muerto y dos –que recuerdo– varios años presos. Eso me desilusionó políticamente, hasta hoy.
—¿Desilusión o temor?
—Por supuesto que temor, pero eso no sería lo grave, que fue la desilusión. Lo que se pregonaba no se correspondía con lo que se hacía.
—¿Qué pensabas y deseabas en ese momento?
—¡Uh…! Comencé a pensar que la lucha armada –sobre todo si era desigual y con trampas– obviamente que no era el camino para una nueva sociedad. Uno se deslumbraba con el Che Guevara como tipo justiciero, pero hoy no pienso que haya sido una persona…
—Pero en aquella época.
—Era una referencia que no coincidía con los Che Guevara de aquí: más bien eran Stalin.
—¿Lo observaste en ese momento?
—Sí, por eso me aparté de la historia. No era que opinaba en contra abiertamente, pero lo decía entre los amigos.
—¿Dónde estabas cuando desaparece Eduardo Germano?
—En la facultad. En el grupo que yo integraba estaba la novia de Germano, y un par de pibas más que no he podido ver.
—¿Cómo lo viviste?
—No sabía de sus actividades, pero él era nuestro líder.
Asfixia, furia y desorientación
—¿Cómo continuaste tu historia teniendo en cuenta que en esos momentos no había demasiado espacio para el no-compromiso?
—Dejé los estudios en el primer año de la Universidad y comencé a trabajar con una tía.
—¿Qué balance hacés de esos años?
—Me quedan los grandes amigos que tengo hasta ahora, a quienes he vuelto a ver luego de 32 años.
—¿Eras amigo de Pinocho Paduan?
—Fui muy amigo, y de Luisito Jaureguiberry.
—¿Por qué decidiste irte?
—Por la asfixia, la desorientación y la furia. No había inquietudes sociales que cumplir y en cuanto a las personales se vieron frustradas por no poder estudiar Psicología. El país en general –que lo había tenido como un edificio histórico de gran arquitectura, donde se podía vivir en paz– se había convertido en un montón de escombros con rejas. Tal vez fue por la falta de cualidades personales que me di cuenta que no tenía nada que hacer aquí.
—¿Qué decían tus padres?
—Que lo mejor era irme. Cuando me despedí de mi padre le dije: “Estaré un par de años por ahí”. Y él dijo: “No. Si volvés –que no creo– vas a tardar mucho tiempo”.
Madrid pueblerino y plenitud
—¿Por qué España?
—Lo normal era aterrizar ahí; con Estados Unidos no tenía mucha afinidad.
—¿Cuándo llegaste?
—El 6 de mayo de 1978.
—¿La sensación al pisar Barajas?
—No tenía contactos, salvo unas cartas para unas tías. Madrid era muy pueblerino, nada que ver con el Madrid de ahora. Llegué junto a un conocido de Santa Fe y a Martín Uranga –que lo dejaron en el aeropuerto, aunque luego nos encontramos en Barcelona. Y de aquí me fui a Ibiza.
—Antes del vértigo de Ibiza, el deslumbre por Barcelona.
—Sí, impactante, como si fuera otro país.
—¿Y al ver la surrealista policromía ibicenca y respirar su oxígeno lleno de libertad?
—No sabía muy bien de qué se trataba, así que era asomarse a algo desconocido. Era: “Vamos para allá porque está bien”. Me quedé impresionado por su fauna humana; un lugar rompedor, el más libre del mundo que he conocido –en aquella época, pues ahora es otro tipo de libertad.
—Todavía no había invasivos hoteles ni casinos.
—No. Eran los dos o tres últimos años que le quedaba. Estuve un par de veranos y después me fui a Francia con un amigo.
—Ocupación: artesano.
—Sí, la de todos, vender en la calle.
—¿Tenías habilidad manual?
—No y soy de mover poco las manos. Comencé colaborando con unos chilenos que confeccionaban sandalias de cuero y haciendo cinturones con un argentino, quien tenía un taller muy lindo. Tuve una especie de padrino –de Paraná– Juanqui Alo ¡excelente! Descolaboré en su taller y me aguantó mucho. Después fui a Málaga por primera vez, a Benalmádena –una ciudad pequeña, cerca de Torremolinos– Italia y Portugal. Me dediqué a hacer juguetes para niños y marionetas, y he vivido de este oficio. Descubrí la libertad que da y que tenía dos manos para modelar materiales. No había un argentino que no trabajara en la calle vendiendo cosas.
—¿Qué pensabas de lo que habías dejado, tras aliviarte un poco?
—Por el afán de liberación y defensa ante la nostalgia, cerré la puerta y quedó guardado. Sino no podés vivir. En Florencia –cuando ya llevaba un par de años allá– encontré a una chica totalmente enferma por la distancia, pero no podía volver. Estaba destrozada y decía que no tenía ningún interés en estar en otro lugar que no fuera su casa y su ciudad de La Plata.
—¿Cómo te moldeó la vida el colectivo artesanal?
—La historia de vivir afuera tiene la desventaja de no jugar de local, pero la super ventaja de que como estás de paso… quedás excluido de ciertas normas, de lo cual todo el colectivo disfrutaba en gran manera –lo cual sigue siendo así aunque hay ciertas diferencias. España en aquel tiempo tenía mucha hambre de que llegara alguien desde afuera y le contara algo. Ahora es: ¡Uh, otro más a quitarnos el trabajo y molestar!
—¿Hasta dónde llegaban las fronteras del espíritu comunitario?
—Lo social no queda borrado del todo, entonces –hasta que tuve los hijos– se formaban mini comunidades espontáneas, sobre el conocimiento que se lograba en la calle. Siempre había alguien que decía: “Tengo una casa muy grande; vengansé”. Estuvo muy bien.
—¿Quedaba algo del fuerte y movilizador compromiso hippie?
—Los suecos aportaban la inquietud ecológica que en aquel momento era algo novedoso; también estaba la ideología de Gandhi y la paz, la fraternidad… El componente ideológico la verdad que tenía poco que ver pues se estaba para vivir la vida. Todo eso ha desembocado en gente que seguimos viviendo de esa manera.
—¿El momento más pleno?
—Obviamente fue en Ibiza, lograr cortar con lo anterior, ya fuera de cualquier inquietud social lo cual incluso comencé a verlo como algo ridículo. Uno dice: “Vamos a empezar por uno y después veremos si modificamos la sociedad o no”. Uno está muy verde y lo primero que puede hacer es tallarse a uno mismo. Fue un momento de limpieza mental y sentimental que duró dos o tres años, hasta que tuve los hijos.
—Y te reacomodaron con el sistema…
—Volví a tener una invitación de Dios para ir a la escuela. Me radiqué en Málaga, sin escapatoria. Se acabó el recreo, aunque seguí con la historia de vender en la calle….
—Pero…
—Ya no alcanzan los cinturones y lo de que es lo mismo quedarme dos meses que seis en cualquier lugar. Es algo más estructurado.
—¿Tu compañera anduvo junto a vos?
—Sí, en casi todo el camino.
—¿Qué cambios notaste luego de más de 20 años de ausencia en Paraná?
—La encontré muy bien, al día, donde me he movido. La cordialidad de la gente no la hemos perdido, se mantiene como en sus mejores tiempos. No noté cambios radicales, salvo el disgusto de ir a La Juanita y encontrarme con un tapial delante del río. Encontré cosas simpáticas como los perros vagabundos, que allá se matan. Me llamó la atención y es gratificante cómo los chicos de seis y siete años hablan con una persona mayor. Allá hay cierta paranoia por la pederastia y los chicos no hablan con los grandes.
Todo tapado de ladrillos
Gauna disfrutó y ahora padece los estertores de la explosión de la burbuja inmobiliaria, fenómeno que caracterizó a España en las últimas décadas. Su pueblo es un ejemplo: pasó de tener 5.000 a 75.000 habitantes.
—¿Cómo era Benalmádena esa primera vez que llegaste?
—Un pueblecito típico, arriba en el cerro, con dos calles.
—¿Por qué te arraigaste en Málaga?
—En ese tiempo era la capital y lo que era la costa, donde siempre estaba el grupo de artesanos, que teníamos mucha demanda –especialmente de alemanes. Es una ciudad que da mucha cabida y donde confluyen africanos, europeos y sudamericanos. Comencé a relacionarme con los andaluces –gente muy abierta. Tiene un alma en formación.
—¿Cómo reorientaste el oficio?
—Comencé a restaurar antigüedades y luego a comprar muebles nuevos, pintarlos y venderlos.
—¿Se tornó un buen negocio?
—Hasta que vino la crisis me sirvió para sacar adelante a mis hijos y todo lo demás.
—Antes, alemanes e ingleses habían comprado toda la Costa del Sol.
—De Málaga para el Este, es más de los alemanes, y para el Oeste –hacia el Peñón de Gibraltar– la han copado los ingleses. Estimo que cuando llegué, el pueblo tiene que haber tenido 5.000 habitantes y hoy tiene 75.000 residentes, que en verano se multiplican por dos. Se tapó todo de ladrillos.
—¿Cómo quedaste en medio de eso?
—Me daba cuenta que cada vez más había menos montaña y más ladrillos. Hay épocas feas cuando está todo en construcción y destruido, y no termina de ser nada. Ahora se terminó de hacer y quedó una especie de copia de Miami. Lo del mundo uniformado. No hay lugar que se precie de civilizado que no tenga un paseo de palmeras. Estamos todos en el Caribe y tiene que haber palmeras hasta en Suecia.
—¿Qué asimilaste de la cultura andaluza y del hombre de montaña?
—Donde vivo son grandes sierras, cuna del bandolerismo. Tuve oportunidad de tratar con la gente autóctona y me quedó lo culinario –el famoso gazpacho–, la artesanía con esparto, la cerámica, y vivir con las cuatro cosas que da la tierra. En aquel tiempo no se compraba ningún tipo de material y todo se hacía con piedras, tierra –se amalgamaba con el esparto, que hacía de cemento, y creo que lo único que se compraba eran las tejas.
—¿Tu casa era así?
—Viví en varias durante tres o cuatro años porque coincidió con el periodo en que la gente se iba a la ciudad y te habilitaban la casa, y se formaban esas mini comunidades. Cuando volvía el dueño se ponía contento de que estuvieras allí porque se la cuidabas y arreglabas. Todavía estaban vivos los arroyos. Ahora son country y campos de golf. Después alquilé y tuve ayuda de la familia de allá, porque con hijos no se puede vivir de esa manera.
—¿Cómo viviste la gestación de la burbuja inmobiliaria?
—El gran auge de la construcción –con su horizonte de guinches– comenzó hace unos 15 años –con todo el contento que producía la cantidad de trabajo– hasta que llegó un momento en que había una cantidad de casas deshabitadas y que nadie compraría. El gobierno inglés hoy aviva a que no se compre en determinadas partes de España porque se sabe que en seis años se lo comerá el mar. Si todo lo construido en la Costa del Sol se ocupara, por ejemplo en agosto, no creo que hubiera agua para todos.
—¿Debe haberte impactado sobremanera?
—Está relacionado, porque vendía muebles. Había gente que se compraba una casa y quien se compraba tres, y hace algunos años había que lavar las pesetas –con el cambio al euro. Un auge que me vino más que bien pero como todo exceso termina en una especie de precipicio. En tres años dejé de vender y tuve que cambiar de rubro por el paro de la construcción y la invasión de mercadería china a un precio increíble y calidad ínfima. Varias fábricas se trasladaron a India.
Para comentar es necesario estar registrado.Regístrese o si ya está registrado ingrese aqui..
Ultimas noticias
Desarrollan un software musical capaz de leer nuestros pensamientos
Luisana Lopilato y la particularidad de sus noches con Bublé
Ricardo Tapia y Acólitos Anónimos harán una zapada gratis en Paraná
Timerman entregará a la ONU la denuncia de Argentina por la militarización en el Atlántico Sur
Empresarios locales mostrarán su oferta exportable en Angola
Murió la nena de dos años atropellada por el yate en el Delta
"Son unos cínicos, a Jazmín de Grazia la echaron de Duro de Domar"
La Policía brindó precisiones sobre la detención de Molaro


