Espectáculos
Domingo, 22 de agosto de 2010Adiós al último irreverente de la literatura
Rodolfo Fogwill murió el sábado a los 69 años de edad, como consecuencia de un problema pulmonar derivado de su conocida compulsión al cigarrillo.
Su obra "Los pichiciegos" es considerada la mejor novela sobre la Guerra de las Malvinas.
La irreverencia, la pluma mordaz y una intuición al margen de modas efímeras, son las marcas de
identidad que deja como legado el escritor Rodolfo Fogwill, que falleció el sábado a los 69 años
como consecuencia de un problema pulmonar.
El autor de
Restos diurnos murió en la madrugada del sábado en el Hospital Italiano, donde se
encontraba internado a raíz de un enfisema pulmonar derivado de su conocida compulsión al
cigarrillo.
A tono con su fama diletante, a lo largo de su vida Fogwill ejerció múltiples oficios, entre
ellos sociólogo, empresario, publicista, profesor titular de la Universidad de Buenos Aires,
ensayista y editor de una legendaria colección de libros de poesía.
También trabajó como agente de la Bolsa y fue columnista de temas políticos y culturales.
Fuera de su agitada actividad pública, estuvo preso, fue adicto a la cocaína y confesó alguna vez
que tuvo un revólver Smith & Wesson a los 10 años, un barco a los 15 y su primera novia a los
17.
"Por 20 años fui consultor de una tabacalera y pude librarme –en orden– primero del cine,
después del dinero, del alcohol, de la marihuana y finalmente de la cocaína, pero aún sigo
dependiendo de la estúpida nicotina", aseguró el autor de eslóganes y campañas publicitarias como
"Suaves pero con sabor, el equilibro justo", para los cigarrillos Jockey.
Fue el cuento
Muchacha punk –con el que obtuvo el primer premio en un importante certamen literario en
1980- el disparador que lo impulsó a abandonar su carrera empresaria para comenzar, según sus
palabras, "una trama de malentendidos y desgracias" que lo llevaron a su "oficio" de escritor.
Con el dinero de ese galardón fundó una editorial con la que publicó
Poemas, de Osvaldo Lamborghini, y
Austria-Hungría de Néstor Perlongher, entre otros.
Fogwill a secas –le gustaba firmar prescindiendo de su nombre de pila – se caracterizó por su
personalidad explosiva y su pluma irreverente: de hecho, su permanente uso de la provocación le
facilitó contadas enemistadas que incluso minaron la continuidad editorial de su obra.
El escritor, nacido en Buenos Aires en 1941, deja como legado una veintena de títulos que
atraviesan todos los géneros pero que mantienen como marca distintiva el sentido del humor y una
prosa vertiginosa cargada de referentes que funcionan para enriquecer lo que se narra y al mismo
tiempo reflejar la época en que fueron escritas.
Entre sus obras más conocidas se encuentran
Los pichiciegos –considerada la mejor novela sobre la Guerra de las Malvinas–,
Urbana,
La experiencia sensible,
Urbana2,
Runa y
Vivir afuera, con la que consiguió el Premio Nacional de Literatura en 2004. Hace dos años
publicó
Los libros de la guerra, recopilación de su trabajo en prensa.
También escribió
El efecto de realidad,
Las horas de citas,
Mis muertos punk,
Música japonesa,
Ejércitos imaginarios,
Pájaros de la cabeza,
Partes del todo,
La buena nueva,
Una pálida historia de amor,
Cantos de marineros en las pampas y
En otro orden de cosas.
Uno de los temas recurrentes en su narrativa fue el amor: "No sé qué es el amor, pero sé que
si hay algo que te puede salvar es el amor. Creo que tiene que ver con el amor propio, una cuestión
neurofisiológica que te produce una sensación de totalidad; nada lo puede remplazar”, definió en
una entrevista.
"Inmediatamente después de salir por la televisión y tener éxito los cinco minutos de gloria
de todos en la sociedad democrática, te das cuenta de que no existió, que fue sólo una puesta en
escena y que está terriblemente desarticulado... El amor, en cambio, produce un bienestar casi
neurológico", aseguró en esa ocasión.
Ganador de la prestigiosa beca internacional Guggenheim en 2003, Fogwill deja a sus lectores
un puñado de textos urgentes que dan cuenta de un pensamiento ajeno a las modas y un olfato para
intuir "lo distinto”, que lo llevó a descubrir la obra de colegas como Alberto Laiseca , César Aira
o Perlongher cuando nadie antes había apostado por ellos.
Télam
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