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A Fondo

Domingo, 22 de agosto de 2010

“Mientras tenemos la mirada en el éxito, perdemos lo bueno”

Ecio Bertellotti y la meditación como herramienta para la exploración y ampliación de la conciencia.

El enfrentamiento de la generación de los padres con la de los hijos es muy violento  (UNO). "El enfrentamiento de la generación de los padres con la de los hijos es muy violento" (UNO).

Se formó e investigó en las ciencias duras, pero desde niño se crió, ocupó y comprometió –e specialmente en la época de plomo– con ideas que excedían el simple y seguro cálculo, y en las últimas décadas con la preservación urbanística y ambiental de Paraná, y su sustentabilidad. El ex concejal y ahora presidente de Eco Urbano, ingeniero Ecio Bertellotti, describió su evolución intelectual que –por una circunstancia límite de su propia vida– derivó en la experiencia cotidiana y profunda de la meditación como herramienta para la exploración y ampliación de la conciencia.

Desde Carrara
—¿Dónde nació?

—En Paraná.

—¿En qué barrio?

—En calle Castelli, donde siempre fue Parque pero cuando nací era calle de tierra. Era una vieja casa que fue de mi abuelo, con quinta.

—Mucha naturaleza.

—Todo baldío, tártagos, hinojos y algún cañaveral. Estaba la casa al fondo, un rancho al frente, una casita al costado, mi abuelo en la esquina… Las manzanas se atravesaban por los baldíos.

—¿A qué se jugaba?

—A construir casas, palacios y castillos, y hacer excursiones por el Parque. Cuando íbamos al centro –a la casa de mis primos– los juegos eran otros, como caminar por los techos. Después fue el Rowing y la costa.

—¿Se relacionó de joven con el río?

—Bastante. La mayoría de los primeros recuerdos e imágenes infantiles son del río y muy mágicos: un picnic, un viaje en canoa, un pescado, una tortuga y una sopa tomada dentro de un caparazón –en un rancho de pescadores.

—¿Cuál era la profesión de su padre?

—Arquitecto. Cuando era chico andaba por el río y después jugó al golf, y ya no lo acompañé.

—¿Salían juntos?

—Cuando yo era chiquito me llevaba. Lo primero que me compré con la primera plata que gané al recibirme de ingeniero fue una lancha, que mi padre usó mucho cuando volvió al río, y con un primo mío nos hicimos una piragua. Éramos un grupo de amigos que hacíamos excursiones de dos o tres días y nos quedábamos en la isla. Era el juego de la aventura. Una vez nos fuimos a Santa Fe en piragua, aunque en casa no dijimos nada.

—¿Su mamá?

—Una gran jugadora de tenis y le gustaba el piano, aunque lo fue abandonando porque nosotros la molestábamos.

 —¿La profesión fue un mandato familiar?

—Sí, es algo complicado. Está mi familia paterna, con la línea de la Ingeniería: mi bisabuelo, mi abuelo, mi padre y mi tío. Mi bisabuelo vino como operario especializado de la piedra. De él conservo un libro muy curioso de los órdenes arquitectónicos. Y también me lo inculcaron en el propio colegio porque me gustaba Matemáticas.

—¿De qué zona llegó su bisabuelo?

—De un pueblo de la región de Carrara –cerca de Pizza, Toscana– la zona del mármol de la construcción. Todos los Bertellotti que hay son de esa zona. Mi bisabuelo vino para la construcción de la catedral y luego llegó su mujer –con mi abuelo, que era chiquito– a fines del siglo XIX. Cuando llegamos a América somos mezcla de cuatro ramas. Mi abuelo italiano se casó con una vasca de apellido Otalora – campesina, con la idea de la producción autosustentable. Por la rama de mi madre, mi abuelo Bouzada –gallego, campesino con vista a la parte comercial– llega solo a los 14 años –con un primo de 17. Comienza trabajando como peón y termina siendo un empresario hotelero poderoso. Y su esposa, italiana, de una ciudad industrial.

—¿Por qué me mencionó aquel libro?

—Es un libro muy viejo –de 1777– un incunable. Mi bisabuelo era un operario pero tiene que haber estudiado mucho para poder llegar a ser un artesano de su nivel. Marca lo que era Europa y quiénes fueron los inmigrantes que llegaron.

—¿Tuvo algunos otros intereses además de la Ingeniería?

—Comencé a estudiar Filosofía junto con Ingeniería, y casi me paso a Historia.

Un abuelo muy particular
—¿Qué motivaba esta inquietud humanística?

—Mi abuelo Bertellotti era un humanista profundo y militante, espiritista, teósofo, masón; un personaje aparte. Fue muy estudioso –al igual que sus hermanos– con una agilidad y destreza manual asombrosa. Es quien hizo todo el bajorrelieve de la columna del Monumento del Cóndor, a mano y con cemento. Sus dos cajones de herramientas eran asombrosos, por la cantidad y diversidad de fratachos y cortafierros. Te muestro el libro (lo busca en la biblioteca). Aquí hay otro libro traído de Italia por mi bisabuelo: El cocinero italiano moderno –de 1848– para aprovechar los alimentos de estación y conservarlos. En el último tiempo lo conocí con túnica naranja, porque hacía Yoga. Una vez me dijo una frase que me impresionó mucho: “El cuerpo es tan fuerte que se apega a la vida; ya se están yendo y sin embargo el cuerpo sigue aferrado. Yo ya me tendría que haber ido”. Siempre decía que pensaba morirse a los 80.

—¿Cuándo comenzaron sus lecturas sobre cuestiones humanísticas?

—En la época del colegio pero también por los debates a medida que crecía. Algunos profesores nos llevaron a debate, a enfrentarnos. Tenía discusiones por religión ya que yo me había formado enfrentado a ella. En cuarto año discutía con una profesora muy creyente. Me permitió hacerme firme en mi propia convicción. Y es cuando con los amigos se comienza a preguntar sobre el mundo. Junto con esto, estaba mi abuelo, cuyo legado asumí bastante. Yo era compañero de la escuela y muy amigo de Norberto Barbagelata, y su padre Eduardo –luego mi suegro– influyó mucho en mí ya que estaba abocado a temas del espíritu y la investigación de los fenómenos paranormales. Mi formación es compleja y contradictoria.

—¿Heredó los libros de su abuelo?

—Me robaron una biblioteca muy grande que tenía de él, aunque conservo algunos libros, aparte de los incunables que te mostré.

Ilusión y revolución
—¿Modificó su visión sobre la Ingeniería cuando comenzó a estudiar Filosofía?

—Por ahí tengo algunos escritos rechazando tanta dureza y rigidez de la Ingeniería y preguntándome por qué no encontramos un poco más de poesía en lo que hacemos.

—¿Cómo canalizó eso?

—Siempre anduve vinculado a coros, música, lecturas, cine club y grupos musicales; en esa época había mucha efervescencia y los Beatles acababan de aparecer. El debate y los sueños eran permanentes. Creo que fue una explosión de ilusión de que el mundo se estaba transformando.

—Y que la revolución estaba a la vuelta de la esquina.

—Sí, y comenzaron los grandes procesos de transformación. Llegaron las primaveras: Bolivia, Perú y el americanismo. Fui vecino de Juan L. y me impactó mucho desde chico aunque sólo sabía que era poeta y ¡comunista! En quinto año del colegio yo estaba en el coro universitario, que dirigía Maraño. Una vez, volviendo con él, nos llevó a visitarlo a Juan L. y a partir de ahí cada tanto iba a visitarlo.

—¿Cómo esa relación?

—Fue uno de los que me dio vuelta la cabeza ya que vivía en otra dimensión. Si algo mostró es que la dimensión del espíritu abre mundos y que uno puede vivir ignorando que hay una dimensión más allá del orden cotidiano-material. Nos hizo pasar al mundo de la expansión de la conciencia y el encuentro con lo sublime. Y era un político con quien conocí el americanismo.

—¿Cuándo se dio cuenta que se acababa el sueño de los 70?

—Cuando me fui a España, mal (risas) y un poquito antes, cuando la mano comenzó a ponerse dura, dura, y comenzaron a caerse los sueños. Bolivia no era cierto, Perú no fue cierto, Chile se cae y acá se empieza a caer, y empieza el delirio –más allá del gran afecto y profundo respeto. Las discusiones que teníamos en esos tiempos eran si lucha armada sí o no, si era el camino o no, si era un callejón sin salida en términos de generación…

—¿Y visto a la distancia?

—Fue un tiempo maravilloso, una ruptura generacional dura y el enfrentamiento de la generación de los padres con la de los hijos. Y eso es muy violento.

—Porque hay que matar al padre, en términos psicoanalíticos.

—Claro, pero en lo real –no en el orden de la Psicología– con armas y plomos de verdad. Y los padres contra hijos. Todavía no hemos terminado de salir de esta herida que nunca cicatriza porque no la hemos procesado. ¡Leyendo el foro de lectores de La Nación me doy cuenta que falta mucho! (risas)

—¿Por dónde pasó la síntesis de todo aquel bagaje humanístico teniendo en cuenta que esta época estaba dominada por la acción?

—Queda una impronta y por otra parte hay rechazos. Nunca fui creyente, lo cual reivindico y por otra parte es muy duro (risas). Yo viví lo de que “Dios ha muerto”. Aunque veo a los creyentes y es bueno creer porque se salvan.

Queriendo morir
—¿Lo angustiaba esta contradicción?

—No, lo viví y lo milité. Pero pasan los años y tengo una situación de muerte a los 50 –con ganas de morirme, viviendo a pastillas y calmantes– cuando tengo unas experiencias raras de recuperar un espacio y tener la experiencia religiosa, sin ser creyente. Mi mujer me impulsó a salvarme porque yo no quería internarme. En esta circunstancia descubrí la Psicología Transpersonal y la respiración holotrópica, que me dieron vuelta la cabeza. Cambié de querer morir a querer vivir y comencé a meditar con mayor profundidad. Después de esto reivindico las dos cosas: una cosa es la experiencia religiosa o paranormal pero no creo en nada. Es una experiencia de haber estado en otro tiempo y en otro lugar.

—¿Y su visión del mundo a partir de esta experiencia?

—El mundo era el mismo, yo era el mismo, pero antes los problemas me pasaban por arriba y ahora los veía pasar frente a mí sin importarme. Fue un cambio interno del punto de encaje. Y como nunca abandoné el estudio de la Filosofía, me permite ir cerrando el sentido de las cosas que van encajando; incluso en el aspecto filosófico de las Matemáticas y de las ciencias duras –que había estudiado en Barcelona, en un ámbito científico muy fuerte y maravilloso.

—¿Concilió el mundo científico con el de la ampliación de la conciencia?
—Hay cosas difíciles de explicar. Lo que uno hace con la meditación es una experiencia interna, que transcurre en un registro que no se puede explicar más que con metáforas. Pero quienes han escrito cosas, las han vivenciado.

—¿Cómo resumiría lo que le aportó el ejercicio de la meditación?

—Vivir en paz interna y con el mundo, no aspirar a lo que no existe ni aspirar a algo accesible pero con un esfuerzo terrible, en vez de disfrutar lo que se tiene.

"Paraná es una ciudad hija de madre soltera"
“Amamos el río pero hicimos una Costanera que impide llegar a él; amamos el río y nos quedamos sin puerto; tenemos un Club Náutico pero está escondido y estamos junto al río pero no tenemos canoas para andar por él –salvo unas pocas de dos clubes”, describió Bertellotti al marcar algunos paradójicos comportamientos de la relación de Paraná con su imponente recurso natural.

—¿Qué se puede analizar de la actualidad de la ciudad en función de cómo se originó?

—La ciudad fue hecha por comerciantes y en la zona del centro, y lo único relacionado originariamente con el río fue Puerto Viejo. Curiosamente, si bien se inició con las caleras en la zona del río, luego le dio la espalda y nunca estuvo frente a él. Es una ciudad sin padres, no fundada e hija de madre soltera.

—¿Por eso la negación y la falta de identidad con un proyecto común?

—Algo de eso hay. Somos distintos a la gente de Santa Fe o de las ciudades de la Costa del Uruguay, que fueron fundadas. No sé lo que nos ha pasado, pero lo cierto es que seguimos sin encontrarle el qué. Hay intentos pero luego no hay acompañamiento de los proyectos. Para hacer Stonehenge –por ejemplo– estuvieron miles de años. Un pueblo que tiene una vocación –sin importar su grado de desarrollo cultural– se dedica a eso y hace que se hermane en una causa común para funcionar. ¿Cuál es la causa común que tenemos en Paraná para funcionar? Es una ciudad cortada por el arroyo Antoñico desde cuando yo era chico y estaba “este lado” y “el otro lado”; “los de acá” y los de allá”. Seguimos sin encontrar un destino común a nuestra ciudad, con más inmigración y diversidad, y sin ninguna identidad.

—¿Cuál es el factor que se tornó más in sustentable desde lo urbanístico?

—Se lo atribuyo a la gente, lo otro es un soporte, que no es sustentable o in sustentable, sino que depende de lo que hacemos nosotros y cómo lo controlamos. Si nos dedicamos a romper lo que tenemos porque es viejo o porque no tiene más arreglo…

—¿Pero que señales urbanísticas son emergentes de aquel comportamiento?

—Lo que tenemos ahora –por mencionar algo– es el Mercado Central y la demolición –pero no es lo único– y tiene que ver con la ausencia de un proyecto de Paraná. Sólo está la lucha de unos pocos arquitectos para ver cómo conservamos lo nuestro. No tenemos una economía en la ciudad, sino saqueos; seguimos con una mentalidad de coloniaje interior en ese sentido –de seguir sacando– y especulamos con la tierra. Los propios dueños de Paraná especulan con su propia tierra para hacer lotes que se vuelven inhabitables. Ésa es la ciudad que tenemos.

—¿Una especie de conducta suicida o autodestructiva?

—No llegaría a tanto, es un comportamiento profundamente inconsciente.

—¿En qué momento comenzó a ser caótica y se desbordó?

—Creo que el mundo se desbordó a partir de los 60 y 70, cuando comienza la globalización. Algunos dicen que por el Túnel, pero el Túnel llegó cuando tenía que llegar. Junto con esta obra se hicieron los puentes, porque son los tiempos de la comunicación. Todo esto es bueno pero la impronta que vamos llevando por las formas de especulación y por la generación post hippie –los yuppie, que son muy duros– lo torna salvaje. Los yuppie son como termitas aunque también tienen ideas maravillosas –por las libertades que se han permitido respecto a generaciones anteriores. Pero esa liberación fue sin un control ético.

—¿Y los post yuppie?

—Son mucho mejores y alientan más esperanzas hacia futuro, ya que lo que viene ahora es asombroso. Se caen los viejos escenarios y desaparecen. Están a años luz de lo que pensábamos nosotros. El mundo está abierto y eso siempre es bueno porque nos permitirá encontrar un mayor equilibrio. Porque si nos va mal, nos vamos al diablo. Las burbujas financieras desnudan hasta qué punto este sistema es perverso en sí mismo, ya que están premiando a sus artífices y a quienes las hicieron explotar. La gente no es tonta y ha comenzado a darse cuenta. ¿Hasta cuándo van a cobrar premios por sumirnos en la pobreza?

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