A Fondo
Domingo, 25 de julio de 2010“Los chicos se cansarán de leer en la pantalla algún día”
Graciela Bande, docente. Las múltiples lecturas de El principito. Alumnos sin interés y docentes sin palabras.
“En el bookcrossing no hay jerarquías y es totalmente gratuito; es un sistema muy libre”.
Aunque la profesora Graciela Bande mantiene su fidelidad intacta desde la infancia para con el libro de papel –el cual le genera las mismas emociones que otrora– a comienzos de este año el término bookcrossing (cruce de libros) le llamó la atención mientras leía y navegaba por la web. De ahí en más se propuso que resultaría una experiencia estimulante –no exenta de valores– para sus alumnos, quienes el 7 de julio hicieron su primera “liberación” de libros, lo cual tienen programado repetir en un par de meses.
Los tiempos de la yapa
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en el sanatorio La Entrerriana.
—¿Cuál fue tu barrio de la infancia?
—El de calle Gualeguaychú, y luego en Alem –entre 9 de Julio y Belgrano.
—¿Recuerdos de allí?
—Cuando me mandaban a hacer los mandados a la panadería Los 3 Indios, donde atendía la señora Nieves Duarte y me daba una yapa, al igual que en la verdulería de una persona excelente como don Antonio –quien todavía está en calle Villaguay y Belgrano.
—¿Qué actividad desarrollaban tus padres?
—Mi papá era empleado del Ministerio de Obras Públicas –en la sección Depósito del Puerto– y mi mamá fue empleada de la Dirección de Rentas, hasta que se jubiló.
—¿Ibas al Puerto?
—Sí, me gustaba ese mundo; era chiquita e iba sola en el colectivo rojo. Había una farmacia, dispensario y centro de salud, donde iba al dentista, la doctora Raspini. También me encantaba visitar a mi mamá en la Casa de Gobierno y perderme por los pasillos y escaleritas, y escribir en la máquina Olivetti.
—¿A qué jugabas?
—Siempre me gustó jugar a la maestra y a la mamá. Ponía un pizarrón y sentaba a las muñecas a quienes les enseñaba. Leía mucho.
—¿Colecciones?
—Una que le compró mamá a un librero ambulante y se llamaba Naricitas, de (José Bento) Monteiro Lobato, un escritor brasileño que luego recuperé y de quien conocí otras obras. El personaje principal era una niña que se llamaba Naricitas –por su nariz respingada. También recuerdo un libro hermoso de poemas para niños –que perdí– con villancicos y canciones –de diversos autores– y que mis preferidos eran de Gabriela Mistral. A los 15 años me regalaron El principito y lo sigo dando a mis alumnos, al igual que le encuentro otras cosas con cada lectura. Me encantó.
—¿Había una buena biblioteca en tu casa?
—No, pero siempre tuve acceso a bibliotecas de familiares y a la Biblioteca Popular –de la cual una tía era socia. Cuando comencé el profesorado compraba libros en la librería Fénix, donde tenía cuenta. Tuve muy buenas profesoras como Graciela Ghiggi, Zarita Chapado y la señora de Villagra con las cuales comencé a leer los clásicos.
—¿Eras buena alumna?
—No excelente, pero buena.
Por siempre, El principito
—¿Cómo fue tu lectura adolescente de El principito?
—Me dio mucha tristeza porque no pude discernir en ese momento cuál era el mensaje real de (Antoine de) Saint-Exupéry. Pensaba que había muerto de verdad y no lo teníamos más.
—¿Y las lecturas posteriores?
—Compré algunos ensayos que hablaban sobre El principito y tengo otras obras de Saint-Exupéry. El autor me gusta.
—¿Tenías algún criterio de lectura?
—No, leía lo que venía, de todo, también mucha historieta. Las siestas de verano íbamos a lo de mis primos y leía El Tony, D´Artagnan, Intervalo…
—¿Era a lo que más tiempo le dedicabas?
—También hacía deporte: nadé un tiempo en Echagüe y en la época del furor de Vilas jugué un tiempito al tenis. Pero la lectura era un refugio especial.
—¿Siempre sentiste como vocación la docencia?
—Sí, y también era por las ganas de estar con jóvenes, porque me gustaba la enseñanza e inculcar el placer por la lectura. No tuve dudas sobre mi vocación, salvo por algún mandato familiar en cuanto a si era conveniente, ya que mi mamá decía que podía estudiar otra cosa porque era inteligente. Me inscribí en Abogacía, en Santa Fe, pero comencé Licenciatura en Letras. Fui unos meses pero ese año falleció mi papá y como había problemas económicos me vine a Paraná, aunque no perdí el año gracias a Marta Bachelet, del Instituto del Profesorado. Fui lo que quería ser: maestra de Lengua y profesora de Literatura.
—¿Alguna lectura prohibida o tabú para esa época?
—¡Por supuesto! Un libro del escritor chileno José Donoso, La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria (novela, 1981). Es muy erótico.
—¿Cómo lo descubriste?
—En el Instituto del Profesorado, porque tuve que hacer un trabajo sobre ese autor para la profesora Estela Longo. Fue en 1980, en plena dictadura; para mí fue shockeante, pero si hoy lo ponés al lado del programa de Tinelli no le asusta a nadie.
—¿Lo comentaste con alguien o pasaste el libro?
—No, por pudor (risas). Después de la nota seguro que muchos lo irán a buscar.
—¿Te divorciaste de la lectura alguna vez?
—Sí, en 2000, cuando mi mamá se enfermó de Alzheimer y tuve que aceptarlo. No tenía ganas de leer.
—¿Y en vacaciones?
—Me gusta leer mucho sobre cocina y practicar lo que leo. Cristina Bajo –una escritora cordobesa– me encanta. Me regalaron un libro suyo que es Elogio de la cocina, sobre recetas con sus historias. También comencé a escribir haiku (poemas breves) –que por supuesto no publicaré– pero me gustó lo de pensar en frases que salen solas, en cinco, siete y cinco sílabas. Es como una gimnasia mental.
—¿Siempre escribiste?
—Escribía algunos sonetos cuando estaba en el Profesorado, pero no es lo mío.
—¿Qué libros llevarías a una isla de la cual nunca volverás?
—El principito –primero y seguro– y después éste –que me hizo llorar mucho cuando corregí su borrador (lo muestra y luego me lo obsequia) Fortín La soledad. Está escrito por mi tío Manuel Bande y es la historia de la familia paterna, de mi abuelo que fue sargento y enfermero del Ejército, a quien le tocó ir al Fortín La Soledad –en Tartagal, en el año 30. Y llevaría poemas de Alfonsina y Neruda.
—¿Cómo ha sido la relación con este tío escritor?
—Es como un padre y me emociona mucho hablar sobre él porque es una gran persona. Siempre escribió poesías como Cantos de mí mismo. Comenzó a escribirlas desde chico para las chicas, para…
—Para levantarse minas…
—Claro, para Lidia, su novia, esposa y amor de su vida, además de poemas para los hijos y nietos. Luego comenzó a escribir cuentos, cuyos borradores me mandaba y yo le decía que tenía que publicar porque eran muy lindos. Lo hizo con la ayuda de un cuñado –Víctor Malvicino– y también ganó un premio municipal en Santa Fe. Es entrerriano pero se casó y se fue a vivir allá.
—¿Qué estás leyendo?
—Ayer (por el miércoles pasado) compré Dejarse ir –de Aída Loza– en la presentación y comencé a leerlo anoche, y antes estaba buscando libros de clases para terminar el trimestre.
Entrerrianos ausentes
—¿Cómo fueron los primeros años de docencia?
—Trabajé ad honorem los dos primeros años en una escuelita de Villa Uranga y me fui a Buenos Aires a hacer cursos de perfeccionamiento sobre poesía española de posguerra, con el poeta José Carlos Gallardo. Me casé a los 24 años, entonces mi familia fue creciendo con mi carrera docente y en algunos momentos tuve que dejarla de lado. Ésa fue la época en que nos conocimos en El Diario.
—¿Tuviste distintas etapas como lectora?
—Cuando terminé la carrera tuve un hueco muy importante porque no hay ninguna materia sobre literatura regional y entrerriana. No sé ahora. Al estar frente al aula me parecía que tenía que enseñar sobre autores entrerrianos, entonces se convirtió en una búsqueda personal. Me habían regalado la obra completa de Juan L. pero busqué otros autores. Pude llevar algunos a las aulas como Julio Federik, Adolfo Golz y Graciela Pacher, quienes siempre están dispuestos a ir a los colegios.
—¿Alguna obra te resultó especial?
—La poesía de Juan L. me encanta, los cuentos de Golz, los últimos cuentos de Graciela Pacher… Ayer tuve un encuentro con Aída Loza que presentó un libro muy lindo de poemas. Por suerte hay muchos escritores entrerrianos y gente que le gusta leer, a pesar de que las transformaciones tecnológicas nos lleven a tener menos tiempo.
—¿Cómo definís el universo de las letras entrerrianas desde tu experiencia como lectora?
—Hay escritores muy intimistas; me gusta Juan L. porque está cargado de metáforas que te conectan con el alma del poema.
—¿Cómo llegaste a estar a cargo de la página literaria de El Diario?
—Por un amigo, Jorge Gilardone. Fue una época muy linda de trabajo en la cual aprendí mucho, que lamentablemente tuve que dejar por cuestiones familiares. Aprendí mucho sobre los autores regionales y siempre faltaba espacio. Lo que más gustaba no sólo eran las poesías o reseñas de obras y autores, sino el diseño. ¿Te acordás que comenzaba a diseñarse en computadora con otros criterios?
—Sí, fue un cambio notable en cuanto a la concepción gráfica de los diarios. ¿En lo literario te cambió tener que manejar determinados criterios periodísticos?
—No, mi manera de buscar literatura no cambió. Seguía leyendo como siempre y es lo que inculco a los alumnos: si uno comienza a leer un libro y no le gusta, mejor dejarlo a un costado y esperar, porque cada libro tiene un tiempo para uno. Llegará un momento en que podrá leerlo y entenderlo. Hay que amigarse con el libro porque no se puede leer contra la voluntad, aunque sea un clásico o mucha gente lo haya leído.
Computadora dominante
—¿Seguiste en la docencia tras esa experiencia periodística?
—Sí y también en la Universidad Popular –un lugar de trabajo muy agradable– con cursos de Redacción, Ortografía e Historia de la Caligrafía.
—¿Qué comparación hacés de aquellos años con la situación actual?
—Las diferencias pasan por la recepción de los chicos y la búsqueda de los materiales. En los grupos siempre hay gente que está interesada y otra que está ajena a las clases, pero lo que se ve hoy es que hasta los buenos alumnos se ven muy entusiasmados por los otros soportes tecnológicos, que le demandan mucho tiempo. Pensá que están seis horas en la escuela y luego vuelven a la casa y están una, dos o más horas frente a la computadora, lo cual resta tiempo para la otra lectura, la del papel y el libro. Además el chico hace otras cosas.
—¿Cuáles son las transformaciones que provocó el predominio informático?
—La rapidez con la que quieren todas las cosas. La rapidez para la cual estamos educados los docentes del siglo XX no se corresponde con un método audiovisual, si bien las escuelas cuentan con computadoras. Vemos videos y les gusta, pero no puedo en todas las clases acceder a la computadora. Hay que estar permanentemente buscando nuevos estímulos porque dar la clase y hablar no les llega.
—¿Qué lugar ocupa el libro de papel en este nuevo paradigma?
—Leen de la computadora o los géneros que les gustan. A las chicas les gusta la zaga de Stephenie Meyer y Harry Potter, los libros de aventuras o de suspenso, pero la poesía está un poco relegada.
—¿La conclusión no es que leen menos, sino desde otros soportes?
—Sí. Leen lo que les gusta. Por ejemplo, una chica compra un libro y lo presta a tres o cuatro amigas. O los bajan de la computadora sin la necesidad de imprimirlos.
—¿Qué te parece lo de leer en la pantalla?
—En algún momento se van a cansar. Yo me cansé. Anda circulando una hermosa biblioteca digital que no sé si te ha llegado…
—Sí, con centenares de autores y títulos…
—Sí. Hice click en varios autores –algunos que no conseguía– pero tampoco me da muchas ganas de seguir leyendo de la pantalla.
—Pero tus sensaciones en torno al libro de papel son distintas a las de las nuevas generaciones, al punto que quizás nunca las tuvieron.
—Sí, pero creo que el libro de papel no morirá. En miles de años el libro ha cambiado su soporte: desde las tablillas de arcilla, pergaminos y papiros hasta el papel, pero después del papel cuántos años son. Ahora salió el libro electrónico, pero tampoco creo que tenga futuro.
—La operación manual y el formato se aproxima mucho al libro de papel.
—Es del mismo tamaño. ¿Te acordás de un cuento llamado Caset de Enrique Anderson Imbert? Es una ficción sobre el año 2032 –si no recuerdo mal– donde aparece un alumno muy inteligente llamado Blas –en alusión a Pascal. El profesor les había pedido que reinventaran algo y Blas al terminar dijo que no necesitaba energía, pilas ni cables, y que sólo se enciende y apaga con la mirada. Había reinventado el libro. Imbert fue un visionario.
—¿Qué descubriste en Internet?
—El bookcrossing y los blog de poesía. Y encontrar dónde pueden concursar los chicos, lo cual les gusta y los motiva por los premios. El año pasado concursaron sobre haiku –poemas japoneses con tres versos de cinco, siete y cinco sílabas– unos alumnos en la Fundación Nacional Jorge Luis Borges. Tuvimos la suerte de que uno de los ganadores es del Colegio del Huerto, Santiago Zuffiaurre, quien se ganó la obra completa de Borges y Pablo Pfeiffer ganó otro concurso.
—¿Cómo te imaginás dando clases en 10 años?
—No me animo a llegar; quiero dedicarme a otra cosa para terminar contenta con la docencia. Ni bien pueda me jubilaré y me dedicaré a la docencia en la Universidad Popular u otra institución donde la gente tenga ganas de aprender. Muy pocos de los chicos que van a la Secundaria lo hacen porque tienen ganas.
—¿Los nuevos docentes están preparados para el constante cambio tecnológico?
—Sí, más que mi generación, y están más cerca de los chicos. Hay que dejarle lugar a las generaciones que vienen.
—¿Qué déficit tienen?
—La pobreza de vocabulario se nota en las producciones escritas.
Biblioteca mundial
—¿Cómo fue el descubrimiento del bookcrossing?
—Por Internet, a principios de este año. Me llamó la atención la palabra pero no recuerdo en qué página la vi por primera vez. Hay grupos que se reúnen en el café la Ópera, de Buenos Aires, Córdoba, en el café La Máquina –de Rosario– y en Mendoza, entre otros lugares.
—¿Cuál es el origen?
—Se remonta a 2001 cuando un estadounidense quedó impactado por los sitios en Internet donde la gente libera cosas, como por ejemplo la página ¿Dónde está George? –que libera billetes de dólar–, geocatching –que libera objetos–, otras donde se liberan cámaras fotográficas descartables –con las cuales se toman distintas imágenes y el que saca la última tiene que devolverla al primero–, postales, discos compactos y bicicletas. El bookcrossing es un gran club del libro, una gran red social de libros y lectores.
—¿Qué espíritu los moviliza?
—La generosidad de llevar el libro a alguien para que lo lea y a su vez se multiplique creando una gran biblioteca en el mundo. No va contra las editoriales ni las librerías, al contrario, ganan. Mis alumnos liberaron libros y algunos fueron comprados.
—¿Hay alguna autoridad y protocolo de funcionamiento del sistema?
—No hay jerarquías y es totalmente gratuito, es un sistema muy libre. La página en español se llama bookcrossing.com.es, no se necesita poner el nombre y apellido, sino que basta solamente con un nombre de usuario, ingresar el número de ISBN (International Standard Book Number o Número Estándar Internacional de Libro) que tiene el libro y como contrapartida se obtiene un BCID (Bookcrossing Identification). Se lee el libro y cuando se termina se ingresa este código y dice dónde se libera. Ir de caza o dejarlos en la jungla es parte de la jerga utilizada para indicar distintas formas de liberación de libros, que se puede hacer, por ejemplo, en los cajeros de los bancos o en determinada zona de la ciudad.
—¿Según el registro se puede hacer una especie de hoja de ruta de por dónde anda el libro liberado?
—Exacto, podés saber dónde está tu libro. Por ejemplo, tal vez alguien vino de vacaciones por Paraná, lo encontró y se lo llevó a otra provincia o a otro país.
—¿El sistema depende de la voluntad de quien recibe el libro para registrar la clave?
—Claro. Hay millones de libros liberados en el mundo y seguramente un porcentaje queda en las bibliotecas de la gente. En la página hay gente que cuenta cómo fueron sus primeras liberaciones y algunas anécdotas son muy graciosas porque dejaron el libro en una mesa de un bar y nadie se acercaba porque pensaban que la mesa estaba ocupada.
—¿Se establecen relaciones entre los liberadores?
—Una vez por mes se reúnen en los bares de los lugares que te comenté. En Paraná se podría hacer un grupo, pero no es obligatorio. Para hacerte miembro sólo tenés que ingresar un número de usuario, el país y la ciudad. Hay grupos que hacen acciones solidarias como donación de libros y formación de bibliotecas para escuelas necesitadas.
—¿Tus alumnos se entusiasmaron enseguida?
—Sí, aunque no sabía cómo reaccionarían.
—¿Cómo lo organizaste?
—Lo hice con los dos 8º –chicos de 12 y 13 años– y no tuve tiempo de hacerlo con los más grandes.
—¿Cuál fue la reacción?
—No entendía nada porque creía que estaban vendiendo. Casi todos los chicos llevaron un libro y escribieron folletos explicativos. No sé si otra vez se hizo en Paraná.
—¿Invitarías a tus colegas a que hagan su propio bookcrossing?
—Por supuesto, a los chicos y a ellos les va a gustar.
Algo más sobre las tres erres de BookCrossing
Read (lee) un buen libro.
Register (regístralo, junto con tus comentarios), consigue un BCID (Número de IDentificación BookCrossing ) y etiqueta el libro
Release (libéralo) para que lo lea alguien más (dáselo a un amigo, déjalo en un banco del parque, dónalo a la caridad, “olvídalo” en una cafetería, etc.) y te será notificado vía e-mail cada vez que alguien ingrese al sitio y haga una entrada para ese libro.
La biblioteca universal que crece
Según la periodista española Almudena Zazo, en Madrid existen 4.060 “beceros” –la segunda potencia del bookcrossing en ese país– después de Barcelona, que alcanza prácticamente los 5.000 usuarios.
Actualmente se calcula que existen alrededor de 112.000 personas en todo el mundo conectadas a la corriente del bookcrossing y que se registran unos 350 miembros nuevos cada día.
Comentarios
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zentado
15-08-2010
14:11:58
en ésta Paraná escatológica.Salga de los bulevares y le dará la razón a Céline,de cómo pasaban el tiempo los africanos.Váyase a una isla,si puede,y escriba,si puede. Y apiádese de quienes ni siquiera podemos leer, por causa de los vacuos. -
zentado
15-08-2010
14:06:27
Vamos profe, ya es hora de cambiar: El Principito por el Decameron; Alfonsina y Neruda por Pizarnik y Gelman... (u Orozco y Borges)... y ellos,sus alumnos,una piara que se entretiene los sábados por la tarde en América (alguno se salvará,se salvará) en é
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