A Fondo
Martes, 20 de julio de 2010El atentado, inmigración judía y la pesadilla
La voladura de la AMIA cerró la idea de una convivencia plural.
La tragedia del 18 de julio de 1994.
Hace ya más de 100 años, el vapor Wesser llegó hasta el puerto de Buenos Aires trayendo uno de los
primeros contingentes de inmigrantes judíos a la Argentina, provenientes en su mayoría de Centro
Europa. Ese fue el acto fundacional, acaso el más importante, de una comunidad que habría de
aportar, a lo largo de todo el siglo XX, su entusiasmo y su imaginación para el cumplimiento de un
sueño y un proyecto acuñado por la generación del 37: el de hacer de este país un territorio de
posibilidad para todo aquel que decidiera vivir a orillas del Río de la Plata.
La imagen del humo ascendiendo entre los escombros de la calle Pasteur aquel fatídico 18 de
julio de 1994 —la imagen de los cuerpos mutilados y del rostro desencajado por el espanto de
víctimas y familiares— es la exacta imagen en reverso de aquel instante luminoso en que el Wesser
tocaba el puerto de Buenos Aires. Porque la voladura de la AMIA cerró de manera catastrófica la
idea de una convivencia plural por la que se había trabajado por más de cien años.
Antes, mucho antes de que la AMIA se evaporara del paisaje urbano de Buenos Aires, la
colectividad judía había acuñado en su historia una serie triste de agresiones: las brutales
acciones de la Liga Patriótica a comienzos del siglo XX, las diatribas nacionalistas del ‘30, la
cruz esvástica tatuada a fuego y hierro en los pechos de Graciela Sirota en los años ´60, los
atentados de la Triple A, las casi dos mil desapariciones de hombres y mujeres judíos durante
aquella larga noche del 76, humillados doblemente por su condición judía en las siniestras cárceles
de la dictadura militar.
Una macabra sintaxis alterada por singulares momentos de luminosidad, no otros que aquellos
en los que esta comunidad demostró su gran capacidad para reponerse a las adversidades y los
infortunios. Testimonio de ello son las colonias agrícolas, el aporte a la cultura en todas sus
manifestaciones, el impulso al comercio y al cooperativismo, la apuesta a la excelencia educativa
como meta impostergable, su compromiso inquebrantable con la vida democrática de un país que le
abrió sus puertas en momentos de incertidumbre.
La imagen del Wesser entrando al puerto de Buenos Aires es la llave inaugural de un proceso,
la de los escombros de la calle Pasteur, su clausura. No es que después de aquel 18 de julio la
comunidad judía no haya seguido recreándose con la movilidad y la imaginación que la caracteriza,
sino que una rara sensación se instaló para siempre en el alma comunitaria dañando la confianza y
la seguridad con que había logrado habitar el país.
Junto con la destrucción de la AMIA la comunidad se dañó, y la reparación de ese daño llevará
tanto tiempo de cicatrización: disputas entre los afectados por los modos de elevar el reclamo ante
las diferentes administraciones gubernamentales, desesperación y desaliento de los familiares,
debates en torno a cómo consolidar la seguridad de las instituciones y de sus miembros, impunidad
en los procesos judiciales, complicidades nunca esclarecidas del todo. Un universo de problemáticas
que de golpe comenzó a teñir y opacar lo cotidiano de la vida judía y que aún sigue vigente.
Para los judíos argentinos, para una comunidad humana que había logrado superar tantas
adversidades a lo largo de la historia, nada volverá a ser lo mismo después de aquel 18 de julio. Y
resta aún mucho tiempo por delante para que la dimensión de dolor y frustración decante y no sea la
amargura, la tristeza y el desconcierto la sensación reinante.
Borges dijo alguna vez que las pesadillas son grietas a través de las cuales los seres
humanos ingresamos al infierno. Y dijo también que el idioma inglés era exacto en su definición de
ese estado psíquico al llamarlo Nightmare, que traducido significa: yegua de la noche.
Cerramos los ojos y vemos a esa yegua enloquecida con los ojos en sangre, atravesando las
tinieblas de la noche, su rostro enfurecido, arrastrando con sus patas todo lo que encuentra en su
camino.
La yegua avanza y lo destruye todo. Esa yegua nocturna es la imagen más acabada de esa
devastación que tuvo lugar el 18 de julio de 1994. Mientras no haya justicia, su poder de
destrucción seguirá habitando entre nosotros.
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