A Fondo
Domingo, 18 de julio de 2010"No hablaba, sino que dibujaba”
Diálogo Abierto. Ricardo “Jaimo” Jaimovich, dibujante y arquitecto
Con el algo de cansancio por la organización de la Muestra de Historieta y Humor Gráfico Entrerriano, pero con la satisfacción y las energías renovadas por la repercusión que tuvo –al punto que agilizó los tiempos y el entusiasmo para dar próximamente a luz a una publicación de humor y cultura– el arquitecto Ricardo Jaimovich hizo un alto para el diálogo en el Museo Provincial de Bellas Artes. Tras reacomodar algunas cartulinas y disparar permanentes apostillas humorísticas, Jaimo habló del duro e inacabable proceso de definir un estilo propio y de atreverse a reír de lo que la mayoría no lo hace.
Cabeza llena de dibujitos
—¿Dónde naciste?
—En una clínica de Paraná.
—¿En qué barrio viviste?
—En Andrés Pazos y Santa Cruz. Se inundaba siempre aunque ahora creo que no. Era como un río y estaba buenísimo, mientras el agua no entrara a tu casa.
—¿Qué recordás además de las inundaciones?
—Cuando cortaban los árboles hacíamos casas con ese follaje. Éramos una pandilla que jugaba todo el día en la calle y después había que ver El Zorro. Veía muchos dibujos animados y así me quedó la cabeza (risas). Es lo único que sé hacer (risas). Era el barrio de los italianos, me colaba para ir a jugar al fútbol a Don Bosco y también me colaba en el Echagüe, aunque mi viejo era socio, pero yo no.
—¿Qué profesión tenía él?
—Era contador y trabajaba en la Compañía de Teléfono, desde cadete hasta jefe de una sección. Era un tipo sencillo, no hablaba mucho y hacía muchas cosas. Fue el legado más lindo que me dejó: hablar más con los hechos que con las palabras. Yo no sabía que era contador porque nunca puso una placa. Ayudaba mucho a la gente y cuando yo iba a la compañía era como una familia, jugaba con ellos y dibujaba mientras laburaban.
—¿Tu mamá?
—Profesora de Química y docente; fue directora de la ENET Nº 5. Enseñaba mucho con el juego.
—¿Qué fue lo primero que dibujaste?
—Comencé desde muy chico y al año ya hacía mamarrachos. Mi hermano –15 años mayor– me llevó a un psicólogo porque yo no hablaba. Le dijeron que me expresaba dibujando y que no se preocuparan porque después hablaría. A mi viejo le sacaba los registros contables y dibujaba sobre ellos. Creo que dibujo rápido porque veía dibujos animados: Petete, Trapito, La Pantera Rosa, Picapiedras, Tiro Loco, Correcaminos… Los dibujaba a todos. A las Escuela de Artes Visuales fui desde los 8 a los 12 años, y luego dos años más al taller de Dibujo. Me divertía mucho porque me dejaban hacer lo que quería.
—¿Toda tu infancia estuvo impregnada por el dibujo?
—Mayormente sí, si bien me gustaba jugar a la pelota y con los pibes. Me levantaba temprano y en el piso dibujaba con una tiza. Lo borraba y al otro día dibujaba otra cosa. Y así durante meses.
—Una pulsión muy fuerte.
—Totalmente. No podía ver cosas en blanco y dibujaba todo el día.
—¿Antecedentes en la familia?
—Un tal (Raúl) Schurjin –pintor santafesino– pariente de mi madre. En la familia de ella había mucha gente que dibujaba muy bien, como David Roibar. También está el escultor Oscar Roibar, quien tiene una habilidad manual increíble que yo no tengo; un loco lindo muy bueno.
—¿Cuándo dejó de ser una preocupación familiar para que lo asumieran como una característica tuya?
—Fue hasta esa ida al psicólogo porque después todo fue diversión. Siempre que estaba con los parientes me hacían dibujar; así que era un laburo hacer las caricaturas de ellos en las fiestas. Era un show y motivo de encuentro.
—¿Motivabas algo especial en la escuela?
—A veces me la creía, porque tenía que dibujar… Pero había cosas que no sabía hacer.
—¿Cuándo sistematizaste técnicamente esta habilidad?
—Todos los días. Cuando comencé a los 12 años y luego cuando comencé a hacerlo en El Diario, mi dibujo era diferente y cambió: las marcas eran más definidas y comencé a hacer letras. A los 18 años cambió porque mi mente también lo hizo y comencé a preguntarme cosas. Cuando ingresé a Hora Cero fue importante porque tenía que hacerlo todos los días o día por medio. La frecuencia me hizo agilizar la técnica pero a su vez me faltaba personalidad.
—¿Personalidad como sinónimo de estilo?
—Exactamente. Después de eso –más por mi profesión– comencé a diferenciar mucho. En la Arquitectura el dibujo tiene que ser más definido y el que generaba era más libre y flexible. Tenía que desestructurar lo que me estructuraba y tratar de jugar con mi expresión y lo que decía, como chiste. Porque lo que decís también dibuja mucho; esto lo descubrí no hace mucho. Tenía muchos estilos como muchos pibes de acá, que no pueden definirse; a veces les hace bien y a veces mal. Para dibujo animado, quiero diversos estilos, porque es un obrero más de un grupo de gente, pero si querés dibujar para un diario es mejor tener un estilo para que te reconozcan. Hay muchas formas de reafirmar el estilo y eso se construye a lo largo de décadas, como pasa en el arte, los movimientos artísticos, la arquitectura o en lo individual. O en la Magia: Cooperfield es un estilo y los magos tradicionales otro. Por lenguaje, forma de comunicar y lo que pone en el escenario.
El humor de los grandes
—¿Qué autores y publicaciones te marcaron?
—Al principio los dibujos animados, luego los humoristas del cine de los años 20 y 30 –a quienes todavía admiro: Chaplin, Buster Keaton, Los Tres Chiflados, Los hermanos Marx, Woody Allen… Entendía que había otra forma de humor, que no era necesariamente trabajar con un arquetipo o personaje, sino también ver un texto, una ironía y un método que no fuera necesariamente inicio, medio y remate, para trabajar en la tira. Entendí que podía ampliarlo desde la literatura, por más que no sé escribir.
—¿Tenías buen humor?
—Nunca fui un tipo de buen humor, aunque sí alegre. Me divierto como lector y como persona que ve un show. Me gusta mucho la imperfección del teatro. En mi trazo era muy opaco porque tenía una cultura que venía de lo familiar y por un mandato cada vez más pesado, que contradecía lo que sentía Ahora estoy viendo muchas cosas de las cuales me cago de risa y me burlo, que para otros siguen siendo…
—Sagradas o casi…
—Claro, para familiares y amigos. Venía de una generación muy fuerte y había una diferencia de edad muy marcada. Con mi hermana tengo 12 años de diferencia y no tengo nada que ver con ella, y con mi hermano hubiera tenido más relación, pero también tenía un mandato muy fuerte. Tengo otros sentimientos, formas de expresarme y me nutro de otras cosas.
Otros grandes y valientes
—¿Cuándo y cómo comenzaste a escaparte de eso?
—Cuando dibujaba me escapaba y desestructuraba. Mientras el mandato decía que había que ir a la sinagoga o a la escuela, al comenzar a dibujar eso se desvanecía y había otro mundo. En la época del Proceso iba a la escuela primaria y no sabía lo que pasaba, pero descubrí dos cosas: que no había muchos colores –y eso tiene que ver con la sensación de libertad– y en quinto grado cuando leímos el Preámbulo de la Constitución preguntaba para qué servía y no me supieron contestar. Yo veía a Tato Bores y entendía e intuía algunas cosas. Mis viejos, por temor, no decían nada. Mucho más tarde comencé a ver toda la literatura de los 70 –que parece que no existe: Paco Urondo, (Roberto) Santoro…
—Y los exponentes de la historieta…
—Totalmente. (Alberto) Breccia y (Héctor) Osterheld. “El Eternauta” me rompió la cabeza: le rompe la cabeza a cualquiera porque desde la aventura ya es una cosa, y si se lee la segunda parte y su historia te das cuenta del compromiso de un artista con su obra y con la sociedad. ¡Lo que provoca es genial! La historieta reivindica esa rebeldía a lo establecido.
—Convengamos también que hay una tradición extraordinaria que se remonta a muchas décadas atrás.
—Uno de los grados de mayor libertad fue cuando Argentina era liberal –en 1880– cuando a Roca se lo hacía con el bigote de un muerto ¡y eso había que publicarlo, eh! Ellos defendían esa libertad de prensa porque creían en otro tipo de país, más allá de que fueran unos garcas. Sarmiento mismo era caricaturista.
Mandatos y conflictos
—¿Cómo resolviste lo de los mandatos familiares y la vocación?
—Con psicólogos. Siempre tuve ese conflicto, hasta hoy. Venimos de otro tipo de educación. Nadie tiene la culpa. La cuestión pasaba por lo físico y lo intelectual; a veces me encerraba en el dibujo y eso era feo, porque no es bueno. Tomar sol también es bueno o tener ganas de… Me preguntaba por qué tenía que casarme de determinada manera o moverme de determinada manera, más en la sociedad de Paraná.
—¿Estudiaste Arquitectura por ser lo más afín al dibujo?
—Sí y por que no había Diseño Gráfico, ni nada. Me gusta proyectar porque el diseño y el proyecto son algo fantástico, es un arte de comunicación y materialización hermoso. La Arquitectura engloba muchas cosas, al menos como me la enseñaron a mí. Me encantaba más hacer croquis y lo artístico.
—¿Cómo te transformó la carrera universitaria en cuanto a estilo?
—Hacía todo lo contrario, y trataba de que mi dibujo no fuera tan esquemático y duro. Creo que fue para mejor. Hay muchos dibujantes arquitectos: Alanger, Amengual… Siempre dibujé al margen. Supongamos que el sistema es una hoja rayada: mis dibujos de humor siempre están en el borde o alrededor; en el centro está lo establecido, aunque dibujar en el centro también me hace feliz. No hay que renegar de esa ubicación porque es una ubicación en la vida, estética, conocer el ahora y el adentro, y conocer otras cosas. El dibujo es tu marca de identidad.
—¿Qué traducción tuvo en el dibujo la resolución de alguno de esos conflictos que me señalabas?
—Desde no dibujar a la crisis, aunque nunca dejé realmente de dibujar. Siempre dibujás o proyectás desde la imaginación. No cumplía las expectativas de lo que estaba sintiendo, porque la angustia era mucha y no podía expresarse. Eso hay que reconocerlo porque no todo se puede expresar. Ni el Guernica es todo; es todo sobre algo, pero no hay un cuadro donde esté todo. Me parece que no. La expresión que tenés sobre la vida es fundamental en ese momento en cuanto a cómo te sentís. Ése es tu tiempo. Tu lugar sería la pauta, el tipo de papel, los límites que tenés para comprar los materiales, el momento histórico… En la Arquitectura no podía definir y hacía bocetos, bocetos y bocetos, y no definía el proyecto. Pero no estaba mal del todo porque yo tenía una elaboración de taller que otros pibes no tenían. Mi crisis se producía ahí, hasta que pude, poco a poco, contemplarla. Era un tipo que no podía definir.
—¿Qué fue lo que más te ayudó para definir un estilo en cuanto a estética?
—Varios humoristas me llamaron mucho la atención: (Sergio) Langer y antes Calondi –un dibujante de los 60. Tiene un libro muy interesante que se llama Aún no he muerto, donde habla de humor, pero no es humor. También leí a Freud sobre el chiste, quien dice que el humor trata de soslayar la muerte y el sexo. A partir de ahí mi dibujo comenzó a ser más caligráfico. Últimamente –con el dibujo animado– me di cuenta que tenía que recuperar el otro estilo más tradicional para construirlo. Hay como tres tipos de estilos que estoy haciendo: el de la Arquitectura, el del humor –muy expresivo y que depende mucho del texto– y el del dibujo animado –que tiene relación con el humor, pero me sirve mucho la forma en que dibujaba antes. El dibujo animado es un trabajo en equipo, de organización, nada que ver con el humor, y muy parecido a la Arquitectura. Me cambió todo y comencé a hablar de otras cosas, para lo que me ayudó mi acidez. Maxi (Sanguinetti) –con su humor ácido y la libertad que me daba– me decía: “Nadie nos lee así que para que nos lean tenemos que comenzar a vernos y hasta poner cosas escatológicas”. Los pibes ahora vienen con otro lenguaje y otras formas de expresión, y todo lo que para nosotros es “pito” y “culo” no tiene nada que ver con lo que es para ellos. Lo que para nosotros es un símbolo nazi para ellos es heavy metal. Es bueno que estas cosas se expresen, se debatan, impacten… Ver eso no te corroe la cabeza, al contrario, te supera. Pero la gente por estos lugares tiene muchos miedos: de crecer y a destruir lo establecido.
—¿Qué ves cuando volvés a ver lo dibujado y publicado hace un par de décadas?
—Muchos recuerdos. Otra edición y una valoración de la gráfica.
—¿Te reconocés?
—A veces sí. Me reconozco en todo, incluso en las distintas etapas, con mis miedos. No estaba seguro. Bueno, vos me viste cuando dibujaba, tenía un dibujo que era muy parecido al de (Gerardo) Cosenza, porque estaba a su lado, o era parecido al de Maxi. Hasta que comencé a ver que mi manera era más caligráfica, más relacionada con la letra, más sintético, que el mensaje tiene que darse en el momento y lugar justo –y para eso se necesita un pensamiento, más allá de que hay cómic con un desarrollo artístico y de dibujo impresionante. La idea es generar una síntesis en el mensaje y en el dibujo –con equilibrio– y eso lleva décadas. ¡Todavía no lo he logrado! Cada vez mi estilo está más desarraigado, tal vez porque la época es inestable, desordenada y difusa. Hace mucho tiempo que las cosas son así. Cuando te das cuenta de eso, tu dibujo cambia.
—¿Recordás algo muy acabado, esas satisfacciones internas que no son muy frecuentes en el trabajo artístico?
—Hice un dibujito de Da Vinci –quien creo que era homosexual– en el cual está con su señora arriba y la mina le dice: “¡Eh, Da Vinci! para cuándo vas a inventar el profiláctico” (risas). Fue lo que más me gustó. La hice hace 10 años para una muestra en Río Cuarto. Hice dos dibujos: uno al natural y otro en computadora. El natural no sé dónde está y tengo el de la computadora.
—¿Tiraste muchos dibujos?
—Sí, me hubiera gustado dárselo a algún museo o a alguien que le interese, pero los papeles me hicieron muy mal. Era mucho peso. Estuve casi un mes tirando papeles e incendiando dibujos. Tenía que hacerlo porque mi cerebro no los soportaba. Algunas cosas las registré digitalmente.
—¿Tuvo que ver con la cuestión de los mandatos?
—Sí, sí. No podía más. Por muchas cosas que me pasaron y cagadas que me mandé. Tiré todo a la mierda porque no me sentía bien. No me habían enseñado que era Jaimo, sino “el arquitecto” o “tal cosa”. Eso tenés que buscarlo vos, padecerlo y disfrutarlo. Es como el fernet con Coca. Si tenés mucho fernet, es muy agrio, y si tenés mucha Coca es muy dulce. Ninguno de las dos te hace bien o mal. Vos buscás el punto justo y preparás la mezcla; que no te la prepare la iglesia, la sinagoga, el Estado o la sociedad. Vos contribuís a que esa misma sociedad tenga buen gusto y disfrute. Me parece que esto es lo fundamental. Ser humorista, mago o payaso son cosas que a veces hacen feliz a la gente, pero estoy seguro que no dañan a nadie. Por más que gane menos guita o no tenga cosas que muchos otros tienen, no estoy arrepentido. Lo estaría si no supiera dónde estoy parado.
—¿Cómo asimilaste lo digital y en qué momento?
—¡Fue difícil, porque venía del dibujo! Che ¿esto que estamos hablando es para un libro? (risas).
—Es sólo una entrevista.
—Lo digital comenzó en la facultad –en 1994– con el Autocad (programa para Arquitectura). Después comencé con el Fotoshop (programa para gráficos e imágenes) y todo eso. Cuando estaba en el diario de calle España comenzó lo digital y me enseñaron a pintar en Fotoshop. Me pareció bien porque mi dibujo es demasiado plano y la computadora generaba dibujos bicolores más planos. Incluso comencé a investigar sobre eso y lo sigo haciendo porque nunca se termina. Es inacabable y podés hacer lo que quieras. Ahora dibujo a papel o en una tableta óptica, para hacer dibujos animados.
—¿Qué se pierde y qué se gana?
—Depende. Se gana facilidad en cuanto a tiempo, en ser contundente y se pierde en cuanto a estilo e imperfección. La imperfección es buena en el arte y en la vida. Esa cosa que estás diseñando que no es ideal, también es muy buena. Los cuadros de Quirós no son perfectos, tiene mucho de impresionismo y representan el efecto que produce la luz sobre el objeto. Pero no es el objeto. Hay muchos trazos imperfectos que generan y construyen algo. Eso es lo que hay que tratar de hacer, con cualquier herramienta.
—¿Ya se puede hablar de distintas etapas de lo digital?
—Sí, la primera fue más analógica y recta; luego vino la introducción de la paleta de colores y lo último es una profundización de los programas. Tenés que estudiar los programas de animación, gráfica y sonido, porque los hay para la función que quieras, hasta llegar a hacer cosas digitales que no son reales. Si sirven, está todo bien, pero el tocar y el vincularse se está perdiendo mucho. Este halo de comunicación que está en algún lugar y en ningún lugar, hace que no sepas bien dónde estás parado, hasta desde el punto de vista psicológico. Necesitás cortar y decir: “Aquí hay otra realidad”. Cuando estás en la pantalla es una realidad, pero tenés que salir para saber quién realmente sos y quién la pantalla. Sino sos un Matrix.
—¿Qué te inspira?
—El sexo (risas).
—¿Se proyecta al dibujo?
—No, no, es un chiste. En un momento fue la crisis del amor y hoy es la búsqueda de un proyecto para vivir. Me formó mucho la educación no formal en la comunidad: la turca (Susana) Treidel y esa gente rara, y el antiguo Mekorot (revista), el mejor que había, de gente que pensaba libremente, aunque luego se deformó totalmente. Todo lo que es dinámica grupal me inspira y es lo que nos falta, porque somos demasiado individualistas y no sirve para nada. Mentimos en dos cosas: con la guita y con la edad (risas). Somos muy pelotudos y no tenemos gestión en conjunto.
—¿Qué te molesta?
—La indiferencia, la eterna siesta, el que alguna gente no se pregunté cosas, el juzgar a la gente como si fuera una escupida, la inmovilidad –aunque yo estoy bastante inmóvil– y la gente que toma como natural algo que no lo es, porque viene de una reproducción social que no quieren modificar por miedo.
—¿Qué atraviesa como denominador común al humor gráfico actual?
—En el debate que se hizo acá en el museo se planteó que hay dos corrientes: por un lado está la profundidad del humor político –en el cual Quino marcó la relación con el poder– y que viene desde hace mucho tiempo. Pero hay otros chicos y jóvenes –desde Max Cachimba hasta hoy– para quienes el humor idiota no es tan idiota y plantean en historieta las boludeces que se hacen cotidianamente. Por ejemplo, que una heladera y una silla se amen. También hay otras tribus. Langer es un ejemplo de la unión de aquellas dos corrientes: lo corrosivo de lo cotidiano con la realidad terrible.
Holocausto con humor y la rebelión de reírse
Paradójicamente –o no tanto, según su forma de pensar– Jaimovich rescató una historieta relacionada con el Holocausto al momento de destacar los aportes más ricos que recibió de parte del humor judío.
—¿Qué rescatás del humor judío?
—El encuentro más cercano fue pictórico porque tuve oportunidad de estar en el Museo del Holocausto. Al lado estaba la historieta –que luego compré– de (Art) Spiegelman, en la cual habla de que los judíos eran las ratas; los gatos, los nazis; los chanchos, los polacos; los pescados eran ingleses y los perros norteamericanos. Era una historieta autobiográfica donde había dos historias paralelas: por un lado la de su padre –quien estuvo en Auschwitz– y la post vida en Norteamérica, con sus manías y problemas de la relación padre-hijo. Esto lo vi al lado de otro libro que compré y me marcó. Habla sobre las obras de arte que se hicieron durante y después del exterminio. Tenían que dibujar y pintar para los jerarcas, pero por debajo dibujaban lo que había en ese lugar. Eso se registró en este libro, que ahora no lo puedo encontrar en mi casa.
En uno de esos dibujos había un chiste de un doctor en Varsovia –a quien mataron– que se estaba dibujando a medida que enflaquecía. Tal vez, en realidad, no es un chiste, pero es un modo de defensa. Es muy valorativa como registro de vida, cultural e histórico, porque mucha gente niega el holocausto, en general porque son brutos. Lo que estaba en la cabeza de ellos nunca se pudo destruir. Ese registro es tan o más importante que una foto. Esto me cambió la cabeza. Se rieron, más allá de que había gente que no quería que lo hicieran, se rebelaron riéndose y fueron libres.
“La gente por estos lugares tiene mucho miedo de crecer y de destruir lo establecido”.
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