Halloween
Domingo 30 de Octubre de 2016

Con un sapucay que desencante la calabaza

Días atrás un grupo de niñas disfrazadas de brujas correteaban por la plaza Sáenz Peña de Paraná bamboleando canastas en forma de calabazas. Aunque faltaba bastante para la fiesta de Halloween ellas ya vivían la víspera, y su presencia retrotraía inevitablemente a tantas películas de origen estadounidense en la que los chicos tocaban los timbres de las casas al grito de "dulce o truco". Tibiamente y de la mano de las casas de estudios de lengua extranjera los festejos en Argentina comenzaron y ahora cada 31 de octubre nuestro país vive su propia versión del Halloween. Es casi un festejo obligatorio en barrios, clubes o escuelas y es una excusa comercial que cada día suma adeptos.
Halloween es una fiesta de origen pagano que se celebra en víspera del Día de Todos los Santos, y que tiene sus raíces en el antiguo festival celta conocido como Samhain (pronunciado "sow-in"), que significa "fin del verano" y se celebraba al finalizar de la temporada de cosechas en Irlanda para dar comienzo al "año nuevo celta", coincidiendo con el solsticio de otoño. Durante esa noche se creía que los espíritus de los difuntos caminaban entre los vivos, y se realizaban fiestas y ritos sagrados que incluían la comunicación con los muertos. Además, era habitual colocar una vela encendida en las ventanas para que los muertos "encontrasen su camino". Mañana los chicos se disfrazarán de Halloween y se divertirán recolectando golosinas. No está mal, es una fiesta que ya aceptaron como propia, los hace felices y los divierte.
Pero no parece suceder lo mismo con una jornada dedicada a celebrar las costumbres de nuestras tierras: el Día de la Tradición, el 10 de noviembre. La fecha conmemora el nacimiento del poeta argentino José Hernández (1834 - 1886), que escribió El gaucho Martín Fierro, relato en forma de verso de la experiencia y explotación de un gaucho argentino, su estilo de vida, costumbres, lengua y códigos de honor.
Mi niñez aconteció en un pueblo del interior de Entre Ríos y recuerdo que para las fiestas patrias, como la del 10 de noviembre, nos vestíamos de paisanas, gauchos, vendedores de velas, mazamorreras y desfilábamos en los actos de la escuela primaria. Empanadas, tortas fritas, mate amargo y destrezas criollas formaban parte de las remembranzas. La organización estaba a cargo de las instituciones educativas y reunía a gran parte del pueblo en la plaza central.
Es verdad que cuando se difunden tradiciones extranjeras se va perdiendo la cultura propia, pero poner un cepo a las culturas globales importadas no es la forma de captar la atención. Poner todo en términos de fiesta nacional versus fiesta importada no sirve, sólo genera asperezas entre adherentes y detractores. Fomentar desde las instituciones educativas y culturales, y desde donde se pueda, el amor por la patria es el camino posible, para querer hay que conocer, pero encontrar el modo de seducir a los niños para que quieran conocer más de nuestra cultura es fundamental. Nosotros también tenemos nuestros personajes, fantasmas, mitos, creencias y costumbres. Los niños deberían salir a la calle vestidos de gauchos o paisanas a pedir u ofrecer tortas fritas, pastelitos y dulce de leche. Lograr que esto sea atractivo para ellos es el desafío. Que el 10 de noviembre el grito del sapucay desencante la calabaza, para dar paso a festejos bien nuestros.

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