La Provincia
Domingo 23 de Agosto de 2015

Con emoción, la comunidad de San Agustín recibió sus campanas

En la parroquia de Florencio Sánchez 733 de Paraná se vivió una fiesta. Los vecinos acompañaron cada momento con alegría  

La comunidad parroquial San Agustín vive y celebra las Bodas de Oro. Ayer al mediodía llegaron sus dos campanas y vecinos del barrio se acercaron para festejar y acompañaron a la grúa en todo su trabajo. Además del cura Omar Bedacarratz, estuvo presente monseñor Juan Alberto Puiggari, que las bendijo. Se trata de verdaderas obras de arte construidas en una fábrica de San Carlos Centro, provincia de Santa Fe.
Poco después del mediodía las campanas llegaron en una camioneta que un vecino de la zona ofreció para el traslado. Fueron ubicadas en el patio contiguo al templo y quienes se acercaban, además de tomarles fotos y filmarlas, estiraban sus manos para tocarlas. Después quedaban en silencio, las contemplaban. El gesto, repetido una y otra vez, daba la idea de que todas esas personas las sentían como propias, como algo que les pertenecía; no es para menos, trabajaron durante dos años para poder comprarlas.
“La importancia para la gente de la comunidad es que las campanas para nosotros es un permanente llamado al encuentro con Dios. Cuando suenan anuncian la proximidad de la celebración del misterio central de la fe cristiana que es el misterio pascual de Jesús”, dijo a UNO el párroco Omar Bedacarratz, mientras iba y venía para ajustar las tuercas de una organización puntillosa, con una grúa que llegó tiempo después a bocinazo limpio; recibió el aplauso de todos.
“Recordamos, cuando las escuchamos, que en pocos minutos celebramos la muerte y resurrección de Jesús. También suena, de forma diferente, para anunciar difuntos en la comunidad. Es una manera de comunicarnos”, agregó el cura.
Pertenencia
La mayor de las campanas es en honor a San Agustín y lleva ese nombre grabado. La más pequeña por Santa Mónica, su madre, y también lo tiene escrito.
Miguel Bellini y Juan S.H. Bellini, son los dueños de una empresa que mantiene una tradición iniciada en 1892; una fábrica de campanas artesanales en San Carlos Centro. Hoy es la única de funcionamiento permanente en América Latina.
“Tanto la torre, el campanario, como las campanas, no son un proyecto personal, pertenecen a la comunidad, porque la gente que se acercó a lo largo de dos años colaboró para lograrlo. Esto se hizo con dinero de la comunidad cristiana de San Agustín. Primero hicimos la torre y el año pasado empezamos a ahorrar para las campanas”, agregó el cura.
De a una, la grúa comenzó a levantar las campanas que se ubicaron frente a la parroquia donde fueron bendecidas. A un costado se encontraba el techo del campanario, también construido y listo para la ocasión. La tarea de colocación se hizo con cuidado para evitar que alguien saliera lastimado, y desde temprano, un grupo de trabajadores conocidos por los vecinos realizaban sus tareas en la punta de la torre a fin de tener todo listo.
De a una también, se subieron las campanas a lo más alto y desde ayer, el barrio entero tiene algo que le pertenece y por eso festejaron y aplaudieron.

¿Por quiénes doblan?
La compra de las dos campanas y la construcción del campanario –que se trata de una torre de 14 metros–, fue logrado con recursos de la propia comunidad que aportó y trabajó. Realizadas en bronce, la más grande pesa 280 kilogramos y 170 la más chica. Tuvieron un precio de 158.000 pesos.
Al principio serán tocadas de manera manual con una soga que llegará hasta el piso, luego esperan poder automatizarlas con un sistema eléctrico.

Con el sabor de los logros compartidos
Antes de estas dos campanas de gran porte, la parroquia contaba con una pequeña. Estaba ayer colgada a un costado, como testigo del paso del tiempo. Hubo vecinos de San Agustín que contaron que la fabricó un hombre llamado Genaro Miño, obrero del ferrocarril de Paraná que luego tuvo una fundición. Entre los presentes ayer, había algunos de sus familiares quienes señalaron que el hombre se la dio al templo cuando recién empezaba a ser una pequeña capilla.   
Sonia Éberle va a cumplir 77 años y hace 60 que vive en el barrio. Su casa está al lado de la parroquia y como esta cumple 50, la vio nacer. “Estoy desde el principio. Esto se empezó a hacer despacito. Todos los vecinos colaboraron desde siempre”, dijo a la mujer, que cuando se casó se fue a vivir a la zona. 
Contó también que todo era barro, quintas y zanjones. Puso entonces una panadería que aún se llama La Entrerriana. Después, afirmó, se dedicó a la pintura. “De la nada vi crecer la parroquia, era solo un ranchito y nada más. Ladrillo sobre ladrillo se construyó”.
Jorge Blanco y Esther Liliana Rusterholz se casaron en la parroquia y sus hijos tomaron la comunión ahí. 
“Mi mamá fue socia fundadora de la capilla. Conocimos a todos los curas que pasaron por acá. La verdad es que vi las campanas y me puse a llorar; es una emoción muy grande. Es un esfuerzo de toda la comunidad y de los fieles”, contó la mujer junto a su marido.
Así, cada vecino estaba emocionado y alegre con la iniciativa, se trató de una verdadera fiesta. Los niños también se acercaban hasta las campanas para conocerlas. Cada movimiento de la grúa fue festejado con aplausos y todo parecía tener el sabor de los logros compartidos. 
 

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