La Provincia
Domingo 28 de Febrero de 2016

“Con Biodanza, la alegría de vivir fue un hallazgo”

Diálogo Abierto. La profesora y facilitadora Cecilia Greca explica el sentido y desarrollo actual de la disciplina creada por el chileno Rolando Toro y analiza la crisis educativa desde esa perspectiva, a la cual considera filosófica. El futuro

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar 


Su interés originario era la filosofía presocrática y la cosmovisión panteísta de esos antiguos griegos. Por eso –luego de no pocos escollos familiares– transitó la universidad para profundizar en ese saber, aunque egresó desencantada por el alejamiento de la academia de la realidad, hasta que luego de una fuerte crisis personal se encontró con la Biodanza. “Hasta hoy no dejo de asombrarme de la complejidad y delicadeza del sistema”, expresó  al referirse a los cambios propios acontecidos a partir de allí y los observados en los grupos que orienta.

El centro y “el campo”

—¿Dónde naciste?
—En Paraná. Mis papás vivían en calle San Martín, entre La Paz y Uruguay –en un departamento de una tía abuela materna, con quien luego conviví mucho. Cuando era chiquita por ahí pasaba el corso. Al cumplir 2 años, nos mudamos a la casa de mis abuelos paternos –en El Paracao–, una quinta. Ya eran viejitos pero se mantenían muy activos. Mi abuelo me hizo una hamaca y me subió a un caballo. Para Semana Santa, hacían sopa de porotos y verduras.  

—¿Tu relación con los Greca que fueron pioneros en esa zona de quintas?
—Mi nono era quintero y huertero para el mercado de abasto. Ahí vivimos un tiempo y luego nos fuimos a una casa alquilada –en calle Carbó, entre Alsina y Cura Álvarez– donde vivimos 10 años. 

—¿Cómo era calle San Martín en tu infancia?
—Viví poquito ahí pero volvía mucho los fines de semana y en las vacaciones, a lo de mi tía abuela –quien me enseñó inglés y a jugar a la canasta. Había muchos negocios lindos que me gustaba visitar, como Cajita de Música –que estaba al lado– y enfrente, Fotografía Pra –quienes eran amigos de mi familia y donde también iba. Igualmente había bastante vida de barrio y en calle Carbó también, porque todavía no era tan comercial como ahora. 

—¿Y El Paracao?
—La casa de mis abuelos comenzaba en calle Báez y Alemanes del Volga, y era toda esa manzana que hoy está urbanizada. Todo eso era campo: había higueras, una línea de árboles de pera –que todavía están–, un granado y otros, y un molino. Sobre Alemanes del Volga todavía está la entrada a la casa original –que ahora se llama El arca– y que también comprendía la placita que está al lado. En las décadas posteriores todo eso se urbanizó.

—¿Qué visión tenías desde el centro respecto a esa zona?
—Era un  viaje del centro “al campo”. A los 12 años nos fuimos a vivir a calle Alberti y De la Torre y Vera, y también era estar fuera de la ciudad. El puerto todavía funcionaba y las calles eran de tierra, no había cloacas, ni tampoco estaba la bajada hacia el Parque. El primer verano fue como estar de vacaciones –fuera de la ciudad– porque se escuchaban los pájaros por la mañana, el aire del río y la llegada de los barcos. La ciudad terminaba en calle Moreno y desde allí era como otro lugar.

—¿Cuándo notaste transformaciones en lo urbanístico?
—Con El Paracao perdí contacto durante varias décadas y volví a la casa de mis abuelos en 2000, pero ya estaba todo construido y urbanizado. Actualmente es de un amigo mío. Me invitaron pero no sabía que era la casa de mis abuelos, hasta que llegué. ¡No lo podía creer! Fui a tomar la primera materia de la Escuela de Biodanza. En el caso de calle San Martín, los negocios que había por entonces ya no están y tampoco era peatonal. 

—¿A qué jugabas?
—En calle San Martín los juegos eran más en el interior: dibujar, pintar y leer mucho, y en la quinta, estaba afuera, pero dejé de ir a los 6 años –cuando fallecieron mis abuelos. 

—¿Qué leías?
—Todos los clásicos infantiles de la Colección Robin Hood. El libro más lindo que tuve –que lo leí cuatro o cinco veces– se llamaba Anne, la de los tejados verdes –una saga de Lucy Montgomery. 

Nuevos horizontes

—¿Mantuviste alguna afición durante bastante tiempo?
—La lectura fue lo que más me gustó siempre, y cuando tenía entre 6 y 8 años, grabé canciones infantiles, porque quería ser cantante. A mi papá le gustaba mucho la música y bailar, por eso me pusieron Cecilia –la patrona de la Música, para los cristianos. Todas las mañanas para despertarnos nos ponía un disco de jazz, Roberto Carlos o The Beatles. Escuché mucha música aunque no gran variedad.

—¿Te formaste en el canto y la danza?
—Hice un par de años de danza clásica y española. También estudié mucho inglés y un par de años en el Profesorado, pero dejé, porque quería dedicarme a la docencia pero no del idioma. Fue cuando decidí estudiar Filosofía. 

—¿Otras lecturas?
—El libro más importante de la adolescencia fue Demian –de Hermann Hesse– y a los 20 años El arte de amar –de Erich Fromm–, con los cuales me sentí totalmente identificada. Fueron reveladores y me abrieron mundos y nuevos horizontes. 

—¿Qué actividad desarrollaban tus padres?
—Mi papá es abogado y mi mamá es maestra, pero no ejercía sino que trabajó como empleada en la Justicia hasta que se jubiló. Ahora canta, baila, nada…

—¿Cómo te influyeron en cuanto a lo que decidiste estudiar?
—Siempre fue muy discutida la relación con mi papá –el más protagonista de mis padres respecto a nosotros. Cuando dije que iba a estudiar Filosofía no estuvo de acuerdo y me dijo que “me iba a morir de hambre”, ya que quería que fuera abogada o profesora de Inglés. Pero me apoyó y acompañó mi mamá, ya de grande. “Si ella lo tiene decidido, no hay más nada que hablar”, dijo mi mamá. Ese día fue memorable.

Vocación y búsqueda 

—¿Cuál fue la primera aproximación a la Filosofía?
—La Filosofía griega antigua –en general–, la presocrática –que pude conocer mientras estudié Abogacía. Me atraía la visión del mundo panteísta –donde todo era considerado sagrado– y la Fisis –de donde todo brotaba y hacia donde todo volvía. Esa cosmovisión me enamoró. Desde la adolescencia buscaba lecturas y me costó encontrar la vocación. Me inscribí en Abogacía y ahí cursé Filosofía. Después me inscribí en Inglés, anduve cuatro años intentando por otros lados, hasta que me inscribí en Filosofía. En cada lugar en que estuve encontré autores y lecturas, y todas me llevaban a la Filosofía, porque lo que más me gustaba era lo humanístico y lo pedagógico –aunque no enseñar Inglés. Para mí la vocación es la educación y hoy lo intento por fuera del sistema formal, me estoy abriendo hacia una forma no formal. 

—¿Qué fantaseabas ser cuando eras niña?
—Quería ser médica y viajar por el mundo en un barco. Fui a Córdoba, averigüé para inscribirme en la Facultad de Medicina pero no me pude ir de la casa de mis padres. Luego me fui a vivir a Córdoba y estudié Filosofía. 

—¿Por qué abandonaste Abogacía?
—No podía digerir el Código Civil (risas) porque era muy árido para estudiar. 

—¿Cómo llegaste hasta ese punto?
—Me inscribí en Abogacía para no perder el año, porque fracasó mi proyecto de ir a Medicina. No tenía otro proyecto. “Serás lo que debas ser o te anotarás en Abogacía”. Eso fue lo que hice y además mi papá me lo recomendaba insistentemente como lo mejor que podía hacer. Hice un año. Lo difícil fue cuando dejé Inglés para irme a Córdoba. 

Saber acartonado e insatisfacción 

—¿La carrera de Filosofía te satisfizo?
—El tránsito fue duro porque en 1987 todavía había muchos profesores del Proceso, conservadores, eran muy eminentes y tenían libros escritos. Como estudiantes organizamos dos cátedras libres en casos en que no estábamos dispuestos a cursar con el docente titular. Fue una experiencia política muy rica. En la carrera no encontré lo que buscaba, me pareció despegada de la vida, como un saber acartonado, abstracto y muy intelectual. Me brindó mucha comprensión y recursos para entender, analizar y compartir en la docencia, pero no me terminó de satisfacer. 

—¿Rescataste algún docente?
—El profesor de Filosofía Americana fue importante para todo el grupo. Pero no me quedé en la facultad; inmediatamente de hacer el profesorado volví a trabajar acá y me desconecté de mis compañeros.

—¿Continuaste tu búsqueda filosófica?
—Con Biodanza saldé la insatisfacción que tenía con relación a la comprensión del mundo que me dio la Filosofía. Porque Biodanza habilita un forma de conocimiento de sí mismo y del mundo, distinto, desde la vivencia, incorporando los sentidos, lo sinestésico, el movimiento y el cuerpo, no solo lo intelectual. 

—¿Cómo la descubriste?
—Por la invitación de amigos y de Nenucha (Sain) –con quien trabajé dos años en una librería que tuvimos. Para ese entonces me había ido a Mendoza, me casé, estuve cinco años, ejercí y viví de la docencia, y volví sola. Ella ya hacía Biodanza. Al volver no me sentía bien para trabajar en educación. Desde 2000 nunca dejé de hacer Biodanza y ejercer como facilitadora en la Escuela de Biodanza del Litoral. 

—¿Cuál fue la primera impresión que te provocó el sistema?
—Durante 2000 comencé a ir a clases abiertas y en un momento decidí practicar regularmente. A los pocos meses decidí entrar a la escuela para formarme aunque no tenía la intención de ser facilitadora sino profundizar en el conocimiento. 

Alegría, plenitud y una nueva visión

—¿Qué te motivó a mantener la práctica?
—La experiencia de las clases que me permitió recuperar la alegría en la danza, en la música, en el encuentro con los otros, una sensación existencial de plenitud que no sé si la tuve cuando era niña, pero no la recordaba. 

—¿Buscabas eso?
—No sabía bien qué era Biodanza sino que me la recomendaban mucho. Cuando comencé a practicar y sentir lo que me provocaba, fue una sorpresa.

—¿Cuál fue el puente que hiciste con la Filosofía?
—Es un complemento porque Biodanza permite acceder a una cosmovisión desde una vivencia de mí misma. Es una forma de filosofía que integra aspectos que la Filosofía académica no tiene en cuenta.

—¿Por ejemplo?
—El hecho de trabajar el movimiento y lo sensorial. Se trata de la Teoría del conocimiento. En la filosofía tradicional, las teorías del Conocimiento planteaban la existencia de un mundo como objeto, frente a un sujeto que conoce. Como dos polos en una relación donde hay una distancia.

—¿Y desintegrada?
—Exacto. Biodanza propone el involucramiento y la interacción. Es otra Teoría del conocimiento. 

—¿Revisaste tu formación filosófica a partir de esto?
—Lo que me pasaba era que en la Filosofía no encontraba la conexión con la vida. Biodanza se apoya en conceptos de la Fenomenología, como la vivencia –de Dilthey–, la corporalidad –de Merleau Ponty–, el cuerpo en interacción con otros, social. Todo esto está en la Filosofía académica y Rolando Toro lo toma de ahí.   

—También reconoce otros aportes.
—Sí, de la Psicología y de la Antropología; es un sincretismo, una síntesis de muchos aportes. 

La vivencia en  primera persona

—¿Cómo fueron los primeros tiempos?
—Éramos un grupo enorme en calle Panamá, con Carlos Pages –quien fue mi primer facilitador. Disfrutaba mucho de la clase pero cuando terminaba me quería ir (risas). No quería quedarme. La Escuela de Biodanza también fue un espacio muy especial, donde cursábamos una materia durante todo el fin de semana –una vez por mes– con Carlos Pages y Patricia Ghisio. La escuela fue muy autogestiva y comunitaria, nos tocó la época de 2001 e hicimos muchas cosas para sostenerla. Fue muy lindo y era parte del enfoque que tenía la escuela. 

—¿Qué fue lo primero importante que descubriste?
—La alegría de vivir fue un hallazgo y la posibilidad y el placer del movimiento y la expresión. Tal es así que he ido perdiendo la palabra. 

—¿Cómo había sido hasta ese momento la relación con tu cuerpo?
—Hacía gimnasia y algo de atletismo en la adolescencia. Pero el aprendizaje de Biodanza descubre cuánta posibilidad tenemos de movimiento y expresión. 

—¿Era un movimiento de mayor “calidad”?
—Hoy puedo ver que antes de eso mi movimiento era más automático y mecánico, respondiendo más a una cuestión utilitaria u operativa. A partir de Biodanza comenzó a ser en sí mismo y tener un sentido propio. La fluidez y enriquecerse en la gestualidad no se hace para alcanzar o producir algo, sino que comienza a ser placentero en sí mismo. Eso lo desconocía. 

—¿Cómo se proyectó en lo cotidiano lo de “la alegría de vivir”?
 —En lo más sencillo: por ejemplo el gusto por preparar una comida, tener un ambiente más luminoso y verde, en el trato con mis seres queridos, sentirme más alegre desde el momento de levantarme, encarar el día con más esperanza, dormir mejor, comer más de acuerdo a mi deseo –y no por la imposición del horario– y comer más saludable. Es un proceso de aprendizaje. 

—¿Tuviste un maestro en el sentido profundo del término?
—Mis primeros facilitadores, Carlos y Patricia –con quienes hoy ya no tengo relación. Fui afortunada en encontrarlos, porque son dos referentes muy importantes, amorosos, serios y profesionales. Tengo relación con las escuelas de Córdoba y los directores de esas escuelas son facilitadores muy queridos.    

—¿Por qué te formaste como facilitadora?
—Comencé al poco tiempo para profundizar porque me parecía genial –sin intención de trabajar como facilitadora. Hace siete años que terminé la formación, sentí que tenía algo para compartir y comencé a facilitar grupos en el gremio docente, como un recurso para la salud tan vulnerada en la educación. 

—¿Un momento que te resultó revelador en la etapa formativa?
—Hasta hoy no dejo de asombrarme de la complejidad y delicadeza del sistema. Desde la cuestión de la semántica musical, poder seleccionar una música que invite a una emoción que no sea melancólica o desintegrada, sino que promueva una emoción saludable en las personas que danzan, hasta el seguimiento del proceso de quienes participan en un grupo. Es una tarea sumamente delicada porque se trabaja con algo intangible como lo es la vida y la inteligencia afectiva, cuidando que todos se sientan respetados y libres. No deja de asombrarme eso, porque vivo descubriendo el potencial y lo delicado del sistema.

—¿Una situación particular durante una clase?
—No he tenido situaciones particulares de crisis o conflicto en el grupo, pero voy viendo y a medida que crezco en mi forma de trabajar, tomo más noción sobre esas características del sistema: el cuidado, la gradualidad y progresividad necesaria, y la distancia. El rol del facilitador no es el de un profesor, sino que es mucho más horizontal, aunque diferenciado. Tiene que poder habilitar la libertad y el crecimiento de los participantes con una propuesta que sugiere pero no impone. Es un arte. 

El individuo y el grupo

—¿Cómo opera lo grupal y el proceso individual de cada participante?
—Me gusta compartir con el grupo y que cada integrante haga un proceso personal –asistido o apoyado por el grupo. Que cada compañero del grupo sea un facilitador de mi proceso como participante y yo a la vez colaboro con todos los demás. En ese sentido decimos que es un laboratorio donde todos colaboramos con los demás y a la vez recibimos la colaboración del grupo como colectivo para desarrollar nuestro potencial de salud, afectividad, creatividad y vitalidad.

—¿Cómo se sostiene eso al dejar el grupo?
—Las modificaciones que impulsamos a transitar y vivir se van con nosotros fuera del grupo. Somos capaces de modificar nuestros vínculos en la familia, las amistades y el trabajo, porque nos vamos transformando al desarrollar la afectividad. 

—¿Un autor que seguís en cuanto a su producción intelectual?
—Rolando Toro tiene algunos libros, ya que mucho de lo que dio en sus clases se ha publicado después de su muerte. Como autores complementarios, el epistemólogo Humberto Maturana, Roger Garaudy–que escribió Danzar la vida–, Edgar Morin –con el enfoque de la complejidad–, y Paulo Freyre –con la educación popular y la pedagogía liberadora. Biodanza es una pedagogía de las emociones y es completamente compatible con esa pedagogía en la medida que busca hacer aflorar en las personas, algo que ya tienen. No enseñamos nada sino que ayudamos a despertar y redescubrir.

—¿Qué campos de conocimientos le aportan hoy a la Biodanza?
—La educación biocéntrica, que está muy desarrollada en Brasil. Se basa en el principio de poner la vida en el centro –a diferencia de lo que fue la cosmovisión antropocéntrica o teocéntrica. También el enfoque de la complejidad y la pedagogía de Pablo Freyre. Se utiliza mucho en distintos ámbitos y creo que por ahí pasa la educación del futuro: desacartonar espacios, tiempos, modos, redefinir lo que es el aula, los recreos y la modalidad de trabajo. Es un esquema muy interesante. 

—¿Cuál es el síntoma o emergente más notable en cuanto al analfabetismo emocional?
—La dificultad para escuchar al otro desde el afecto, la falta de empatía y de contacto físico entre las personas.

—Si en la escuela un docente toca a un chico, puede llegar a ser denunciado.
—Sí, es cierto y es un tema delicado. Trabajo con los más chicos de la escuela secundaria y todavía son niños. Me dicen “seño”, me dan un beso, me llevan de la mano… pero es cierto que en la escuela no es fácil. Sin embargo la cercanía, el gesto y la forma son importantes, sin llegar a tocar. Es la forma de acercarme al otro y estar con. Es verlo como a un ser humano y achicar las distancias.

—¿Qué grupos facilitás actualmente?
—El del gremio docente –desde hace cinco años, los jueves a las 20, que también es para no docentes. Desde el año pasado con Marina Serrato desarrollamos un taller mensual para mediadores de la Defensoría del Pueblo. Trabajo allí y tenemos un voluntariado de más de 100 mediadores que trabajan en las mediaciones entre vecinos. Fue una muy buena experiencia y la retomaremos ahora. También comenzamos con un grupo de estudio e investigación que se llama Cuerpo y cuidado, en la Facultad de Trabajo Social y en el ámbito de la cátedra de Esteban Kipen, Gabriela Romero, Marcelo Marnet, y el psicólogo Jorge Levín. Y abrimos un grupo inicial los jueves a las 17 en La Ventana. 

***

Datos

* La Biodanza fue gestada en la década de 1960 por Rolando Toro, un antropólogo, psicólogo y poeta chileno.
* Es un sistema de integración afectiva, renovación orgánica y reaprendizaje de las funciones originales de vida, basado en vivencias inducidas por la danza, la música y situaciones de encuentro en grupo. 
* Trata de restablecer la unidad perdida entre el hombre y la naturaleza, y considera a la afectividad como el núcleo integrador, el cual influye sobre los centros reguladores límbico-hipotalámicos.
* A través de la selección de músicas y ejercicios busca recuperar la alegría de estar vivos, aumentar la vitalidad existencial, desenvolver la creatividad para construir la propia existencia, conectarse con el placer y la voluntad de vivir e integrarse física y psíquicamente.

***
Cuando la danza y la afectividad se vuelven terapéuticas

Actualmente la profesora Greca desarrolla una formación en Biodanza clínica, la cual está orientada al trabajo con personas con dificultades, dolencias o enfermedades. 

—¿Qué problemas se pueden abordar desde este enfoque?
—Concretamente, es un tratamiento complementario de otras terapias o tratamientos médicos, en el caso de problemas motrices, artrosis, enfermedades crónicas y Parkinson, entre otros. Es la primera vez en la Argentina que una universidad –la Facultad de Ciencias Médicas– avala un curso de extensión de Biodanza. 

—¿Cuál es la clave terapéutica?
—El vínculo, lo afectivo, que la Medicina reconoce como sanador. El aula de Biodanza es un ambiente enriquecido que aporta salud. Por eso siempre se hace en grupo y no es una disciplina de destreza. 

—¿Qué papel cumple la música en este punto?
—Es la que moviliza la emoción y por eso estudiamos semántica musical. Elegimos la música de acuerdo a lo que queremos proponer y una misma música no es adecuada en todo momento. Es un trabajo de selección y estar todo el tiempo observando al grupo y tomando decisiones. 

***
“Es muy difícil de digerir la violencia en la escuela”

Greca analizó la formación de los docentes y la crisis del sistema educativo desde la perspectiva de la Biodanza y desde su propia vivencia como trabajadora de la educación. Admitió la imposibilidad de que un solo docente –que ha perdido la autoridad– esté al frente de un aula por la diversidad de los alumnos y se refirió a la violencia que atraviesa a la escuela.

—¿Qué notaste cuando comenzaste a trabajar con docentes?
—El exceso de palabra, no poder parar de hablar, lo cual tiene que ver con no poder parar el pensar. Es muy común en el gremio y una dificultad por la cual también pasé. Poder soltar un poco el control cortical, entregarse al bienestar de estar sin que la mente y el pensamiento estén continuamente dándonos mensajes.

—¿Qué origen reconoce ese condicionamiento?
—Tiene que ver con nuestra formación híper intelectual y con la visión de la cultura que nos enseñó que somos una razón separada de la emoción, una mente separada del cuerpo. Nuestra cultura tiene la marca del dualismo en todo, no solo en la docencia. Desde Platón, pasando por el cristianismo y el cartesianismo, en las distintas épocas tuvo referentes de versiones laicas o religiosas. Siempre el cuerpo y la emoción han sido descalificados, frente al alma, espíritu y razón, que son “superiores”. Lo tenemos todos como impronta. 

—¿Cómo se traslada a lo pedagógico?
—En el caso de la docencia, también aparece un cuerpo rígido y asexuado; el maestro no tiene cuerpo, es etéreo. 

—¿Qué lectura –independientemente de esta cuestión cultural y estructural– hacés de las crisis educativa?
—Es difícil pensar que la escuela como institución represora y disciplinaria pueda salir de su propia matriz, y transmutar a otro tipo de institución. La escuela fue pensada para homogeneizar e instruir de la misma manera a grandes grupos que son heterogéneos. Necesita transformarse en sus raíces, y si no es posible, el sistema seguirá tironeado entre matices y marches. 

—Pero en algunos momentos históricos fue eficiente y de calidad.
—El surgimiento de la escuela fue superador con relación a que no solamente quienes pudieran pagarse un maestro en su casa, tuvieran acceso a la educación. La democratización fue positiva y permitió a muchos acceder a la instrucción. También tenía vigencia la autoridad del maestro y del padre, mientras que hoy somos más conscientes de nuestra autonomía y libertad, sin la necesidad de estar sometidos a arbitrariedades. Un maestro con un grupo no puede, por eso he propuesto que trabajemos de a dos, por lo menos. Esto cambia la situación porque permite trabajar con varios planes y situaciones, y enriquece la propuesta. Un solo adulto –con un grupo de niños o adolescentes– no puede, salvo que haga una clase para todos o si puede diversificarse en alguna medida, no podrá satisfacer todas las necesidades del grupo. Tratar a todos igual es un error y es lo que viene haciendo la escuela. 

—¿Un testimonio conmovedor de una docente?
—Lo más difícil de digerir y comprender es que algunas compañeras han sido agredidas por alumnos –en tercero y cuarto año. Siempre tratamos de comprender lo que les pasa, pero es muy duro. 

—¿Cómo se vuelve de eso?
—La compañera que tuvo esa situación estuvo un par de meses sin volver a la escuela y sentía rechazo. Cambia todo y el trabajo deja de ser el que era. Desde lo positivo –en el grupo de Bonanza– varios han planteado que aprenden a convivir de otra manera con los chicos, colegas, directivos y con la propia dinámica de la institución. Trabajamos mucho la fluidez, que ayuda a moverse entre los obstáculos.

Comentarios