A Fondo
Martes 24 de Mayo de 2016

Comparaciones

Alfredo Hoffman / De la Redacción de UNO
ahoffman@uno.com.ar


En la memoria colectiva perduran las imágenes del estallido social de diciembre de 2001 y del paisaje urbano de cualquier cuidad del país durante los años previos y posteriores. En la calle se veían a diario largas colas de personas esperando por una entrevista de trabajo. Es fácil recordar, por ejemplo, la apertura de los grandes hipermercados de Paraná, que desencadenaron expectativas extraordinarias en hombres y mujeres de cualquier edad, necesitados de un empleo urgente para parar la olla. También proliferaban los trabajos de venta a comisión de productos de dudosa reputación y otros empleos basura. Había quienes enfrentaban la crisis con creatividad en proyectos personales, familiares y sociales: los clubes de trueque son un ejemplo claro de esto. Los que ni siquiera tenían acceso a ese mercado de trabajo tan rudimentario debían rebuscarse en vivir y comer de la basura; otros salían a mendigar y otros tantos ingresaban al mundo del delito. Fueron los resultados de muchos años de medidas económicas que sólo contribuyeron a generar desigualdad y políticas sociales que sólo buscaron clientelismo.

Es una realidad que Argentina superó aquella situación. La desocupación se redujo y como consecuencia también la pobreza. El paisaje urbano cambió poco a poco. Comenzaron a verse cada vez menos colas para mendigar trabajos de sueldos de hambre. El lector podrá comparar cómo estaba él y su entorno hace 15 años y cómo estaba hace un año. En el medio pasaron políticas económicas orientadas a fomentar el consumo interno y a una lenta pero progresiva inclusión al mundo del trabajo de sectores que permanecían excluidos. 

El lector también podrá comparar su situación de hace un año y la de ahora. Es cierto que es poco tiempo para sacar conclusiones. Pero la escucha de la palabra del otro que cada quien puede hacer en los lugares que frecuenta, dispara fuertes indicios. Están los que dicen que antes no pagaban impuesto a las Ganancias y ahora sí; los que se quejan porque destinan un porcentaje mucho mayor de su salario a los gastos fijos (servicios públicos, alimentos, ropa, medicamentos, alquiler); los que empiezan a cobrar sus sueldos en forma desdoblada; los que temen perder su trabajo porque ven que otros los perdieron y los que efectivamente fueron despedidos, tanto en el sector público como en el privado.

Mientras tanto, el Gobierno tiene como prioridad la generación de “confianza” para que en algún semestre de estos lleguen las inversiones. Es, otra vez, la apuesta por la lógica del derrame. Los fundamentos del veto del presidente Mauricio Macri a la Ley Antidespidos son un botón de muestra. Allí se mencionan algunas pocas medidas de corte social que se han tomado luego de los grandes beneficios otorgados a los sectores empresariales –medidas que están lejos de servir para la promocionada “pobreza cero”– pero sobre todo se hace referencia a “la enorme mayoría de las empresas nacionales y extranjeras” que “han manifestado su vocación de crear puestos de trabajo en lugar de reducir personal, porque confían en el potencial de la República Argentina en esta nueva etapa, y apuestan por el país”.

En este ejercicio de comparación surge que el clima social no es el mismo de 2001. Aquél fue el desenlace de muchos años de ajustes y políticas neoliberales. Ahora el plan de Cambiemos es todavía reciente. De todos modos, con el retorno sin atenuantes a aquella lógica y con un consenso social más bien endeble, la incógnita es cuánto tiempo más tardará la crisis en instalarse en lo cotidiano y qué hará el Gobierno para evitarlo o no.

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