A Fondo
Martes 15 de Marzo de 2016

Como si esa hubiera sido la venganza

Pablo Felizia / De la Redacción de UNO
pfelizia@uno.com.ar


Un auto de esos caros de color negro interceptó a otro blanco que estaba estacionado en el medio de la Costanera de Paraná y los neumáticos hicieron ese ruido tan característico; fue a la altura del Rowing y yo solo miraba el espectáculo mientras tomaba mates dulces enfrente, fue el último lunes de febrero. Del vehículo de precio inalcanzable se bajó un pelado de camisa a cuadros que se acercó desencajado a ese otro más pequeño. Gritó como loco una serie de frases hechas: bajate, bajate ahora, dale, a vos te voy a matar y a casa no entrás más, entre algunas puteadas intercaladas. Pero la violencia del señor no terminó ahí porque enseguida agarró el espejo retrovisor izquierdo con las dos manos, lo arrancó y lo tiró a la barranca que, por cierto, tenía el pasto muy alto; después le pegó un puntapié a la chapa. Todo esto en menos de diez segundos.

Quienes estábamos sentados enfrente nos paramos; los que miraban al río, volvieron la vista hacia este hombre. Un policía corrió al encuentro del señor sin pelos, de inmediato apareció una moto con dos agentes que portaban sus armas largas y una de esas cuatro por cuatro de la fuerza que al llegar clavó los frenos. El del auto caro no pudo escapar y los oficiales no lo dejaron seguir su ruta. Fue ahí cuando la puerta del otro vehículo, el blanco y pequeño, se abrió y de él salió una mujer que no dudó en caminar varios metros entre la barranca para recuperar el pedazo de espejo roto. 

A pesar de la violencia, había algo que no estaba bien en el ambiente porque los policías reían y hacían esfuerzos para que no se note: miraban al piso y cuchicheaban entre ellos. Quienes mirábamos nos empezamos a juntar bajo la sombra de esos árboles que están en el cantero del medio de la Costanera. Nadie decía nada. El señor pelado iba a ser detenido, pero acompañado por dos agentes llegó otra vez hasta la mujer y le hizo gestos cuya interpretación libre aquí expongo: perdoname, me pasé de rosca y no me va a volver a pasar; y luego con los brazos extendidos: no me denuncies así me puedo ir.  

No les pregunté a los desconocidos que me acompañaban, pero casi seguro que todos queríamos que vaya preso, o en cana como me gusta más decirle. Pero no, todo parecía que la violencia que sufrió esa mujer iba a quedar impune, como al final creo que ocurrió porque el señor pelado se volvió a subir a su auto de alta gama y se fue por Laurencena. Pasaron pocos segundos y el policía que había llegado a pie también se fue y lo mismo hicieron los de la camioneta y los de la moto. Sola, parada y apoyada en la puerta del auto banco con el espejo roto, quedó la mujer con la mirada puesta a lo lejos por donde se fue el violento de la mañana. A la mayoría de los que estábamos ahí, como simples espectadores, nos quedó la sensación de que esa historia no iba a terminar de esa forma y que nada justifica la actitud de ese conductor de auto caro y negro. Pero la señora del vehículo blanco, antes de irse, se demoró un rato; entre los vidrios polarizados, se vieron los brazos de ella cruzarse con los de otro y llenarse de besos con ese alguien que nadie, desde donde estábamos, habíamos alcanzado a ver antes. Entre los espectadores hubo quienes aplaudieron como si esa hubiera sido la venganza.

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