A Fondo
Miércoles 07 de Enero de 2015

¡Chau fiestas!

José Amado / De la Redacción de UNO
jamado@uno.com.ar

 

 

Por fin pasaron Navidad y Año Nuevo. Ahora me siento más aliviado para decir: “¡Odio las fiestas!”, sin temor a un tsunami de descalificaciones. Pasaron las fiestas y con ellas la insoportable obligación moral, social y cultural de “encontrarse y ser feliz en familia, con los tuyos, recordando a los que ya no están”, y no sé cuántos requisitos más, cueste lo que cueste.


Prendo la tele y ya no escucho la maldita publicidad de Coca Cola que canta “Haz feliz a alguien, oh oh oh…” y el mandamiento final en la pantalla: “Destapá la felicidad”, para lo cual entiendo que debo alcanzar esa mesa navideña de familia numerosa y sonriente con un par de botellas de la bebida estadounidense.


Felicito a los que se reúnen cada fin de año tal como manda nuestra cultura y nuestra historia. Brindo por ellos y su alegría compartida. Pero detesto y repudio que se nos imponga a todos ese modelo. Pretendo representar en estas humildes líneas a aquellos para quienes “las fiestas” representan y representaron siempre un verdadero dolor de cabeza. A quienes no dejaron la opción libre de elegir qué hacer, dónde estar, con quién pasar o qué comer en las fucking fiestas.


A los que el 25 de diciembre o el 1º de enero les preguntan “¿Y con quién la pasaste? ¿Cómo la pasaron? ¿Qué comieron?”, y desean responder: “¿Qué carajo te importa? Como el culo como siempre, un embole, con todas las ganas que sean las 12 para irme por ahí con los vagos o a dormir”. Pero que en realidad, para no quedar como los ortivas de siempre, contestan: “Bien che, tranquilo con la familia, estoy que reviento de lo que morfé”.


Se puede exceptuar a aquellos agradables momentos de la niñez, cuando siempre se la pasa bien con algún primo y un cuete para tirar en las patas de los viejos.


Algunos lectores dirán a esta altura: “¿Y por qué no hacés en las fiestas lo que te da la gana?”. Porque los que estamos en este lado de la historia preferimos ese dolor de cabeza a un enfrentamiento abierto con los seres queridos, que no por queridos van a hacer de la cena la imagen idealizada de la propaganda.


Tal vez con esas mismas personas uno sabe disfrutar almuerzos y veladas cualquiera de los demás días del año. Pero las noches del 24 y del 31 se juntan muchas cosas que hacen que a muchos les resulte imposible lograr ese cuadro al que nos obliga la publicidad de Coca Cola.


Y pobre de aquel que la pasa solo. “Está loco”, “es un depresivo irreversible”, “esta noche se va a suicidar”, “no lo quiere nadie”, “pobrecito invitalo que venga a casa”, son los comentarios por lo bajo más benévolos. Nunca: “tendrá sueño” o “no tiene ganas”, y punto.


En nuestra cultura no existe la libertad de elegir qué hacer en esas noches aparentemente tan importantes. Como no existe la libertad para una infinidad de cosas, más allá de que muchos ingenuos digan “nadie te obliga a nada”.


De más está decir que hoy en día son pocos los honrados que se acuerdan el 25 qué es lo que están celebrando. Y menos aún los que brindan por paz y trabajo para todos y saben que para lograrlo hace falta una revolución, no un año nuevo.


Espero que las próximas generaciones puedan decidir pasar un fin de año pescando en el río con los amigos, en alguna fiesta como las demás del año, o si así lo desean, con los abuelos, los padres, los hermanos, las parejas y los chicos, sin que nadie se espante. Eso sí: lo que nunca va a faltar en la mesa, como escribió Osvaldo Soriano,  es “ese dulce producto del imperialismo”.

 

 

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