Matías Segovia
Domingo 11 de Junio de 2017

Caso Matías Segovia: "Uno no cae en lo que pasó, cuesta no verlo más"

A casi cuatro meses del asesinato del joven ladrillero, su familia lo recuerda con dolor y espera que se haga justicia. Según la Fiscalía, un narco lo mató y luego simuló un suicidio

Matías Segovia era el menor de siete hermanos que nacieron y se criaron en el sureste de Paraná, al calor de las ladrillerías y bajo el mando de María Rosa. Nadie sabe bien cómo ni cuándo, pero un día en su adolescencia se juntó con unos pibes de la zona y empezó a consumir drogas. Su familia remó contra viento y marea para sacarlo, pero volvía a caer. El 19 de febrero último fue a comprar y no lo vieron más. Después de 22 días, lo encontraron muerto, colgado del gajo de un árbol cerca de su casa. Un testigo afirma que el transa del barrio Mosconi III le pegó un culatazo con una pistola en la cabeza. La Fiscalía asegura que el imputado José Gómez trasladó el cuerpo y simuló la escena del suicidio. "Pasaron cuatro meses y no tenemos noticias de nada", dice Silvia, cuñada de la víctima. Rodolfo, uno de los hermanos de Matías, agrega: "Es todo un dolor que sigue, sabemos que él va a descansar en paz cuando se haga justicia".
El barrio ubicado sobre Miguel David, entre Salvador Caputto y Soldado Bordón, agradecía ayer al sol que al fin salió para secar los ladrillos. Al final de un sendero hay varias casas, gente descansando, perros echados en la tierra. De fondo suena Despacito que sale de alguna vivienda, y de otra llama el olor a pollos con papas. Es la de Rodolfo y Silvia, que los venden para pagarle a un abogado y poder ser querellantes en la causa.




"Cuesta -dice Rodolfo-, porque uno lo veía todos los días, él vivía en la casita esa, se sentaba acá o en la canchita, siempre iba y venía, y decía 'preparame el mate'. Cuesta que falte, no verlo más. Mi nene más chiquito era el más pegado a él, y el otro día se levanta y me dice 'papi soñé con el tío Mati, lo extraño porque no juega más a la pelota conmigo'. A él también se le hace difícil. Uno no cae en lo que pasó, lo vivimos pero tampoco caemos en que no está más. Es dificilísimo. Y más cuando sos pobre y no te ayudan, eso es lo peor que puede haber".
El muchacho recuerda que a su hermano "lo fue perdiendo la droga". "Habrá empezado a los 17, 18 años, porque era un pibe normal, es papá de dos gemelas que tienen 9 años, un chico normal, pero después se empezó a meter en la droga. Fue la junta, porque vivíamos en el barrio de enfrente, era todo normal, después llegó un pibe, se empezó a drogar, empezaron a probar, y muchos, muchos pibes se metieron. Los ves que tienen 13, 14, y ya se meten en eso y no salen más".
Pero la familia no se quedó de brazos cruzados: "Estaba con tratamiento en el Roballos (Hospital Escuela Salud Mental), uno hizo de todo por poder internarlo, y en todo Entre Ríos no había un centro de rehabilitación que lo ayude (si no tenés plata, agrega Silvia), pero nunca nos dieron ayuda de nada, jamás. En el Roballos sí se podía internar pero como es a voluntad, él si quería se venía, varias veces se fugó y la última vez casi lo choca un camión, y ya no lo quisimos internar más, porque en cualquier momento lo chocaban porque tampoco lo cuidaban. Pero bueno, una vez al mes lo llevábamos por las pastillas, y por una inyección que se le ponía para que no perdiera el conocimiento".
"Nosotros pedíamos si podía haber un centro de rehabilitación que lo ayudara, como a hacer huertas, porque él era inteligente, sabía hacer cosas, sabía electricidad, de todo, pero como que se perdió", dice la cuñada.
"Yo le enseñé todo lo que él sabía de ladrillería -cuenta Rodolfo-, era un pibe normal, laburaba, iba al centro con amigos, ni fumaba, y después se metió no sé cómo, nadie entiende cómo fue y se metió en la droga. Desde ahí hicimos de todo por sacarlo. Por ahí me ayudaba a laburar, hacía su platita y tampoco le tocaba nada a nadie. No era un pibe que se va a drogar y te va a tocar algo, nunca, jamás le tocó nada a nadie. Si quería, hacía una changuita para él pero sin molestar a nadie, nunca molestó a un vecino".
María Rosa casi no puede estar en su casa, donde vivía sola con el hijo que le asesinaron. Matías era el menor y como tal, el más mimado. "Imaginate que ni se queda en la casa porque no quiere estar ahí -dice Rodolfo-. Se queda en la casa de mis hermanos, o se va a lo de mis tías, no se quiere quedar ahí porque le duele. Eran muy pegados los dos. Un día se perdió él y lo fue a buscar a las 12 y pico de la noche a la placita del Mosconi, se metió entre todos los vagos, lo sacó y lo acostó a dormir. Imaginate si lo quería. Siempre se dedicó a él".
Silvia completa el ejemplo: "Le preparaba jugo porque no tomaba agua, le lavaba las zapatillas que las embarraba y se las lavaba devuelta, las embarraba y se las volvía a lavar, Era como un nene chiquito para ella".
La última vez que lo vieron, fue cuando Matías salió de la casa con dos amigos, el domingo 19 de febrero a la tarde. Como no volvió a dormir, esa misma noche empezaron a buscarlo por todos lados. Un tal Junior le dijo a Rodolfo: "Gómez le pegó un fierrazo en la cabeza y lo tiró al costado de las vías". El lunes a primera hora fueron a la comisaría 15ª a hacer a denuncia pero no se la tomaron. "Nos dijeron que teníamos que esperar 24 horas. Les dije que no fui porque ese extravió, sino porque le pegaron, y uno no sabe porque nunca le pasó, ves en la tele y nunca pensás que te va a pasar a vos", dice el hermano.
El martes volvieron a la dependencia policial y les dijeron que tenían que ir a la Fiscalía. "Y nosotros no sabíamos ni lo que era Fiscalía. No sabíamos qué hacer. Lo feo es que uno va a la comisaría porque se supone que es donde a uno lo van a ayudar", dice Silvia.

Los rastrillajes comenzaron recién al atardecer del jueves. Se extendieron durante unos días por la zona con policías y perros rastreadores, pero nadie podía encontrar a Matías. Surgían versiones falsas de que lo habían visto en Bajada Grande u otros puntos de la ciudad. Con el testimonio de quien dijo haber visto a Gómez pegarle a Matías, el fiscal Juan Malvasio pidió el allanamiento de su vivienda y la detención. En la casa del narco, la Policía encontró unas 700 bochitas de cocaína, varios porros de marihuana y un arma de fuego.
La incertidumbre creció hasta el 13 de marzo, cuando dos chicos de 13 y 14 años cazaban pajaritos en el monte detrás de las ladrillerías, y observaron un cadáver. "Estaba en el caminito, lo vieron colgado del árbol y vinieron con el corazón en la boca a visarme, pensaron que era él, y yo lo reconocí en seguida por los tatuajes, la ropa, las zapatillas", recuerda Rodolfo.
La familia de Matías aseguraba lo que luego confirmó la autopsia: no se suicidó, lo mataron. "Las piernas estaban tiradas en el piso y el nudo estaba más arriba, no estaba ceñido, y en un gajo bajito, es imposible".
Rodolfo y Silvia tenían fecha de casamiento para noviembre y ahora no saben qué hacer. Sienten que no tienen qué festejar, pero algunos les dicen que sería una alegría para toda la familia en medio de tanto dolor. No se imaginan la ausencia de Matías en la ceremonia, en el brindis, en la fiesta.
"Él estaba siempre ¿cómo no nos va a hacer falta? Él era útil para nosotros, para nuestras vidas. Y el tema no sale de la mesa, porque estás charlando de otra cosa y está metido, en cada recuerdo, de las comparsas, de cuando nos juntábamos", dice Silvia. Su pareja concluye: "Es difícil pero hay que continuar, hay que seguir criando a nuestros chicos, es la única manera de salir adelante. A mi vieja le cuesta un montón, la ves así (sentada, mirando hacia abajo) y te das cuenta que está llorando. En el día a día te cuesta verla sufrir tanto, nos tiene a todos nosotros pero en su casa se siente sola".


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