La Provincia
Martes 20 de Octubre de 2015

Casi 3.000 kilómetros de amor

Peregrinación de los Pueblos. La fe inquebrantable de los fieles que pudo más que el frío, el calor o la lluvia

Dina Puntín / De la Redacción de UNO
dpuntín@uno.com.ar


Hace 33 años que la Peregrinación de los Pueblos recorre sus 90 kilómetros de amor a la Mater. Un amor que puede con el dolor, el cansancio, que supera adversidades como frío, calor o lluvia. Cuando los peregrinos salen de Hasenkamp saben que la virgen los espera en ese lugar de luz que es el Santuario de La Loma de Paraná. Que Nuestra Señora de Schöenstatt los acompañará todo el trayecto como lo hizo con su Hijo Jesús camino a la cruz.

Por ella y la fe inquebrantable de los fieles se realiza año tras año esta demostración de amor que lejos está de perder adeptos, muy por el contrario, son cada vez más los jóvenes que se suman con alegría, cantos, esperanza. Esa juventud que cuando los mayores se apoyaban en bastones para alcanzar la meta, aplaudía y coreaba con orgullo “volveremos, volveremos... volveremos otra vez... volveremos a La Loma... como la primera vez”.

Junto a esos chicos que caminan, están los chicos que sirven, ayudan, guían. Jóvenes servidores que tienen un arduo y poco reconocido trabajo para que en cada parada los peregrinos se encuentren con sus mochilas, bolsas de dormir, disfruten de una taza de café caliente, de un caldo energizante y de un sándwich de milanesa para juntar fuerzas y seguir caminando.

Con chalecos amarillos son un clásico de la peregrinación. Una vez que los caminantes abandonan los campamentos, juntan los bolsos y limpian el predio y se suben a los camiones que los trasladarán a la próxima parada. Allí realizan el mismo trabajo y esperan, para dar un masaje, un mensaje de aliento o regalar un rosario. También para sorprender a quien llega dolorido y con ganas de abandonar con pequeños papelitos pegados a las mochilas con leyendas como: “Fuerza peregrino, queda poco, la Virgen te está esperando. A caminar”. Un estímulo, un envión para no decaer.

Son ellos quienes cavan pozos y organizan baños de campaña con lonas y bolsas que brinden intimidad. Son los que hacen cordón a lo largo de toda la procesión para que no ocurran accidentes y delimitar así el lugar por donde transitar.

Alegría que contagia

Y es esa alegría, servicio y respeto el que contagia. Como el apoyo de la gente en los distintos tramos del recorrido.

Llegar a Cerrito a medianoche y encontrarse con un pueblo volcado en la ruta aplaudiendo y gritando por los peregrinos, emociona y hace que las lágrimas rueden por las sucias mejillas sin parar. 

Significa que se transitaron 43 kilómetros y que luego de dos horas de estirar los músculos y descansar un poco, se regresará a la ruta para tomar las antorchas y marchar en la oscuridad. Sin temor, porque Dios está.

Así con esa luz y las de las linternas se evita chocar la cartelería, los guardarrail, las huellas con barro y hasta no pisar los perros que desde Hasenkamp siguen a los caminantes.

Después del descanso en El Palenque la peregrinación va más lenta. El cansancio se nota y es momento de mirar la salida del Sol y porqué no llevar la cruz que avanza siempre al frente.

Recibiendo apoyo de los aguateros al costado del camino, con la música de los animadores que van en el camión, el rezo del Santo Rosario y la solidaridad entre peregrinos se alcanza el mediodía en Sauce Montrull.

A partir de allí todo es ansiedad, falta poco y las ganas pueden más que el dolor.

En el último tramo es fundamental estar acompañado, para prenderse de un hombro o para guiar los pasos. Caramelos, frutas, bebidas, aplausos y carteles son vitales en Colonia Avellaneda, San Benito y el Parque Industrial. “Vamos peregrinos, falta poco” es señal de que la recta hacia el Santuario no está lejos.

Las familias en las veredas -así fueran dos o tres por cuadra- hacen que el peregrino no decaiga. Párrafo aparte para el público que se acercó a vitorear y acompañar en avenida Zanni, fuera de serie por la cantidad y alegría que contagiaron.

Así también quienes por Miguel David regalaron aplausos y gritos, mezclados con lágrimas que indicaban admiración para quienes hicieron el esfuerzo.

Fe en su máxima expresión

Todos suman en la Peregrinación de los Pueblos, desde quien mantiene el baño limpio en la ermita de Hasenkamp, pasando por los que prenden el fuego que indica los peligros en la banquina, hasta la gente en silla de ruedas que estira su mano para saludar a quienes pasan.

Gracias a todos ya se caminaron casi 3.000 kilómetros de amor. Y se seguirá hasta una nueva puesta del Sol.

Así pasó una nueva edición de la Peregrinación de los Pueblos, que unió a dos localidades y dejó un profundo mensaje de fe.
 

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