A Fondo
Lunes 27 de Abril de 2015

Atravesar paredes en el colegio y las disciplinas

Descubriendo Entre Ríos. Nuestros estudiantes del Secundario tienen a veces maneras de pensar y relacionarse que el aula menosprecia porque no está preparada

Tirso Fiorotto / tfiorotto@uno.com.ar

Al colegio le entrarán el maíz y el mate, la comadreja y el sol. El hormiguero no será ajeno, ni las mariposas, ni las abejas. Tampoco los símbolos, ni se despreciarán modos propios de conocer.

En el camino al aula, espinas de algarrobo. Los alumnos verán por las ventanas al mbiguá con sus alas extendidas, y querrán saber de sus vecinos en oficios, saberes, luchas.

¿Imaginamos ese colegio? ¿Hasta cuándo nos vamos a permitir esto de clausurarnos a la armonía del entorno? ¿Qué soberbia nos ha calzado este régimen que repele lo que nos rodea, o que infla la importancia de ciertas tecnologías sin advertir los riesgos que la tecnología le endosa al planeta?

La bella complejidad del entorno es la sangre que le está faltando al sistema circulatorio del colegio. Un torrente capaz de transportar nutrientes, oxigenar rincones, atravesar muros creados entre la cultura y la naturaleza, muros entre la escuela y la región, muros llamados fronteras, y a la vez cruzar muros entre las disciplinas, esos compartimentos estancos.

Cruzarlos, claro, sin el ánimo de invasión y apropiación, propio de occidente. Es decir, descolonizados.

Ahora, ¿cómo reincorporar el entorno y reconocer allí el corazón mismo? La conciencia es imprescindible, pero ya en un segundo plano, el de la práctica, ¿no habrá que poner énfasis en otra capacitación de los docentes? ¿O caeremos en crear otra materia (otro compartimento) con pretensión holística para enhebrar las disciplinas, con el lugar como hilo conductor? Y otra pregunta: ¿sirven estos edificios rodeados de cemento y asfalto, de espaldas al río, de espaldas al monte?

Atopía: sin lugar

El lugar ha sido desdeñado por décadas. Se intuía allí una desaparición forzada. Solo en los últimos años, autores reconocidos están admitiendo el error.

Varios estudiosos recuperan el sentido del lugar. Dice Arturo Escobar:“Al restarle énfasis a la construcción cultural del lugar… casi toda la teoría social convencional ha hecho invisibles formas subalternas de pensar y modalidades locales y regionales de configurar el mundo”.

Para tratar la necesidad de mayor porosidad en las aulas podemos valernos de la voz atopía y sus acepciones.

Hay atopías y atopías, todas reveladoras. Por un lado, atopía como “sin lugar”, difícil de clasificar. Lo que carece de ubicación, o lo que no ocupa lugar en el medio corporal.

Los conocimientos venidos de casa no tienen lugar (muchas veces) en el aula, no hay cómo ubicarlos en los casilleros de la escuela (pasa lo mismo con los conocimientos de la escuela en el hogar). Son como exóticos. La educación muestra allí sus límites, y la familia los suyos.

El mate no es corpóreo. Hay un envase, un poco de yerba, una bombilla, pero el mate es mucho más que la suma de esas cosas, cruza los milenios, ¿qué disciplina tiene el colegio para el mate?

Esa es (en la educación formal) la condición atópica, el sin lugar de los modos vecinales que la escuela menosprecia, porque menosprecia el lugar.

En nuestros colegios podemos afirmar que están ausentes el monte, los humedales, la cuenca, como resultado de un sistema impuesto quizá por la presión metropolitana sobre las regiones, quizá por la presencia abusiva del estado en su rol de uniformar, como lo hacen las empresas a través de la propaganda para vender. El lugar no tiene lugar en la escuela.

Epistemicidio

En la segunda acepción, atopía refiere el malestar frente a lo dado, en estructuras que no nos conforman y en las que nos sabemos extraños, expulsados. Comparables a la ausencia de acomodo del eremita en la ciudad, del nómade en el encierro urbano, y de tantos urbanos que celebran huir, cuando pueden, de sus propias urbes.

Ahí atopía expresa al estudiante dentro de las cuatro paredes del aula que no lo contienen, ese “no lugar”, sitio hostil.

La voz atopía es útil para señalar una condición propia de la persona en la modernidad, desprovista de sabidurías y tradiciones milenarias, ignorando también experiencias de siglos, y pendiente de la pantalla del televisor, las violaciones de la propaganda, el entretenimiento, las modas. Modernidad globalizante, burlándose de los modos que son ajenos al centro del poder o haciéndolos invisibles.

Esa persona suele forzar el escape con algún porrón, algún cigarro, alguna pasta extraña. Hay un asunto ligado a la atopía, y es que el litoral expulsa a sus hijos. Atopía dice aquí la incomodidad de los desterrados habitando periferias de grandes urbes, donde su compleja red de conocimientos y valores resulta inútil.

Atopía, pues: el conocimiento familiar menospreciado en el aula, el joven fastidiado entre cuatro paredes, el campesino ajeno en la ciudad extraña, el hombre bloqueado en la modernidad.

En un tercer sentido, atopía se refiere a lo inclasificable por absoluto, por incomparable, por infinito. En esa acepción podremos inspirarnos o bañarnos para comprender el resto. Todo lo que expulsa, lo que excluye, lo que menosprecia, lo que incomoda, lo que divide, lo que intenta meternos a la fuerza en casillas preestablecidas no es más que el engaño de la modernidad, que defiende el sistema capitalista como único posible, y la razón como única vía del saber, lo que algunos autores llaman epistemicidio.

Segundos afuera

El entorno es, para la educación formal, un tema de segunda categoría. Cuando éramos chicos, todos los niños de mi pequeña ciudad jugábamos a la “bolilla”, le decíamos “boliya”, y no faltaba una sola temporada sin los reiterados sermones de nuestras maestras porque el nombre era “bolita”.  Si en el recreo alguno de los niños, uno solo, pronunciaba “bolita” podía ser objeto de bromas porque ese era el castellano culto, para el aula. Afuera se hablaba “mal” sin discusión.

En la educación que imaginamos, en cambio, lo de afuera estará adentro. A los murciélagos no los atacaremos, nos limitaremos a conocer sus modos, sus conductas solidarias.

En los pagos del aguará popé no nos negaremos al encuentro con el osito que lava sus alimentos en la orilla.

Y algo más profundo y vigente: la región es Abya yala. Lo que hoy permanece afuera es nuestra esencia. Abrir la puerta aquí es reconocernos en el río, es entrar a una sociedad de 20 mil años y más, a un mundo maravilloso, un planeta.

Compartimentos

Si de volver los ojos a la naturaleza y las tradiciones se trata, los responsables de los medios masivos y la escuela no pueden hacerse los distraídos.

Lejos de hacernos expectativas con corporaciones y entidades dependientes de empresas, o del estado al servicio del capital, tampoco despreciaremos las grietas.

Los compartimentos estancos de las disciplinas fueron preparados por un régimen vertical para (dicho en metáforas frutales) hablar de peras, manzanas, bananas. Entonces llega un mburucuyá y el régimen no lo registra. Para probar un ubajay, un ñangapirí, se harán esfuerzos llamados “interdisciplinarios” en las materias peras, manzanas, bananas, un licuado insulso que poco dirá del ubajay, del ñangapirí.

Y hay que decirlo: ese mundo ha sido amonestado y expulsado del colegio.

Como todo debe encajar en una casilla, si no hay casilla prevista se margina. La discriminación negativa es ley en la educación formal.

Eso no colabora con la generación de un ámbito apropiado para el conocimiento.

La recuperación del lugar, de las relaciones del estudiante con su entorno y, en el entorno, sus vecinos, aceitaría los caminos del conocimiento.

Los jóvenes reciben influencias de la naturaleza, y también de su comunidad (en el fondo, no hay divisiones sino en nuestros prejuicios). La complejidad de esa trama podrá aprovecharse en las aulas el día que se abran al paisaje, al conjunto.

Ese hermoso día en que los estudiantes despiertan   y preguntan

Los temas regionales están ausentes, pero ¿sin razón alguna? O dicho de otro modo, las minorías que se benefician del estado de cosas ¿querrán que el colegio converse?

Todos pagamos la escuela pero reproduce lo que conviene al poder. Si incorporamos el lugar, despertaremos temas adormecidos.

El día que los estudiantes vean nuestros campos sembrados para Monsanto y Cargill y los trabajadores desterrados y los choclos vedados al barrio, el poder querrá clausurar las aulas para… fumigarlas.

Los jóvenes despiertos hacen preguntas comprometedoras. ¿No sugiere eso que la abulia de los colegios puede ser provocada por los mayores?

El poder prefiere dejar las cosas como están. Ahora, la sociedad embretada en el régimen ¿querrá algo distinto? ¿O es más fácil culpar a los estudiantes?

Desarraigo, apuros, indolencia, síntomas de la colonialidad.

Las asambleas y sus razones contra la desintegración

El desarraigo provocado por la globalización fue bien visto por izquierda y por derecha.

Unos pensaron en una aldea global sin considerar qué cultura, qué idioma, qué tipo de relaciones se impondrían. Miraron con alguna ¿candidez? los planes del colonialismo.

Otros propusieron una emancipación sin fronteras. No advirtieron la compatibilidad del conocimiento del entorno con la emancipación. O algo más, la gran importancia de estar abiertos a la región, para no caer en el desprecio de formas distintas de conocer y de amar.

La colonialidad impone sus modos y desacredita los demás. Ese flagelo se instaló con el atropello de la invasión europea y se fue consolidando por 500 años.

La vuelta al sentido del lugar permite una sanación de enfermedades sociales derivadas del eurocentrismo, el antropocentrismo, el capitalismo, el individualismo, y abre las puertas a un mundo de intercambio y complementariedad que la modernidad oculta.

Un animal, una flor, una palabra, una melodía, un río, pueden ser esas puertas de ingreso.

En nuestra región, las chicas y muchachos suelen hallar ese mundo en la vecindad. Difícilmente en el colegio, que pone trabas incluso para salir de caminata.

El conocimiento de aves, peces, insectos, árboles, hierbas, cursos de agua, lugares, historias, símbolos, juegos, cosmovisiones en suma; modos de trabajo y relación de la especie humana con la tierra, artesanos y artesanías, artistas, corrientes migratorias, vínculos de la especie humana; esos saberes no encuentran casilleros adecuados. Son temas que están en el pueblo (en el imaginario) o se estudian en los ámbitos de la ciencia, y no ingresan a establecimientos dominados por un régimen excluyente (más allá de voluntarismos).

Comprender el entorno

La recuperación del lugar no debe interpretarse encierro o localismo. Es lo contrario. Devuelve el colegio a la vida cotidiana y viceversa.

Así como el necesario retorno a la naturaleza, conocer las tradiciones del mate, el ayllu y otros modos de comunitarismo; ingresar por distintas vías en el paisaje y las interrelaciones infinitas, entrar en los significados de la toponimia sostenida en voces antiguas que se pierden en el fondo de los tiempos, todo eso facilitaría la comprensión del entorno de modo integral. Crearía un aire familiar para los estudiantes y los docentes, y los invitaría a otros desafíos.

Lo mismo, conocer las relaciones sociales de distintas especies, escuchar principios antiguos y vigentes, entender refranes, símbolos, explorar la unidad de los pueblos y los paisajes; saber de las conductas espontáneas de especies de la región. Son cauces abiertos a las asignaturas que rompen muros de la especialización.

Esa vuelta al lugar está facilitada por la preocupación creciente sobre la salud ambiental.

Ni en figuritas

De bosta de caballo son nuestras casas, pero los estudiantes no ven la bosta de caballo ni en figuritas. Poco saben del caballo mismo.

¿Por qué defenderíamos al tembetarí si jamás lo vimos? ¿Por qué privarnos, por qué, de los killis, los coipos, el carpincho, de la misma manera que menospreciamos nuestra ascendencia en angoleños, charrúas, canarios, guaraníes?

¿Por qué tantas realidades que nos pintan bien se trancan en el umbral del colegio?

¿Y cómo haremos, con las ventanas clausuradas, para redescubrir nuestra Pachamama, ver en el suelo una fuente de conocimientos y alimentos fragantes y amistades infinitas?

Para la clasificación urbana, vertical, unitaria, europeizante, el lugar (y sus manifestaciones) es inclasificable.

Si hemos señalado la importancia de volver los ojos a un mundo enterrado, el colegio podría ser un camino. Si hemos visto que nuestras comunidades pueden despertar un día curadas del hacinamiento y la falta de expectativas, en chacras comunitarias donde redescubrir el amanecer, las estrellas, la convivencia, y si hemos subrayado la urgencia de reconocer la libertad de vientres con vistas al vivir bien, entonces este es un paso previo: abrirnos al entorno.

Eso multiplicaría la matrícula porque el colegio involucraría a muchos, abuelos y nietos, vecinos y compañeros de trabajo, músicos y deportistas, árboles, pájaros, peces; docentes, desocupados, carpinteros, mujeres y hombres .

Las asambleas desarrollan fundamentos en torno de industrias contaminantes, calidad del agua, represamientos, riesgos de la fractura hidráulica, protección de los acuíferos, peligro de la extracción de aguas saladas para complejos termales; advertencias por el riego con herbicidas e insecticidas y sus efectos en embriones de distintas especies, o sobre la manipulación genética de las semillas; estudios de la erosión del suelo y la importancia del bosque, la permacultura, la sustentabilidad, la huerta en cercanía; debates sobre las fuentes de la energía y los usos y abusos de energías no renovables. Son solo ejemplos de una diversidad de asuntos entroncados con preocupaciones milenarias en la relación de la humanidad con el resto de la naturaleza. ¿Tienen lugar adecuado en el colegio?

Atopía

* Llamamos atopía al conocimiento no clasificable, que no encaja en los paradigmas de la escuela formal.

* También usamos atopía para la situación del estudiante incómodo en el aula.


De chacra a confederación (Parte IV)*

Comentarios