La Provincia
Domingo 30 de Agosto de 2015

Aquel tiempo de corpiños artesanales y corsés a medida

Diálogo Abierto. Marta Figoni combinó el comercio y la Historia, y por eso último da su particular mirada sobre la evolución de un rubro propio, en apariencia de la mujer. La buena atención al público es un legado de su abuelo

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar


Marta Figoni es profesora de Historia pero no pudo eludir el mandato de la actividad comercial que había iniciado su abuelo en épocas en que los viajantes se trasladaban en barco y tren, con baúles repletos de mercadería. Lejos de aquellos tiempos –y con la revolución que significó la aparición de la lycra– la exdocente hace un repaso histórico familiar –similar al de tantos inmigrantes– y revela algunos secretos del mundo de las prendas íntimas femeninas.  

San Martín, con autos

—¿Dónde nació?
—En Paraná.

—¿En qué barrio?
—En lo que ahora es la peatonal, en aquel momento San Martín era una calle común. 

—¿Cómo era la fisonomía de la zona a partir de esa característica que ya no existe?
—Ha cambiado mucho porque, primero, se hizo semipeatonal, hasta que se cortó directamente la circulación de vehículos. Antes había canteros –como se hizo con 25 de Junio. La mayoría eran casas de comercio mucho más grandes. Yo vivía en la esquina de Uruguay, sobre lo que era la Siam Di Tella, donde vendían desde lavarropas hasta autos. Abajo también estaba la confitería Le Tucán y antes una casa de lanas. Enfrente estaba Bruera y Spoturno –que tenían un almacén de comidas y era un lugar muy tradicional, con muy rico jamón–, al lado vivían los Bosch –de Beatriz– a cuya biblioteca iba. 

—¿Alguna particularidad del lugar?
—Estaba la familia Perette –Carlos fue vicepresidente de la Nación– y tenía el estudio en frente… El tránsito era el propio de una Paraná mucho más tranquila y se estacionaba sobre calle San Martín. Cada casa se fue convirtiendo –al frente– en comercios y ya no hay habitantes, sino que son internos. 

—¿Hasta qué edad vivió allí?
—Hasta los 16 años y después me trasladé a 25 de Junio, pasando Tucumán, donde era el solar familiar. Allí viví todo este tiempo de mi vida. 

—¿A qué jugaba cuando vivía sobre calle San Martín?
—En la placita San Miguel –o Alvear– andábamos en triciclo, en bicicleta, hacíamos carreras, a la escondida, treparnos a los árboles era una pasión y algunas veces –en setiembre– la iglesia San Miguel organizaba la quermés en el centro de la plaza. Había distintos puestos con ruleta, tiro al blanco y otros juegos, y para nuestra patotita era una fiesta. 

—¿Travesuras?
—Tocar timbre y huir –el ring raje– o dar una vuelta más larga que la que teníamos permitido. Nuestros padres tenían la tranquilidad de que en la placita estábamos contenidos, porque vivíamos a media cuadra.  

—¿Contrastes cuando se mudaron a calle 25 de Junio?
—La quietud de la calle y no sentir el colectivo que pasaba en determinado horario. La casa era muy amplia y tranquila, y salía y encontraba muchos vecinos. 

—¿Continuó yendo a la placita?
—Ya no, aunque iba a la iglesia San Miguel.

Padres y dos mandatos

—¿Qué actividades laborales desarrollaban sus padres?
—Los dos fueron docentes: mi papá, maestro alberdino, y mi mamá, de la Normal. Las vueltas de la vida hicieron que mis primeras horas de clase fueran en la Escuela Normal y allí me jubilé. 

—¿Cómo influyó esa cuestión por dos vías?
—No pude escapar al mandato y tampoco al de comerciante, por mi abuelo y mi padre. Fuimos docentes y comerciantes. 

—¿Su abuelo también la marcó en algún sentido?
—Muchísimo.

—¿Por qué?
—Porque era su nieta preferida y me identifiqué mucho con su actividad comercial; era hijo de inmigrantes. Era muy pegada a él desde chiquitita y estaba en su negocio siempre jugando con las cajas. Siempre mantuve el vínculo porque soy muy familiera.

 —¿Dónde nació?
—En San Gustavo y mi abuela en Rosario, pero sus padres se conocieron en el barco en el cual vinieron. Cuando investigaba en los años mozos (risas), alcancé a encontrar que habían venido desde Génova –de donde era mi bisabuelo– y mi abuela de Málaga. Salieron en barco desde Málaga.

—¿Fueron los primeros Figoni que se radicaron en Argentina?
—Sí, aunque hay otros con quienes no tenemos ninguna relación, que ahora los encuentro por Facebook y no sé quiénes son (risas). Somos una familia chica porque mi abuelo era hijo único. De San Gustavo se fue a vivir a Rosario –porque murió su papá y era muy chico–, armó su matrimonio y luego se afincó en Paraná. 

—¿Conoce San Gustavo?
—El día que fui justo llovió y no pude entrar (risas). Sé que quedan poquitas casas; ahí está enterrado mi bisabuelo. 

El viajante y los baúles

 —¿Le relataba algo sobre su padre?
—No, porque murió cuando era muy chiquito. Mi abuelo era viajante de una firma alemana que comercializaba telas y productos de mercería. Salía desde Buenos Aires en el vapor de la carrera, bajaba en Paraná, iba a la estación de ferrocarril y desde ahí hacía el interior, y luego llegaba hasta Asunción. Viajaba con baúles (muestra el que usaba el abuelo, repleto de telas para fajas y cintas, corsés modeladores, sujetadores para hernias, corpiños artesanales y otras piezas propias de la época importadas de Francia).  Son piezas de hace 50 años que me encargué de preservarlas, algunas de las cuales provocaban el desmayo de las mujeres, por la presión con la cual se ponían. Son tesoritos. 

—Digamos que algunas piezas no eran lo más cómoda en casos de urgencias “emocionales”.
—Más bien. 

—¿Las ha expuesto?
—Sí, en el Museo Histórico.

—¿Cuál es el antecedente más remoto de la actividad comercial familiar?
—El abuelo y la abuela, ella tenía su taller en una casa en Santa Fe y en Paraná –en calle San Martín. No era un comercio al público sino a domicilio pero tenía clientas en todo el interior de la provincia, Buenos Aires y Rosario, porque trabajaba con traumatólogos y urólogos, 

—¿Cómo se llamaba a ese rubro?
—Era corsetería, productos que duraban muchísimo. Hasta hoy me encuentro con gente que me dice que tiene guardado un corpiño que hizo mi abuela. 

—¿Los corpiños se hacían a medida?
—Claro, se hacía el corpiño, el corsé y la faja. 

—¿Era para un público masivo?
—No, no, eran productos muy finos, como hoy tener un traje hecho. Todos los materiales eran importados de Francia y Alemania por casas donde mi abuelo había sido viajante. 

—¿Y las demás mujeres?
—Por ese entonces el corpiño todavía no estaba impuesto y la mayoría de las mujeres humildes se fajaban con una especie de bandas. Luego comenzó la comercialización masiva. 

—¿Qué vigencia tiene el corsé?
—De la calidad que te mostré ya no existe, aunque hay clientas que todavía buscan los que tienen ballenas. No hay quien los haga a medida.

—¿Para qué se utilizan?
—Para modelar, adelgazar y bajar dos o tres talles. Pero desde hace unos 30 años se ha reemplazado por la lycra –que por entonces no existía–, se impuso y se modificó toda la comercialización. Hoy vienen por talle, al igual que el corpiño, y se amolda de otra manera.  

—¿Algo le llamó la atención cuando revisó las piezas de los baúles, como los que me mostró?
—No, porque nací y me crié viendo esas cosas, y poniendo hojalillos y cordones.

—¿Desde chica se involucró con el negocio?
—Sí, siempre me gustó el trabajo interno, el escritorio, la reposición de la mercadería, reconocerla, etiquetarla y ordenarla.

Comerciante y docente

—¿Siempre sintió la vocación de comerciante?
—Sí, toda la vida, al igual que la enseñanza. Fueron mandatos familiares. Comencé la carrera de Medicina en los años difíciles de la década del 70, no me hallé, me volví y comencé el Profesorado de Historia. 

—¿Qué materias de la Secundaria le gustaban?
—Ninguna (risas).

—¿No era buena alumna?
—No, era muy vaga, pero la vagancia de aquella época –como charlar con las compañeras. Después, en la carrera como docente, fui impecable, me recibí, al año comencé a ejercer como adscripta y luego murió mi padre, así que tuve que quedar al frente del negocio. Ahora me acompaña mi esposo.

—¿Qué libros le resultaron importantes en la niñez y la adolescencia?
—Estudiábamos los clásicos de la Literatura como La Ilíada y La Odisea, La Eneida, El Principito y las obras de Maquiavelo.

—¿Desarrolló alguna actividad regularmente, además de las laborales?
—Hacía natación en el Rowing, que conservo hasta hoy, cuando era chiquita competí. No era una generación que se dedicara al deporte, sino las danzas, piano y guitarra. 

—¿Y la afinidad por la Historia?
—Tenía que ver con la atracción por la historia familiar y cuando comencé el profesorado descubrí mi pasión por la Historia, en lo cual tuvo que ver la profesora (Amelia) Galetti. Además de considerarla lo máximo que tenemos a nivel de la Historia, es una buena persona, excelente. Y colegas como Griselda de Bellman, que ha sido formadora de profesores. En esa camada nos recibimos muy poquitas, cinco, de las 50 que comenzamos. 

—¿Qué nivel presentaba el instituto por entonces?
—Era exigente por el nivel de profesores y había otros contenidos.

—¿Estudiaba y trabajaba?
—Sí, con mi papá, y podía hacer todo bien. 

—¿Qué le atraía más?
—Las dos actividades por igual. Tenía la particularidad de que cuando entraba a la escuela, pocos sabían que tenía negocio. Nunca quise mezclar las cosas, por una cuestión de ética. 

—¿Se imaginaba enseñando mientras estudiaba?
—Sí, más que enseñando transmitiendo. Trabajé en varias escuelas pero la que recuerdo con todo amor es la Normal y hoy como exdocente soy parte de la cooperadora, aunque tendría que ocuparme un poco más. Quiero seguir yendo a la escuela porque me gusta el ambiente y además asiste mi nieta. 

Gajes del oficio

—¿Dónde comenzó el negocio?
—En lo que ahora es la Peatonal. Un tío también tenía dos negocios muy conocidos y luego seguimos algunos nietos y bisnietos. Tuve el negocio en 25 de Junio y luego acá –en calle Monte Caseros.

—¿Qué otros grandes cambios hubo del rubro –como el que me señaló de la lycra?
—La lycra marcó un hito de la industria nacional en la década del 70 al 80. Hoy los jóvenes han perdido el gusto clásico y el refinamiento estético de las señoras distinguidas, y se ha popularizado mucho. La media ya no es una cuestión de elegancia sino para el uso diario. Prefiero la época antigua porque había mucho más estética, elegancia y buen gusto al momento de vestir. Daba gusto atender. En el negocio de mi abuelo se zurcían las medias porque era un producto caro y de lujo, así que cuando a la señora se le rompía, se las arreglábamos. Se le llamaba “levantar los puntos” de la media. Con el abuelo teníamos muchas zurcidoras. Hoy, con la lycra, no se puede. También sucedía con la media de hombre, porque también era un producto caro y de lujo. No era común comprarse un par de medias. 

—¿Qué aprendió de su abuelo?
—La buena atención del público con la mejor sonrisa, el cumplimiento de la palabra –que lo hemos perdido–, el honor y la transparencia en el negocio. 

—¿Algunas clientas pintorescas que recuerde?
—De clienta teníamos a las señoras más tradicionales y elegantes de Paraná, así que quedaría mal si nombro a alguna en particular. Podían acceder a esos productos. Había gente que siempre era impersonal para pedir las cosas y había que aguantar su carácter y particularidades. 

—¿Pedían cosas extrañas?
—No; pero se olvidaban las alhajas cuando se probaban las medias, volvían a buscarlas y siempre estaban.  Eran anillos muy valiosos. Hubo un tiempo en que llamaban por teléfono y las medias se entregaban a domicilio. Con algunas clientas que, por ejemplo, están impedidas, lo sigo haciendo. Había una esposa de un gobernador que era muy patona. ¿Te acordás?

—Creo que sé a quién se refiere. ¿La lycra impulsó ese cambio cultural del que hablábamos o tuvo que ver con cambios sociales más profundos?  
—Comenzó a modificarse todo ya que, también, apareció el pantalón. Usarlo antes de 1960 era totalmente excéntrico, llamaba totalmente la atención y eran pocas las mujeres que se atrevían. Eso también modificó los usos y costumbres. Esto impuso otros tipos de medias para usar. 

—¿Su abuelo no era un “bicho raro” en un negocio vinculado casi exclusivamente con las mujeres?
—Ahora está mi esposo.

—¿Lo deja tratar con las clientas?
—El señor Lanzi viene de mañana y está con las chicas, y yo a la tarde.

—Volvamos a su abuelo.
—Ya era una costumbre y nunca hubo problemas, aunque siempre estuvimos personas de los dos sexos en el negocio. Siempre fue un negocio familiar. 

—¿Cuáles han sido las tendencias que marcaron cambios en las últimos años?
—No te lo puedo marcar, porque la lycra fue lo que revolucionó todo y el uso de la lencería como exposición –que antes no se veía. Por ejemplo, en los desfiles. La lencería era lo que se sabía, pero no se mostraba, sino que se puso en vidriera en los años 80 y 90, con la característica de Argentina –que redujo el uso de la bombacha en las chicas jóvenes. En las revistas europeas se ve que todas son bombachas grandes. Nosotros tenemos la influencia de la cola less –del Brasil– y la exposición del cuerpo de la mujer. Antes teníamos un sano pudor que, a lo mejor, es bueno mantenerlo en cierto aspecto porque el hombre quiere descubrir.

—Lo oculto seduce más.
—Claro, y lo que está en vidriera no siempre es lo mejor.

—¿Qué perfil generalizado presentan las mujeres que compran en un negocio como este?
—Son muy exigentes, actualizadas y demandantes de calidad. Creo que la mujer entrerriana se destaca por su prestancia. 

Valores de la inmigración

—¿Sobre qué indagó en la historia familiar cuando fue profesora?
—Siempre estuve vinculada al tema por el apego hacia los abuelos y a mis padres, y la historia familiar fue el centro de mi vida. Cuando se repiensa la vida en determinado momento, veo lo importante que ha sido en mí la Historia. Para mí, todo es historia, y sigo enseñando porque transmito, recuerdo y explico a quienes están conmigo. Valoro y amo el patrimonio que nos dieron nuestros abuelos y padres, y lo que fueron –al igual que todo el aporte inmigratorio del siglo XIX– lo cual me ha servido como ejemplo de trabajo. Siempre hay que reconstruir el pasado para mejorar el presente y el porvenir.   Cuando hablan de la generación del barco no me gusta porque es como subestimar a estos inmigrantes que vinieron con tantas ganas de hacer cosas y que marcaron a la Argentina, y nos legaron lo que somos, con errores y virtudes. 

—¿Profundizó en este proceso?
—Sí, por supuesto, porque la formación en Historia era muy amplia y exigente, más con los ejemplos de las profesoras que te nombré. Nos dieron mucho, incluso dieron su vida por la enseñanza. 

—¿Qué elementos rescataría hoy de la inmigración?
—La fuerza del trabajo y la experiencia de vida que trajeron de la Europa convulsionada, de donde fueron expulsados y llegaron hambreados. 

Profesoras ilustres y la decadencia

—¿Qué especialidad le atrae?
—Me gusta mucho la Historia argentina y americana, que fue, casualmente, la profesora Galetti quien me las transmitió en 1º año, y quedé muy prendada de esos contenidos. También estaban las profesoras Ríos y Rocha, todas excelentes. 

—¿Trabajó sobre algún campo particular de la Historia?
—Todas las etapas y personajes de la Historia argentina y americana me atraen, algunas más revolucionarias que las otras, pero todas son interesantes. 

—¿Hasta cuándo ejerció la docencia?
—Hasta 2000, cuando me jubilé.

—¿Cuándo considera –a partir de su experiencia en el aula– que comenzó la crisis del sistema educativo?
—No quisiera entrar en política.

—Me refiero al proceso global independientemente de las coyunturas.
—Cuando se perdió el rol y la importancia del docente para los chicos, y comenzamos a ver la irrupción de las opiniones de los padres y abogados en los resultados finales de los exámenes. 

—¿Esto no es reciente?
—No, no, yo lo viví personalmente. Comenzó con el proceso de revalorización de la democracia y todos quisimos opinar, y no siempre pueden opinar todos. Cada época tiene su expresión y hay que ver el porqué. Los valores transmitidos por los padres tuvieron mucha influencia en este menosprecio que existe en la sociedad por el docente. Antes era muy respetado y su palabra tenida en cuenta. No recuerdo algún padre de mi generación poniendo en tela de juicio la opinión, la nota o la observación de un docente. Como se ha degradado todo, también nos pasó a nosotros. El rol de los padres y la familia tiene mucho que ver porque la docencia no es la segunda familia, tiene que venir formado en lo básico, y nosotros tratar de transmitir y dar un camino desde cada ciencia. Los padres se han desligado muchísimo de la importancia de hablar con los chicos, hoy no podemos hacerlo porque están con el celular en la mano, y el horario del encuentro familiar se perdió. Cuando éramos chicos eran sagrados el almuerzo y la cena, y no se podía faltar, y el domingo más que sagrado. Hoy tenés que almorzar a las cuatro de la tarde si querés que los chicos estén con vos. 

—¿Qué consideración hace sobre autores que no son historiadores pero que han investigado sobre la Historia?
—La Historia hay que buscarla en la vida diaria.

—Me refiero a periodistas que la han hecho más accesible al público masivo.
—Están los historiadores clásicos de nuestra Argentina y los aportes de distinta gente que ha hecho Historia; me parece muy importante. Desde la formación que tuvimos en el instituto, veíamos todas las corrientes historiográficas. 

—¿Dos o tres libros que le resultaron esclarecedores?
—Historia de los argentinos –de Floria y García Belsunce– y Las civilizaciones actuales –de Fernand Braudel– que es difícil de conseguir. Es el padre de la escuela francesa. Hay muchas obras sobre Historia de Entre Ríos, de Griselda Belman y Amelia Galetti –quien también ha escrito sobre historiografía.

—¿Alguno que tenga como de permanente consulta?
—El de Floria y García Belsunce.

Sexto sentido de vendedor: la esposa, la amante, el talle y la plata

El negocio de Marta –como cualquier actividad comercial– presenta particularidades que lo hacen único. Una de ellas es su desarrollada capacidad –y la de las vendedoras– para detectar el destinatario de la compra, cuando estas son realizadas por hombres.

—¿Vienen varones a un comercio como este?
—¡Sííí! Esposos viejos con mujeres operadas o accidentadas que los mandan a comprar la bombacha o el corpiño; viene el señor que quiere regalarle a su señora para el aniversario, también los tramposos... y los jóvenes –por la fiesta de disfraces, buscando las cosas más insólitas. 

—¿Por ejemplo?
—Medias con agujeros como si estuvieran quemadas por cigarrillo, así que les dije que les hicieran los agujeros (risas). También hay gente que pide cosas que ven en revistas europeas y acá no llegan, no se puede tener todo. 

—¿Se da cuenta cuando una compra es para la amante?
—¡Por supuesto!

—¿Por qué?
—Porque, por lo general, no saben el talle (risas), preguntan si lo pueden cambiar y no hay problema con el precio. Para la señora, sí. 
¿Qué otras cosas pregunta un amante?
Ana (una de las empleadas):                 —Buscan lo más exótico y lo que llame más la atención. 

—¿Un caso muy gracioso?
Marta: —No me pasó a mí sino en el otro negocio. Llegó la señora y la empleada le preguntó cómo le quedó lo que había llevado su marido ayer. Y se armó el tole tole. (risas) 
Ana: —Me pasó con un vecino a quien siempre lo veía salir de mi zona con una señora, vino acá a comprar con su mujer –que no era la señora que yo veía siempre– y decía “que mi esposa acá”, “que mi esposa allá”. Yo la miraba a la señora y a él, y él miraba para otro lado. 
Marta: —Todas esas situaciones tenés que aprender a disimularlas y no meter la pata. El especialista es mi esposo y percibe todas las situaciones. 

Datos

* El negocio de Marta Figoni reconoce una tradición de varios integrantes de su familia, quienes se han dedicado al rubro lencería. El primero de ellos fue su abuelo, quien era viajante de una firma alemana que comercializaba telas y productos de mercería.

* Marta atesora uno de los baúles utilizados por su abuelo para esa actividad, el cual contiene verdaderas reliquias tales como telas para fajas y cintas, corsés modeladores, sujetadores para hernias, corpiños artesanales y otras piezas propias de la época importadas de Francia. 

* En contraste con esto, la aparición de la lycra –entre las décadas de 1970 y 1980– significó una revolución –enmarcada en la liberación femenina– que modificó el rubro.

* Otro cambio fundamental –entre las décadas de 1980 y 1990– fue la exposición de la lencería en los desfiles y vidrieras. Una particularidad de Argentina es que se redujo el uso de la bombacha en las jóvenes –influidas por la tendencia de la cola less.

* Figoni define a la mujer entrerriana como “muy exigente, actualizada y demandante de calidad”. 


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