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Sábado 09 de Julio de 2016

Apuntes a la historia de los partícipes de las acciones de 1816

Combatiendo la dependencia. Hombres y tropas. El Congreso se desplazó a San Miguel de Tucumán, una necesidad para deliberar con tranquilidad. El 9 de Julio finalmente se declara la Independencia de las Provincias Unidas del Sud

En 1810 las perspectivas de una "Independencia" no eran absolutas. La confluencia de fuerzas imperiales que corrompían las ideas libertarias acechaban desde el norte, donde los portugueses pujaban por la Banda Oriental, o desde el Alto Perú, donde los ejércitos españoles estaban asentados y con altísimas probabilidades de ingresar al territorio que era epicentro del albor institucional.
No es fácil consolidar un proyecto de país, una visión promisoria de entidades novedosas en las cuales los hombres quizás encontrarían ese infrecuente futuro, que tanto reside en las promesas y a veces se evanesce en las luchas.
Como en esos años prolíficos pero intensos posteriores a la Revolución de mayo. Se había gestado una Junta Grande, los triunviratos, experimentándose después con las previsiones de la Asamblea del Año XIII, los Directores Supremos... nada suplanta los consensos que aglutinan las voluntades.
Quizás por eso, rápidamente al menos, la necesidad de convocar definitivamente a un Congreso General que orientara en definitiva la constitución de una nación. Esto parece una colección de palabras pero posee una lógica en tanto había un importante territorio, una población vasta y diversa...pero faltaba el elemento constitutivo que transformara eso en un país: la independencia y la constitución.
Ambos proyectos formaban parte de la encomienda que se había impuesto al Congreso General de Tucumán, objetivos cumplidos con ciertos reparos en cuanto a los contenidos constitucionales al menos. Es una forma de entender este proceso institucional, por fuera de las concepciones más clásicas y rimbombantes, de la estructura estética de la "casita" y las loas temporales que aparecen livianamente.
Por algún motivo el Congreso se desplazó a Tucumán... alejarse de Buenos Aires era una necesidad para deliberar con tranquilidad y justamente, alejados de las presiones de intereses que pregonaban insistentemente nuevas posibilidades de dominio.
Pero no es el objeto de estos comentarios desarrollar el asunto del Congreso, sus precedentes y sus vicisitudes. Sí por supuesto que amerita exponer cuál era la situación precedente, algunas ideas que insistían. Pero volvamos al Tucumán de 1816.
Los diputados comenzaban a llegar en marzo de ese año, y el Congreso se inaugura el 24 de marzo de 1816. Una serie de diputados ya se encontraban allí, e incluso venían llegando los del Alto Perú.
Alto Perú era (en estos términos) las personas del médico Pedro Buenaventura Carranza (de Cochabamba); el abogado José Ceferino Malabia (de Charcas), el sacerdote José Pacheco de Melo (de Chichas), otros abogados Pedro Ignacio de Rivera (de Mizque), José Serrano (de Charcas) y Jaime de Zudañez (también de Charcas). Algunos de ellos estuvieron presentes el mismo día 9 de Julio, otros no.
Claro que no era ello motivado en desidia, abandono o especulación. Ocurre que el Norte era zona de guerra, un espacio territorial de inclemencia bélica y en el cual algunos patriotas anónimos estaban dispuestos a combatir.
El litoral no envió diputados, había una realidad muy diferente por aquí, más aún después de las expresiones y disposiciones del Congreso de Oriente.

La militancia de las libertades
La independencia no solo se gestaba en forma deliberativa. Ya operaba aquí nada menos que San Martín preparando el Ejército de los Andes establecido en Cuyo. Templaba sables, recolectaba logística y entrenaba tropas que se iban plegando a aquella situación. En el norte actuaba Martín Miguel de Güemes al mando de un gauchaje sin formación miliciana, sin uniformes pomposos ni escuelas importantes. Pero eran bravos, qué carajo... por algo los españoles los bautizaron con cierto miedo como Los Infernales. Es reconocida su táctica de guerrilla en los montes, golpeando y dañando a tropas de élite desconcertadas que cuando descubrían cómo neutralizar esos ataques recibían otros por aquí, unos por allá. Lo dicho, como el mismísimo infierno que les caía sobre sí, aquellos poderosos vencidos y humillados. Lo que poco se sabe es que esa estrategia era copiada de otras batallas y de otros generales: los que venían de la antigua expansión inca.
Sobre el litoral la leyenda se cimentaba en el general Artigas. Con lanzas y caballada contenía las tropas del imperio luso-brasileño que respondían a sus deseos imperiales atacando la Banda Oriental. La Banda Oriental suena lejano, pero es hoy el territorio del Uruguay, cruzando el río del mismo nombre estamos en Entre Ríos. Y de allí a Buenos Aires había nada. Fue Artigas el responsable de frustrarle los sueños dominantes a los portugueses, e incluso de correrlos bien arriba.
Así, en ese entorno es que los diputados llevaban adelante las deliberaciones y negociaciones para declarar la Independencia. Reconsiderar las ideas, los debates y algunas circunstancias vividas allí llevaría mucho más que las probabilidades de esta nota. Pero si entender las posibilidades de muerte que acechaban sin dudas a los sesionantes de julio.
Así, impelidos por las fuerzas de las ideas y contenidos por la resistencia de los combatientes, la declaración de la Independencia se acercaba cada vez más.
Hemos mencionado algunos diputados y sus profesiones y nacionalidades, también los generales en operaciones militares en los diferentes extremos del territorio. Lo que hemos de decir es que los milicianos, los soldados, los que estaban en la línea del primer fuego no eran tropas entrenadas y preparadas en las academias militares o en los reconocidos ejércitos. Eran vecinos, eran hombres de la zona acostumbrados a la necesidad de la labranza y a la desesperación de evitar la confrontación de la muerte. Esos hombres no pertenecían ni a la nobleza rancia ni a la inmigración directa: eran zambos, mulatos, negros, criollos, originarios. Ellos componían las tropas que contenían a los realistas, o desmembraban el Virreynato a fuerza de sus propias vidas.

Las actas de la Independencia
El 9 de Julio de 1816 finalmente se declara la Independencia de las Provincias Unidas del Sud. No éramos un país, sino solo eso: provincias unidas, pero las Sud, porque las del Norte ya habían hecho algo parecido. Hablo por supuesto de las del Norte Americano, los actuales Estados Unidos, que ya habían dado el paso en 1776.
El acta de nuestra Independencia establecía (entre formalismos bellamente expresados) una fórmula gloriosa: romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli.
Implacable, poderosa, tajante. Pero incompleta. Digo porque ¿Qué pasaba con el resto de los imperios? Nada se había dicho de aquellos que ambicionaban estas tierras como los ingleses, los franceses y los portugueses.
Por cierto que es en la sesión del día 18 cuando se repara en esta cuestión, y en la fórmula de juramento se agrega entonces "...y de toda otra dominación extranjera". Al menos en los textos, la Independencia estaba declarada.
Pero no quiero terminar sin emular nuevamente a la tropa que aportaba vidas en todos los frentes. De muchos de ellos escasamente podremos rescatar algunas historias y nombres; pero de tantos miles solo quedarán emociones. Quizás alguien haya considerado lo mismo allá en el Congreso del Tucumán, y a tenor de eso dispusieron que el acta se publicara de inmediato y que también se reprodujeran miles de copias en los idiomas originarios aymaras y quechua. Así, aquellos soldados que luchaban sabrían porqué lo hacían.

Acta de la Independencia
Nos los Representantes de las Provincias Unidas en Sud América reunidos en Congreso General, invocando al Eterno que preside al universo, en el nombre y por la autoridad de los Pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. Quedan en consecuencia de hecho y derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias. Todas y cada una de ellas así lo publican, declaran y ratifican, comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta su voluntad, bajo del seguro y garantía de sus vidas, haberes y fama.

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