La Provincia
Lunes 07 de Marzo de 2016

Amontonar las familias para que no molesten el negocio

Descubriendo Entre Ríos. Tras el fracaso de un régimen que destierra, el hacinamiento muestra enfermedades ya inocultables. Aquí, el camino de los Onas que anticipa el futuro de todos, cuando la vida es un obstáculo para el mercado

Tirso Fiorotto / De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar 


Hablamos en el espacio anterior de los males del hacinamiento derivados del éxodo masivo, y también hablamos de la concepción de muchas culturas antiguas de este suelo, sobre la relación indivisible humano/territorio.

Incluso enumeramos algunos efectos del destierro, la mudanza, el amontonamiento, en la salud de las comunidades y las personas.

Hoy volvemos sobre el tema con otros aportes y veremos cómo los selk’nam (onas) nos muestran el futuro.

Reclamo sectorial

Decenas de congresos y leyes reconocen la relación humano/naturaleza, y los derechos sobre los territorios (derechos en la conciencia de que el hombre es de la tierra, y no la tierra del hombre).

Pero occidente se las ha arreglado para ignorar en los hechos lo que mandan sus propias leyes, y en todo caso, para arrinconar a los “indios” como personas diferentes, y circunscribir así el “problema” al reclamo sectorial. 

Es decir: en caso de aceptar la verdad de los pueblos originarios en su relación hombre/tierra, el régimen no admite que ese derecho alcance su condición de universalidad porque despertará a muchos del atontamiento.

El reclamo puede ser vibrante o silencioso. En cualquier caso, podemos escucharlo.

El estudioso Juan José Rossi recuerda un texto del general Rodríguez en las campañas del Chaco. El militar reconoció que los habitantes del Gran Chaco “en general todos son apasionados de la naturaleza virgen, viviendo en perpetua contemplación de la selva milenaria y de los astros que les prestan su luz.  La leyenda forma su credo, leyendas místicas de encantos dolorosos, de poemas trágicos, simbolizando siempre la persecución tenaz de su raza por el blanco codicioso y voraz”. (1).

Territorio, tenencia comunitaria, vida comunitaria en la naturaleza, contemplación del entorno… Reclamos coincidentes de organizaciones o comunidades de pueblos originarios. 

Al tiempo que no se cumplen esos preceptos con esas comunidades, se desvía la atención para que no cunda el reclamo. Y es que los pueblos del Abya yala somos herederos de esos principios del Abya yala. Los gobiernos hacen esfuerzos indecibles para entretenernos, para desviarnos la mirada, para que no pensemos que todos estos principios enumerados aquí nos caben a los habitantes de este suelo, sin reparar en color, credo, orígenes, etcétera.

El conocimiento que emana del Abya yala no es para unos sí y otros no, es universal, para todos los que abramos nuestros corazones. Eso tiene de maravilloso. No se impone a los demás, se ofrece al humano, así, sencillamente, como única especie.

Y es lo que el poder occidental capitalista quiere ocultar o torcer. Porque admitir que conocemos los pensamientos del Abya yala implicaría algo “terrible”: devolver. Y no devolver sólo a unos, sino al conjunto. Ahí se explica porqué hacemos como que ignoramos lo que pensaba y piensa el Abya yala.

Advertencias

Decenas de economistas, historiadores, militantes sociales, artistas, denunciaron los problemas del éxodo y sus causas y consecuencias. “En el pago los mozos vieron ruinas/ y están en la ciudad capitalina/ buscando los que el surco no les diera”, dice Marcelino Román. (2)

Hay textos muy reveladores de Tomás de Rocamora, Alejo Peyret, Arturo Capdevila, Luis R. Mac’Kay, Pérez Colman, Gastón Gori, Juan L. Ortiz, el propio Marcelino, por nombrar algunos. El historiador Juan Antonio Vilar (3) ha presentado resúmenes excelentes sobre la concentración de la propiedad de la tierra durante estos 500 años, por caso. Las artimañas usadas para el robo “legal” de las tierras, incluso a fuerza de fusil y con la complicidad de militares, políticos, banqueros, comerciantes y religiosos, superan cualquier imaginación.

Somos Abya yala

Nosotros nos bañamos en las tradiciones del Abya yala, por eso la tendencia a una vida en relación con la naturaleza, un territorio, con tenencia comunitaria y a las relaciones de reciprocidad y complementariedad. Somos herederos de esos principios del Abya yala, mal que le pese a la casta de gobernantes que nos quiere separados, dispersos, enfrentados, hacinados, desocupados.

Isabel Hernández se refiere al derecho de los pueblos sobre el territorio, eje esencial de su cosmovisión. “Asegurar la tenencia de la tierra, no como un bien económico sino como un espacio para la vida, representa para el mapuche no solo una garantía, sino también la más vehemente defensa de otros múltiples derechos”, dice. (4)

Pero volvamos a la primera referencia, de las Jornadas de indianidad de 1984 en la Argentina. “Los indios reclaman la tierra por cuanto su existencia separada de ella no tiene sentido”. 

¿Tiene sentido para nosotros (todos nosotros) la existencia separada del entorno, de la naturaleza, el árbol, el pájaro, el pez, la cuenca, los cerros, las lomadas, el monte, en fin?

¿No es por la fuerza, que nos (mal) acomodamos al hacinamiento en las ciudades?

Complicidades

Es importante conocer el diagnóstico de situación previo al desembarco del nuevo sistema de transgénicos patentados por las multinacionales con agrotóxicos también patentados. 

Ya padecíamos un régimen expulsor. Entre Ríos había perdido en setenta años un número de habitantes similar al que daban sus censos, y las provincias vecinas mostraban resultados similares. Algunos departamentos como Tala o Nogoyá contaban con menos habitantes que medio siglo atrás.

Se imponía revertir el proceso para arraigar a las familias y devolver, como en un jubileo, las oportunidades. Pero trajeron economía de escala con transgénicos y agrotóxicos, al servicio de las multinacionales. Nadie  nos responde cuando preguntamos quién lo decidió, en base a qué consenso social, qué organizaciones respaldaron ese disparate que provocó más desarraigo, más desocupación y destierro, y enfermar a los pocos que quedamos (la biodiversidad, el humano). ¿Quién se hace cargo de la elección de ese “remedio”? Nadie. Fue resuelto por el mercado, es decir, por el capitalismo colonialista, donde mandan las multinacionales.

Todo con la venia de partidos mayoritarios, corporaciones mediáticas, burócratas sindicales e incluso universidades. (Con excepciones, siempre).

En el espacio anterior enumeramos algunas de las enfermedades del hacinamiento, que ya podían observarse siglos atrás. 

Luis Alberto Borrero se detiene por caso en la experiencia de los selk’nam (onas) en el extremo sur del Abya yala. (5).

El estudioso explica que esos pueblos nómades obligados al sedentarismo, pueblos cazadores recolectores obligados a otra alimentación, pueblos casi desnudos obligados a vestirse de otros modos, pueblos separados en grupos obligados a juntarse y hacinarse… La violencia interna, las enfermedades para las que no tenían anticuerpos, la difusión de esas enfermedades por el hacinamiento, los cambios alimentarios, los cambios de oficios, los problemas de higiene originados en el cambio abrupto de la forma de vida, además de la violencia y el saqueo externos, todo se complotó contra la vida y fueron desintegrados y exterminados.

Los blancos llamaron a eso “el problema del indio”. Hoy no lo dicen, pero esos mismos blancos nos llaman a nosotros “el problema de la vida”, porque la familia y la biodiversidad molestan en la cancha de sus grandes negocios. Por eso talan, contaminan, destierran, amontonan.

Somos selk’nam

La presión del destierro es un mal que actúa en sinergia con otro mal que es el hacinamiento. El destierro destruye conocimientos, cambia hábitos, erosiona las familias y las expectativas. El cambio hace que una red de saberes tejida por milenios se convierta en una manta inútil, pesada, menospreciada, una capa que inmoviliza. Los poderosos, ayer y hoy, hacen que las costumbres del otro sean vistas como barbarie. 

Dice Borrero: “Una sociedad que admite que un esposo tenga más de una esposa, como era el caso de los selk’nam (onas), se supone que está bien preparada para soportar un desequilibrio en la proporción de sexos que sea desfavorable a los hombres adultos. Pero eso es válido bajo condiciones normales, y no en el ámbito de las misiones, donde la actitud hacia el matrimonio con más de una esposa era de franca desaprobación”.

Dicho de otro modo: los hombres morían enfermos, otros eran cazados por empresarios y militares, los menos quedaban acompañando a las mujeres, pero llegaban los sacerdotes y pastores para recomendarles monogamia… Combo perfecto. La epidemia tenía nombre, se llamaba occidente. Y la nación desapareció.

Largo sería explicar acá cómo, en la agonía, la comunidad alzó en la guadaña a algunos de sus victimarios.

Hoy todos somos selk’nam. El resultado está por demás anunciado.

Revertir las causas desde la niñez

Nuestros pueblos antiguos no aceptan siquiera los rituales en las zonas urbanas, porque no ven allí un verdadero lugar. Saben que el hacinamiento enferma.

María Ester Grebe (6) recuerda que los Mapuches no ven con buenos ojos las ceremonias de las machi con el kultrún en zonas urbanas. 

Los guaraníes ven un lugar donde vivir en armonía junto al monte, no lejos del árbol, del pájaro. A ese lugar le llamamos tekohá, vida con los árboles, junto a las aves, en la orilla. Ahí podemos desplegar el tekó porá, el vivir bien y bello. 

Los pueblos del altiplano definen sumak kawsay como la vida en equilibrio en la naturaleza, en comunidad, con una visión complementaria, jamás extractivista ni individualista.

Y bien, ¿son las ciudades un lugar? Y dentro de las grandes urbes, ¿son los barrios un lugar?

Muchos de estos barrios no dejan un espacio para el árbol, la plaza; allí las calles internas miden a veces metro y medio y no permiten el ingreso del sol, las familias están impedidas de un terreno para el maíz, para las gallinas, para el compartir, para reflexionar al atardecer, para la serenidad, en fin… Ni hablar de la relación con las aves, son los peces, que es propia del tekohá.

Durante miles de años nuestras comunidades se dieron a la reflexión y el diálogo sincero y se relacionaron con la naturaleza y los antepasados, sin fronteras, a través de la rueda de mate. Esa tradición es difícil en el hacinamiento, como tantas otras maneras de relación, y ya es verdad que el 90% de la población tiene dificultades o directamente no puede cultivar el maíz en su lugar, mientras que más allá hay millones de hectáreas que ignoran la presencia del humano. Se perdieron miles de años de reciprocidad, de círculo virtuoso, entre el maíz y el humano.

La modernidad nos ha metido sistemas invasivos en el hogar, como la pantalla del televisor por caso, que dificultan el diálogo familiar, intergeneracional.

Se comprendería una vida allí en tránsito, en estado de guerra o de emergencia, pero ¿lo aceptaremos como lugar permanente? ¿Y con qué riesgos? ¿Y por qué, si puede constatarse que un poco más allá hay kilómetros y kilómetros despoblados por completo, y a la vez desmontados? 

Ni personas ni animales ni árboles ha dejado el occidente. En los últimos lustros incluso quitaron los montes de las banquinas para el monocultivo.

Cómo superar

Sumak kawsay y tekó porá (armonía), yanantin (pares complementarios), son conceptos que devuelven al humano a su ámbito y a su vida en común. 

Mientras recuperamos el equilibrio, la vida sana, debemos legislar por una libertad de vientres. 

Si sabemos que la aglomeración, el hacinamiento, los desplazamientos obligados, son formas de servidumbre y generan riesgos mortales, debemos revertir las causas. Mientras tanto, los recién nacidos deben ser alejados de los peligros del hacinamiento.

Eso pondrá a salvo a las generaciones futuras, y al mismo tiempo dará a los padres, vecinos, parientes y amigos de hoy una cierta serenidad.

Recuperarnos desde los niños, ese es un camino prometedor.

El conocimiento, la conciencia, es la base de cualquier plan de emancipación. 

El capitalismo ha logrado, por ahora, tomar las superficies para los negocios de unos pocos, y amontonar a las familias para que no molesten. Esa concepción está en las antípodas de la tradición del Abya yala que dice Pachamama. 

Desde esa conciencia, los caminos prácticos para revertir este proceso devastador serán tan amplios y generosos como nuestra imaginación. 

1-ROSSI, Juan José. Los wichí. Galerna. Página 107.
2-ROMÁN, Marcelino. 
3-Terratenientes, con pelos y señales. www.juntaamericana.com.ar.
4- HERNÁNDEZ, Isabel. Los Mapuche. Galerna. Página 45.
5-BORRERO, Luis Alberto. Los Selk’nam. Galerna. 
6-GREBE, María Ester. El Kultrún mapuche: un microcosmo simbólico. Revista musical chilena.

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