A Fondo
Sábado, 05 de mayo de 2012Después de los festejos, la transición
Nadie quiere empañar la fiesta que el oficialismo y varios sectores que acompañaron el proyecto desataron por la sanción de la expropiación de YPF. Tan solo es necesario comprender que la película no termina allí y queda mucho por hacer en materia energética.
Fernando Arredondo / De la Redacción de UNO
Casi al mismo tiempo que explotaba la algarabía por la expropiación de YPF, se conocía un informe que vale la pena rescatar para equilibrar y no desbordarnos. Fue elaborado por el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA), un organismo intergubernamental con sede en Caracas del cual Argentina es miembro. El informe, titulado “La Visión de la Economía Verde en América Latina y el Caribe”, alerta que nuestro continente (exceptuando a EEUU) sigue bastante a la retaguardia en cuanto al desarrollo de investigación y explotación de energías renovables contra las no renovables. Las primeras (hidroelectricidad, la geoenergía y otras) conforman tan solo poco más del 25% de la oferta energética disponible total. Los tres cuartos restante corresponden hidrocarburos (petróleo y gas), el carbón mineral y la energía nuclear, es decir, fuentes no renovables. En este sentido sirve destacar que Argentina supera ese índice: de acuerdo a la ONG Vida Silvestre, el 86% de la energía que se produce en el país proviene del gas y del petróleo, cuya combustión produce las emisiones contaminantes de dióxido de carbono.
El SELA admite que la región ha tenido de 2004 hasta acá una fuerte inversión en energías renovables logrando así la tasa más alta del mundo, 72,3%. Sin embargo, de acuerdo a datos de 2010, los montos invertidos aún son considerablemente menores que los de Asia/Oceanía (59,3 mil millones de dólares), Europa (35,2 mil millones) y Norteamérica (30,1 mil millones), que superan por lejos a los 13,1 mil millones de Latinoamérica.
Además de los efectos ambientales nocivos del uso del petróleo y sus derivados, está el otro, quizás el más grave, que es del de su finitud: con algunas diferencias, se coincide en que ya fue superado el pico de la producción petrolífero o que estamos muy próximos a ello (Teoría del pico de Hubbert), y que luego habrá un descenso vertiginoso, con su correspondiente alza de precios por la escasez de oferta, hasta su posible desaparición absoluta, lo que implicaría un cambio radical en la historia de la humanidad. El petróleo, que se utiliza como combustible hace no más de siglo y medio, está tan presente entre nosotros que ni nos damos cuenta. Está en la fruta que fue fertilizada con algún derivado del petróleo o en el combustible que alimentó el motor de los vehículos que la trasladaron desde su lugar de producción hasta la verdulería. Y mucho más.
Por eso lo árabes –los principales productores del oro negro que saben que un día se les acabará– invierten mucho dinero en la búsqueda de alternativas energéticas. Sin ir más lejos, en el Mundial de Fútbol 2022 los qataríes se proponen mostrarle al mundo sus estadios abastecidos con energía solar. Ya son los dueños del Barcelona de Messi y la jequesa Mayassa compró por 120 millones de dólares el famoso “Grito” de pintor Edvard Munch, convirtiéndolo así en la obra pictórica más cara de la historia. ¿Caben dudas que podrán lograr alumbrarse con la energía almacenada en paneles solares en medio del desierto?
Es muy fácil caer en las fantasías apocalípticas ante la escasez de petróleo pero afortunadamente hay gente que lo piensa de otra manera y actúa en ese sentido. Es el caso del Movimiento de Transición, que trabaja en la generación de experiencias en diferentes comunidades que permitan lograr el paso de una forma de vida a otra con los menores trastornos posibles y entendiendo que vivir sin petróleo puede ser mejor que con él. Rob Hopkins, la figura más conocida de este movimiento, aborda el consumo del petróleo como el de la adicción al alcohol. Por lo tanto considera que los desbordes por la abstinencia son inevitables y que se debe trabajar con cautela, dando pequeños pasos, como el de disminuir el consumo energético hogareño, plantar árboles frutales en las ciudades, brindar talleres para recuperar habilidades perdidas, etcétera. La experiencia empezó en el pequeño pueblo inglés de Totnes de 8.500 habitantes y se ha expandido a otras más grandes como Nottingham y Bristol. En otros países también hay réplicas.
Nadie quiere empañar la fiesta que el oficialismo y varios sectores que acompañaron el proyecto desataron por la sanción de la expropiación de YPF. Tan solo es necesario comprender que la película no termina allí y queda mucho por hacer en materia energética.
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