A Fondo
Jueves 26 de Febrero de 2015

A veces llueve

Paula Eder / De la Redacción de UNO
peder@uno.com.ar

 

Dudo que haya algo de calma precediendo un huracán. Si prestan atención, antes de una tormenta todo se vuelve lento, borroso, tenso, como un arco a punto de soltar una flecha mortal. Incluso antes de que el cielo comience a resquebrajarse y que el viento sople con más fuerza, de alguna manera uno sabe que debe buscar un refugio. Pero ¿dónde resguardarse si la tormenta va con uno?

Mi primer ataque de pánico fue el 2 de febrero de 2010, en el cumpleaños de mi amiga Laura. Yo hacía fuerza para tragar una hamburguesa y un segundo después todo comenzó a oírse como a través de un embudo. Lejano pero ensordecedor, angustiante. El corazón bombeando a mil, las ganas de salir corriendo, las manos húmedas y un sin fin de imágenes que se aparecían una tras otra, violentas, perturbantes. No podía pensar en otra cosa, y de pronto tampoco pude respirar, así que escupí el bocado delante de unos chicos guapísimos y salí corriendo hacia la calle gritando que me moría.

Laura manejó a toda velocidad hasta una Clínica en la otra punta de Santa Fe. Estar yendo rápido hacia algún lado encajaba en mi repentina necesidad de huir. Pensaba en mi mamá, en cómo recibiría la noticia. La garganta se me volvía a cerrar, y solo podía pedirle a mi amiga que acelerara. Intentó calmarme, puso algo de música y después me agradeció haber arruinado su cumpleaños: “Menos mal que nos fuimos, yo también estaba aturdida con toda esa gente”, dijo, mientras pasaba todos los semáforos en rojo.

No importa qué diga Carmen Barbieri al respecto, es importante dejar claro que el ataque de pánico es sentir que en minutos el mundo se termina, punto. Nada más. Es un miedo extremo y paralizante. Sentir que en minutos vas a caer redondo, seco, sin más. Por eso yo durante todo 2010 cada vez que subí a un colectivo, busqué pararme al lado de señoras gordas, que suelen tener buen corazón, y que además aseguran una caída más amable a la hora de morírseles encima.

La mente ansiosa se vuelve un torbellino de asociaciones demenciales, no descansa nunca. la mia, por ejemplo, se la pasaba calculando a qué distancia estaba el hospital más cercano y en la cara que pondrían los médicos cuando volviera a entrar a la guardia, agarrandome el pecho y gritando que me estaba quedando ciega. Cada 15 minutos hacía un rastreo en mi cuerpo buscando síntomas: “Pies, bien. Rodillas, más o menos. ¿Tendré meniscos débiles como mi mamá? Googlear hoy. Pierna derecha, dolor leve. Simple cansancio muscular o infarto de aorta. Volver a casa. Googlear. Morir.” Era Robocop.

Vivir en ese estado de alerta es agotador, porque si hay algo peor que el pánico, es el pánico al pánico. El neurocirujano Facundo Manes, asegura que una serie de síntomas recurrentes sumada al temor a la llegada de una crisis, configuran el trastorno de pánico. Y esa sensación aterradora de que el ataque está por llegar en cualquier momento y en cualquier lugar puede extenderse días enteros. Así es como el pánico aísla. “¡Es tu mente, Paula!”, me decían algunos. No me digas, Favaloro, nunca lo había pensado de ese modo. Mirá vos, tomá mis todas mis pastillas, dáselas a tu vieja de mi parte.

Nicole Kidman, Kim Bassinger, Johnny Deep, también sufren trastornos de ansiedad. Los panicosos argentinos tenemos un abanderado un poco menos glamoroso: Marcelo Iripino. Nacional, popular y bien medicadito. Es lo que hay. Joaquín Sabina hace algunas semanas tuvo que bajarse de un escenario, a causa de un supuesto ataque de pánico, aunque éste lunes él mismo lo desmintió "Dije eso para simplificar, en realidad tenía ganas de vomitar". Esta repentina difusión masiva del trastorno suele hacer más foco en el famoso que lo sufre, y esto arrastra la falsa creencia banalice el padecimiento de quien realmente sufre este tipo de trastornos.


Hasta el momento, no existen cifras oficiales, pero nadie dudaría en asegurar que aumentan día a día. Quizás incida el simple -pero complejo e irreversible- hecho de haber encontrado una forma de denominar ese huracán.
 

Se estima que el 60% de los pacientes que consultan por primera vez a un psiquiatra en los hospitales públicos lo hacen por trastornos de ansiedad. En las guardias ya nadie se inquieta si llega una chica joven con las manos hechas un nudo, jadeando y jurando que está al borde de la muerte. Aquella noche mientras yo me moría imaginariamente dos médicos charlaban sobre autos y sobre el culo de la recepcionista. Por momentos tuve sentí un poco de ganas de morirme en serio, sólo para tener razón y para que luego Laura me vengara.

Tres reclamos más tarde, me sentaron en una camilla y me presentaron a mi nuevo mejor amigo: clonazepam, el ansiolítico líder del mercado. La escena se repitió decenas de veces.

Visité psicólogos, psiquiatras y homeópatas; probé con hipnosis, hippies, tarot, yoga y mi papá me regaló un perro. No sé que fue, pero hace 3 años que no tengo una crisis de estas. Aprendí a convivir la idea de que pueden volver, tal como quien tiene que lidiar toda su vida con una alergia a los ácaros. Informarse, y enfrentar el problema, pueden ser el comienzo de la solución.

Comentarios