Recopilación
Martes 11 de Julio de 2017

La Rosa del fuego y su paso por Paraná

Herminia Brumana, socialista y anarquista. Luchó con la pluma, la palabra y el cuerpo. Se formó en la escuela Normal, egresó en 1916

En el año 1931 en Bragado la gente bramaba de doble indignación. Desde el anonimato habían atentado contra el hacendado Rauch y en la cobardía del anonimato se llevaron la vida de su esposa y de su pequeña hija.

Pero la década infame estaba en su esplendor y aquel suceso fue en efecto lo más parecido al afamado caso de Sacco y Vanzetti; es decir, inocentes inculpados. Digo esto porque de ese crimen, fueron acusados cinco obreros que nada tenían que ver con este hecho. Se dio en conocer como "Los presos de Bragado" a la acusación que se les realizó a dos obreros y tres ladrilleros. Lejos estaban del suceso aunque su crimen era muy trascendente; militaban en el radicalismo y en el anarquismo. Los torturaron hasta casi la muerte y con una confesión apócrifa los condenaron a perpetua.

Los pensamientos y las ideas que sacuden el oprobio y las dominaciones suelen ser justamente eso: criminalizadas. Aunque ya volveremos sobre esto, más adelante, en el punto justo donde los senderos confluyen sus paralelas.




Rebelde




Unas décadas más atrás de este suceso, cuando aún el siglo XIX no se había ido y era un 12 de setiembre de 1897 cuando en la casa de unos inmigrantes italianos aparecía como iluminando una niña a la cual agraciaron como Herminia Catalina como prenombres de un apellido sinfónico: Brumana.

Seguramente, y como siempre pasa, se habrán llenado de ilusiones y promesas y tratándose de una niña hasta augurios de casamientos y enlaces. Pero los caminos están trazados y las historias escritas...muchas veces se trata de desentrañarlas, recorrerlas, dejarlas en sus movimientos acrobáticamente impredecibles lo suficiente para que esos senderos sean historias.

La niña Herminia bramaba fuegos en su alma. Lejos de las sumisiones o de la conformidad, denotaba un carácter potente y astuto. Dedicada y sensible, tenía las características de las guerreras en la sutileza de los efluvios. Y si bien (de alguna forma) había seguido el derrotero habitual de la época al recibirse de maestra, el uso que daría a aquella herramienta sería muy diferente a las tradiciones más arraigadas en la sociedad conservadora de la época.

Egresa de la escuela Normal en 1916. Inmediatamente continúa con su prolífica acción y compromiso: edita una revista que llevaba por título el nombre de su ciudad, y apenas con 21 años edita su primer libro; de contenido técnico y destinado a la enseñanza de la lectura en sus alumnos. Como una premonición, el libro se llamaba sencillamente "Palabritas".

Pero sus ideales sociales y sobre la sociedad pugnaban. Vaya si lo hacían cuando insistía en temas candentes e irreverentes como el amor libre, el divorcio o derechos de las mujeres. Su elocuencia sumada a su mirada aguda permitía la consolidación de las ideas y el ariete de las conquistas. Quizás no estaba sola pero era una pionera.

Sola no estaba (y aquí confluyen las paralelas) cuando su imagen, decidida, aunque diminuta, encabezaba las marchas de protesta popular y obrera que reclamaron por la libertad e inocencia de aquellos presos de Bragado, trabajadores cuyo mayor pecado era insistir por los derechos del hombre y los suyos propios. Allí, entre las multitudes, la figura enérgica de Herminia Brumana ocupaba el espacio que la historia le había asignado.

La pasión es insostenible y, sobre todo, no se puede detener. Porque después de aquellos primeros trazos literarios escribiría Cabezas de mujeres (1923); Mosaico (1929); La grúa (1931); Tizas de colores (1932); Cartas a las mujeres argentinas (1936); Nuestro Hombre (1939); Me llamo niebla (1946) y A Buenos Aires le falta una calle (1953) sumándole además 11 obras de teatro sobre temática social y combativa.




Algunos pensamientos



De sus "Obras Completas (editadas en 1958) surgen algunas frases o párrafos realmente conceptuales. Por ejemplo, sobre la mujer decía que "...De la misma manera que es condenada la mujer mezquina que vive para la apariencia social pueblerina o para su sola frivolidad y comodidad, lo es aquélla que en el supuesto sacrificio no hace otra cosa que encubrir su debilidad e incapacidad para luchar por su felicidad".

Y sobre el amor y el matrimonio sostenía: "El más terrible de los sacrilegios es condenarse por miedo a vivir sin amor, casarse violentando la propia conciencia: culpa es todo aquello que se hace en contra de la conciencia y la voluntad de uno". Es por ello que son dignas de reconocimiento aquellas mujeres que logran vencer, separándose del marido, la mayor de las inmoralidades: una vida a base de ficción, en la que se soporta y se hace soportar a los hijos a un hombre que por sus actos y sus maneras de ser, solo puede inspirar rechazo; ellas logran vencer "con audacia serena, con la audacia serena de los felices".

En Paraná estuvo en el año 1932, cuando ya su nombre era un ícono. De la resistencia de las ideas, de los libertarios de los que aman y de los que se indignan con el sufrimiento. No es poca cosa, ni mucho menos recordarla en estos tiempos que corren. Era en efecto 1932 cuando en los salones de la escuela Normal de Paraná y a instancias del alumnado y con el patrocinio de la Universidad Nacional del Litoral dictó una conferencia titulada "Sugestiones a las maestras jóvenes". Su charla versó sobre los caminos reales de la vida, en contraposición con posturas alejadas de la misma, anodinas y superfluas. Conminó a las maestras que hacían de auditorio a trabajar para formar una humanidad mejor, resaltando por supuesto el rol de las maestras en ese proceso de transformación de paz, trabajo y confraternidad.




Una bella idea




Su obra es, además de magistral e inspirada, extensa y amplia. Siempre recogiendo las sensaciones del dolor cotidiano, de la marginalidad y la postergación masificaba aquello que su profesión le permitía y obligaba.

Siendo directora de la escuela, le envían un alumno porque no había hecho los deberes. A partir de esa situación, surge una narración donde ella misma relaciona el entorno y el sufrimiento de aquel niño. Sin severidad exacerbada ni rigorismos formales, su solución fue tan sencilla como efectiva y amorosa:

"No es necesario preguntarle nada para saber que la vida no lo acogió en el sendero de los felices. Tiene el cuerpo flaco, las rodillas ásperas, las zapatillas gastadas, el guardapolvo con remiendos, las manos nudosas y los ojos –los ojos, el espejo del alma– preñados de angustia".

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