A Fondo
Domingo 03 de Enero de 2016

“A las mujeres les han sacado el poder de parir”

Diálogo Abierto. La obstetra Yris Pavesio –quien estima que participó en unos 15.000 partos– explica el creciente proceso de medicalización de los nacimientos y admite que el factor psicológico de la madre es el más importante

Julio Vallana | jvallana@uno.com.ar
Yris Pavesio tomó el mandato de su abuela –la partera de un pueblo pampeano donde era considerada un verdadero personaje– y se formó en la Obstetricia de otros tiempos, cuando los factores psicológicos y emocionales de la madre eran poco considerados. Con los años y la experiencia fue incorporando ideas que flexibilizaron su práctica hasta familiarizarse con un parto más natural, humanizado y, cuando las condiciones lo permiten, en el propio domicilio de la futura madre. 

Abuela partera, el personaje 
—¿Dónde nació?
—En el centro de La Pampa –Eduardo Castex–, donde viví hasta los cuatro años. 
—¿Qué características presentaba esa zona?
—Era un pueblito que creció mucho, con calles de tierra, altas a los costados y con veredas angostas. Cuando falleció mi abuela –que era partera– nos vinimos a Paraná, donde vivía mi tío-padrino –que era farmacéutico. Fue la única abuela que conocí. 
—¿Cómo la recuerda?
—Era un personaje enorme e importante para el pueblo. En su casa hacía de todo, la llamaban, subía a un sulky con su valijita, desde arriba se sacaba el delantal y me lo tiraba para que lo guardara. Una vez entré de la mano con ella a un salón donde le hacían un agasajo y me sentí tan importante como ella. Siempre la idolatré.  
—¿Qué le contaba su papá sobre ella?
—Que era muy accesible, representaba una figura destacada del pueblo y que llevaba una vida muy dura. Había traído un auto –que luego tuvo papá–, un Chevrolet 29, cerrado y tapizado, lo cual era una cosa importantísima. Mi abuelo había venido de Italia, era de esos “ingenieros” hechos a dedo y trabajaba en el ferrocarril. Mi papá tenía grabadas sus herramientas con las letras iniciales de su nombre.  
—¿Qué actividades laborales desarrollaban sus padres?
—Papá era un poco de todo: peluquero, colchonero, arreglaba bicicletas… tenía una habilidad manual muy grande. También tocaba el contrabajo, el bandoneón y la guitarra, y se ganaba unos pesos con las orquestas. 
—¿En qué barrio vivieron acá?
—Cerca de acá (calle San Luis), en calle Uruguay, frente a la cortada Piris, donde papá compró una casa y vivimos hasta que falleció, cuando con mi marido compramos este terreno y comenzamos a hacer esta casa.
—¿Su papá continuó con los mismos oficios?
—No, estudió para ajustador de motores diesel de avión y entró a la Aeronáutica, pero también sabía abrir candados, cerraduras y cajas fuertes. Era un MacGuiver. Tiraba las cartas y leía las manos. Cuando faltó mi papá me costó adaptarme a mi marido –que era oficinista y abogado– porque mi papá me arreglaba todo. 
—¿Sufrió el desarraigo?
—No, porque era muy chiquita, aunque tuve un gran cambio después de los siete años por una enfermedad y otra situación que tuve, me prohibieron todos los ejercicios y papá comenzó a cuidarme excesivamente. Fue una infancia y juventud restringida; después me fui a estudiar a Buenos Aires –donde vivía una tía. No sé cómo me dejaron ir porque era hija única y no quería que estudiara Obstetricia –donde encontré gente que me ayudó mucho y entré al Hospital Piñeyro. Comencé Medicina pero mi padre me pidió que volviera. Volví, papá me hizo el consultorio y se enfermó de depresión porque pensaba que no podría seguir manteniendo la familia. 
—¿Cómo era en su infancia la zona de calle Uruguay?
—Calles asfaltadas aunque la cortada de enfrente era de tierra, había pocas casas y cuando ahora paso no lo reconozco. Le decían el barrio de las ranas pero nunca vi ninguna.
—¿A qué jugaba hasta que se enfermó?
—A todo: papá me había comprado patines y bicicleta. Tenía todo porque era hija única, muy mimada y mamá hacía siempre lo que papá decía. Gracias a los grandes cuidados que tuve, zafé bastante de la fiebre reumática. Me salvaron porque mi tío farmacéutico se pasó la noche a mi lado –haciéndome medicaciones– y por un médico pediatra. Mi tío murió el día que me entregaron el diploma. 
—¿El problema se desencadenó súbitamente?
—Comencé a sentirme dolorida, dolorida, hasta que no pude caminar y mi papá notó una arritmia. 
—¿Cuánto duró ese proceso?
—En ningún momento dejé de caminar pero me exigían mucho reposo y cuidados, por la afección cardíaca. 
—¿En qué influyó?
—Me marcó mucho porque no tuve niñez ni juventud; no me dejaban salir a ninguna parte ni hacer nada. Cuando me recibí de maestra me exigieron que hiciera gimnasia y yo parecía uno de esos perros que sueltan de la cuerda. Quería hacer de todo, y además era flaca y larga. Servía para todo y me ponían en todo: tiraba bien la jabalina, el disco… hasta que papá se avivó, fue a ver, casi me mata y al profesor también. No me afectó ya que ahora no tomo nada para el corazón. 
—¿Desarrolló alguna afición regularmente?
—No; mi papá me exigía que estudiara música, llegué a recibirme pero no sé templar una guitarra, porque no me gustaba. Estudié francés e inglés, y siempre estuve haciendo actualizaciones sobre mi profesión –hasta hoy, aunque ahora no voy tanto a los congresos. Trabajo muy poco y me estoy dedicando a otra cosa. 
—¿Lecturas por fuera de lo relacionado con su carrera?
—Soy muy vaga para leer, salvo lo que me exigían en la escuela, aunque lo que me enseñan o me dicen lo asimilo rápido y mantengo. Ahora estoy en otra cosa: soy maestra de Diksha, para lo cual este año fui a la India y estuvimos un mes haciendo un trabajo espiritual muy profundo. 
—¿Qué imaginaba ser cuando era niña?
—Siempre quise ser partera y cuando me enteré a los 13 años lo que era la vida, lo cual me explicó mi papá –porque yo iba a una escuela católica. Me habló muchas cosas sobre el trabajo de la abuela y me dio libros de ella. 
—¿Qué imaginaba sobre su trabajo?
—Me imaginaba ser como mi abuela y al principio hice muchos partos a domicilio. Iba a las casas a ayudar a las madres aunque no me imaginaba que era tan esforzado porque es un sacerdocio. Muchas veces no tengo ganas y no me siento bien, sin embargo le prometí ir a fulanita y voy. Antes era porque el doctor fulano o mengano, la señora de acá y de allá y siempre había un compromiso que cumplir. Todas las chicas que estudian no se dan cuenta del trabajo que demanda y uno comienza a darse cuenta cuando hace guardias. Pero es tanto lo que se descubre, lo que le atrae y lo que se logra estando al lado de una madre que está pariendo, que se supera todo. Al menos lo viví así. Cuando trabajaba en la Modelo pasé en una semana santa 48 horas solas –con cuatro o cinco médicos– y parecía que todas las mujeres se habían puesto de acuerdo, porque había en todas las salas. Cerca de las 48 horas la llamé a una colega y le pedí por favor que fuera, porque no podía más y no coordinaba. También en el Hospital San Martín –donde trabajábamos solas. Hubo un momento en que en Paraná éramos solamente entre tres y seis parteras, y se trabajaba mucho. Luego se abrió la carrera de Obstetricia en Concepción del Uruguay y comenzaron a venir las “semillitas” y las “plantitas”. 

Vocación y un  “descubrimiento”
—¿Cuál era su satisfacción más íntima?
—Ver la alegría de la madre cuando tiene el bebé o poder aliviarla de alguna forma, porque a veces está muy mal y dolorida –sobre todo por el miedo y la contractura que tiene. Hablándola, lo cual recién comenzaba a aplicarse en Buenos Aires por entonces. Lo logré con una paciente una vez que tomamos una guardia: la mujer no iba para atrás ni para adelante, mientras que a otra decidieron operarla. Me quedé al lado de la otra, quien gritaba, le pedí que se tranquilizara, que se aflojara y respirara, comenzó a preguntarme y dialogamos media hora, La dilatación no pasaba de dos centímetros desde el día anterior. Vino la enfermera y dijo que la mandara para la cirugía, la controlé, la revisé y estaba con seis centímetros. Había cambiado totalmente en media hora y le dije a la enfermera que el trabajo de parto había comenzado. Bajó el médico, me quería matar y me decía que desde el día anterior le habían hecho de todo. Me preguntó qué le hice y le dije “psicoprofilaxis”. “No seas tonta”, replicó, mientras la revisaba y dijo: “Está con ocho” y “sale por abajo”. 
—¿Qué significó esa experiencia para usted?
—Entender que eso servía, porque lo había estudiado. Cada vez lo entendí y lo usé más, y fue lo que me llevó a tener éxito en mi trabajo. Me enamoré de la preparación y el trabajo psicológico, y ahora estoy más enamorada del aspecto psicológico y emocional, ya que se pueden lograr muchas cosas. 
—¿Cómo le resultó la carrera?
—Me sentí muy segura. Con lo que me decepcioné fue con el cuerpo de la mujer con relación a lo que me habían enseñado y había leído. En una de las primeras clases de Anatomía me encontré con que las mujeres teníamos un orificio más de los que yo sabía –lo cual le enseño a todas las mujeres. Fue lo único diferente. El único problema que tuve fue en primer año en Obstetricia normal, que hasta hoy no supe por qué me aplazaron, creyendo que iba a tener una nota altísima. 
—¿Cuál era la materia que más le atraía?
—Obstetricia normal y Obstetricia patológica. Teníamos unos muñecos y varias pelvis y nos hacían “hacer partos” en distintas posiciones, con todos los movimientos. Antes no había ecografía, a lo sumo alguna radiografía. Todo era por palpación, tacto, pérdidas de la madre y síntomas. 
—¿Cómo fue el primer parto real?
—¡El primer parto! La primera vez que entré al hospital me dijeron “vestite, ponete guantes, entrá y ayudá”. Era una hemorragia tremenda luego de un parto y no tenía ni idea de lo que se hacía. Cuando terminé, el jefe dijo “ah, vos sos la nueva ¿cómo te sentís?” Fue una prueba de fuego. El primer parto que hice fue de una multípara y en comparación con lo otro fue una alegría y una emoción. Ese primer momento es importantísimo en cuanto a cómo los padres reciben al bebé, porque lo percibe. 
—¿Cuál fue el mayor contraste entre la realidad y el mundo académico?
—La primera vez que revisé una mujer se me dio vuelta todo en cuanto a la teoría: sentir el cuello, la vagina, el canal de parto, el bebé, ver la placenta… una cosa es el dibujito y otra es verlo y tocarlo. Es totalmente distinto. Tuve situaciones de madres en estado de gravedad y algo que me afectaba mucho eran las hemorragias más allá de lo normal. En un caso traté de hacer de todo, busqué un médico y finalmente la mujer murió –porque por entonces había cuestiones que no se preveían ni se conocían. He visto pocas muertes maternas porque es muy raro en ese momento, pero esa primera fue impactante porque en ese momento todo es vida, juego y alegría. 

Lo mental es todo
—¿Qué importancia se le otorgaba por entonces en la formación a los factores emocionales y psicológicos?
—Muy poco y nada. En Buenos Aires siempre está lo último, entonces había un médico que daba esos cursos, pero en 1963 eso era nuevo y llegaban conceptos de Francia, sobre todo. Francia ha desarrollado mucho lo relacionado con el parto en el agua y a mí me parecía un esnobismo y algo para sacar plata. Hasta que un día –hace 25 años– llego a la clínica y le dije a la paciente que se duchara, porque estaba muy transpirada. Abrió el agua y comenzó a decir “qué lindo, qué hermoso, ay, ay, ay”. Y comenzó el proceso del parto; ahí me di cuenta del efecto de relajación del agua, lo comencé a utilizar y lo impuse. Hay mucho escrito al respecto.   
—¿Y actualmente?
—Es el 99,99 por ciento. Si la mujer está mal económicamente, con la pareja o la familia, es un desastre. Si viene acompañada de su pareja, hacen el curso juntos y tienen una posición económicamente estable, y quiere tener el bebé, todo va más fácil. Porque este también es otro factor: quien quiere tenerlo y quien no, que tienen miedo y no quieren. Todo depende de lo psicológico y del entorno del paciente. Hay partos que no se explican por qué no adelantan o se estancan, y luego uno se entera de problemas familiares o de la paciente. Hay quienes hacen el trabajo de parto hasta determinado momento y lo cortan, y a partir de ahí no viene más una sola contracción. Siempre digo que hay que tener fe ciega en quien la está atendiendo, porque sino la cosa no va. Hay que buscar una persona con la cual se tenga una buena relación de confianza.  
—¿Qué beneficios ha notado del parto en el domicilio y natural?
—La madre se siente mucho más realizada porque el logro es totalmente de ella y no del médico. Cuando la mujer arranca el trabajo de parto en su casa, es impresionante cómo dilata y percibe mucho menos la contracción que en la clínica. No estoy a favor del parto totalmente domiciliario, salvo si hay un equipo pero acá todavía no estamos preparados como en los países donde se hace. Lo que se puede hacer es el manejo del trabajo de parto hasta el momento del parto y cuando está muy adelantado ir a la clínica, por cualquier situación. Hay una sola pediatra que se presta para ir a hacerlo en el domicilio. Debiera haber unidades móviles de las clínicas y hospitales.     
—¿La parafernalia del contexto de una clínica es un obstáculo psicológico para la mujer? 
 —Claro, por eso a veces hago una visita previa con la madre y es distinto porque conoce el lugar y los trámites que tendrá que hacer en la administración. Hay que averiguar todo de antemano porque en el momento del parto todo influye, hasta si pasa una mosca volando. 
—¿Cuándo comenzó a revisar las ideas que asimiló durante su formación?
—Hace bastante y desde ahí tuve cada vez más una tendencia hacia lo natural, bajar los decibeles en cuanto al trato con la madre, el factor psicológico y el entorno. Noto la diferencia y los resultados: cuanta más afinidad, respeto, programación e información es lo que se logra. También influyó cuando mi hija se recibió de psicóloga, se especializó en embarazadas y hoy da charlas a colegas y embarazadas. En lo psicológico hay dos cuestiones importantes: los cambios que tiene la mujer durante y después del parto, porque hay mujeres que no se los imaginan. Es importante porque sino luego vienen las depresiones post parto. Ella me lo hizo ver y analizamos algunas cuestiones conjuntamente. También está la parte física –que ahora la hace una colega más joven– y es importante, sea natación, yoga, pilates o algo similar. 

Mujeres debilitadas
—¿Trabajó en el Hospital San Martín?
—Sí, Susana Vismara me vio trabajar y me invitó a quedarme, luego de estar dos años en Buenos Aires dos años en el (Hospital) Piñero y la Maternidad Pardo. Aquí me llamó la atención porque en Buenos Aires a las mujeres se les ponían pierneras, y aquí era todo más precario en cuanto las reglas de esterilidad. 
—¿Cuándo tomó conciencia de que estaba haciendo algo parecido a lo de su abuela?
—Aquí hacía partos a domicilio y también comencé a ir al dispensario del Puerto, cuando en esa zona no había nada de construcciones, solo ranchitos. Un parto que recuerdo fue en un ranchito mientras una vecina sostenía una vela y ahí me imaginé que la abuela había trabajado así. Hoy no se puede, porque las mujeres han perdido –o se lo hemos sacado– el poder de parir.
—¿Por la excesiva medicalización del parto?
—Sí, sí. También por los gérmenes y las bacterias que afectan distinto.
—¿El organismo se ha debilitado y es menos resistente a esos ataques?
—Me da la sensación que sí. Además por la calidad de lo que se come.
—¿La comida basura y procesada?
—Claro, se comen cosas que no corresponde y se fabrica y envasa de una forma que no es la mejor. Antes era todo más natural e iba de la huerta a la mesa, más directo cuando ahora todo se guarda y refrigera. ¡Qué sé yo lo que comemos! ¡Los pollos! Llenos de hormonas de crecimiento, y las vacas en feedlot. Todo esto ha debilitado el organismo. 

Los médicos que se adueñaron del parto 
—¿Una discusión importante que tuvo con algún médico?
—Éramos muy amigos y volvimos a serlo con el doctor Schnitman, porque tuvimos un choque por asuntos económicos. Las obras sociales no nos reconocían como correspondía y las clínicas hicieron un arreglo como pudieron. No estábamos conformes, yo era presidente del Colegio y firmé una resolución de que no se aceptaban los módulos y comenzamos a cobrar. Al mes siguiente las obras sociales les comenzaron a descontar lo que nosotros habíamos cobrado y se armó. En ese momento lo vio mal pero luego se dio cuenta y dijo que trabajáramos por nuestra cuenta. Seguimos siendo amigos. El doctor Alberto Damonte era muy exigente y recto pero nunca tuvimos problemas, y exigía que estuviéramos al lado de la paciente –incluso hasta 48 horas. Hoy esto no se hace. 
—¿Cuáles han sido los principales cambios desde que estudiaba hasta hoy en cuanto al rol del obstetra?
—Antes era como que poníamos una pared entre el paciente y nosotros, mandábamos y decidíamos, pero hay un cambio. Ya no somos “el doctor” o “la obstetra” subidos en un pedestal, sino que hay otro tipo de relación, más humana y que más explicaciones le dan al paciente. Los que no han hecho ese cambio no se destacan en lo profesional. Muchas veces hay cosas que el médico determina porque ve algún problema, pero siempre hay un diálogo, y el paciente demanda porque hay mucha información e interés que antes no había.  
—¿Y en cuanto a la relación del obstetra con el médico?
—Hasta hace unos 30 años todo el trabajo de parto lo hacía la partera y lo llamábamos al médico si lo necesitábamos. Luego y cada vez más se fue incrementando el rol de médico, ahora el parto es de él y la partera hace el seguimiento, control y contención de la madre.
—¿Puede hacer el parto?
—Sí, está capacitada para hacer un parto normal, sin ninguna intervención. Lo puede hacer cualquiera, el bombero, el marido o el policía. Pero no se puede hacer un parto en un domicilio de una madre diabética o hipertensa. 
—¿La mayor ventaja de la tecnología es lo relacionado con el diagnóstico?
—Claro, aunque hay veces que se exagera, uno se asusta y se pone en alerta, y no es para tanto. Tanta tecnología y medicalización hace apurar los trámites y no sé hasta qué punto es bueno o malo. 

Gajes del oficio
—¿En cuántos partos ha participado?
—¡Uh! Son más de 50 años de trabajo: hubo épocas en que trabajaba muchísimo y éramos pocos. A un promedio de 20 partos por mes –aunque durante algunos hacía 30 o 40– son unos 15.000. 
—¿Su opinión sobre el aborto?      
—No sé… el aborto así porque sí, no. Pero en situaciones de violación, malformación y otras situaciones determinadas, debe haber una legislación especial. Que la hay pero no hay las personas que se hagan cargo y nadie lo quiere hacer. Siempre es vida pero hay que ver las situaciones, porque traer un hijo que no se quiere, no se sabe quién es el padre o con violencia como es el caso de una violación… ¿qué saldrá de ese hijo? Es una vida pero desde el punto de vista del amor de una madre hacia ese hijo… no sé… Me refiero a las violaciones no a las que dicen algunas mujeres que les cometen sus parejas. Si es la pareja, es distinto. Pero una pobre chica que la agarra un maniático o degenerado, cómo puede querer esa mujer a un hijo que viene al mundo tan traumáticamente. O en casos en que se note una malformación muy grave. Tener una madre esperando nueve meses, sabiendo que ese hijo no vivirá. Eso está legislado pero el gran problema es quién hace el aborto. 
—¿Una situación muy placentera y lo más desgarrante que vivió?
—Lo más placentero fue con una paciente muy especial –Julia, quien es muy “om”. Fuimos a la sala de parto y estaba con los auriculares puestos y cantaba, mientras yo le decía que hiciera fuerza porque aparecía la cabeza. ¡Lo que es la mente de la madre y el control! Es muy especial. Tuve otros partos en que salió el bebé y la madre quiso enseguida tenerlo y gozarlo. El más traumático fue uno de los primeros que hice en Paraná a la mujer del cartero. Antes no había entendimiento entre la partera y el médico. Comenzamos a hacer el trabajo de parto, era diabética, con un hijo tremendamente grande, pedí ayuda porque no lo podía hacer y me dijeron que esperara. Esperé, la mujer hizo fuerza hasta que salió la cabeza, yo no daba más, pedí ayuda al médico de guardia pero el chico era muy grande –más de cinco kilos… El médico me dijo que le quebrara la clavícula pero yo no tenía fuerza. Fue muy traumático y el bebé murió. Les dije a los médicos que les había avisado y que salieran ellos a decirles a los padres. 
—¿Alguna vez tuvo que informar una muerte a los padres?
—Gracias a Dios no y cuando sucedió la misma familia me contuvo. A veces ocurre pero son pocos casos. 
—¿La iniciación en Diksha la hizo por una búsqueda espiritual o a partir de una situación puntual vinculada con su profesión?
—Comencé por una búsqueda espiritual hace más de diez años por una crisis de pareja y separación, y me ayudó mucho, con la reikista Inés Katz. Cada vez fui adentrándome más, a medida que fui dejando la cantidad de parto que antes hacía. Después la doctora (Silvia) Rollano y Silvia Bertocchi me invitaron a ir a Córdoba, donde conocí la energía Diksha y nos llamó la atención. Recién estoy aterrizando de ese proceso. 
—¿Cómo lo explicaría para quienes no conocen esas temáticas?
—El Diksha es una energía suprema que se logra al poner las manos sobre la cabeza nada más que durante un minuto –a diferencia del Reiki que lleva más tiempo. Tiene la particularidad de que ilumina la mente y hace trabajar los lóbulos frontales –que hacen a la conciencia. Es una especie de iluminación de la conciencia y la divinidad de cada uno al detener los pensamientos. Y a partir de ahí mejorar conscientemente las relaciones con la gente que nos rodea, padres, hijos y pareja. La finalidad es la unidad y el entendimiento. La universidad a la cual fuimos en la India se llama de la Unidad, en el sentido de que todos somos uno y nos necesitamos. 
—¿En qué la modificó como obstetra y en cuanto a la visión que tenía de la vida?
—En cada vez respetar más los tiempos y estar atento de lo que quiere la persona, sobre todo hacer entender las cosas a través de una meditación ya que la respiración permite una asimilación más fácil que muchas explicaciones. Todas las respuestas las tenemos adentro de nosotros. Me gusta trabajar con gente que está con enfermedades –que las produce la mente–, entonces hay que buscar dónde está la traba, que puede ser de la relación con la madre, el padre, por una relación, y cuando se logra destrabar eso, el paciente se afloja. Me pasó que tenía desde hace dos años un dolor tremendo de cadera y cada vez peor, y en Córdoba –en contacto con el maestro– tuve una sensación muy rara y se me pasó el dolor. 

“Más tecnología, más se incrementan las cesáreas” 
Pavesio atribuye el marcado crecimiento de la cantidad de cesáreas al desarrollo de la tecnología para el diagnóstico. “Ante una situación de riesgo, el médico tiende a hacer una cesárea para que no haya un problema con el bebé”, explica, al igual que considera la impaciencia de la familia como factor determinante. La obstetra señala las consecuencias de esta operación y propone reformas de tipo edilicio en los centros asistenciales para poder reducir dichos niveles y proporcionar un ámbito más adecuado a la futura parturienta.  
—¿No hay un factor económico que impulsa la creciente cantidad de operaciones?
—No…
—Argentina está muy por encima de la media mundial (ver Datos).
—El médico gana exactamente lo mismo, la clínica gana un poco más pero tiene que tener más tiempo al paciente y eso demanda más gasto de enfermería, hotelería, medicamentos y comida. Y esa cama la usa un solo paciente. Cubre más o menos los costos. El médico cobra lo mismo un parto que una cesárea, aunque lo resuelve más rápido cuando antes en la misma situación esperaba más. También están los juicios de mala praxis, con lo cual hay que tener cuidado porque ante cualquier situación la gente está más informada. A veces se puede esperar pero la familia no acepta y por eso se hace. Nunca lo vi como un comercio –las clínicas siempre están en déficit y las ganancias no son extraordinarias– sino como una salida más rápida y de protección de la gente que trabaja. Tiene que ver con un contexto social. 
—¿Cuándo y en qué contexto se agravó este proceso?
—Se fue dando progresivamente y aumentando desde hace mucho tiempo. Más tecnología, más cesáreas, porque la tecnología te avisa, por ejemplo, que un bebé no está recibiendo buena oxigenación. Entonces lo sacamos rápido por abajo o, sin sentir que el bebé sufre, por arriba. A veces se detectan problemas hepáticos o de sangre a través de los análisis –que antes no se conocían– y ahora la tecnología lo detecta. 
—¿Cuáles son los efectos de una cesárea?
—En la India dicen que el hijo que nace por cesárea siempre necesitará ayuda en la vida, porque no tuvo esa lucha para llegar a la vida, que es la que da la fortaleza ante una cantidad de situaciones. Pero hay veces que es necesaria por determinados factores. Si pesa más de cuatro kilos un bebé, directamente se hace una cesárea. Según mi mamá, yo pesé cuatro kilos y medio, dice que el parto fue bárbaro y nací en mi casa.    
—¿Cómo se pueden reducir las que son innecesarias?
—Debiera haber un cambio en la parte edilicia de los sanatorios, con lugares más amplios para que las mujeres se movilicen y hagan algunas actividades mientras esperan, piezas más cómodas, lugares verdes y guardias de 12 horas con personas totalmente lúcidas y dejando que la paciente desarrolle su trabajo de parto en un ámbito seguro, tranquilo, íntimo y adecuado.    

Datos
En Argentina, el 35% de los partos son por cesárea, es decir que, si en un año se producen poco más de 700.000 nacimientos, unos 245.000 bebes que llegan al mundo no nacen por parto natural. Según la Organización Mundial de la Salud, esa cifra no debería superar alrededor de los 105.000 partos.
América latina tiene una tasa de cesáreas del 29% y es la región con la tasa más alta del mundo.
En Argentina hay grandes diferencias entre el sector público, donde es del 25 al 30 por ciento, y el sector privado, donde el porcentaje llega a entre el 45 y el 50 por ciento.
Especialistas e investigadores aseguran que el procedimiento quirúrgico representa mayores riesgos para la salud de la madre –incidencia aumentada de infecciones, necesidad de trasfusión y daños a órganos vecinos, entre otros– y del niño –mayor tasa de bajo peso al nacimiento y síndrome de dificultad respiratoria– y mayores costos al sistema de salud con relación al parto normal.
En los países en los que las parteras tienen un rol protagónico como en el Reino Unido, Holanda y países escandinavos, se reduce notablemente el índice de cesáreas. En Argentina los partos están muy medicalizados y las parteras actúan como enfermeras.

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